lunes 17 de agosto de 2026
Cinema La Plata Luis Huamanchumo (5)
Luis Huamanchumo

El señor de los cines

Llegó a La Plata desde su Perú natal a finales de los ochenta, durmió bajo la lluvia en plaza San Martín y hoy administra todas las salas de los cines de la ciudad.

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Después de una charla de más de una hora y tras un recorrido silencioso por los pasillos, techos y pasadizos secretos del Cine San Martín, al encargado de Cinema La Plata –la empresa que administra los cinco cines de la ciudad– le brillan los ojos no solo por repasar su trayectoria de más de tres décadas en las salas, sino también su historia de vida, desde que a finales de los ochenta llegó de su Perú natal dispuesto a pasar una noche entre las diagonales a la intemperie, bajo una lluvia de otoño en Plaza San Martín.

—Esa noche fue el quiebre en mi vida— recuerda. Y así empieza a recapitular una extraordinaria serie de episodios que tal vez en algún momento forme parte de un guion, quién sabe.

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La vida de Luis Huamanchumo, el señor de los cines, podría ser llevada a la pantalla grande. Y ese sería el único giro que le falta a una historia de película.

Los primeros pasos en el Ópera

La oscuridad y el silencio que hay arriba de la sala 1 del Cine San Martín intimida. Los fantasmas que pasean por estos pasillos y que algunas veces se dejan ver, según confiesa Luis, acompañan una historia apasionante que data de finales de la década del 30, cuando fue inaugurado el complejo. Luego se incendió y atravesó distintas etapas hasta el día de hoy, época en la que ofrece cuatro salas de primer nivel con capacidad para 1.120 espectadores.

Luis conoce todos los rincones y pasillos de los cines de La Plata en los que trabaja hace varias décadas

Luis conoce todos los rincones y pasillos de los cines de La Plata en los que trabaja hace varias décadas

Abajo hay un grupo de adolescentes mirando la nueva película de Los minions. Nosotros estamos en las alturas, desde la sala de proyecciones, por la que se accede tras subir una escalera caracol altísima y luego de atravesar un enorme corredor en la azotea. Mientras quita los plásticos que cubren viejas máquinas cinematográficas ya obsoletas, Luis cuenta cómo llegaban las películas hace muchos años, en latas rotuladas en uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis actos. Varias de ellas están apoyadas contra las paredes, como trofeos, como recuerdos de un pasado que el encargado de Cinema La Plata recuerda con añoranza.

Comenzó trabajando como acomodador en el viejo Cine Ópera de 58 entre 10 y 11, a principios de los noventa. Después fue boletero. En esa época, ir al cine en esta ciudad todavía era un destacado acontecimiento social; la gente concurría casi vestida de gala y se respetaban los códigos que el paso del tiempo opacó: se hacía silencio, no se comían pochoclos y claro, nadie podía fotografiar, filmar ni hablar por teléfono. "Hoy eso sigue pasando los jueves, que es cuando viene la gente más grande, que son los más cinéfilos", dice.

Luis comenzó trabajando como acomodador en el viejo Cine Ópera de 58 entre 10 y 11, a principios de los noventa. Después fue boletero

Esta es una de las salas en las que hace un par de décadas, cuando desde la distribuidora llegaban las películas, sucedía la magia: "Las latas llegaban con un precinto de seguridad todos los miércoles –a veces los martes, cuando eran muy importantes–, y acá armábamos las películas. Las proyectábamos a la madrugada y teníamos que verlas completas, prestando mucha atención a los últimos 10 cuadros de cada acto y a los 10 primeros del siguiente, para que coincidiera todo, y ahí los pegábamos. Ha pasado que el laboratorio se equivocaba y mezclaba el orden de las latas, entonces teníamos que estar muy atentos". A veces, cuando las películas prometían ser importantes, esa tarea no la hacía solo: otros empleados y trabajadores de los cines le preguntaban si podían acompañarlo, y entonces todos juntos miraban por primera vez, antes que nadie, títulos que luego serían históricos, como Trainspotting, Matilda, Día de la Independencia, Twister, Titanic, Hombres de Negro, The Truman Show, Loco por Mary, Náufrago, Kill Bill y tantos otros.

