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Lautaro Tissera Favaloro: "La medicina y el arte buscan mejorar la vida de las personas"

Es platense, guitarrista y sobrino nieto de René Favaloro. Vivió en la casa de la infancia del creador del bypass coronario donde en 2012 fundó un centro cultural. Emigró a Europa y ahora regresó al país a presentar su segundo disco.

Lleva un apellido que remite de inmediato a uno de los argentinos más admirados. Sin embargo, Lautaro Tissera Favaloro, de 45 años y sobrino nieto de René Favaloro, no sintió que debía seguir el camino de la medicina. Eligió otro lenguaje para expresar una vocación de servicio: la música.

Nacido en La Plata el 21 de septiembre de 1980, Lautaro se formó en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y en la Escuela de Música Popular de Avellaneda, construyó una trayectoria como guitarrista, compositor y docente volcado al tango y el folklore. Desde hace varios años vive en Toulouse, Francia, donde desarrolla una intensa actividad artística ofreciendo conciertos, clases magistrales y talleres en distintos países de Europa.

De visita en Argentina, aprovecha para volver a su ciudad, ver a familiares y amigos. En esta entrevista con 0221comar recuerda la figura de su tío abuelo, René Favaloro, las conversaciones familiares que marcaron su adolescencia, explica por qué decidió incorporar ese apellido a su nombre artístico y reflexiona sobre la herencia de valores que recibió de una familia profundamente identificada con el compromiso, la educación y el servicio.

Hincha fanático de Gimnasia como René y casi toda la familia, repasa retazos de su infancia platense, su formación musical, la creación del Espacio Cultural Don Juan en la casa en la que vivió su abuelo y la decisión de emigrar para desarrollar una carrera artística.

Lautaro pasó su infancia en una casa en el Barrio Norte del casco platense. Su madre, Liliana Favaloro, hija de Juan José, hermano menor de René es cardióloga clínica y preside la Fundación Favaloro desde 2016; su padre Jorge Tissera, es profesor de Historia y rector de la Universidad Favaloro. Lautaro es el segundo de cuatro hermanos -Facundo, Emilio y Florencia- ninguno siguió la carrera de medicina. "Crecimos en un hogar donde el estudio, el compromiso, la cultura y la curiosidad intelectual siempre ocuparon un lugar central”, cuenta.

Cursó la primaria en la Escuela N.º 33, de 8 y 38. El secundario lo hizo en una escuela rural de General Lucio Mansilla, en Bavio, partido de Magdalena; una experiencia que, según dice, marcó profundamente su forma de mirar el mundo. Al terminar la secundaria ingresó a la Facultad de Bellas Artes de la UNLP, donde estudió dos años de composición. Continúo su formación en la Escuela de Música Popular de Avellaneda, donde se graduó como profesor de Música Popular con orientación en Guitarra Tango. Allí tuvo como maestros a Aníbal Arias, Rubén "Chocho" Ruiz, Hugo Romero, entre otros referentes que recuerda con afecto y agradecimiento.

—¿Cómo surge la inclinación hacia la música? ¿Había antecedentes artísticos en la familia?

—La música estuvo presente desde muy chico. En mi casa se escuchaba de todo y existía un enorme respeto por el arte y la cultura. Aunque no había músicos profesionales, sí había muchos músicos aficionados. Mis bisabuelos también cultivaban esa pasión: por el lado materno, un Favaloro tocaba el violín; por el lado paterno, un Tissera era guitarrista. En la escuela primaria tocaba la cítara junto a mis compañeros. Más tarde, durante la secundaria, empecé a participar en los actos escolares y en las celebraciones patrias acompañado por la guitarra. Ese fue mi primer contacto con un público y, sobre todo, el momento en que nació la curiosidad por la música. Con el tiempo descubrí que la composición era tan importante para mí como la interpretación. No quería limitarme a tocar obras de otros; sentía la necesidad de contar mi propia historia a través de la música.

En estos años ha recorrido varios lugares del mundo adonde llevó su música.

—En una familia impregnada por la medicina, ¿no operó un mandato hacia esa actividad?

