lunes 12 de octubre de 2026
Marcos Rojo Malvinas Estudiantes nene
El secreto

El día que cambió la vida de Marcos Rojo: los secretos de su historia con Estudiantes

La primera foto de Marcos Rojo como jugador amateur, nos lleva al recuerdo de los días en que Estudiantes lo quiso tener en sus divisiones menores.

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Esta historia es un viaje en el tiempo entre Marcos Rojo y Estudiantes, quienes se vuelven a encontrar: tres años antes de que el Pincha decidiera ficharlo para la prenovena, el pibe hacía méritos con su primera camiseta, la de Asociación Las Malvinas.

El archivo que descubre 0221.com.ar transporta a ese apasionado pequeño crack, que con ocho años convertía dos goles en el Country Club de City Bell (uno desde la mitad de la cancha) en una tarde gris y amenazante de lluvia del sábado 26 de septiembre de 1998.

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Llevaba la camiseta número 5 y mientras la ternura y la inocencia de un partido de LIFIPA llegaba a su fin, 3 a 0 para el visitante, ya había algunos pincharratas poniendo sus ojos en Marquitos.

Marcos Rojo festejando su gol que lo acercaría a Estudiantes.

Marcos Rojo festejando su gol que lo acercaría a Estudiantes.

El destino parecía marcado en el León, ya que había un entrenador, Favio Vaglica, que conocía bien a Rojo padre, con quien había salido campeón en la Liga Amateur Platense. Después de otra jornada en Las Malvinas, el Pájaro le dijo: “El lunes tenés que ir al Country. Yo al pibe que veía jugar bien, lo invitaba”.

No llegó por un camino de rosas a Estudiantes

En 2001 llegó al Pincha, con once años recién cumplidos. De vida sin lujos y demasiados sacrificios, quedaron las anécdotas de tantas tardes en que llegaba a City Bell, en bicicleta, trasladado por su papá desde un barrio cercano al Estadio Único. Mientras el Tití esperaba que el mayor de sus cinco hijos terminara la práctica, había encontrado un pasatiempo en la frondosa y añeja arboleda del predio albirrojo. “Le gustaban las aves, los jilgueros y cabecitas negras”, cuenta su primo hermano Julio Martínez.

Hubo un momento de dificultad en la que los Rojo se ausentaron al no poder destinar dinero para el pago de la cuota del fútbol amateur. Y aunque el sueño del pibe era estar en un club con trascendencia como Estudiantes, “mis viejos vendían churros y bolas de fraile”, confesó una vez, cuando ya era crack en la Premier League y había hecho una excelente Copa del Mundo en Brasil 2014.

La familia se organizaba para el trabajo de venta ambulante. Mamá se levantaba temprano para hacer esas ricas masas que luego ofrecía el papá en estaciones ferroviarias o el Mercado, a veces con la compañía de Marcos. Cuando dejó de ir un tiempo a Estudiantes encontró en San Martín de Tolosa un lugar muy cercano a la familia, ya que el equipo de 520 y 31 tenía como técnico a su padrino Donato Martínez.

Con Santiago Eluchans, uno de sus mejores amigos pinchas.

Con Santiago Eluchans, uno de sus mejores amigos pinchas.

En Estudiantes había empezado a trabajar como ojeador Carlos Bottegal, que recorría clubes de la zona con pruebas. Fue a San Martín y se volvió convencido de que Rojo no podía faltar en el armado de la futura Novena. Aquel día, también se llevó los datos de un goleador, José Sardón, quien llegaría a profesional en países de Medio Oriente y Uruguay —hoy es psicólogo—.

La mirada de Bottegal fue compartida por el coordinador Luis Iribarren y Marcelo Zuleta. El propio Zuleta atendió a 0221.com.ar desde Venezuela donde dirige y recordó que “le di el toque final para que quede y hoy me emociona que vuelva. Conozco de donde salió y cómo luchó y por todos los lugares donde estuvo, es un grande”.

El salto de Marcos Rojo

Acunado nuevamente en Estudiantes, el camino no fue de rosas. Corría el 2002 y tuvo que saber esperar cuando una delegación de la categoría 1990 viajó a Hong Kong a disputar la Copa Nike. Marcos siguió desarrollándose en partidos de Liga Metropolitana y en su carácter futbolero cada tanto se prendía a jugar para San Martín. “Un día vamos con la 90 de Estudiantes a un torneo organizado por Alumni, ganamos 4 a 2 y encontré a Rojo que se mató corriendo todo el partido. Al terminar le digo: ‘A usted lo espero en el Country, con la ropa de Estudiantes’. ¿Sabes que hizo? Me vino a ver con la ropa de San Martín y me dice, ¿cómo está Carlos, quería decirme algo? Le di un abrazo y lo mandé a cambiarse. Qué vamos a hacer, eso es parte de su personalidad, de esas cosas de un chico de barrio, que para mí eso es el fútbol mismo”.

