jueves 15 de febrero de 2024
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Historia del rock

Un destape en el corazón de la ciudad: la prehistoria de Virus

En enero de 1980, en Asociación Universal, debutó Virus, un grupo que parecía salido de la nada. Aunque sus raíces se remontan a los orígenes de la música eléctrica en La Plata.

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La historia de Virus puede contarse de varias maneras. Virus como la fusión de dos grupos preexistentes, Las Violetas y Marabunta, y de un linaje que se remonta a los orígenes de la música eléctrica de La Plata. Virus como el proyecto estético-político de Federico Moura, artista visionario y omnívoro. Virus como una historia familiar con un nudo y un vacío, representado por la desaparición forzada de Jorge Moura. Virus como consecuencia trágica de su tiempo: de la disidencia activa contra la dictadura a la crisis del HIV, pasando por la primavera democrática y el destape moderno.

Todas se han ensayado. Y si ninguna parece completa es por la intrincada simultaneidad de hechos que preceden y acompañan la aparición de Virus como el grupo que venció a la melancolía del rock argentino con un sacudón de velocidad, sarcasmo y romanticismo new wave. Una tríada (Wadu Wadu, Recrudece y Agujero interior) que sólo sería el comienzo, pero que cumplió con el objetivo de desentumecer la mente y el cuerpo de una generación acorralada por la represión.

Así que conviene ir despacio, y detenerse en las pequeñas escenas que, enmarcadas en esa historia más grande, intersectan las historias personales, locales y nacionales que dieron lugar a uno de los grupos más conocidos del rock y parido en la ciudad de las diagonales.

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Federico Moura, con pelo largo.

Federico Moura, con pelo largo.

Mario Serra reconoció a ese flaco de melena brillante apenas lo vio. Era una tarde de comienzos de 1978 en la zona de 5 y 54. A sus 27 años, Mario Serra y Federico Moura ya eran dos veteranos del rock de La Plata. Serra había empezado en Los Cuervos, un cuarteto formado por compañeros del Bachillerato de Bellas Artes que llegó a grabar un simple en 1969, resultado de la gran ola beat que inundó la ciudad a mediados de la década. Y al momento del encuentro acababa de dejar Los Prados, su primer proyecto profesional, al que se incorporó en 1973 y con quienes grabó tres LP para CBS entre 1974 y 1977.

Federico había sido bajista y ocasional cantante de Dulcemembriyo, reyes sin corona de la generación pionera del rock de La Plata. Venerados por quienes los llegaron a escuchar en vivo, el quinteto que completaban Daniel Sbarra (compañero de Federico en el Colegio Nacional Rafael Hernández, futuro ladero de Miguel Abuelo y miembro de Virus), Diego Rodríguez (futuro primer baterista de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota), Pinfo Garriga (miembro del grupo Nada, que acompañó a Miguel Abuelo en su aventura francesa) y el carismático cantante Luis María Canosa no editó ningún disco. Hay versiones de un simple grabado en 1970 nunca publicado y de un LP con el nombre Los Dulces (ya sin Federico ni Sbarra), promovido por el productor Jorge Álvarez y grabado en los estudios Phonalex, pero de ninguno de los dos existen copias conocidas.

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Federico y sus amigos en Dulcemembriyo, su primera banda.

Federico y sus amigos en Dulcemembriyo, su primera banda.

Canosa también iba al Colegio Nacional y, como Federico, jugaba en La Plata Rugby Club. Como cantante, cubría el amplio espectro de covers que formaban el repertorio del grupo: de los primeros Bee Gees a Steppenwolf, pasando por The Rolling Stones, The Who y hasta Black Sabbath. Esa tarde de 1978, cuando Moura y Serra se encontraron, Canosa probablemente ya hubiera muerto. Había sido detenido junto a su esposa Claudia en febrero, por supuesta posesión de estupefacientes. Y murió en el Penal de Devoto el 14 de marzo, cuando el Servicio Penitenciario inició una matanza de 64 personas en el marco de un motín. Otro de los amigos de Canosa, Carlos Indio Solari, dedicó la canción Pabellón Séptimo (Relato de Horacio) al hecho. Solari, en rigor, llegó a escribir algunas letras para las primeras canciones originales de Dulcemembriyo.

