Como muchos de los aspectos vinculados con el nacimiento de la ciudad, la forma en que se decidió su nombre, nada menos, convive con la duda y la controversia, a raífz de la ausencia de documentos que certifiquen los hechos.
A más de 142 años de su fundación, el origen del nombre "La Plata" continúa siendo un enigma. Aunque la mayoría de los historiadores suele atribuir la iniciativa al escritor y político José Hernández, no existe ningún documento que lo respalde.
Como muchos de los aspectos vinculados con el nacimiento de la ciudad, la forma en que se decidió su nombre, nada menos, convive con la duda y la controversia, a raífz de la ausencia de documentos que certifiquen los hechos.
En general los historiadores atribuyen la idea al senador José Rafael Hernández y Pueyrredón, escritor y militar, autor de ese clásico de la literatura gauchesca llamada El gaucho Martín Fierro, publicado en 1872.
En rigor, lo único que se puede afirmar es que Hernández fue el encargado de exponer durante la sesión en que se discutió el proyecto de creación de la ciudad en nombre de una comisión especial legislativa conformada a los efectos de estudiar el asunto. Entonces, el legislador señaló que la denominación apuntaba a razones geográficas e históricas: se trataba de dar vida a una ciudad en la región bañada por el Río de La Plata y, a la vez, revalorar los nombres usados para constituir los primeros esbozos institucionales que más tarde dieron vida a la República Argentina que daban cuenta del estuario como elemento dominante del paisaje. Se sabe, a ciencia cierta, que el proyecto al ser presentado por el Poder Ejecutivo en la Legislatura no llevaba ningún nombre para la nueva capital bonaerense.
Pero, vale la pena repasar la secuencia desde el comienzo. El domingo 1° de mayo de 1881 cuando Dardo Rocha asumió como gobernador de la provincia de Buenos Aires tenía entre sus objetivos prioritarios la dotación de una capital para el principal distrito argentino. El proceso de resolución de un cruento y dilatado conflicto de luchas intestinas había dejado a Buenos Aires sin su histórica ciudad capital y con el desafío mayúsculo de dar vida a una metrópoli que sirviera de asiento a sus autoridades.
El flamante mandatario, abogado, periodista, militar y, por entonces, una figura prominente del Partido Autonomista Nacional, se puso manos a la obra. Vislumbraba “una ciudad populosa y floreciente”, de avanzada para la época. Rocha, a quien no le faltaron enemigos ni detractores de su iniciativa urbana, aspiraba a que la urbe en ciernes ofreciera “fácil acceso a los hombres e intereses que está llamada a servir; consultar la higiene que se impone, en primer término, en nombre de la existencia; las conquistas del arte que eleva el sentimiento de lo bueno y de lo bello; los adelantos de la industria que agiganta la producción y los transportes, reclamando cada día más amplias avenidas, y las conveniencias del comercio, para que éste concurra a su rápido acrecentamiento”; así lo expuso aquel día, al pronunciar su primer mensaje ante la Legislatura provincial en el que se refirió al proyecto como “la nueva Buenos Aires”.
Rocha se dedicó al asunto en forma personal y hasta casi obsesiva, confiado en que la concreción de semejante prodigio lo depositaría, sin escalas, en el sillón de Rivadavia. Dispuso la creación de tres comisiones que debían resolver los aspectos considerados básicos para avanzar con el propósito: definir una localización; diseñar un trazado para la ciudad; y, por último, estipular las reglas para la contratación de quienes iban a encargarse de diseñar y construir los principales edificios públicos.
Tres días después de su asunción conformó por decreto la primera de las comisiones que rápidamente consiguió el correspondiente aval en la Legislatura para abocarse al “estudio comparativo de varias localidades, para establecer en la mejor, la nueva capital de la provincia”. Presidida por el entonces senador nacional Aristóbulo del Valle, su misión era la de realizar el estudio comparativo de varios lugares expresamente mencionados en el decreto, a saber: Ensenada, Quilmes, Barracas al Sud, Los Olivos, San Fernando, Zárate, Chascomús, Dolores, Mercedes, San Nicolás, Belgrano y San José de Flores. No obstante, el texto también contempló la posibilidad de evaluar, “las demás localidades que la comisión determine”. De hecho, durante el proceso se recibieron presentaciones espontáneas de ciudades como Luján, Chivilcoy, Lobos, Carmen de Patagones, Bahía Blanca, Mar del Plata, General Lavalle, San Nicolás, Necochea y Morón, entre otras.
El 6 de mayo Rocha llamó a concurso público e internacional para el diseño y la construcción de los principales edificios públicos que debían ser presentados en un plazo máximo de seis meses. Al día siguiente vio la luz un nuevo decreto en el que se encomendó al Departamento de Ingenieros proyectar, paralelamente, los planos de la nueva ciudad así como de una serie de edificios de segundo orden. Este último documento es esclarecedor respecto del ideal perseguido por el mandatario, que pretendía crear una ciudad “conforme a los trazados de las ciudades más modernas en cuanto sea compatible con nuestro clima, las condiciones generales del país, las costumbres de nuestras poblaciones y nuestros medios financieros”. Aspiraba a dar vida a un lugar que ofreciera “la mayor comodidad a los habitantes, la posibilidad de mantener la higiene, en cuanto lo permitan los últimos adelantos científicos y la belleza de sus calles y plazas”.
Mientras crecía el debate público sobre la iniciativa gubernamental, que tenía no pocos detractores y fue profusamente expuesto en la prensa de la época, la comisión que debía definir también el mejor lugar de emplazamiento para la nueva ciudad comenzó a trabajar. Rápidamente, y aún sin que estuviera definido el lugar en que ésta se iba a localizar, se fueron conociendo distintos anteproyectos que daban forma a la propuesta urbanística de la urbe en ciernes. Los profesionales que participaron en forma activa y determinante en todo el proceso de nacimiento de La Plata, estaban vinculados al Departamento de Ingenieros y a las órdenes de Pedro Benoit, que dirigía la Sección Arquitectura y mediante un decreto del 21 de septiembre de 1882 fue designado director ejecutivo de las obras. Cuando fue convocado por el gobernador Rocha, Benoit contaba ya con una dilatada experiencia, habiendo contribuido a elaborar el primer plano de la ciudad de Buenos Aires, así como el diseño de los trazados para varias nuevas localidades como, por ejemplo, Quilmes, Merlo e Ituzaingó. Además, lo unía a Rocha una amistad que terminó de consolidarse en esos años además de su pertenencia a la masonería, un denominador común entre los principales artífices de la nueva ciudad.
El historiador Antonino Salvadores apunta, en tanto, que, para la visión de las autoridades de la época, “la calidad de los terrenos, ofrecía suficiente consistencia para levantar suntuosos edificios, tierras aptas para la agricultura y ganadería, facilidades de provisión de agua potable y posibilidad de extender la ciudad a medida que lo exigiese su crecimiento”. En opinión de Salvadores, “lo que indujo al Poder Ejecutivo a elegir ese paraje, era la proximidad al puerto, cuya habilitación para recibir buques de gran calado no exigiría grandes erogaciones, de modo que podría competir fácilmente con el de Buenos Aires”. Y agrega: “Se pensaba que los buques de ultramar preferirían este puerto y que la ciudad se convertiría pronto en un gran centro comercial”. En cuanto a la distancia con la Capital Federal se ponderó una localización que no estuviera ni tan cerca como para ser absorbida, ni tan lejos como para sufrir aislamiento.
El profesor de historia platense Fernando Barba interpretó del mismo modo el pensamiento de los impulsores de la iniciativa, al sostener que pensaban que ubicando la nueva capital bonaerense frente al único puerto natural sobre el Río de La Plata y estando relativamente cerca del de Buenos Aires, gran parte del volumen comercial porteño terminaría por desviarse hacia la ciudad en ciernes.
A los debates realizados en ambas cámaras asistieron varios ministros de la provincia que también participaron de la discusión, los puntos centrales no fueron otros que el puerto y la distancia con Buenos Aires, algo que terminó por incidir, en forma determinante, en la localización.
Así las cosas, el martes 14 de marzo de 1882 el gobernador remitió a la Legislatura provincial el proyecto de capitalización de Ensenada junto con un largo mensaje que aquel día leyó ante los parlamentarios en el que se ordenaba fundar la ciudad sobre “los terrenos altos”. Se refería a la zona de “lomas”, el área más alta próxima al río, presentaba una serie de elevaciones que limitaban con una región baja y anegadiza que en la época fundacional de La Plata estaba ocupada por la denominada Cañada o Valle de Santiago, que designaba, en realidad el cauce mayor del arroyo Del Pescado y la isla Del Gato, mencionados por Juan de Garay en actas de su paso por la zona, a fines de 1580.
El proyecto original de creación de la nueva capital bonaerense no daba nombre a la ciudad. Para estudiarlo, el Senado constituyó una comisión especial presidida por Diego Gregorio de la Fuente e integrada por Belisario Hueyo, Nicolas Achával, Augustín Vidal, Matías Cardoso y el ya citado José Hernández. Apenas un par de reuniones fueron suficientes para que la iniciativa obtuviera despacho favorable para su tratamiento en el recinto.
Uno de los pocos cambios que sufrió el proyecto original en manos de la comisión fue, precisamente, el relativo al nombre de la nueva capital.
En la versión original el artículo 2do del proyecto de ley autorizaba al gobierno a “fundar inmediatamente una ciudad frente al puerto de la Ensenada sobre los terrenos altos”. Se ignora quién fue realmente el autor del retoque, pero, al llegar al recinto para su tratamiento se había hecho un agregado entre líneas que decía “... que se denominará La Plata… ”.
En efecto, el nombre para la nueva capital aparece por primera vez introducido al proyecto de creación de la ciudad en ocasión de ser sometido a consideración de los senadores bonaerenses el 20 de abril de 1882. La propuesta contaba con el visto bueno de la comisión especial creada por el gobernador Dardo Rocha.
No habría que descartar otra hipótesis -apuntada entre otros por el historiador Gustavo Vallejo- sobre el origen del nombre de la capital de la provincia y es la que remite a los proyectos que el gobernador Dardo Rocha mandó confeccionar para la nueva ciudad. En uno de ellos, el que se refería edificio de la Municipalidad dice: “Municipio La Plata” confeccionado por el alemán Hubert Stier de la Escuela Politécnica de Hannover. Al expedirse favorablemente los responsables de analizar el proyecto habían emitido un dictamen fechado el 25 de marzo -es decir casi un mes antes del tratamiento legislativo del proyecto de la ciudad- en el que se indicaba que el lema de la iniciativa elegida era “La Plata”.
Al abrirse el debate en el Senado provincial, fue el legislador José Hernández el encargado de defender el proyecto oficial. En su alocución Hernández sintetizó los motivos que habían llevado al gobierno y sus aliados a elegir el sitio de emplazamiento. Dijo que se había descartado la posibilidad de una capital mediterránea por “su lejanía con los centros vitales de la provincia”. Explicó que también se había desechado la alternativa de una ciudad litoral al Norte de la ciudad de Buenos Aires “por las limitaciones advertidas para el tráfico de ultramar y las exiguas posibilidades de expansión urbana” en esa zona. Finalmente, sostuvo que en la opción escogida de una capital sobre el litoral al Sur de Buenos Aires se había concluido que “desde la desembocadura del río de Barracas hasta Bahía Blanca, no hay un punto mejor que la Ensenada”.
En determinado momento, el legislador justificó la elección del nombre argumentando que se basaba en consideraciones de carácter geográfico e histórico. