El sobreviviente que decidió contar para honrar a sus compañeros desaparecidos
En una charla con este medio, el sobreviviente de la Noche de los Lápices repasa su historia entre anécdotas impregnadas del ambiente de La Plata en aquel entonces.
Víctima y sobreviviente de la última dictadura, Pablo Díaz divide su existencia en un antes y un después del episodio que lo convirtió en custodio de la memoria del horror y emblema de la lucha por los derechos humanos. Desde su casa en City Bell, alejado del ruido de la ciudad, repasa con 0221.com.ar el singular recorrido que lo llevó desde su precoz militancia en grupos estudiantiles hasta integrar el directorio de una de las empresas más poderosas del país.
Durante la charla de más de dos horas, evoca sus agitados años de adolescencia, expone su mirada crítica sobre la actitud de la clase media platense durante la dictadura y la conflictiva relación con su padre en aquel tiempo. También reafirma su amor inquebrantable por Claudia Falcone -una de las estudiantes desaparecidas del grupo secuestrado en la Noche de los Lápices-, habla de su actual familia y manifiesta su preocupación por el futuro del país y de los jóvenes.
A medida que avanza en la narración, Díaz atraviesa todos los estados. Su testimonio —que por momentos se parece a un recitado casi de memoria, de tantas veces que lo ha contado— se vuelve un mundo de sensaciones, como una geografía en la que cambian los climas: de la tensión que anida en su historia emerge, de pronto, una risa a la que parece aferrarse como cobijo. Como si fuera una ceremonia cíclica, cuando la nostalgia cobra espesor le da paso al silencio, detrás del que asoma una emoción contenida, al borde de las lágrimas.
Cuenta que todo empezó en la esquina del barrio donde una docena de pibes pasaba el rato antes de que sus padres los llamaran para hacer los deberes o tomar la leche. La de 10 y 40 no era una esquina cualquiera: entraría en la historia de La Plata como el lugar donde nació una de las costumbres populares más arraigadas de la ciudad: la quema de muñecos de fin de año. Una iniciativa surgida en 1956 por impulso de don Luis Tórtora, dueño del almacén Los Obreros, quien junto a varios vecinos se reunía cada fin de año en la vereda frente a su comercio en un encuentro a la canasta donde repasaban lo vivido y, al brindar, compartían sus sueños y deseos.
Apodado familiarmente como “Pablo Sexto” por ser el anteúltimo de siete hermanos, Pablo Alejandro Díaz -tal su nombre completo- creció en el seno de un hogar de clase media y en un ambiente barrial fraterno. Sus padres, Benito Díaz, correntino y destacado profesor de Historia y Eda Caracoche, una maestra oriunda de Carhué, se habían trasladado a la capital bonaerense para estudiar en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), donde se conocieron.
La familia se instaló en una cómoda casa ubicada en 10 N° 435, entre 40 y 41. La infancia de Pablo transcurrió sin sobresaltos: escuchando a su padre hablar de San Martín o de Rosas, acompañando a su madre —siempre su protectora— en las compras, entre la escuela y los juegos en la vereda propios de cualquier chico de aquella época.
Debía tener 12 o 13 años cuando, en sus primeras exploraciones por la ciudad, descubrió, en el escenario de las plazas, algo que le produjo una instantánea fascinación: el folclore de los actos peronistas, el fervor de esas arengas encendidas contra la injusticia social y el anhelo de concretar el regreso del líder exiliado desde 1955. Por esa misma época había empezado a cursar en el colegio secundario J. M. Estrada, un establecimiento católico dependiente del Arzobispado de La Plata en el que duró poco tiempo. Lo echaron cuando, junto a otros compañeros, propuso la creación de un Centro de Estudiantes.