Pero antes, a fines de 1970, Canosa, Moura y otros flamantes bachilleres viajaron juntos a Europa. Con ellos fue el “manager” de Dulcemembriyo, Guillermo Willy Randrup.

“Nos fuimos y nos instalamos en Londres -recordó Randrup hace algunos años para un libro inédito-. El objetivo era Londres porque en ese entonces Londres era todo. Íbamos a lo que fuimos: a ver grupos y vivir todo eso. Fuimos en barco y nos bajamos en Lisboa, que era el primer puerto europeo”.

La primera banda de Federico se llamó Dulcemembriyo, surgida del Colegio Nacional. El Indio Solari llegó a escribir algunas letras.

El grupo se fue dispersando en el trayecto, pero una vez en Londres se encolumnaron detrás de la tozudez de Federico. Hay una conocida anécdota con Keith Moon, el baterista de The Who, que pinta el grado de determinación e información que tenía el futuro líder de Virus. En una época de pocas imágenes, Federico reconoció a Moon en el tren y no dudó en hablarle. El excéntrico baterista los invitó a un ensayo privado para unas 60 personas, al que no pudieron asistir. Cosas de la Era de Acuario: Moon se olvidó o no creyó que los chicos argentinos se presentaran en el lugar.

“Fuimos pero no nos dejaron entrar. Al final el tipo aparece, le hacemos una seña, nos dejan pasar y nos dice ‘sí, ustedes son de Australia’. ‘No, de Argentina’. ‘Ah, de Argentina’. Y entramos, pero había terminado el ensayo. Pasamos a la sala y vimos los instrumentos. Federico miraba, tocaba los instrumentos. Eso fue brutal, y bueno, después fuimos al show: vimos a los Who, a Jethro Tull, Deep Purple… ¡Vimos a los Rolling Stones, que hacían dos funciones el mismo día! Quisimos ver a Frank Zappa pero no le permitieron tocar en el Royal Albert Hall porque era muy obsceno”.

Moura y Randrup fueron de los que más estiraron el viaje. Según Randrup, muchos no soportaron la dureza de la vida bohemia en Londres y se volvieron. Ellos dos, en cambio, no vacilaron en resignar la comodidad con tal de estar donde querían estar. Vivieron en pensiones más que precarias, trabajaron codo a codo con los inmigrantes que llegaban a ocupar el suelo y el subsuelo de la pirámide social. También vendieron el periódico underground Friends, para el que Federico llegó a hacer algunos dibujos. Y se las ingeniaron para quedarse hasta bien entrado el año 1971. Federico había hecho la primaria en el colegio bilingüe St. Michael’s, en 57 entre 7 y 8, por lo que el idioma no era barrera.

“Si bien siempre había una gran comunión, porque vos ibas a un parque y enseguida te vinculabas con gente de tu edad, la música era un canal instantáneo -dice Randrup-. Me acuerdo de unos irlandeses que vivían en el piso de arriba de la pensión. Cenábamos juntos y Federico les enseñaba a tocar Color Humano, de Almendra”.

Un posible punto final para este viaje iniciático es mayo de 1971. El sábado 15, Randrup y Moura estuvieron entre los asistentes a la primera edición del festival Garden Party en el Crystal Palace Bowl. Ese día tocaron The Faces, con Rod Stewart a la cabeza, y Pink Floyd, en un alto de las sesiones de grabación de Meddle. Los amigos platenses fueron testigos del estreno del futuro clásico Echoes y de la fracasada operación escénica de un pulpo gigante que debía aparecer en el lago del parque, pero que salió a flote, desfigurado, antes de tiempo.

De regreso, Federico y Willy se inscribieron en la carrera de Arquitectura y Urbanismo de la UNLP, siguiendo el ejemplo del mayor de los Moura, Jorge.

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El histórico Garden Party en el Crystal Palace Bowl.