Luis Huamanchumo es el encargado de Cinema La Plata y tiene toda una historia en las salas de la ciudad

Luis Huamanchumo es el encargado de Cinema La Plata y tiene toda una historia en las salas de la ciudad

"Eso se perdió", se lamenta hoy. "Ahora todo es más fácil porque todo es digital, lo hace un programa, es un archivo. Antes debíamos detectar todo nosotros, no era solo mirar la película, sino hacerlo con mucha atención para informar a los laboratorios. Por ejemplo, una película de 3 horas y media como Titanic tenía 3 bobinas y había que utilizar dos máquinas para hacer los cambios en el momento justo sin que el espectador lo notara. Y a veces fallaba... el operador se dormía y entonces la pantalla quedaba en blanco; la gente silbaba, insultaba, él se despertaba y lo corregía".

Esa adrenalina es cosa del pasado. Las tareas manuales incluían no solamente proyectar las películas y estar atentos a los cambios de latas, sino también encender y apagar las luces, y reproducir y parar la música, entre otras operaciones que hoy se simplifican con un click.

Una película de 3 horas y media como Titanic tenía 3 bobinas y había que utilizar dos máquinas para hacer los cambios en el momento justo sin que el espectador lo notara. Y a veces fallaba Una película de 3 horas y media como Titanic tenía 3 bobinas y había que utilizar dos máquinas para hacer los cambios en el momento justo sin que el espectador lo notara. Y a veces fallaba

Aquella noche de lluvia en plaza San Martín

Luis nació hace 58 años en Chiclayo, una ciudad de la costa norte del Pacífico en Perú. Cuando terminó la secundaria, el país atravesaba un clima social complicado, con un conflicto armado interno que tenía a la organización Sendero Luminoso en el centro de la escena. "Si yo me quedaba era para hacer el servicio militar obligatorio y entonces me iban a mandar a luchar a la selva", recuerda. Pero zafó. Y como le apasionaba viajar, se embarcó en una aventura que lo llevó a recorrer parte de Latinoamérica: Ecuador, Colombia, Brasil. Luego volvió, juntó algo más de plata y ahí sí, definitivamente dio el gran paso de su vida: como tantos otros peruanos que eligieron Argentina para estudiar en la universidad pública y gratuita, se instaló en Buenos Aires: "La Plata era la ciudad en la que más compatriotas había; vine a conocer el sistema y me encantó".

Comenzó a estudiar Medicina en la UNLP pero tuvo que interrumpir las cursadas porque la empresa de su papá entró en crisis y su familia ya no pudo solventarle el estudio. Eran tiempos de hiperinflación y entonces tuvo que ingeniárselas para sobrevivir, entre una decena de personas viviendo amontonadas en un departamento de 45 entre 9 y 10, tras pasar un breve período de tiempo en Altos de San Lorenzo. Pero el momento que lo marcó para siempre fue una noche en la que no tenía lugar para dormir y decidió entregarse a la suerte de una madrugada de lluvia en Plaza San Martín.

Así se ve desde los entretechos el Cine San Martín.

Así se ve desde los entretechos el Cine San Martín.

Dispuesto a dormir bajo la tormenta ese viernes de mayo, a Luis lo rescató el cuidador que tenía su refugio en la glorieta: le dio un café, le puso un colchón y le ofreció su techo para pasar esa noche. A la mañana siguiente fue a la Iglesia Adventista porque sabía que ahí encontraría a peruanos. Y así fue: el destino quiso que lo recibiera otro chiclayano que lo invitó a compartir su departamento. Luis se sumó a las actividades de beneficiencia que organizaban en la iglesia y de a poco se enderezó su camino en La Plata, que sería el comienzo de una historia de esfuerzo y sacrificio. Por eso hoy cuando la recuerda, lagrimea. Y lo hace con una gran emoción que no puede ocultar.

Luis estaba dispuesto a dormir bajo la tormenta en Plaza San Martín, pero lo rescató el cuidador que tenía su refugio en la glorieta

Trabajó como seguridad, haciendo repartos de diarios y consiguiendo pequeñas changas por ahí. Mientras, comía las sobras que un chef –también peruano– de la extinta La Lecherísima de 8 y 50 les regalaba algunas noches a él y a sus compañeros de habitación.

Tiempo después, hablando con un compañero de trabajo en el cine, descubriría que este había tenido un tío que trabajaba como sereno en plaza San Martín en la misma época de aquella noche de lluvia. En su relato deja pasar unos segundos en silencio y hoy, a más de tres décadas de esa tormenta, se le iluminan los ojos cuando piensa en esa casualidad.

— ¿Podés creer que el tío de él fue el que me dio albergue esa noche?

El misterio de la sala de proyecciones

"Yo trabajaba como seguridad y veía entrar y salir a un señor que un día me preguntó si yo sabía pintar... por supuesto le dije que sí, y entonces me llevó al videoclub Hollywood de diagonal 74. Él veía que yo resolvía muchas cosas, como por ejemplo reparar las luces, y entonces me animé a pedirle trabajo, sin saber que era el dueño del cine", recuerda Luis. Así fue como lo convocó para la mañana siguiente al Cine Ópera, sala en la que empezó trabajando como acomodador.

Luis en uno de los rincones secretos del Cine San Martín. Llegó a La Plata desde Chiclayo a finales de los ochenta

Luis en uno de los rincones secretos del Cine San Martín. Llegó a La Plata desde Chiclayo a finales de los ochenta

Mientras tanto, en ese momento estudiaba Odontología. Pero casi sin proponérselo, empezó a tejer una relación muy estrecha con el mundo del cine. La curiosidad en él fue tan grande que de a poco se fue acercando a la sala de proyecciones, aunque quienes se encargaban de esas tareas le cerraban la puerta en la cara. Es que era el rincón más exclusivo del complejo y para acceder a él había que contar con experiencia, había que tener ciertas credenciales. "No, pibe, no podés entrar acá", le respondían cada vez que pedía ingresar.

Ni el operador titular ni tampoco el suplente –una persona mayor que hacía relevos de manera esporádica– le permitían atravesar esa barrera. Hasta que un día apareció un nuevo operador que tuvo que reemplazar al que no podía ir, y Luis también le insistió a él: "Dale, Pablito, dejame entrar a la cabina, solamente a ver". Y Pablito aceptó. Luis se tomó un franco exclusivamente para poder pasar toda esa jornada en la sala de proyecciones, y eso marcó un antes y un después en su vida.

Así fue como intentó que le explicaran cómo hacer para proyectar películas, pero seguían negándose, ya que no estaban autorizados. Sin embargo, eso no fue un obstáculo: Luis llevó varias hojas y una lapicera y se puso a dibujar: "Dibujé los rodillos, las cintas, las latas, los rulos de la máquina, dibujé todo". Y en otra ocasión, cuando volvió a insistir para que le enseñaran y una vez más se lo negaron, Luis mostró los dibujos: "Dale, Pablito... si ya tengo todo anotado y dibujado; decime por qué hay un rulo más arriba y otro más abajo, explicame para qué sirve la luz, por qué hay distintas medidas". Y Pablito no se pudo resistir más a la genuina insistencia de un joven acomodador que soñaba con proyectar películas.

Luis empezó a tomarse francos cuando sabía que su nuevo amigo, el encargado de las proyecciones, decía presente. Así aprendió. Hasta que un día ocurrió el milagro: necesitaban de urgencia a alguien que proyectara la película porque quien debía hacerlo se había ausentado. "Yo lo hago", dijo el acomodador, ante la sorpresa de todos. "¿Pero sabés?", le preguntaron. Y por supuesto que sabía. La película que proyectó fue Apolo 13.

"¿Salió todo bien?", preguntó el dueño cuando se enteró de lo que había pasado. "¿Y cómo fue que aprendiste?", preguntó inmediatamente. Estaba gratamente sorprendido, y no le quedó otra que tenerlo en cuenta para alguna nueva ocasión similar, algo que ocurrió al mes: Pablo debía ausentarse por un tiempo y entonces Luis lo reemplazó, casi por decantación.

Pero no todo fue tan fácil: "Los muchachos del sindicato no querían saber nada y entonces me iban a buscar al cine". Él se las ingeniaba para enterarse de cuándo eran esas visitas poco amigables, y se escapaba minutos antes. Pero un día lo interceptaron en medio de una función: "Me patotearon, me dijeron que no podía estar ahí... pero tuve la suerte de que los dueños me defendieron, siempre me respaldaron". Enseguida el Ópera cerró y como el operador se jubiló, Luis continuó trabajando en su reemplazo en la nueva sala del San Martín, y al mismo tiempo llevando a cabo otras tareas de mantenimiento. En esa época se inauguraba Cinema City y se proyectaba el Paradiso.