—La medicina siempre estuvo muy presente en mi familia y crecí admirando profundamente esa vocación de servicio. Lo natural habría sido seguir ese camino. De hecho, tenía una trayectoria mucho más previsible si elegía esa profesión. Sin embargo, la atracción por la guitarra terminó siendo más fuerte. Como ocurre en muchas familias, hubo conversaciones y dudas. La incertidumbre que implica elegir una carrera artística generaba preocupación, pero nunca sentí una imposición para dedicarme a la medicina. Al contrario, mis padres terminaron apoyando una decisión que sabían que nacía de una verdadera vocación. Con el tiempo entendí que la medicina y el arte comparten algo esencial: ambas buscan mejorar la vida de las personas. Son lenguajes distintos, pero nacen de una misma sensibilidad hacia el otro.

—¿Por qué la guitarra? ¿Quiénes fueron tus referentes y maestros durante tu formación?

—La guitarra me atrapó desde el primer momento porque era el instrumento que tocaban mi padre y mi hermano mayor y con el tiempo me fascinó la posibilidad de hacer convivir melodía, armonía y ritmo en un solo instrumento. En la adolescencia mis primeros referentes fueron guitarristas de rock como Gustavo Cerati, Ricardo Mollo, Skay Beilinson, Chizzo Nápoli, Jimi Hendrix y Jimmy Page. Sin embargo, en la guitarra criolla encontré mi lugar definitivo, aunque suelo usar la guitarra eléctrica en otros trabajos y proyectos. Desde entonces me dediqué a estudiar la guitarra clásica, el tango y el folklore argentino. Entre mis grandes referentes están Aníbal Arias, Roberto Grela, Roberto Calvo, César Angeleri, Eduardo Falú, Atahualpa Yupanqui, Cacho Tirao, Andrés Segovia, Narciso Yepes, John Williams, David Russell y Baden Powell. Siempre me atrajeron los músicos que lograron construir una voz propia. También fueron decisivos compositores como Astor Piazzolla y Osvaldo Pugliese. Tuve el enorme privilegio de estudiar con Aníbal Arias, Rubén "Chocho" Ruiz y Eduardo Falú, maestros que marcaron profundamente mi manera de entender la guitarra argentina. Pero todo comenzó gracias a mi primer profesor, David Gómez, quien despertó en mí una pasión que nunca dejó de crecer.

Antes de emigrar Lautaro Tissera Favaloro integró varias formaciones en La Plata

—¿Cuándo empezaste a proyectarte como músico profesional y pensar en vivir de la música?

—Fue un proceso gradual. Empecé muy joven dando clases, haciendo arreglos y participando en distintos proyectos. Con el tiempo comprendí que la música no era solamente una pasión, sino una forma de vivir y de relacionarme con el mundo. Nunca hubo un momento exacto en el que dijera: "voy a ser músico profesional". Fue una sucesión de pequeños pasos, de oportunidades y de mucho trabajo que, casi sin darme cuenta, terminaron convirtiéndose en mi profesión y en mi modo de vida.

—¿Qué experiencias en grupos o como solista fueron fundamentales en ese recorrido?

—Cada proyecto me dejó un aprendizaje diferente. Durante muchos años integré distintos grupos dedicados al tango y a la música argentina, además de desempeñarme como arreglador y acompañante de numerosos artistas. Con el tiempo apareció la necesidad de desarrollar una voz propia, y allí la composición pasó a ocupar un lugar central. Mis discos Música Argentina, Rondevu y ahora Bayum -su último trabajo en el que evoca al maestro Pugliese- reflejan ese recorrido: una búsqueda constante por construir un lenguaje personal sin perder el vínculo con la tradición.

—En algún momento fuiste a vivir a la casa que había sido la de tu abuelo en su infancia...

—Durante varios años viví en la casa que había pertenecido a mis bisabuelos, ubicada en la zona sur de La Plata. Allí transcurrieron la infancia de mi abuelo Juan José y la de su hermano, mi tío abuelo René. Siempre fue un lugar cargado de memoria e historias familiares. Al costado de la casa se encontraba el antiguo galpón donde mi bisabuelo, que era ebanista, había tenido su carpintería antes de perderla en un incendio. Desde hacía tiempo soñaba con transformar ese espacio en un lugar dedicado a la música popular, especialmente al tango y al folklore. Con mi familia y sobre todo con mi hermano menor lo pusimos en valor y junto con otros artistas lo convertimos en un lugar de encuentro.