Su derrotero lo llevó al Colegio España, frente a la plaza Máximo Paz (hoy Rosas) de 13 y 60. Era una institución donde recalaban expulsados por mala conducta y repetidores de otras escuelas, lo que le había valido el apodo de “La Legión”, en alusión a la Legión Extranjera. Allí logró integrarse al Centro de Estudiantes que conducía la Juventud Peronista. A medida que los distintos colegios fueron creando sus propios centros, surgió de manera natural la coordinación a través de la Coordinadora de Estudiantes Secundarios que nucleaba a los centros de los distintos colegios y revivía una organización surgida en 1953 durante la segunda presidencia de Perón.
La articulación de los centros se organizaba en comisiones que realizaban distintas tareas, entre ellas actividades de apoyo escolar en las entonces llamadas villas miserias, a las que Pablo y varios de sus compañeros comenzaron a concurrir con frecuencia.
Destino y rebeldía
Fue la etapa de ganar la calle y, al mismo tiempo, el despertar la conciencia social. Hasta entonces, los veranos en familia en San Clemente del Tuyú eran todo lo que conocía fuera de su barrio, y el impacto fue enorme. “Me sensibilizó mucho la realidad que ahí encontrábamos, y no podía dejar de pensar que difícilmente esa gente lograría salir de esa condición.”
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Con su testimonio sobre el secuestro de estudiantes secundarios en La Plata, Pablo Díaz se convirtió en una de las figuras emblematicas en la lucha por los Derechos Humanos
En esa época viajó con estudiantes de distintas ciudades a Salta y Jujuy para realizar trabajo comunitario en zonas afectadas por el mal de Chagas. El contacto con esa Argentina profunda, marcada por la pobreza, le produjo un fuerte impacto. “Mis padres me decían que dejara de mezclarme con los pobres porque no pertenecía a ese mundo. En ese momento mi militancia se empezó a volver clandestina en el sentido de que no podía blanquearla ante mi propia familia”, dice.
No era fácil desafiar la disciplina de su casa. Díaz describe una escena que revela la rígida rutina familiar: su padre, exmilitante del Partido Autónomo correntino, ocupaba la cabecera de la mesa; los hermanos mayores se sentaban a su lado y las mujeres, al fondo. Su madre, de extracción radical y más comprensiva, no cuestionaba esa autoridad. “Nadie podía levantarse ni hablar sin permiso de papá; por eso, los secretos, confidencias y problemas se compartían en la calle, con amigos”, recuerda.
A medida que crecía, empezó a sentir el agobio dentro de su propia casa, dando lugar a una rebeldía que terminaría por convertirse en un rasgo distintivo de su personalidad y que en aquel tiempo se manifestaba especialmente frente a los límites, prohibiciones y castigos que le imponía su padre, que hoy juzga como muy severos y que, para su mente adolescente, eran además injustos. “Me subía al techo de mi casa, enojado y lleno de impotencia y le preguntaba al cielo por qué había nacido y cuál era mi destino, que debía ser distinto de lo que estaba viviendo”, recuerda.
Pasan por su memoria episodios de aquellos años. La primera vez que cayó preso, tenia 14 años y no fue por motivos políticos, sino por haberse sumado a un intento de agresión de la barra de Estudiantes, su club de fútbol favorito, contra el árbitro que durante un partido contra Vélez Sarsfield Tras cobrar un penal para el Pincha, el juez se retractó y el Pincha terminó perdiendo 2-3 con dos goles de Carlos Bianchi. Su padre tuvo que ir a buscarlo a la comisaría, y en su casa lo esperaba un fuerte reto. El 20 de junio de 1974 marchó a Ezeiza para recibir a Perón. “Estábamos llegando cuando empezamos a escuchar disparos. Había un hombre que agitaba su mano con un arma haciéndonos señas para que nos fuéramos. Corrimos e intentamos refugiarnos en una casa, pero no nos dejaron entrar. El desconcierto era total porque no sabiamos lo que estaba pasando. Despues lo supimos. La verdad, no me gustó ese nivel de confrontación. Mientras estaba allí, pensaba que quería volver a mi casa y sentirme protegido”. Aquel día, al regresar a La Plata, también sufrió una dura reprimenda de su progenitor que, tiempo después lo echó por un tiempo de la casa cuando lo encontró hablando con su madre sobre la figura de Ernesto Che Guevara.
