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El paso de René Favaloro por la UNLP: entre la contracción al estudio y la militancia por las ideas

Estudió en la UNLP entre 1942 y 1949. Sus maestros, su acercamiento a la cirugía y su particular compromiso con los pacientes. La encendida defensa del reformismo universitario y la historia de la renuncia a su primer trabajo.

En abril de 1942, con 18 años, René Favaloro comenzó a estudiar en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). El régimen vigente le permitió ingresar en forma directa y sin examen, ventaja con la que contaban sólo los bachilleres que, como él, habían egresado del Colegio Nacional y de los demás los establecimientos preuniversitarios. El resto de los aspirantes, en cambio, hasta completar un cupo de ciento veinte alumnos, debía rendir una prueba eliminatoria.

Henchido de orgullo estrenó el guardapolvo blanco al iniciar las cursadas en el edificio ubicado en el Paseo del Bosque, sobre la avenida 60. En unos amplios galpones se repartían las aulas que convergían hacia un patio interno delante del Aula Pasteur, reservada para la realización de eventos especiales y febriles asambleas estudiantiles. Era el final de la gestión del decano Orestes Adorni, que a fines de aquel año fue reemplazado por Victorio Monteverde, a quien le tocaría dirigir la Facultad hasta 1945.

Según la reglamentación vigente, los estudiantes con mejores promedios eran eximidos del pago del arancel. Favaloro tramitó y obtuvo esa dispensa "en atención al promedio distinguido", según consta en la ficha personal elaborada por la casa de estudios.

Se integró con naturalidad a la vida universitaria, destacándose por su dedicación al estudio. Su primer gran desafío fue la lectura de los cuatro tomos del Tratado de Anatomía Humana para la clase de Anatomía Descriptiva, a cargo del anatomista Rómulo Remo Lambre, famoso por su entrega al trabajo y por la colección osteológica que armó con cientos de cadáveres cedidos por las autoridades del cementerio local. Fue entonces cuando Favaloro se calzó por primera vez un par de guantes de goma para cirugía y tuvo entre las manos un bisturí y un par de pinzas con las que aprendería a disecar cadáveres sobre las mesas del laboratorio.

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Con 18 años, René Favaloro comenzó sus estudios en la UNLP en abril de 1942

En Histología y Embriología tuvo como profesor a Herberto Prieto Díaz y cursó Pediatría en el Hospital de Niños, al que siempre recordó como una institución ejemplar en la que adquirió conocimientos que le resultaron de gran utilidad durante su etapa como médico rural.

Activo militante desde los años del secundario, el joven Favaloro participó intensamente en la vida política de la Facultad de Medicina. Encuadrado en la defensa a rajatabla de una concepción reformista contraria a todo autoritarismo, se sumó a la agrupación “Libertad y Reforma”, por la que resultó elegido delegado suplente en los comicios estudiantiles del año siguiente. A poco de realizada la elección, el delegado titular enfermó y René tuvo que reemplazarlo, lo que lo convirtió en el principal representante estudiantil en la Facultad.

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Favaloro realizó el primer tramo de sus estudios de Medicina mientras trabajaba como celador en el Colegio Nacional.

Su compromiso se profundizó. Su primera tarea después de asumir fue oficiar de jurado en un concurso docente. Tras asistir a la clase de oposición y estudiar los antecedentes de los aspirantes, se presentó ante sus compañeros del cuerpo directivo del Centro de Estudiantes y dijo no estar capacitado para opinar. Según su visión, como alumno no contaba con los conocimientos suficientes para evaluar a un profesor, a excepción, aclaró, de las cuestiones éticas surgidas de su trayectoria.

El tercer año era un escalón clave de la carrera en el que se establecía un filtro. Entre otras cosas daban comienzo las concurrencias al ex Hospital Policlínico y, consecuentemente, el debut en el contacto efectivo con pacientes a través de las cátedras que se dictaban en las distintas salas y pabellones del nosocomio.

