Mabel, una de las creadoras de los tradicionales Imperialitos del Plata, murió y dejó una huella en la historia gastronómica de La Plata. Junto a su esposo, Héctor "El Negro" Velasco, inventó en 1972 este clásico de la pastelería local que, con el paso de los años, se convirtió en una de las especialidades más reconocidas de la ciudad.
La historia comenzó en la confitería Hispano-Argentina, ubicada en la esquina de 44 y 15. Allí, el matrimonio se dedicaba a la elaboración y venta de panificados, facturas, tortas y masas finas. Héctor, oriundo de Berisso, había aprendido el oficio desde muy joven y construyó junto a Mabel un emprendimiento familiar que terminaría dejando una marca en varias generaciones de platenses.
En 1972, la pareja decidió crear una versión más pequeña de la tradicional torta imperial. Así nacieron los imperialitos, un producto que se diferenciaba por la textura de su merengue, mucho más suave que el de las preparaciones tradicionales y con una consistencia que se deshace en la boca. En un primer momento, compartían el mostrador con otras variedades de masas finas.
Mabel y Héctor Velasco, el matrimonio que creó los históricos Imperialitos del Plata en 1972
El legado de Mabel que perdura en cada imperialito
Una década después, el matrimonio trasladó el negocio a un nuevo local, ubicado en 47 entre 11 y 12, bajo el nombre de Confitería del Plata. Con el cambio de dirección, los imperialitos comenzaron a ganar cada vez más popularidad entre los clientes, que los elegían junto con el resto de los productos de la confitería.
Con el tiempo, la demanda creció hasta convertirlos en la principal especialidad del comercio. Su hijo Hugo tomó la posta de la elaboración y perfeccionó la receta original: mantuvo los mismos ingredientes y tiempos de cocción, aunque modificó el tamaño para ofrecer una versión un poco más grande. La preparación conserva dos tapas de merengue, un relleno de crema con base de dulce de leche y una cobertura de praliné de maní, con azúcar impalpable por encima.
A mediados de los 2000, la familia decidió concentrar la producción exclusivamente en este producto, que se elaboraba de manera artesanal. La propuesta se consolidó gracias al boca a boca y se convirtió en un clásico de las reuniones familiares y los encuentros entre amigos. La producción continúa siendo limitada y los imperialitos se comercializan en bandejas, debido a la fragilidad de su preparación.
El legado de Héctor y Mabel siguió creciendo con la incorporación de sus descendientes al negocio. Facundo, Juan Manuel y Germán, nietos de la pareja, se sumaron al emprendimiento junto a su padre Hugo y apostaron por ampliar la presencia de la marca.
Así, aquella creación que nació en una confitería tradicional de La Plata hace más de cinco décadas trascendió el mostrador original y se convirtió en un sello de la pastelería platense. Mabel fue parte fundamental de ese recorrido y del emprendimiento familiar que hoy continúa en manos de sus descendientes.