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La crónica del día en que Julio López reconstruyó el infierno de los centros clandestinos de detención

Un testigo cualquiera es el capítulo del libro En el cielo nos vemos en el que Miguel Graziano cuenta el día en que Julio López aportó su testimonio clave.

e había puesto la boina azul, la campera bordó y los zapatos que usó en cada una de las audiencias, sin importar si hiciera frío o calor. Quiso llevar el pulóver amarillo con el que lo tabicaron cuando lo secuestraron en 1976, para que los jueces pudieran comprobar que podía ver a través del tejido, pero le dijeron que no hacía falta. El Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata estaba repleto y él andaba contento porque sus hijos Ruben, el mayor, y Gustavo, el menor, lo habían acompañado.

Aquel 28 de junio de 2006, los jueces rechazaron un recurso contra la decisión que revocó la prisión domiciliaria de Etchecolatz por considerarlo improcedente, por lo que el represor debía continuar en la cárcel federal de Marcos Paz.

Jorge Julio López no era un testigo más. No sólo sobrevivió a los campos de concentración, sino que, a los 77 años, asumió la responsabilidad de presentarse como querellante en la causa que se le seguía a Miguel Osvaldo Etchecolatz por su responsabilidad en los secuestros, las torturas y la desaparición de personas en los al menos 29 campos clandestinos de detención hasta ahora conocidos en la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura cívico-militar.

Hugo, el sobrino al que hacía sus confidencias, lo pasó a buscar en su camioneta Ford F-100. Gustavo, que recién se había separado y pasaba una temporada en la casa de su infancia, fue con ellos. Ruben y su esposa, Koqui, los esperaron en el centro, por donde los pasaron a buscar bien temprano.

Julio López, con su clásica boina azul, durante una inspección a la Comisaría Quinta

Ella tenía que ir al médico, por lo que sólo los hijos y el sobrino entraron a la sala a escucharlo. Los primos se sentaron juntos.

Ya habían declarado Nilda Eloy, Oscar Solís, Adolfo Paz, Horacio Masoto, Eduardo Castellanos, Walter Docters y Nora Ungaro. López dio su testimonio después de Adriana Calvo y antes de Víctor Illodo. Fue una jornada especial en muchos sentidos. Habló durante una hora veinte.

Adriana, que había encabezado el trabajo de recopilación de datos sobre ocho de los centros clandestinos dependientes de la Policía de la provincia de Buenos Aires que integraron el Circuito Camps, recordó a cada una de las mujeres con las que compartió su detención, evocó el parto de sus compañeras y relató su propio parto en cautiverio.

López esperó en la sala destinada a los testigos.

—Va por los compañeros —se despidió de Nilda.

Nilda Eloy –también sobreviviente– declaró antes que Julio López, el 28 de junio de 2006

Con el orgullo de tener a su familia sentada entre el público y la decepción de que Etchecolatz había faltado a la audiencia, porque quería mirarlo a la cara, López entró al recinto con su gorra en la mano, juró por sus creencias y se sentó, con alguna dificultad, para decir verdad.

Cuando le tocó sentarse ante los jueces, no sólo contó cómo habían sido asesinados sus compañeros de la Unidad Básica de Los Hornos y describió a la perfección cómo eran los campos clandestinos de detención por los que pasó durante 160 días, entre el 27 de octubre de 1976 y el 4 de abril de 1977, cuando fue legalizado y trasladado a la Unidad 9, donde estuvo 812 días, hasta el 25 de junio de 1979, sino que se reivindicó como un ser político. Para su familia, fue un balde de agua fría. Ruben se quedó pasmado.

Una de las querellas y el fiscal participaron de la ronda final de preguntas.

—Relátenos las conversaciones que tuvo con Patricia Dell'Orto.