La participación estudiantil creció. Para julio de 1974, cuando murió Perón, ya existían en La Plata 19 centros de estudiantes secundarios. Para el joven Díaz, en ese momento, la muerte del líder significaba literalmente el final del peronismo, por lo que, invitado por un amigo, se pasó a las filas de la Juventud Guevarista. “En realidad, a ninguno de los espacios en los que milité llegué a través de un proceso de formación ideológica como cuadro. Mi activismo nunca estuvo guiado por lo macro, sino por algo más micro, cotidiano, casero que son también instancias políticas algo más intuitivas: me parecía que había que trabajar para que todos tuviéramos el mismo derecho a ser felices y a tener oportunidades. Lo mío no era una experiencia revolucionaria madura; a esa edad predominaban otros intereses, sobre todo la cuestión de la sensualidad.”
La militancia peronista dio origen a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), donde Pablo tuvo como referentes a militantes como su vecino y amigo Ricardo “Patulo” Rave, secuestrado y asesinado a fines de 1975 por fuerzas paramilitares, y a Mario Montoto, también alumno del Estrada, que se vinculó tempranamente a Montoneros y se acercó al principal dirigente de la organización, Mario Firmenich. Con el tiempo, Montoto se convirtió en un influyente empresario dedicado a la provisión de equipos de defensa y seguridad.
La lucha por el boleto
En 1975, en un intento por recuperar el control de la economía, el gobierno de Isabel Perón aplicó un plan de ajuste con medidas de shock que provocó un verdadero cimbronazo: disparó la inflación, generó desabastecimiento y afectó severamente los ingresos de los trabajadores.
En ese contexto, los delegados estudiantiles de los cursos nocturnos y de escuelas en áreas periféricas comenzaron a plantear en la UES que muchos de sus compañeros, hijos de trabajadores, se veían obligados a abandonar los estudios por no poder costear los gastos de transporte, útiles, vestimenta, entre otros. “En nuestras propias casas de clase media se sentía la tensión por las dificultades económicas. Así nació la lucha por conseguir un boleto estudiantil gratuito, como una manera de colaborar para que los pibes pudieran seguir yendo a la escuela.”
—¿Qué recordás del 24 de marzo de 1976, cuando se produjo el golpe de Estado?
— Yo me enteré del golpe escuchando hablar a mis padres. Mi papá estaba de acuerdo como una instancia de resolver el desorden que había en el país. En realidad, en La Plata había mucha gente a favor, hubo muchas instancias civiles que avalaron y fueron cómplices de lo que pasó. Para nosotros fue un hecho anecdótico, uno más en la historia argentina. Recuerdo que ese verano habíamos ido de vacaciones de mochileros a Bariloche, con chicos y chicas del Colegio Nacional, y en ese momento para nosotros la instancia del enamoramiento adolescente era más importante que toda la realidad política. Realmente no teníamos ni idea de lo que venía. Con el tiempo me doy cuenta de que la lucha por el boleto la hicimos solos; no se sumaron los padres pero tampoco otras organizaciones de adultos. Empezamos a entender lo que estaba pasando cuando cerraron los centros de estudiantes, prohibieron los recitales de música y no se podía caminar de a tres por la calle y perdimos las referencias de la organización y la militancia adulta que estaba desarticulada si no la teníamos en nuestras casas, nos sentíamos clandestinidad como náufragos. La resistencia entonces se limitaba a pintar en las paredes del baño de la escuela cosas como “Fuera la dictadura” o “Reabran el Centro de Estudiantes”.
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En la pelicula "La noche de los Lapices", que dio gran repercusión a la historia, el actor Alejo García Pintos se pone en la piel de Pablo Díaz.