Maestros y guías

En aquellos pasos iniciales en el ámbito hospitalario René aprendió a palpar, auscultar y percutir sobre la piel y se entusiasmó con el contacto directo con los enfermos. Hizo sus primeras armas en la materia Semiología y Clínica, dictada por Ramón Tau, orientada a adquirir los conocimientos necesarios para la identificación de síntomas de distintas dolencias. Era un asunto crucial en esos años en los que escaseaba la tecnología necesaria para el desarrollo de diagnósticos. René sacó el máximo provecho de esa cursada a partir de su excelente relación con Tau, a quien lo unía su fervor por Gimnasia.

Al mismo tiempo que reafirmaba su vocación, crecía en su interior un ansia irrefrenable de superación y trascendencia. "Una vez en la Facultad, durante mis largas caminatas por el Bosque, a veces me decía que quizá, con un poco de esfuerzo, podría constituirme en el primero de mi clase", escribiría muchos años después y sumaba: "Es difícil de explicar. Sentía la necesidad de ser el primero, sin que ello implicara arrogancia o soberbia; era una profunda necesidad espiritual que debía satisfacer a través de una entrega absoluta y en competencia leal. Escuchaba atentamente a mis maestros, estudiaba en los libros comunes de texto y además ahondaba los conocimientos a través de los tratados que hallaba en la biblioteca".

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Ficha de inscripicipión de René Gerónimo Favaloro a la Faculta de Medicina

Había empezado a asistir como oyente a materias de cursos superiores, para escuchar a profesores como el titular de Clínica Médica, Rodolfo Rossi, un formador de formadores que tuvo a su cargo la Sala I del Policlínico durante más de treinta años. Los sábados por la tarde también concurría a las clases que en la Sala III ofrecía Egidio Mazzei, obsesionado defensor de las bases morales en la práctica médica.

En la Sala V, de cirugía, cursó Patología Quirúrgica en la cátedra de Manuel Cieza Rodríguez, un facultativo que, sin descollar, conocía profundamente su métier. Allí, junto al ayudante Roberto Gutiérrez, Favaloro realizó su primera extirpación de un órgano. En la jerga se llama “lavarse” al hecho de participar como asistente por primera vez en una intervención.

De vez en cuando también se las arreglaba para filtrarse entre los alumnos mayores y presenciar las operaciones de los destacados cirujanos Federico Enrique Bruno Christmann y José María Mainetti, indiscutidos referentes de precisión, minuciosidad y delicadeza en el arte del acto quirúrgico.

Conocía a Christmann por las referencias elogiosas de su tío Arturo, que también era médico y en la familia le adjudican la inclinación de Rene por la medicina ya que lo solia llevarlo cuando era muy pequeño a las visitas domiciliarias de pacientes. Además de su actividad docente y de investigación, participaba de diversas entidades médicas y escribió numerosos tratados de la especialidad. Con él Favaloro aprendió, sobre todo, la simplificación y estandarización del procedimiento quirúrgico que aplicaría años después a la cirugía cardiovascular. El profesor Christmann solía repetir en sus clases una frase que a Favaloro lo tocaba particularmente: “Para ser un buen cirujano hay que ser buen carpintero”. René rescataba siempre como un legado familiar la tarea desarrollada junto a su padre en el taller de carpintería, que se había visto complementada a partir de una observación atenta de la forma de hacer nudos y coser manualmente de su madre.

Mainetti, por su parte, era titular de Clínica Quirúrgica correspondiente al sexto año y jefe de la Sala V. Para René fue mucho más que un gran maestro. Además de enseñarle a operar supo darle consejos en momentos clave de su vida. Sostenía en la cátedra que la medicina era como un tridente que tenía algo de ciencia, algo de sacerdocio y algo de arte, y que el profesional debía saber combinar el tiempo dedicado a la profesión para obtener un buen rendimiento económico, con un necesario espacio dedicado al ocio que le permitiera desarrollar su espíritu y organizar sus ideas. Intentaba persuadir a sus alumnos de que si los adelantos de la medicina no llegaban a todos, no tenían sentido, y de que era preciso pensar la actividad, ante todo, como una tarea humanitaria.