—Cuando la tiran a Patricia, me dice: "López, no me falles si salís. El único que puede salir de nosotros sos vos". Me dice: "Andá, buscalos a mi papá, a mi mamá, mis parientes, mi hermano, y deciles... dale un beso a mi hija de mi parte" contó, con lágrimas en los ojos.

—Tranquilícese, si usted quiere que interrumpamos...

—No. Sigo.

—Tómese su tiempo. No tenemos ningún apuro. ¿Quiere un vaso de agua?

—Dame un poquito —tomó el vaso temblando y dijo: —Eso es lo que me dolió a mí...

—¿Está bien?

—Cada vez que me hablan de eso me enloquezco.

—Señor López, ¿usted qué era en aquel momento, cuando fue ilegalmente detenido?

—Y... yo cooperaba con los Montoneros, yo se lo digo derecho, yo no (sic) me saco la venda de los ojos. Yo cooperaba con ellos porque eran los únicos valientes que le hicieron frente a los 240 mil tipos, entre ellos policías, soldados, marinos, prefectura, gendarmería, que cooperaban todos. Fueron los únicos seis mil tipos que salieron a la calle. Y con orgullo se lo digo, con orgullo. Y si no, júzguenme. Con orgullo, porque fueron unos cuantos pibes que salieron a defender a la gente. ¿Sabe desde cuándo conozco a Patricia Dell'Orto? Desde antes que entrara a la Universidad. Y al marido, y a otros muchos muchachos, que también cayeron, y otros que se salvaron. Algunos dispararon del país.

—Mi pregunta era si los conocía de antemano.

—Sí. Los conocía de la Unidad Básica del barrio, 68 entre 142 y 143. El marido no sé si andaba en algo, pero ella nunca agarró un arma. ¿Sabe qué hacía Patricia? Como otras chicas, se dedicaban a cuidar chicos, a darles de comer. Y cuando nadie las apoyó, que se quedaron, iban con los chicos de la Universidad, toda la JP. Iban a pie o en bicicleta, sin tomar el micro para ahorrarse unos pesitos y llevarles algo a los chicos.

—Bueno, ahora vaya a descansar. Muy amable, señor López.

—Todas las preguntas y cooperación que necesiten, un servidor.

—Muchísimas gracias, señor López.

La sala estalló en un aplauso cuando López se paró para retirarse. Miró al auditorio y levantó la mano saludando a alguien, probablemente a sus hijos. En la sala contigua a la audiencia, el médico de la municipalidad lo demoró cinco minutos, le tomó la presión y le dio un vaso de agua.

Rufino se apuró a salir y fue el primero en abrazarlo:

—Me van a matar, pero yo soy peronista y a estos hijos de puta me los llevo conmigo —le dijo.

Ruben, Gustavo y Hugo llegaron luego. Los hijos de López estaban consternados. Lo abrazaban.

Ruben permanecía estupefacto.

—¡Qué viejo tenés! —lo saludó Rufino.

—Yo siempre decía: "Callate, viejo loco" —reconoció.

"Me van a matar, pero yo soy peronista y a estos hijos de puta me los llevo conmigo", comentó López tras declarar

Los compañeros se acercaban a saludarlo, él fue con Koqui, que acababa de llegar después de ir al médico y no lo había escuchado. Estaba orgulloso por todos los nombres que había recordado.

—Lo hice mierda a Plaza —le contó.

Aun en esa circunstancia, Koqui pensó que su suegro había enloquecido.

—Pero, Jorge, Plaza está muerto —le dijo.

—Ya sé —respondió—, pero quiero que lo saquen de la Catedral.

—¿Quiere un cigarrillo? —ofreció, mientras caminaban amontonados por los pasillos de la municipalidad rumbo a la vereda.

—Dale...

Gustavo miró con bronca. No le gustaba que su padre fumara, algo que siempre había hecho a escondidas.

Mientras López declaraba, un agente de la policía irrumpió en la sala de testigos y amenazó a Illodo, quien prestó declaración aterrorizado, dubitativo e inseguro.

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