El secuestro de estudiantes secundarios se desencadenó tras la suspensión del boleto estudiantil gratuito en agosto de 1976. Aunque los jóvenes intentaron movilizarse nuevamente para reclamar, el aparato represivo, que ya había identificado a los activistas, actuó primero, librando órdenes de detención desde el Batallón 601 del Ejército. En septiembre se llevaron a cabo los operativos en La Plata, ciudad con intensa actividad estudiantil secundaria. La noche del jueves 16 concentró la mayor parte de los secuestros, aunque en esa oportunidad Pablo Díaz no fue uno de los afectados.
Al día siguiente, al llegar al colegio, alguien le advirtió que unos policias habian preguntado por él. Decidió no entrar. Pasó los siguientes días con un compañero que trabajaba de sereno en una estación de servicios cerca de 13 y 32. El lunes 20 de septiembre Pablo llamó por teléfono a su casa y su madre le dijo que fuera a encontrarse con su padre en el Parque Saavedra ya que suponían que la casa podía estar vigilada.
—¿Qué hiciste? —preguntó Benito, sin rodeos.
—Nada, papá. Pinté consignas en el baño y tiré unos volantes del Centro de Estudiantes.
—Bueno, vení conmigo, que cualquier cosa yo doy las explicaciones del caso.
La noche del martes 21, un grupo de hombres encapuchados fue a buscarlo a su casa. De aquel momento, Díaz recuerda principalmente las órdenes y los gritos destemplados que escuchaba bajo la prenda con la que le cubrieron el rostro. “En casa todos sabían que venían por mí”, dice, y revela una anécdota que nunca había contado por pudor: “Cuando los milicos me secuestraron, buscaban armas pero bajo mi colchón lo único que encontraron fueron dos revistas Playboy ”.
“No se sabía bien quiénes ni cuántos chicos habían sido secuestrados. Muchos padres sentían vergüenza y ocultaban el activismo de sus “hijos subversivos”. Después de mi detención, cuando vinieron amigos del barrio a preguntar por mí, mamá les dijo que me había ido de viaje a Misiones a visitar a una tía. Conocí otros casos similares. Es decir, a nosotros nos desaparecieron los militares pero la clase media de La Plata nos escondió también, para evitar la incomodidad y el bochorno de ser señalados”.
—¿Hasta cuándo crees que los negó la sociedad platense?
—... Cuento una anécdota: cuando salí en libertad, fui a la casa de varios chicos con los que había estado en los campos de concentración y me sorprendió que sus padres les echaran la culpa a los amigos o a las novias por lo que les había pasado. Creo que, con el tiempo, sobre todo las madres fueron deconstruyéndose y, de manera amorosa, asumiendo la historia de sus hijos.
El encierro y el horror
Según el periplo que pudo reconstruir posteriormente, los secuestradores lo trasladaron a dependencias de la antigua estancia La Armonía, en las afueras de La Plata, donde funcionaba el denominado Pozo de Arana. Allí fue interrogado, torturado y sometido a un simulacro de fusilamiento. Unos días después fue llevado a la Brigada de Investigaciones de Banfield conocida anos después como el Pozo de Banfield donde permaneció unos tres meses y, previo paso por el Pozo de Quilmes y la comisaría de Valentin Alsina, el 28 de diciembre de 1976 fue puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional bajo la acusación de haber distribuido panfletos subversivos.
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Pablo Díaz, la tarde anterior a su secuestro, hace morisquetas en la puerta de su casa. (Gentileza album de la familia Díaz)
Durante ese tiempo sus padres movieron cielo y tierra para saber donde estaba y conseguir su liberación. Presentaron habeas corpus en varios juzgados y se entrevistaron con distintas autoridades. Incluso llegaron a escribir una carta dirigida al presidente de facto, general Jorge Videla, en la que se comprometían a ayudar a su hijo a “recuperarse ideológicamente” en el seno de un hogar católico, a cambio de que le otorgaran la libertad.
Para entonces, Benito Díaz era un hombre con amplias conexiones. Durante la gestión de Ongania había tenido a su cargo un programa de alfabetización y asesoraba al gobierno en cartografía militar. En la UNLP había ido ganando peso hasta llegar a dirigir el Departamento de Historia en Humanidades.
