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La otra cara del Mundial 2026 que vibra en La Plata: así lo viven las colectividades del mundo

Alemanes, ecuatorianos, uruguayos, paraguayos, croatas, árabes y caboverdeanos viven el Mundial 2026 con una intensidad distinta en La Plata.

Cada partido del Mundial 2026 también se juega lejos de los grandes estadios. En La Plata, Berisso y Ensenada, cientos de inmigrantes y descendientes volvieron a sentirse por un rato en la tierra de sus abuelos. Entre banderas, comidas típicas, abrazos y pantallas gigantes, la Copa del Mundo terminó siendo una excusa perfecta para reencontrarse con las raíces.

En el segundo subsuelo del Edificio Karakachoff, en pleno centro platense, el jueves un centenar de ecuatorianos festejó ruidosamente tras el 2 a 1 ante Alemania. "El partido anterior llegamos a ser muchos más en un espacio que nos prestaron unos amigos de República Dominicana", comentó a 0221.com.ar, Jhonny Guamán, presidente de la Colectividad Ecuatoriana en La Plata, que estuvo a cargo de cada detalle de las transmisiones apoyados por el Consulado.

Cuando parecía que iba a ser despedida en fase de grupo, la esperanza de Ecuador, con DT argentino, ya eleva la vara y se invita "a todos los compatriotas que deseen acompañarnos en el juego ante México".

La cónsul ecuatoriana Silvia Espíndola (medio), Alejandra y Johnny.

Mientras los ecuatorianos festejaban uno de los grandes golpes del torneo, del otro lado apareció la resignación uruguaya. La Colectividad unió a un grupo en el Club Corazones Unidos, de 4 entre 521 y 522.

Allí, entre banderas celestes y blancas, el presidente Gustavo Espósito vivió la eliminación con la serenidad que da la experiencia. "Me gusta decir que soy uruguayo y tolosano", repite siempre, como una definición de identidad.

No dramatizó la despedida de la Copa. Sabe que el fútbol tiene estas vueltas: alguna vez jugó en la Liga Amateur Platense con las camisetas de Villa Lenci y Villa Montoro, y hoy sigue compitiendo en las canchas de bochas. Superado el mal trago por la falta de gol y de esa garra charrúa que tantas veces distinguió a su selección, prefirió mirar hacia adelante.

Los uruguayos se juntaron en el Club Corazones Unidos de Tolosa a pesar de la eliminación del Mundial 2026.

Ya piensa en el próximo encuentro de la colectividad: el 24 de agosto, durante La Noche de la Nostalgia, sonará la música de Horacio Bondesio y, cuando el reloj marque las doce, volverán a escucharse las estrofas del himno uruguayo para recibir un nuevo aniversario de la independencia.

La tristeza de la comunidad árabe y la ilusión de Cabo Verde

Más serena fue la reacción de la comunidad árabe. Arabia Saudita y Jordania, por mencionar a dos de los asiáticos que se despidieron en la última posición de sus respectivas zonas, tuvieron sus simpatizantes en el Hogar Arabe de Berisso. Sin embargo, esta vez no pusieron pantalla para ver el partido. La picada árabe tendrá que esperar. Las hojas de parra, el keppe, el mamul y la pasta de sésamo quedaron reservados para el aniversario 109 de la institución, ya que en estos momentos los andamios ocupan el salón principal en reparación.

El presidente Román Nadef, de 58 años, reconoció a este medio que en “si bien en el Hogar representamos a veintidós países árabes, en mi caso, cuando jugamos contra otro país que no sea Argentina, tiro para los árabes, pero si un país árabe juega en contra de Argentina, eso no se negocia, hinchamos por la Selección. Cuando nos ganó Arabia Saudita en 2022 a mí me dolió en el alma, aunque el corazón esté en el Líbano, soy argentino”.

Román recordó a su abuelo Sheriet, traducido es “Jorge”, que crió a diez hijos y se radicaron en Berisso luego de venir del Líbano, del pueblo Daire Lasmar, cuyo significado es “Lugar Rojo”. “Nuestros abuelos nos dejaron un legado y es que se dé a conocer y permanezca la cultura de dónde venimos. Todos tienen historias parecidas con gente que vino a buscar un futuro desde el otro lado del mundo. Nosotros somos ese futuro que ellos vinieron a buscar, y es un legado que nos dejan y que tenemos que cuidar. Por eso se formó el Hogar Arabe, para compartir costumbres, comidas y bailes”.

La Asociación Caboverdeana de Ensenada, en la cena antes del partido.