El histórico Garden Party en el Crystal Palace Bowl.

Pocas semanas después de ese encuentro entre Mario Serra y Federico Moura, Silvia Bordoni está yendo a comprar pan. Es una mañana de fines de otoño del mismo 1978. Silvia es consciente de lo que está pasando: ve que los amigos se van, se escapan o se guardan. Con Mario, su pareja, cambiaron La Plata por la más frondosa Gonnet. Viven en 23 entre 489 y 490. Antes de llegar a la panadería que queda sobre el camino Belgrano, aparece Federico Moura. Silvia y Federico también son amigos: ella ha sabido de sus aventuras en la Galería Jardín de Buenos Aires, donde él tenía su local de ropa para hombres Limbo, y conocía su interés por la moda, el cine, la estética y la créme del Instituto Di Tella, asuntos menos cautivantes para Mario.

Se saludan y conversan. Esta vez no sobre tocar o formar grupos, como fue con Mario, sino sobre la vida. Federico había vendido la marca y el stock de Limbo, y con ese dinero había viajado a Londres y a Nueva York durante el ‘77. Ya no había vuelto a Buenos Aires: dejó el departamento de Arenales entre Rodríguez Peña y Montevideo y ahora había vuelto a vivir con sus padres. Ellos también se habían mudado. Ya no estaban en 53 entre 3 y 4, sino que se trasladaron ahí, a Gonnet: Vergara y Bélgica, es decir 488 y 23, a pocos metros de la casa de Silvia y Mario. Esa noche celebraron la casualidad cenando los tres juntos.

Me acuerdo de unos irlandeses que vivían en el piso de arriba de la pensión. Cenábamos juntos y Federico les enseñaba a tocar Color Humano, de Almendra. Me acuerdo de unos irlandeses que vivían en el piso de arriba de la pensión. Cenábamos juntos y Federico les enseñaba a tocar Color Humano, de Almendra.

Durante la velada, los asuntos volvieron a superponerse. Por un lado, Federico y Mario se hermanaron en un proyecto conjunto, aún sin nombre. Quizás no tanto por una coincidencia de estilos, sino por una determinación compartida: un proyecto musical es una elección de vida que demanda dedicación, esfuerzo, profesionalismo. Tocar y ser mejores que los demás. Tiene que ser rentable y exitoso, popular. Novedoso. Nada de hippies.

Por el otro, sobrevolaban la amenaza y el terror circundantes.

“Hacía muy poquito había pasado lo de Jorge -recuerda Silvia, que acaba de publicar Capto impresiones, un inédito atlas fotográfico de Virus-. Federico tenía una postura de ‘yo me la banco’, pero los chicos estaban muy afectados: Julio venía a llorar a casa, Marcelo era muy chico, estaban muy asustados. Había una cosa de contención, porque estaban las hijas de Jorge, que eran poco más que bebés, y Velia y Pico, los padres, habían viajado a Europa por una pista para dar con Jorge, lo cual no dio resultado. Ese encuentro fue en medio de todo eso”.

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Silvia Bordoni y Mario Serra, en una imagen de estos últimos tiempos.

Silvia Bordoni y Mario Serra, en una imagen de estos últimos tiempos.

Jorge Moura es el segundo hijo de Velia Oliva y José Pico Moura, el primer varón. Era tres años mayor que Federico, quien, como él, cursó en el Colegio Nacional, jugó en La Plata Rugby Club y estudió arquitectura en la UNLP. Jorge había abandonado la universidad en 1971 como resultado de su creciente compromiso político. Fue militante de la Juventud Guevarista del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y luego se sumó al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Tuvo instrucción militar en Tucumán y fue parte de varias acciones de la organización, mientras intentaba congeniar su condición de vida con la proletarización que le demandaban sus ideales.