Pablo Díaz fue trasladado a la Unidad Penal N° 9 de La Plata. "Mi padre nunca fue a verme; en cambio, mi madre me visitaba todos los domingos. Un día, en 1978, me dijo que me habían conseguido asilo político en Holanda. Le escribí una carta explicándole que prefería quedarme y vivir en La Plata. Mucho tiempo después, compuse un poema dedicado a los tilos de mi ciudad, que dice: 'bajo tus pies me voy a ir, pero acá'. Mi madre lloró mucho, pero yo no quería irme". Hoy siento lo mismo: soy de aquí, toda mi familia está aquí. Aquí conozco a mis amigos, pero también a mis enemigos.
La libertad y una nueva vida
Hacia finales de 1980, cuando Pablo, finalmente, recupero la libertad tras más de cuatro años de detención, tenía 22 años. Supo entonces por el oficial Carlos Sánchez Toranzo, que lo visitaba con cierta frecuencia para interrogarlo, que sus compañeros habían sido fusilados. Toranzo le aconsejó que no retomara sus estudios y que lo más conveniente era que abandonara la ciudad. Sin embargo, Pablo hizo todo lo contrario: permaneció en La Plata y logró que el padre salesiano Juan Velasco le permitiera completar el secundario nocturno en el colegio Sagrado Corazón, bajo la condición de no revelar a sus compañeros lo que había vivido, aunque finalmente muchos lo supieron.
“Los primeros meses estuve muy guardado; pensaba que me estaban espiando y no quería volver a caer preso”, cuenta. Poco a poco, esos temores fueron cediendo, sin embargo, sobre el escritorio de su casa conserva una foto junto a su madre. Aún hoy, cada vez que sale repite el mismo ritual, casi un mantra: toca la imagen y le susurra, “Mamá, salgo, perono te preocupes, vuelvo temprano”.
Foto de Pablo Morosi (1)
Junto al fiscal del juicio a las juntas militates, Julio César Strassera.
Con la recuperación de la democracia, Pablo se enfrentó al desafío de contar lo vivido. Se sumó a trabajar con Gerardo Taratuto y el grupo de la Comisión Nacional contra la Desaparición de Personas (CONADEP), que recopilaba testimonios de cara al juicio a los comandantes.
Cuando empezó a viajar para participar en la CONADEP había terminado de cursar casi todas las materias del secundario hasta el último año, solo le faltaba rendir Matemáticas de tercero. Se anotó entusiasmado en la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales para estudiar Derecho ya que el reglamento le permitía empezar con una previa. Sin embargo, nunca se presentó a cursar. La vida lo llevaría hacia otros lugares.
Antes del juicio tambine participó de varias reuniones en la fiscalía donde rapidamente surgió el dilema sobre si se debian mencionar a otras personas con las que los detenidos interactuad habian interactuado, lo que implicaría su inmediata citación. Las posiciones estaban divididas. "Yo seguí la postura de Adriana Calvo, que insistía en nombrarlas, y también el consejo de la fiscalía, donde Mabel Colalongo me decía que debía contar todo, que debía declarar ante la justicia terrenal y divina. Recuerdo que, cuando me senté frente a los jueces, no podía dejar de mirar la cruz que estaba colgada detrás del estrado".
Su testimonio en el Juicio a las Juntas en 1985 contribuyó a visibilizar su caso, que, un ano mas tarde, alcanzaria gran notoriedad con la película La noche de los Lápices, dirigida por Héctor Olivera y basada en el libro homónimo de los periodistas María Seoane y Héctor Ruiz Núñez.
Mucha gente seguía las declaraciones ante el jurado. Susana Bordoni vio por televisión a ese joven declarando sobre el secuestro y asesinato de estudiantes secundarios de La Plata y le llamó la atención. Ella había militado en la UES platense y suponía que Pablo Díaz, a quien había conocido en esa época, también había muerto. Susana, una de las fundadoras del grupo Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas de La Plata, tenía un primo desaparecido, Mario Horacio Revoledo. Impulsada por la curiosidad, tomó la guía telefónica y empezó a llamar a todos los Díaz hasta dar con la madre de Pablo. Así, tras ponerse en contacto, se reencontraron y comenzaron su vida juntos. Formaron una familia, criaron tres hijos —Juan Martín, Manuel y Amparo— y hoy tienen dos nietos: Valentina y Joaquín.