Cada persona es un mundo y cada grupo de la Copa también. Cabo Verde tuvo la misma performance de Irán, pero los africanos siguen y los asiáticos se despidieron. "Los caboverdeanos somos gente muy alegre", repiten en la Asociación de Entidades Extranjeras. Y esta vez tenían un motivo inédito: por primera vez, Cabo Verde disputaba una Copa del Mundo.

En la sede de Moreno 118, en Ensenada, unas setenta personas compartieron una olla de cachupa, el tradicional guiso de porotos, carne vacuna y de cerdo, mientras alentaban una clasificación histórica. "Estamos disfrutando cada partido con mucha fe, y parece que la fe empujó", sonríe el presidente de la asociación, Santiago Sosa Monteiro. Javier Botana de Livramento, bisnieto de inmigrantes caboverdeanos, viajó dos veces al archipiélago y siguió de cerca toda la campaña. "Entró como la selección simpática, pero el apodo es Los Tiburones. Bailan antes de los partidos, pero después se hacen respetar", dice.

El cruce con Argentina despertó sentimientos encontrados. "No quiero que pierda Cabo Verde, ni que pierda Argentina", admiten los dirigentes. "Si el Mundial termina contra el campeón vigente, nos iremos orgullosos. Y si seguimos adelante... voy a tener problemas con la gente del barrio, pero el orgullo no me lo va a sacar nadie".

Los croatas, alemanes y paraguayos

La colectividad de Croacia de la región nació al calor del Mundial de Francia 1998, cuando la histórica campaña de su selección impulsó a familias como los Matkovi, Bajci, Vrdoljak y Belich a organizarse. Hoy el legado continúa con los Novak, Vodopivec, Baban, Paveli, Tominich, Postrasija y Andriji, entre otras, manteniendo vivas las tradiciones y participando de las fiestas de los inmigrantes.

"Uno hincha por Argentina porque es su país, pero es imposible separarse de la sangre", resume Ivana Novak, hija de inmigrantes croatas. "En casa vivimos un doble partido: un rato rojo, blanco y azul; otro rato celeste y blanco". Su abuela llegó embarazada a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial y dio a luz durante la travesía en barco. Aunque hoy la colectividad no cuenta con una sede propia para reunirse, el vínculo sigue intacto.

"Si Croacia avanza, seguro organizaremos algo. Mientras tanto, compartimos cada partido por un grupo de difusión. Estuve hace poco en Croacia, donde vive parte de mi familia. Alentamos a los dos países, aunque reconozco que en Qatar fue muy difícil cuando nos tocó enfrentarnos".

Cábalas croatas en la familia Novak, de La Plata.

"No quiero que vuelva a tocar un Argentina-Alemania...” afirma Norma Weber, presidenta del Club Germano Argentino, institución que en septiembre cumplirá 52 años reuniendo a la sangre alemana de La Plata, Berisso y Ensenada. Todavía recuerda que, tras la final del Mundial de Brasil 2014, chicos del ballet del club fueron insultados en la calle por vestir los colores alemanes.

Weber nació en La Plata, hija de inmigrantes oriundos de Bielefeld, y hoy mantiene vivo ese legado junto a sus hijas y nietos. "Mis padres vinieron a trabajar. En casa me hablaban, me cantaban y hasta me retaban en alemán. En memoria de ellos sigo participando de la colectividad", cuenta Norma a 0221.com.ar, convencida de que las raíces pueden convivir con el profundo sentimiento argentino.

La comunidad de Paraguay es una de las más numerosas de la región. Sin embargo, en esta primera fase del Mundial no hubo grandes reuniones para seguir a la selección, más allá de algunos encuentros espontáneos, como los que se organizan en el bar La Paraguaya, cerca de la estación de trenes.

El bar "La Paraguaya" esperando por la comunidad.

El doctor Eustacio González, quien presidió durante quince años el Centro Paraguayo de Los Hornos, explica que en 604 y 117, donde cada fin de semana se disputan torneos relámpago de fútbol, la Albirroja es tema obligado de conversación. Pero, a la hora de los partidos, prevalece una costumbre sencilla: "Cada uno lo ve en su casa, recibe a algunos amigos, sobre todo a quienes quizás no tengan televisión, y entre unos tragos y una picada acompañan al equipo".

Durante noventa minutos conviven dos banderas, dos himnos y una misma emoción. El fútbol, una vez más, hace visible aquello que muchas veces permanece silencioso: las raíces nunca dejan de jugar su partido.

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