Marcos Rojo en la previa de un clásico platense de juveniles.

Marcos Rojo en la previa de un clásico platense de juveniles.

Mientras lo ubicaban de lateral izquierdo, a veces al medio y otras de zaguero, nacía una de sus grandes amistades en el grupo de su edad con Santiago Eluchans. Según Omar Rulli —otro de sus DT— “una vez contra Lanús lo puse de central para marcar al Toto Salvio”.

Rojo dio el salto a AFA en Octava división, de la mano del técnico Alejandro Russo, ex delantero Pincha y hoy coordinador de divisiones juveniles de Colón. Una vivencia de Poroto pinta la forma de ser sensible de Marcos: “Salía de entrenar en bici y encontró una billetera tirada en el piso, la abrió y tenía plata, no sé cuanta. Al mirar el documento vio que era mi billetera y vino corriendo a dármela”.

A medida que quemaba etapa en juveniles, decía: “Me gusta jugar a la pelota, no soy tan duro”. En 2008 firma contrato y es incluido en el plantel rentado con el número 33, con la orden de Alejandro Sabella para debutar en el estadio de Colón. Un año después, a sus diecinueve primaveras, Pachorra lo ponía en aquel León que alzó la cuarta Copa Libertadores.

Las Malvinas, una familia

Con la intención de contener las ganas de tantos chicos que corrían detrás de una pelota, en 1985 nace AFI Las Malvinas, nombre que rindió honor a las islas, cuya guerra recién finalizaba en el atlántico sur. Una cancha en 140 y 528 y una suma de voluntades de adultos le sacaron brillo a los sábados, siendo protagonistas cientos de chicos de Las Quintas, El Triunfo, La Granja, La Cumbre y Hernández. Entre tantos pibes que descubrían la competencia de LIFIPA habrá dos malvinenses que llegaron antes que Rojo: Pablo Lugüercio y Luciano Aued.

La 90 de Las Malvinas. Marcos de pie (último a la derecha).

La 90 de Las Malvinas. Marcos de pie (último a la derecha).

Quedó guardada como una risueña anécdota aquel día de semana en que Marcos fue por primera vez a entrenar, recibido por el entrenador Mario Barbarino. “Todavía no había bajado del canasto de la bicicleta y le pregunto con qué pierna pateaba. Se tocó las dos, una con cada mano. ¡Entonces sos un fenómeno! Aparte le digo al padre, ‘con que juegue la mitad que vos’, ya que nos cruzábamos en torneos de barrio.

El mismo técnico era el chofer que se encargaba de pasar a buscar a todos para llevarlos de visitante. Y a veces, después de jugar, la aventura podía seguir yendo a alentar a El Cruce, en cuyo primer equipo descollaba Rojo padre, que llegó a jugar en forma semi profesional en la Liga de Madariaga, para el Cosmos, que le daba dinero y empleo en un supermercado de Pinamar.

Las Malvinas creció aún más en 1996 con la afiliación a la Liga Amateur y entre sus primeros jugadores estuvieron César “Lolo” Regueiro (hincha tripero que perdiera la vida en un Gimnasia vs Boca), Julio Martínez (familiar de los Rojo) y Mario Barbarino (el primer entrenador de Marcos).

Cuando la Liga sumó las divisiones menores, en la primera experiencia se vio campeón a Las Malvinas en séptima y octava. Este último equipo —mezcla de pibes ’89 y ‘90— metió 101 goles y recibió tan solo 13 en contra. Junto a Marquitos, la rompía el enganche Esteban Pietropaoli, uno de sus mejores amigos y actual presidente de Las Malvinas. "Marquitos empezó a jugar en cancha grande como número cinco”, recordó Jorge Poggio, un papá de ese grupo que más tarde se tatuó un autógrafo de MR en su brazo.

Con el autógrafo de Marcos, Jorge Poggio, hombre que pasó por Malvinas, hoy en Villa Lenci.

Con el autógrafo de Marcos, Jorge Poggio, hombre que pasó por Malvinas, hoy en Villa Lenci.

El famoso Rojo no olvida a Las Malvinas, al que empezó a ayudar hace una década, aportando para levantar un paredón perimetral de 170 metros, bomba de agua para el riego del campo y la remodelación de los vestuarios. Al presentarse esas obras hubo un partido amistoso donde padre e hijo, más el hermano Franco, jugaron juntos. Esa tarde en la que sacó a relucir la rabona que venía de hacer en la Copa que lo eternizó entre los que una vez jugaron una final.

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