Jorge estaba casado con Patricia Orione, a quien había conocido en un tercer tiempo de LPRC y con quien tuvo un hijo llamado Federico. A su vez, era un referente para sus hermanos, especialmente para Julio y Marcelo: los dos recuerdan su liderazgo, sus hazañas deportivas y su templanza. Todos sabían de su militancia y su arrojo y en aquellos tiempos de radicalización, hacia 1972, conoció a su última pareja Perla Diez (madre de sus otros dos hijos, Clarisa y Lucía, ésta última nacida en cautiverio en la cárcel de Olmos), y cultivó con su cuñado Guillermo Massera (esposo de Virginia, la mayor de los hermanos Moura) el oficio de transportista y repartidor. En esa ocupación trabajaría para la empresa Sacetru y también sería protagonista de una de las acciones más importantes de la historia de la guerrilla argentina, el asalto al Batallón de Monte Chingolo el 23 de diciembre de 1975.

En ese proceso, Jorge y Federico se fueron distanciando. La radicalización ideológica de Jorge y la experimentación artística de Federico (que lo llevó a vivir en Buenos Aires entre 1973 y 1978) se proyectaban en direcciones opuestas, al menos aparentemente. Habían partido desde un mismo lugar (incluso los dos habían sido parte del siloísmo, un desprendimiento del Movimiento Humanista, como primera práctica política) e iban a un lugar nuevo y distinto, impredecible.

“Jorge veía desde su punto de vista una sociedad que no le gustaba, y Federico también, pero un plano muy distinto -explicaba Pico Moura a Daniel Riera y Fernando Sánchez en el libro Virus. Una generación (Vademécum)-. Jorge intentó modificarla desde lo social y lo político, y Federico, desde lo artístico. Federico siempre fue de la idea de producir una música en cierto sentido revolucionaria y escaparse de los esquemas, de los dogmas: una proyección más personal, que tal vez tenga que ver con la de Jorge”.

Iniciada la dictadura cívico-militar en marzo de 1976, se desató una cacería contra los miembros del PRT-ERP, como de tantas otras organizaciones, fueran armadas o no. Como narra Marcelo Moura en esta nota, Jorge fue quedando acorralado y finalmente fue secuestrado el 8 de marzo de 1977 por un grupo de tareas que lo esperaba en la casa familiar de los Moura en Gonnet. Ese mismo día pero en Tolosa, fue secuestrada la hermana menor de Perla Diez (por entonces presa en Devoto), Diana Carmen, de 18 años. Testigos declarantes dicen haber visto a Jorge en los centros clandestinos de detención La Cacha y Campo de Mayo. Al día de hoy continúa desaparecido.

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La familia Moura, padre e hijos, en un retrato de la revista Gente.

La familia Moura, padre e hijos, en un retrato de la revista Gente.

Después de esa noche, los encuentros dejaron de ser casuales. Mario y Federico comenzaron a ensayar juntos, a batería y guitarra. En paralelo, Mario mantenía sus sesiones de vuelo instrumental con el tecladista Bernardo Rubaja, ex integrante de los pioneros de la psicodelia Diplodocum Red & Brown, con quien hacían piezas “tipo Emerson, Lake & Palmer”, según Serra. Fue Rubaja quien hizo el único registro del dúo, en la sala que se había montado en el subsuelo de lo que hoy es la Galería Rodrigo, en 51 entre 5 y 6.

“Antes de irse a estudiar a Berkeley, Bernardo armó ese ‘estudio’. Estudio para lo que era la época: tenía una grabadora de cuatro canales y ya con eso era Hollywood -cuenta ahora Serra, en el contexto de los últimos shows de Virus en el Teatro Ópera-. Pero no era más que el sótano de la galería: un cuarto y una cabinita con nada. Yo tenía una batería y fuimos con Federico una mañana a grabar la canción Como un gato.

Esa grabación, que permanece perdida, es el germen del grupo Las Violetas, para el que Mario y Federico comenzaron a buscar integrantes. Una grabación del mismo tema, pero que incluye un solo de guitarra de Julio Moura, sí permanece entre los materiales que Mario y Silvia conservan, y que Serra ha trabajado con el ingeniero Cana San Martín.

Pero el reclutamiento no fue sencillo. Mario dice que todos los que audicionaban eran hippies, y Silvia acota que, en aquel contexto de represión furibunda, muchos músicos preferían mantenerse a un lado y consideraban peligroso salir a tocar con una banda de rock.