Espacio Don Juan

Así nació el Espacio Cultural Don Juan, pensado como un reducto abierto a conciertos, talleres, exposiciones y actividades que acercaran el arte a la comunidad. Abrió sus puertas en mayo del 2012. Desde el comienzo organizamos conciertos, ciclos de música, teatro, exposiciones de artes visuales, presentaciones de libros, talleres y propuestas educativas. Más que crear una sala, buscábamos construir un espacio de encuentro entre artistas y el público, donde distintas disciplinas pudieran dialogar y convivir.

—¿Cómo fue esa decisión de emigrar?

—Fue una de las decisiones más difíciles de mi vida. Dejar atrás a nuestra familia, nuestros amigos y un camino construido con mucho esfuerzo. Sin embargo, empecé a notar que mis proyectos despertaban un interés mucho mayor en el exterior que en mi propio país. Sentía que había llegado el momento de ampliar horizontes y asumir el desafío de desarrollar mi carrera artística en un contexto diferente. Primero viajé al sur de Francia de visita y, con el tiempo, comenzaron a surgir invitaciones para ofrecer conciertos y desarrollar distintos proyectos. Descubrí un país donde la cultura ocupa un lugar importante y donde existen políticas públicas que permiten pensar proyectos artísticos a largo plazo. Los primeros años fueron muy difíciles: aprender el idioma, comprender otra sociedad y construir una nueva red profesional llevó tiempo. Fue, literalmente, empezar desde cero.

Espacio Cultural Don Juan, funcionó en el galpon donde al padre de René Favaloro tenia su carpintería.

—¿Cómo fue la adaptación? Ya estabas casado y con un hijo pequeño…

—La adaptación fue compleja, tanto en lo profesional como en lo personal. Llegamos a Francia con la madre de mi hijo cuando él era apenas un bebé; hoy tiene ocho años. Compatibilizar la vida artística con la vida familiar nunca es sencillo, especialmente cuando gran parte del trabajo implica viajar de manera permanente. Esa experiencia me enseñó a valorar mucho más el tiempo compartido con mi hijo.

—¿Cómo es tu actividad hoy? ¿Con qué frecuencia volvés al país? ¿Pensás alguna vez en regresar?

—Actualmente desarrollo mi actividad principalmente en Europa, donde ofrezco conciertos, clases magistrales y talleres dedicados al tango, tanto para orquestas como para guitarristas, además de participar en festivales internacionales. Intento regresar a la Argentina siempre que los proyectos lo permiten. Esta gira tiene un significado especial porque es la primera vez que presento mi música en el país desde que emigré. Aunque hoy mi trabajo está muy vinculado a Europa, no descarto volver a vivir en la Argentina en algún momento. Me gustaría desarrollar con mayor profundidad mi faceta pedagógica y transmitir toda la experiencia acumulada durante estos años de escenarios y giras.

Tango y floclore, los ritmos que cultiva Lautaro en su guitarra.

El legado de René

—¿Cómo influyó en vos la figura del tio abuelo Rene?

—Más allá de su inmenso legado como médico, lo que siempre me impactó de René Favaloro fue su integridad, su ética, su compromiso con la educación y con el bien común. Su ejemplo me enseñó el valor de la perseverancia, del trabajo silencioso y de construir una obra que trascienda la propia vida. Cuando comencé a consolidar mi carrera como solista decidí incorporar el apellido Favaloro a mi nombre artístico. No fue una estrategia de visibilidad, sino una manera de honrar a las personas que me dieron la vida y de asumir con orgullo ese legado familiar, entendida sobre todo como una herencia de valores. la relación de René con mi abuelo la describe en su libro Recuerdos de un medico rural. Él venía a la casa de mis padres cada semana a visitarnos y cuando ya entre en la adolescencia hablábamos algo de música, ambos admirábamos a Alfredo Zitarroza y a Beethoven) pero también de filosofía y política.

—En tu trayectoria tienen un lugar central el tango y el folklore. ¿Cómo explicás esa elección artística?

—Gran parte de mi vida transcurrió entre la ciudad y el ámbito rural. Con el tiempo comprendí que esa doble experiencia había construido mi identidad musical. El tango y el folklore argentino no representan solamente un repertorio: son mi forma de comunicarme, de entender la guitarra y también de componer. Siempre me interesó pensar esas músicas como tradiciones vivas, abiertas al diálogo con el presente. Mi búsqueda consiste en respetar profundamente esa herencia sin dejar de aportar una mirada contemporánea. Creo que las tradiciones permanecen vivas cuando son capaces de transformarse y seguir dialogando con su tiempo.

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