Por los pasillos de los pisos de arriba del Cine San Martín se encuentran afiches y viejas latas con los rollos de las películas

Por los pasillos de los pisos de arriba del Cine San Martín se encuentran afiches y viejas latas con los rollos de las películas

Los dueños lo sentaron un día y al ver su potencial, le propusieron que fuera a estudiar a Capital para poder perfeccionarse. En esos tiempos arribaba la nueva tecnología y necesitaban a alguien que aprendiera todos los secretos: armar y desarmar los proyectores, conocer el funcionamiento de las pantallas y todos los pormenores del trabajo diario. Así fue como viajó todas las semanas para estudiar Tecnicatura en Cinematografía, algo que le quitó mucho tiempo para pasar con su familia, pero que le sirvió para construir su carrera y cumplir su sueño. "Me terminé haciendo cargo de la parte técnica del cine con 27 años, cuando todos los operadores tenían más de 50, entonces nadie me hacía caso", se ríe hoy. Así fue como surfeó con hidalguía el derecho de piso. Tanto, que terminó siendo el hombre de confianza de los dueños: hace 15 años que se ganó ser el encargado general del grupo que administra los cinco cines de la capital de la provincia de Buenos Aires.

Me terminé haciendo cargo de la parte técnica del cine con 27 años, cuando todos los operadores tenían más de 50, entonces nadie me hacía caso Me terminé haciendo cargo de la parte técnica del cine con 27 años, cuando todos los operadores tenían más de 50, entonces nadie me hacía caso

Y en esta película que protagoniza con orgullo, recuerda varias escenas que lo marcaron a lo largo de estas más de tres décadas: fantasmas que se le aparecieron delante de sus ojos en la sala 1 del Cine San Martín; señoras que fallecieron en medio de alguna función; billeteras, celulares y hasta consoladores y preservativos usados encontrados en las salas; algunas personas a las que les tuvo que prohibir el ingreso porque molestaban a los espectadores; y hasta la mujer que al día de hoy dice presente todos los jueves a primera hora para recorrer todas las salas hasta la última función y así poder ver absolutamente todos los estrenos.

Casi cuarenta años después

Los tiempos cambiaron y Luis protagonizó cada una de las transiciones. Hoy ya tiene bien estudiado el comportamiento del público y por eso cada cine supo construir su perfil. Ahí está el secreto del éxito en una ciudad que cuenta con 18 salas, todas en el centro y con una distancia máxima de menos de 10 cuadras entre todas. Eso no ocurre en ningún otro lado.

Y Cinema La Plata continúa innovando. Luis cuenta que constantemente están estudiando cómo implementar los adelantos tecnológicos que se presentan todos los años en reuniones que también los tienen a ellos como protagonistas. "La Plata no se queda atrás, al contrario, está a la vanguardia de estos adelantos". Además, sueña con la construcción de un museo que reúna a todas las máquinas que hoy descansan en los pasillos del histórico cine de avenida 7 entre 50 y 51. Mientras tanto, de vez en cuando vuelve a ver En busca del destino, con Matt Damon, Ben Affleck y Robin Williams, su película favorita, esa que proyectó cuando se estrenó, allá por 1997.

Uno de los proyectos de Luis, a futuro, es armar un museo del cine con los elementos de las distintas épocas

Uno de los proyectos de Luis, a futuro, es armar un museo del cine con los elementos de las distintas épocas

Sus padres Juana y Ricardo están siempre presentes, como así también Azucena, su exesposa. Ni hablar sus hijos Ricardo, Héctor y Felipe, a quienes nombra en varios pasajes de la charla, mientras solo tiene palabras de agradecimiento para Marcelo, David y Fabián Harari, los dueños de la empresa. Todo esto lo cuenta mientras caminamos por los pasadizos secretos del San Martín, frente a la plaza en la que hace casi cuarenta años durmió bajo la lluvia. Acá, a pocos metros, el Luis que recién llegaba de Perú no imaginaba todo lo que vendría, y cuando hoy se pone a pensar en eso tiene que respirar hondo para no quebrarse.

—¿Qué le dirías a aquel Luis que no tenía un lugar para dormir y se dispuso a pasar la noche de lluvia en la plaza?

—Que todo el esfuerzo valió la pena.

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