Federico siempre fue de la idea de producir una música en cierto sentido revolucionaria y escaparse de los esquemas. Federico siempre fue de la idea de producir una música en cierto sentido revolucionaria y escaparse de los esquemas.

Las dos cosas eran ciertas. En un panorama donde reinaba el lirismo ampuloso y el despliegue instrumental de Serú Girán, Serra y Moura buscaban a otros que, como ellos, sintonizaran con lo que habían visto ambos (aunque por separado) en la Nueva York modelo ‘77: la velocidad, la precisión y los looks del punk y la new wave. Pero no sólo era un recuerdo de viaje: además de Federico, estaba de vuelta en La Plata una amiga suya, Margarita Venturini, tal vez la mayor benefactora de la discoteca de los proto Virus. Además de la ropa por la que la insultaban en la calle, Venturini trajo Crisis? What Crisis? y Even in the Quietest Moments, de Supertramp, Slowhand, de Eric Clapton, The Clash, de The Clash y Be seeing you, de Dr. Feelgood, entre otros.

Mario Serra: “¡Dr. Feelgood! ¡Cómo le dábamos a ese disco!”

Silvia Bordoni: “Trajo eso, trajo Supertramp… Entonces empezó a surgir una práctica: nos juntábamos todas las noches a escuchar música”.

MS: “Era muy lindo, porque con todo te sorprendías”.

SB: “Muy lindo en ese sentido, pero el mundo alrededor era un horror. Nos juntábamos sobre todo en lo de los Moura y en lo de Margarita”.

MS: “Me acuerdo cuando apareció el de B-52’s, con la tapa amarilla, era una locura”.

En ese sentido, Las Violetas fue un proyecto inconcluso: parecía que nadie tenía el mismo marco de referencias de estilo que Mario y Federico. Quienes se sumaron fueron Sirso Iseas (ex Los Prados) y Ricardo Serra (hermano de Mario) en guitarras y Néstor Madrid (ex Redondos y futuro productor disocgráfico en Brasil) en bajo. Mario a la batería y Federico, por primera vez, como voz principal. Federico intentó repatriar a Daniel Sbarra, que seguía en Francia, pero no lo logró. Por su lado, Julio y Marcelo tenían, junto a Quique Mugetti, Marabunta. Los dos grupos compartieron una fecha conjunta y fallida en Pinamar, y poco más.

Las Violetas grabó un demo de dos canciones que permaneció perdido por 40 años, y que Mario Serra editó por intermedio de Zorn Records en 2021. Es una grabación hecha entre marzo y abril de 1979 en la flamante consola de 24 canales de los estudios Take One de la ciudad de Buenos Aires, que se conservó gracias a Ricardo Serra primero y a Silvia Bordoni después. Ricardo tenía las cintas en formato DAT (que fueron restauradas en Suiza y luego remezcladas por Cana San Martín) y Silvia el contrato que autorizaba a Mario a publicar el material. El vinilo tiene Animate en su lado A y Me gusta jugar rock en el lado B, dos composiciones originales del grupo.

Federico no se gustaba mucho en esas grabaciones. “Parezco una gallina bataraza”, le decía a su amiga Silvia. Admiraba a David Bowie, su referente, pero todavía no lograba subirse a las canciones con la elegancia que lo definiría en Virus. Enseguida buscó mejorar, perfeccionarse. Mario y Silvia le presentaron a su primera profesora de canto, Magdalena León.

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Federico modelando para Limbo.

Federico modelando para Limbo.

Pero Las Violetas no terminó de cuajar. El demo no tuvo mayor repercusión y la banda se disolvió. Mario y Federico renovaron el compromiso mutuo y se prometieron hacer carrera en la España postfranquista, como estaban haciendo Moris y Roque Narvaja. Compraron pasajes para los tres, pero Federico partiría antes: quería visitar a su amigo Eduardo Costa en Río de Janeiro. Así terminaban Las Violetas y también Mambo, el segundo proyecto de moda de Federico. En Mambo ya no estaban Mario Lavalle y Cecilia García, sus antiguos socios en Limbo, pero se mantenía el estilo de vanguardia. Las remeras, camisas y accesorios que Margarita Venturini había visto en Europa y replicaba acá eran parte del negocio, que estaba en un local propiedad de Pico Moura en la Galería Jardín de la calle Florida, entre Lavalle y Tucumán. Un entredicho familiar parece haber estado también dentro del cóctel que animó a Federico a irse una vez más.

