Además de permitirnos desenvolvernos en el mundo, la memoria es la narrativa maestra que sostiene nuestra identidad. No es solo un proceso biológico; es el hilo con el que tejemos quiénes somos, tanto a nivel individual como colectivo, consolidando nuestro sentido de pertenencia como platenses.
En términos fisiológicos, la memoria es el proceso mediante el cual el cerebro procesa y almacena información para acceder a ella después. Es lo que nos permite aprender de experiencias pasadas y entender el funcionamiento de las cosas para actuar según la situación en la que nos encontremos.
A diferencia de lo que solemos creer, los recuerdos no se guardan como archivos cerrados en un estante; se reconstruyen cada vez que los evocamos. Este proceso implica cuatro pasos: la recopilación de información del entorno; la codificación –donde el cerebro la “traduce”–; el almacenamiento organizado y, finalmente, la recuperación, donde el cerebro encuentra y selecciona lo que busca recordar.
En este entramado, las emociones funcionan como el “pegamento” que “fija” la información. El estado emocional en el que estábamos cuando un recuerdo se codificó por primera vez determina qué tan preciso será al recuperarlo. Por eso, un simple olor a mate cocido puede llevarnos directo al jardín de infantes, o el ruido de la lluvia sobre el techo puede evocar, todavía hoy, el miedo vivido durante las inundaciones de 2013.
La memoria está íntimamente ligada a quiénes somos. Desde la infancia, empezamos a relatar lo vivido, eligiendo qué contar y qué omitir, configurando nuestra identidad en un diálogo personal. Pero en nuestra ciudad, esa identidad también se construye en la calle y en comunidad, entre tilos y diagonales.
Ser platense es habitar una ciudad soñada y planificada; es una ciudad cultura, capital y rockera. Es ser estudiante y apropiarse de las plazas, andar por diagonales adoquinadas por las que alguna vez circuló el tranvía o tomarse un micro con nombre de punto cardinal.
La identidad de La Plata está hecha de fragmentos disímiles: son Los Redondos y Virus; es la Noche de los Lápices y las marchas por la educación pública; son los pañuelos blancos y la búsqueda incansable de justicia.
Nuestra identidad está hecha de fragmentos disímiles: son Los Redondos y Virus; es la Noche de los Lápices y las marchas por la educación pública; son los pañuelos blancos y la búsqueda incansable de justicia.
Incluso cualquier hincha de Gimnasia o Estudiantes sabe de identidad: recordar un clásico memorable, el movimiento del tablón bajo los pies, el olor al “chori” de la cancha y las banderas flameando. Son alegrías y tristezas que solo cobran sentido porque se recuerdan en comunidad.
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La identidad platense es la Noche de los Lápices, los pañuelos blancos y la búsqueda incansable de justicia.
Foto: Marcos Gómez | AGLP
El testimonio como bastión
Para la historiadora e investigadora del CONICET, María Bjerg, nuestra identidad es “una trama tejida con recuerdos, emociones y acontecimientos significativos”. En este sentido, la reminiscencia no es solo un ejercicio del pasado, sino un recurso indispensable para mantener el bienestar emocional y prevenir el deterioro cognitivo.
Sin embargo, estos recuerdos no se constituyen de forma aislada. Afirma Bjerg que la memoria narrativa depende del lazo social: del diálogo, de escuchar y de que nos escuchen. Como la memoria se reconstruye y no es un archivo estático, proteger los testimonios y los espacios físicos donde ocurrió nuestra historia se vuelve vital.
Así como una persona que pierde su memoria pierde también su marco de referencia y deja de saber quién es o a quiénes tiene enfrente, una sociedad que no cuida sus recuerdos corre el riesgo de disolver su propia identidad.
Una sociedad que no cuida sus recuerdos corre el riesgo de disolver su propia identidad
Bjerg explica que ya no vivimos en sociedades que transmiten sus recuerdos de forma natural. Por eso, los “lugares de memoria” son el sostén material de nuestra identidad. Son objetos o espacios donde las sociedades pueden “ver” su pasado cuando la generación que vivió esa parte de la historia ya no está.
Proteger ese testimonio es evitar que la identidad de un pueblo se disuelva; es asegurar que, a pesar del paso del tiempo, sigamos sabiendo quiénes somos y de dónde venimos.