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Favaloro junto a su maestro José Mainetti

En una de aquellas intervenciones René le escuchó recalcar la importancia del conocimiento anatómico para el buen desarrollo de la tarea quirúrgica. Por eso se ofreció para concurrir como ayudante alumno de la cátedra de Anatomía Topográfica, dirigida por los profesores Eugenio Antonio Galli y Julio Héctor Lyonnet. La materia dividía el estudio del cuerpo humano en tres zonas principales: cabeza, tronco y extremidades.

Esa ayudantía despertó la inclinación de René hacia la enseñanza. Sentía placer por anticipar la lectura de los temas que iban a tratarse en clase y compartir sus conocimientos con los alumnos. En el marco de la cátedra se profundizaba la práctica de disección de cadáveres, intentando reproducir las maniobras observadas en las clases de los maestros. Más de una vez, Lyonnet destacó su destreza para trepanar cráneos y descubrir el cerebro. En ese afán, se esforzaba por engarzar la tijera hacia atrás en el cuarto dedo de la mano derecha, imitando la técnica de Mainetti. Para entonces, ya estaba convencido de que la cirugía era lo suyo.Sentí ese llamado especial, que viene desde el quirófano y que es difícil de describir”, contó cierta vez, recordando aquellos días de formación.

Compromiso con las ideas

Favaloro seguía con preocupación los acontecimientos políticos del país, especialmente el golpe de Estado de 1943 que derrocó al presidente Ramón Castillo y profundizó el conflicto entre la Universidad y el Gobierno. El golpe, liderado por el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), había sido impulsado por sectores políticos y militares que se oponían a la posibilidad de que Argentina dejara de ser neutral en la Segunda Guerra Mundial. Este contexto de tensión internacional alimentó el antifascismo entre los universitarios reformistas, que veían al régimen militar como una amenaza totalitaria.

En respuesta, las universidades fueron intervenidas, y la represión contra estudiantes y docentes se intensificó, lo que generó renuncias y conflictos dentro de las casas de estudio. La UNLP, bajo la dirección de Ricardo De Labougle, experimentó una fuerte reforma, con medidas como la instauración de la educación religiosa y la creación de una cátedra de Defensa Nacional. Mientras tanto, en la política nacional, la intervención de Edelmiro Farrell en 1944 y el ascenso de Juan Domingo Perón a la vicepresidencia marcaron un cambio en el panorama político, impulsando reformas sociales y laborales a través de su alianza con el sindicalismo.

En 1945, la agitación política en el ámbito universitario se intensificó, con una fuerte oposición a la intervención gubernamental. De Labougle fue destituido por una revuelta estudiantil y reemplazado interinamente por el abogado Benjamín Villegas Basavilbaso, quien convocó a una asamblea que ungió como presidente de la UNLP al profesor Alfredo Calcagno. Para entonces la sangría de docentes se había profundizado.

A fines de marzo de ese año Farrell decidió, finalmente, declarar la guerra a Alemania y Japón, abandonando la neutralidad, y en julio anunció la convocatoria a elecciones presidenciales. Una multitudinaria movilización de trabajadores proclamó a Perón como candidato a ocupar el sillón de Rivadavia. En ese contexto, la pelea entre el gobierno de facto y las universidades recrudeció y éstas se constituyeron en la vanguardia de la lucha opositora. En los siguientes meses, los acontecimientos se precipitaron y se produjeron en La Plata reiterados encontronazos callejeros que enfrentaron a estudiantes tanto con las fuerzas de seguridad como con obreros alineados con Perón y con integrantes de la Alianza Libertadora Nacionalista, un agrupamiento nacionalista católico que por entonces funcionaba como fuerza de choque para amedrentar a adversarios políticos.

"Éramos osados, idealistas, rebeldes", solía contar René cuando evocaba aquellos días febriles de juventud. En aquellos tiempos comprobó en carne propia los riesgos a que estaba expuesto por su creciente participación estudiantil, que tantas veces su madre le había rogado moderar.