Había en Federico una constante idea de viajar para hacerse de nuevos sonidos y experiencias. Hasta que volvió de Brasil para liderar Virus.

“Fue una racha que había tenido con el padre -afirma Margarita Venturini, para el mismo libro inédito-. Se habían peleado no sé por qué motivo, porque si él no me lo contaba yo no se lo iba a preguntar. Y como yo vivía a una cuadra del departamento de Arenales, donde él estaba de lunes a viernes, le dije que se quedara en mi casa, en un sofá cama. Yo vivía en Rodriguez Peña entre Santa Fe y Arenales, nos veíamos todos los días. Y una vez él me dijo que el padre lo había echado, y se vino a mi departamento. Estuvo un tiempo y después se fue a Brasil; como no solucionaba su vida, decidió irse”.

En Brasil, los planes se alteraron. Federico y Eduardo Costa comenzaron a hacer artesanías en cuero y goma y la cidade maravilhosa dilató su viaje hasta cancelarlo. En un carta de puño y letra que Silvia Bordoni conservó (se incluye en copia facsimilar en su libro de fotos, y se transcribe en el libro de Riera y Sánchez), Federico establece su domicilio en Rúa Conde Bemadote 26, en el barrio de Leblon, y se refiere a Río como un “chiclet”: “Lo pisás y te quedás pegado”. Le cuenta a Mario que la única razón por la que no se quedaría a vivir es porque el rock no tiene la importancia suficiente, que extraña el sonido punk y que está por ir a ver a Ney Matogrosso presentar su LP Seu Tipo. Finalmente admite que tiene pensado quedarse más tiempo del previsto. La fecha es 6 de marzo de 1980.

“Cuando lo agarre arriba lo mato”, dice Mario hoy, entre risas. La aventura española no tenía sentido sin Federico, así que Mario y Silvia decidieron cambiar los pasajes a Nueva York. Durante los meses de ausencia de Federico, la fusión de Las Violetas y Marabunta había continuado, así que al viaje se sumaron Julio Moura y Quique Mugetti. Además de ir a clubes punk y vestirse new wave, la pareja compró una grabadora de 4 canales, la cámara fotográfica con la que Silvia registraría toda la vida artística de Virus y un bombo Ludwig que debía llegar lleno de discos a Ezeiza. Mario recuerda haber comprado el primer LP de Ramones, casettes de Lou Reed, Foot Loose & Fancy Free, de Rod Stewart, y Outlandos D’Amour, de The Police, pero ninguno llegó a destino. En cualquier caso, fue una experiencia reveladora. “Ir a Nueva York en esa época era como tomarte un ácido lisérgico: tu cabeza ya no era la misma”, dice, todavía maravillada, Silvia Bordoni.

SB: “Había mucho soldado de Vietnam hecho mierda, locos, en la calle. Los clubes de música tenían una onda que nosotros desconocíamos totalmente: veníamos de un país que estaba en dictadura”.

MS: “Ver el impacto de esas bandas fue increíble, deliraban los pendejos”.

SB: “Fue la primera vez en mi vida que vi pogo”.

MS: “Cuando vi la velocidad a la que tocaban me volvió loco, dije esto es música”.

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Federico en La Plata Rugby Club (primero, desde la derecha).

Federico en La Plata Rugby Club (primero, desde la derecha).