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Viaje familiar al glaciar Perito Moreno en 2018. De izquierda a derecha: Amparo Díaz, Juan Barba, Susana Bordoni, Pablo Díaz y Manuel Díaz. (Gentileza album familia Díaz)
Con el regreso de la democracia, su padre le consiguió un empleo en la Secretaría Electoral de la provincia de Buenos Aires. Más tarde pasó en comisión a la Subsecretaría de Trabajo, pero pronto la propuesta de unirse al Servicio Universitario Mundial con una beca de Naciones Unidas lo llevó a viajar durante tres años por el mundo, relatando el genocidio ocurrido en Argentina. Además, acompañó la presentación de la película de Olivera en distintos países y comenzó a ser convocado como testigo en causas impulsadas por familiares de europeos asesinados en Argentina.
Luego, incursionó en un emprendimiento de correo postal llamado Local Post, que trabajaba como servicio de mensajería del Banco Credicoop. Esa experiencia le abrió la puerta para trabajar en la compañía de logística Andreani. En esos años, Díaz cobró la indemnización del Estado para exdetenidos durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Había demorado en decidir aceptarla, hasta finalmente lo hizo luego de que Claudia Carlotto lo convenciera durante un viaje en colectivo a Buenos Aires, a bordo de la vieja flotilla del Río de La Plata.
Tiempo después, Pablo Díaz fue designado por el gobernador bonaerense Felipe Solá en el Organismo de Control de la Energía Eléctrica de la provincia de Buenos Aires (OCEBA) y, cuando Néstor Kirchner, llegó a la presidencia, recaló en la Subsecretaría de Energía Eléctrica. En cuanto a su relación con la política Díaz dice ser un agradecido. Considera que casi todos los presidentes lo han protegido -menciona a Alfonsin, Menem, Kirchner– y asegura que siempre lo instaban a involucrarse en la política. De hecho, cuenta que hasta hoy le siguen ofreciendo puestos y candidaturas, y aunque él se ve más cerca del retiro, nunca cierra esa puerta. “Yo sé de qué lado estoy y a que adhiero”, afirma.
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"Me preocupan los jovenes, los veo solos y aturdidos. Es necesario trabajar con toda esa franja el tema de la salud mental", sostiene el titular de la Fundacion de Pampa Energía.
Su vínculo con el periodista Jacobo Timerman, fortalecido alrededor de los estrados judiciales donde coincidieron a partir de su condición de víctimas de la represión, le sirvió de puente para conectar con su sobrino, el empresario Marcelo Mindlin que acababa de dejar el negocio de los bienes raíces para probar suerte en el rubro de la energía. Así, pasó a la esfera privada incorporándose, a finales de 2004, al grupo Dolphin. Un año más tarde Mindlin adquirió el frigorífico Pampa SA y constituyó Pampa Holding SA. En todo ese tiempo, el sobreviviente de la Noche de los Lápices, integró los directorios de varias compañías eléctricas: Edenor, Transener, Central Piedra Buena, Central Térmica y Güemes. A partir de 2006 fue designado titular de la Fundación Pampa Energía, donde se enfocó a trabajar en planes educativos y de compromiso comunitario, función que se propone dejar en mayo próximo.
“Nuestra concepción en la Fundación es que, aun desarrollando una empresa y negocios, podemos convertirnos en un canal de devolución social, actuando con sensibilidad y amor. Tal vez, lejos de la utopía revolucionaria de la juventud, hoy cambiar el mundo significa que alguien pueda tener una vivienda”, sostiene. Y agrega: “Me he sentido siempre cómodo en la actividad privada porque ahí es necesario interactuar con gente que piensa distinto, en cambio en la instancia de la política partidaria se impone la verticalidad con la que me suelo llevar mal y muchas veces empuja a los funcionarios públicos a sus mayores equivocaciones”. Hoy tiene a su cargo programas de becas para adolescentes y da charlas de manera constante. Le preocupan los jóvenes que ve solos y aturdidos, y observa que la salud mental no está siendo debidamente atendida. Su tono se vuelve severo al señalar que Argentina es el segundo país en suicidios adolescentes en América Latina.