En un atardecer, mientras aguardaba la llegada del tranvía frente a la estación del ferrocarril Roca, fue sorprendido por tres hombres vestidos de civil que se presentaron como policías y lo instaron a que los acompañara. Cuando llegaron al Departamento Central de Policía, lo condujeron hasta una habitación amplia y penumbrosa en un subsuelo al que se accedía desde una escalera que daba a un patio interno. En el lugar se encontró con otros militantes de la Federación Universitaria de La Plata (FULP), entremezclados con presos comunes. Favaloro soportó entonces el rigor de los interrogatorios, a los que lo llevaban esposado por la espalda. Eran sesiones de ablande y amedrentamiento en las que le repetían consejos y advertencias del tipo: “vas a terminar mal”, “todo esto no te conviene” o “a nosotros a veces se nos va la mano”.

Al relatar las situaciones vividas durante esta etapa en su libro Don Pedro y la Educación, Favaloro recordó, incluso, haber sufrido una persecución a tiros frente a la sede de la biblioteca Alejandro Korn, sobre la calle 49, en el centro de La Plata.

En la tarde del miércoles 19 de septiembre de 1945, la oposición realizó una movilización multitudinaria que se conoció como la “Marcha de la Constitución y la Libertad”, que congregó a unos 200 mil manifestantes en la Capital Federal. El poderío de Farrell y Perón parecía resquebrajarse, lo que repercutía sobre todo en las disputas al interior de las Fuerzas Armadas.

El viernes 28, en la UNLP se inició un paro de actividades por tiempo indefinido, con la ocupación del Rectorado, en protesta contra las medidas represivas del gobierno, que incluyeron la detención del rector Calcagno, quien había resuelto la suspensión de clases en oposición al estado de sitio decretado por el gobierno, la amenaza de clausura y la injustificada detención de profesores y estudiantes, acusados de participar en presuntas actividades conspirativas. El gobierno respondió ordenando el cierre y desalojo de la universidad, pero los estudiantes, docentes y autoridades resistieron con una cadena humana frente al edificio. René Favaloro participó activamente en la protesta, estando junto al decano de Derecho, José Peco.

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Tras una andanada de gases lacrimógenos los policías ingresaron por varios frentes y dispersaron a los manifestantes. René recibió un culatazo en el abdomen y, tras permanecer varias horas en el patio de la universidad, fue trasladado a la Unidad 1 del Servicio Penitenciario Bonaerense en la localidad de Lisandro Olmos, ya que no había plazas suficientes en las comisarías de la ciudad. Allí, luego de recibir curaciones en la enfermería debido a los golpes recibidos, fue recluido en una celda junto a otros jóvenes y sometido a un extenso interrogatorio. Tal como le habían dicho en su anterior detención, las autoridades policiales contaban con una ficha personal con su nombre, en la que se consignaba que era militante comunista.

—¿Por qué no revisan las actas que secuestraron del Centro de Estudiantes? Ahí van a ver que en las asambleas siempre he combatido los totalitarismos —replicó el joven.

A primera hora del día siguiente, el jefe de la Unidad los hizo llevar a su despacho y les informó que todos irían quedando en libertad en pequeñas tandas. Así ocurrió.

El plan de Perón, que incluía una serie de reformas laborales, era resistido por el empresariado y por sectores del propio gobierno que, a principios de octubre de 1945 terminaron por forzar su renuncia y luego su encarcelamiento en la Isla Martín García. Su liberación, el 17 de octubre, tras una masiva movilización obrera, desató reacciones violentas en La Plata: Aquel día, un numeroso grupo de manifestantes obreros provenientes de Berisso que se dirigían hacia la Capital Federal apedrearon la casa de Calcagno y la sede de la UNLP al grito de: "¡Alpargatas sí, libros no!".

Las prácticas hospitalarias

Más allá de los avatares de la militancia estudiantil, René se esforzaba por avanzar en su carrera. En cuarto año, al cursar las dos materias específicas sobre patologías, intensificó aún más su participación en la vida hospitalaria. Por las tardes regresaba al hospital, situado apenas a cinco cuadras de su casa, para observar la evolución de los pacientes, con los que solía quedarse conversando largamente, y tratar de darles ánimo. Ya desde entonces sostenía que la evolución clínica del enfermo tenía relación con la confianza y el apoyo que le hiciera sentir el médico. Gozaba de la tranquilidad y el silencio que envolvían al lugar sin la actividad febril de las mañanas. Era común verlo enfrascado en discusiones sobre los casos que pasaban por el hospital. Iba a la biblioteca de la Facultad o de la Sociedad Médica para cotejar sus posiciones con lo que indicaban los libros o las revistas especializadas que abordaban la problemática en cuestión. Llegó al extremo de seguir concurriendo aún en época de receso estudiantil.

Cada tanto, conversaba con su tío Arturo, que por entonces revistaba en la Junta Ejecutiva de la UCR de Avellaneda. A esa altura, Arturo ya tenía una dilatada experiencia en la arena política. Entre otras cosas, su militancia le había costado un exilio forzoso en el Uruguay en los primeros años luego del golpe de 1930. Había sido fundador de la Junta Renovadora partidaria y, poco a poco, se fue acercando a la argamasa que dio vida al peronismo. Por eso fue comisionado municipal entre enero y febrero de 1946 pero tuvo que dar un paso al costado apremiado por una interna desatada con sectores del Partido Laborista. Tío y sobrino coincidían en la preocupación por el cariz que habían tomado los acontecimientos.

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Eran tiempos movidos y las universidades no quedarían ajenas a la conmoción que generó el fenómeno peronista en sus primeros años. Desde que Perón asumió la presidencia, el 4 de junio de 1946, buscó ejercer un control directo sobre las casas de altos estudios. La ley 13.031, aprobada al año siguiente, puso en manos del Ejecutivo la elección de los rectores. Se incrementó la matrícula a partir de instaurar por decreto la gratuidad y el acceso irrestricto a la enseñanza superior, al tiempo que se estableció como obligatoria la asistencia a cursos de formación política en todas las facultades. En Medicina fueron nombrados sucesivamente como decanos Eduardo Corazzi y Joaquín Martínez. Esa época coincidió con un apartamiento momentáneo de Favaloro de la vida académica y las vicisitudes de aquella complicada coyuntura política, ya que durante todo ese año cumplió con el Servicio Militar Obligatorio. Con 22 años fue enrolado en las filas del Ejército el 9 de febrero de 1946 para cumplir con la popularmente llamada “colimba” en el Centro de Formación de Oficiales de Reserva de la Segunda Región Militar, con asiento en City Bell, a las órdenes del capitán Carlos Alfredo Diana. A pocos días de su ingreso, terminó en el calabozo por protagonizar un encontronazo con un cabo primero que lo había hecho caer al suelo intencionalmente mientras corría. Favaloro reaccionó airadamente. Tomó al suboficial de la chaqueta y lo cubrió de insultos. Aprendió, amargamente, que dentro del mundo castrense eran posibles todo tipo de maltratos, humillaciones y arbitrariedades amparados por la superioridad jerárquica. Tras la instrucción militar, realizada en San Miguel del Monte, fue ascendido al grado de “cabo conscripto”, según lo dispuesto por teniente coronel Adolfo Marsillach, por entonces titular del Distrito Militar de La Plata. Y cuando el 12 de diciembre fue dado de alta, egresó con el rango de subteniente de reserva, alcanzando la aptitud de Jefe de la Sección Ametralladora. Según los relatos que circulan en la familia, los efectivos de la unidad lo llamaban “doctorcito” y cada tanto le pedían consejos por alguna dolencia.

Alumno sobresaliente

Después de terminar la conscripción, René debía rendir algunas materias pendientes y cumplir con los trabajos prácticos adeudados para completar el cuarto año. En marzo logró aprobar Patología Quirúrgica y Patología Médica. El titular de la última de esas materias era el exdecano Adorni, que en aquel momento se desempeñaba como médico adscripto de la Armada. No simpatizaba con los estudiantes que tenían actividad política, frente a quienes solía redoblar la exigencia. Pese a lo inusual, profundo y complejo de las preguntas, el joven salió airoso y obtuvo la máxima calificación posible: “sobresaliente”. Así, en abril de 1947, quedó habilitado para cursar el quinto año.