Al regreso de ese viaje, finalmente, hay un primer atisbo de Virus. Mario Serra, su hermano Ricardo, Quique Mugetti y los hermanos Julio y Marcelo Moura comienzan a ensayar regularmente. Primero en la casa familiar de los Moura y enseguida en el que será el centro de operaciones por varios meses: una casa deshabitada en el barrio de Los Hornos, propiedad de la familia Mugetti. En ese lugar, en 60 entre 135 y 136, Mario instala la grabadora de cuatro canales y se registran la segunda versión de Como un gato (ahora con la participación de Julio) y el demo de Duro, tal como bautizaron al grupo.

En ese registro, que sobrevivió al tiempo y a un robo que sufrió la casa, la voz principal es la de Laura Gallegos, una cantante que procedía del mismo grupo de gente que frecuentaba Luis María Canosa (los “stones” que se reunían en Galería Williams de 8 y 48, en el centro de La Plata) y que se había acercado mediante Ricardo Serra. Las canciones, que todavía no tienen las letras con que se plasmaron en Wadu Wadu (1981), eran tres composiciones de Julio Moura más un versión castellanizada de That’s it, I quit, de Dr. Feelgood. Julio, incluso, es la voz principal en uno de los tracks.

Si bien Laura Gallegos fue la frontwoman tanto en el demo como en los contadísimos shows del grupo (dos de ellos la misma noche en la ciudad natal de Federico, Berisso), su lugar no estaba asegurado. El rol de voz principal podía rotar entre ella, Julio y algún cantante “a prueba”.

“Duro era muy creativo y por ahí si hubiese seguido su trayectoria también habría pegado -consideró Gallegos ante Riera y Sánchez-. Pero creo que Marcelo y Julio siempre quisieron que cantara Federico, era una cuestión obvia porque además Federico estaba mil veces más capacitado que yo. En ese momento yo no tenía dominio de escena ni nada de lo que él poseía. Federico siempre fue un star en cada cosa que hacía, tenía como un brillo propio. Quizás yo tengo una voz con más recursos, pero todo lo otro, nada que ver. Ni siquiera en el compromiso que se necesitaba, porque ya tenía hijos y me tenía que dedicar mucho a ellos. Para mí, lo de Duro era como jugar a ser artistas”.

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Poco a poco, Federico Moura se erigió en el líder de Virus.

Poco a poco, Federico Moura se erigió en el líder de Virus.

Mario Serra recuerda una foto similar a la portada de Wadu Wadu (una reinterpretación de la tapa del álbum homónimo de New York Dolls) pero con Laura Gallegos en lugar de Federico. Incluso hay otra foto, la que se usó para anunciar la participación de Duro en Musicomanía, el 11 de enero de 1980 (día del cumpleaños número 21 de Marcelo Moura) en la sede de la Asociación Cultural y Deportiva Universal de 25 entre 57 y 58, tenía a Gallegos en el centro.

Pero ese día no estuvo Gallegos, sino Federico Moura. Y aunque en la breve noticia de El Día se anunciaba a Duro, tocó Virus. A fines del ‘80, Julio, Marcelo y Pico Moura habían ido a buscar a Federico a Brasil, y le habían mostrado el demo grabado en la casa de Los Hornos. El operativo seducción fue exitoso y Federico entrevió, una vez más, la posibilidad de plasmar su visión artística. Sobre esa misma grabación, Federico puso su voz y algunos retoques en las letras. Hecho ese simple y definitivo desplazamiento, nació Virus.

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Virus, la creación de un sonido nuevo.

Virus, la creación de un sonido nuevo.

Muchos años más tarde, en la antesala del éxito masivo que sobrevendrá con Locura (1985), Federico volvería sobre aquel momento de quiebre en una entrevista con Pipo Lernoud para la revista Cantarock:

“Todos nos acostumbramos a reprimirnos, a que las pulsaciones de vida dentro nuestro queden reducidas al mínimo, porque hemos pasado una época en la que el terror se te metía dentro del living de tu casa, la paranoia te entraba bajo la piel (…).Habíamos decidido imponer el grupo, porque era un desafío de vida muy poderoso. Siempre la música de Virus fue parte de nuestra realidad dicha de una manera directa, como un puñetazo con humor. Sentíamos que teníamos un sonido nuevo y que creíamos que era necesario renovar la música argentina”.

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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