“Los jóvenes tienen que recuperar la fe en sí mismos; deben saber que su esfuerzo vale la pena, porque les permitirá vivir mejor. La educación es la instancia primaria para transmitir los valores esenciales de la vida. La sensibilidad social y la solidaridad son fundamentales: hay que acompañarlos”, afirma.
—¿Qué significado crees que tienen estos 50 años del golpe?
—La democracia sigue siendo débil porque persiste un gran negacionismo. No podemos volver a discutir el horror en términos cuantitativos. Es inaudito: la tortura, la picana eléctrica. Respecto de los 50 años, estoy sorprendido porque veo una mayor cantidad de eventos en distintos centros culturales de gente que muy pocas veces la he visto adhiriendo a un evento específico de derechos humanos. Creo que hay una solidaridad respecto a lo que nos pasó y a la pregunta si puede pasar lo mismo con seres queridos de hoy con sus hijos o nietos. También es cierto que hay muchas expresiones nuevas en la sociedad que hay que ir asimilando, desde el arte, la cultura, los cambios vinculados con la cuestión de género y las nuevas sexualidades. Me parece que la consigna ‘Que digan dónde están’ tiene que ver con una interpelación que debe ser permanente, más allá del gobierno de turno. Los 50 años nos interpelan a nosotros como sobrevivientes, partícipes de una generación y ya no solo para que haya justicia, verdad y memoria. Hoy tenemos que ir a una marcha con los jóvenes y dejar que ellos nos juzguen. Júzguenme por lo que hice y lo que soy. Creo que hay que vivirlo así”.
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A fines de 2022 Pablo Díaz logró rendir su ultima materia del secundario que habia interrumpido por su secuestro.
Hace unos años, finalmente, en diciembre de 2022, Pablo Díaz completó el secundario. Aprobó Matemáticas a través del Plan de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios en la Escuela Técnica Valentín Vergara, ubicada en 7 y 32. “Mis compañeros se recibieron conmigo”, dijo entonces emocionado.
“Tal vez inicialmente decidí contar por sentir culpa de haber sobrevivido pero luego comprendí que era mi responsaiblidad. Mi rol es un poco vivir para que Claudia y el resto de mis compañeros vivan. Mi fantasía es que cuando la naturaleza me lleve, volverlos a ver y preguntarles si hice todo lo que tenía que hacer. Pero sé que el haber salido, testimoniado, el haber sido uno de los primeros en dar su testimonio, el haber hecho la película, el haber mantenido la memoria, sé que eso, si alguien de nosotros tenía que sobrevivir, tenía que haber hecho eso.”
Aunque ha contado esta historia muchas veces, cada vez que nombra a Claudia vuelve a emocionarse. En los últimos años se ha volcado la poesía con ella como principal lei motiv.
En el Pozo de Banfield donde todo fueron sombras, dolor e incertidumbre. Pablo estaba en un calabozo contiguo a la de Claudia Falcone. “Hablábamos, nos consolábamos y terminamos por enamorarnos. Cuando me dijeron que me iba, me permitieron verla. Nos quitamos las vendas y nos miramos frente a frente: fueron apenas unos minutos. Le propuse que, cuando estuviéramos los dos afuera, seríamos novios, y ella me dijo que ya no podría ser mujer porque la habían violado muchas veces. Nuestra historia duró tres años, desde que la conocí hasta la última vez que la vi en esa celda. Pese al horror, la Noche de los Lápices también encierra una historia de amor: yo me enamoré en un campo de concentración y no pensé en morir porque me sostenía el deseo de poder estar con ella.”