En esos días accedió por concurso al sistema de prácticas internas –hoy llamado residencias– en el Policlínico. Era el tramo más intenso de la preparación profesional. Incluía un régimen de guardias cada 48 horas. Durante esa etapa, que se extendió por dos años, obtuvo un panorama general de patologías y tratamientos y consolidó el trato con los enfermos, que en su mayoría eran de condición humilde.

El Policlínico era el principal centro médico de la región. A su vez, recibía casos muy complejos derivados desde distintos puntos la provincia de Buenos Aires. Sus orígenes se remontan a 1884, cuando en el actual terreno se instaló la Casa Municipal de la Sanidad. Tres años más tarde, la Sociedad de Beneficencia y la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia quedó a cargo de su financiamiento y rebautizó al lugar como Casa de la Misericordia. Su primer director fue Ángel Arce Peñalba.

Con frecuencia René se quedaba a dormir en las habitaciones del primer piso en el ala más antigua del edificio. “Al trabajo regular de las mañanas se agregaban las guardias, donde pasábamos horas y horas trabajando sin descanso, saltando de una sala a otra acompañando a practicantes mayores y médicos internos. Era ésta una formación imposible de desperdiciar; por eso, además de cumplir con mis guardias, estaba siempre atento al pedido de alguno que, por circunstancias especiales, no podía cumplir con las suyas. Con bastante frecuencia permanecía en actividad continuada durante cuarenta y ocho o setenta y dos horas entregado a mis pacientes”, contó en su libro Recuerdos de un médico rural.

Aquella experiencia fue compartida con Julio y Manuel Abella, Jorge Attademo, Juan C. Bernardón, Juan M. Elverdín, Rodolfo Ghilini, Oscar F. González, Ricardo Machado, Agustín Martínez, Enrique C. Riva y Juan Carlos Tallone.

En el último año del internado los responsables de guardia permitían que aquellos alumnos inclinados hacia lo quirúrgico realizaran operaciones bajo su supervisión. Favaloro experimentó, entonces, con una variedad de casos que iban de embarazos ectópicos a peritonitis y de úlceras perforadas a heridas de bala o de arma blanca.

Su interés en la cirugía torácica lo había llevado a viajar todos los miércoles al Hospital Doctor Guillermo Rawson, de Buenos Aires, para participar en un curso de posgrado organizado por los hermanos Ricardo y Enrique Finochietto. Vio actuar a grandes profesionales, como Oscar Vacarezza y Justino Horacio Resano, con quienes aprendió a realizar las resecciones, que implicaban la separación de uno o varios órganos y tejidos, principalmente pulmonares y esofágicos, además de la aplicación de distintos tipos de anestesias, lo que le sirvió para complementar las enseñanzas de Chritsmann en dicha materia.

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Favaloro juega a las cartas con sus compañeros en un momento de distensión durante las guardias que realizaba en las prácticas en el Policlínico General San Martín

Siempre recordó –y muchas veces repitió a sus alumnos y a los familiares de sus pacientes– una frase que dijo Enrique Finochietto en una de las primeras clases de aquel seminario: "La gente piensa que si el paciente se salva lo salvó Dios, pero si muere, lo maté yo".

Para fines de 1948 ya había terminado todas las cursadas. Según su certificado de estudios, el 31 de marzo del año siguiente aprobó sin dificultades la materia Clínica Dermatosifilográfica. Fue el último examen final de la carrera.

Durante los siguientes meses se abocó, bajo la dirección de Christmann, a realizar la tesis de grado, último requisito académico para obtener el diploma de médico. El lunes 25 de julio del 49 presentó el trabajo, titulado "Íleo. Síntesis diagnóstica". Escrito en primera persona del plural, el texto monográfico está referido a una dolencia abdominal aguda que requiere intervención quirúrgica y que Favaloro había visto varias veces en pacientes del hospital. El trabajo está precedido por varias dedicatorias: "A mis padres, a quienes debo este presente tan lleno de hermosas inquietudes"; a "la memoria de mi abuela Cesárea R. de Raffaelli, con quien aprendí a amar hasta una pobre rama seca"; y también a los doctores Rodolfo Rossi, Federico Christmann, Egidio Mazzei, Víctor Bach y Fernando D'Amelio.

El por entonces decano Lyonnet designó como jurados a Rómulo Lambre, José Caeiro y Alejandro Dussaut. Entre los papeles archivados por la Facultad de Ciencias Médicas aún se conserva la nota escrita de puño y letra por Dussaut luego de evaluar la tesis: "Se trata de un trabajo de jerarquía, surgido del estudio y observación documentada", sostuvo el 28 de julio al proponer su aprobación, actitud compartida por sus colegas. Cinco días más tarde, en la mañana del martes 2 de agosto de 1949, René Gerónimo Favaloro alzó su mano derecha y apoyó la izquierda sobre el corazón para recitar el juramento hipocrático mediante el que se comprometió a ejercer con ética la profesión.

Fue uno de los mejores alumnos de su promoción. Al terminar el trayecto de treinta y dos materias incluidas en el programa de estudios, había conseguido veinte veces la calificación "sobresaliente", ocho "distinguido" y cuatro "bueno". Para entonces estaba convencido de que el Policlínico sería el lugar donde desarrollaría su carrera, que planeaba ligada a la actividad quirúrgica y a la docencia, siguiendo los pasos de sus maestros. Sin embargo, las cosas se dieron de otro modo.

Renuncia al primer trabajo

En ese contexto, a finales de 1949, la terminación del internado y la graduación coincidieron con la apertura de una vacante de médico interno auxiliar, a la que Favaloro accedió con carácter interino gracias a sus destacados antecedentes. Unos meses después le comunicaron que se había dispuesto su confirmación en el cargo. Se presentó en uno de los despachos de dirección, entonces a cargo de Homero Ernesto Osácar.

—¿Cómo le va, Favaloro? Pase, sientesé, por favor –le indicó el médico que lo recibió, a quien Favaloro nunca identificó–. Tenemos muy buenas noticias para darle. Se ha producido un puesto para médico de guardia y por su buen desempeño le corresponde a usted, por eso hemos decidido confirmarlo ¡Felicitaciones!

—Gracias, doctor, qué alegría me da. Sobre todo a mis padres, que han hecho un enorme esfuerzo para que yo pudiera llegar hasta acá –dijo René, sin poder ocultar la emoción.

—Vamos, hombre, no sea humilde. Sus calificaciones han sido sobresalientes. Usted ha demostrado una gran entrega y contrición al trabajo, lo cual para nosotros es muy valorable. Hágame el favor, rellene esto y pase por la administración –apuntó el directivo mientras le extendía unos papeles.

Sin levantarse de la silla, René leyó detenidamente todo el formulario. Advirtió que además de completar sus datos personales debía dar fe de su adhesión al justicialismo y sus políticas. Así lo relató: "En el renglón final debía afirmar que aceptaba la doctrina del gobierno. Del otro lado, debía figurar el aval de algún miembro de trascendencia del partido peronista, quizás algún diputado o senador que corroborara mi declaración", relató. Y agregó: "Todos conocían mi manera de pensar, incluyendo el empleado que todo lo relató con voz queda y entrecortada. Le contesté que lo pensaría, pero era indudable que todo estaba muy claro en mi mente".

Al día siguiente René volvió a la misma oficina.

—Mire, he trabajado mucho, tengo buenos antecedentes, no sé si los mejores, pero esto del certificado político no me gusta nada… usted sabe bien cómo pienso. No puedo aceptar esta imposición. Discúlpeme, no puedo… —dijo.

—Pero hombre, fíjese bien, este es el trabajo que usted tanto ha esperado. Mire que yo ya hablé con un diputado y me dijo que le va a firmar.

Hubo un silencio breve, tenso. René se puso de pie y se dirigió a la salida. Mientras cerraba la puerta llegó a escuchar la voz crispada del funcionario que intentaba explicarle que se trataba de las reglas vigentes y que no era un asunto personal.

(*) El siguiente artículo es una elaboración en base al capitulo "El reformismo como bandera" del libro biográfico Favaloro. El gran operador (Marea Editorial)

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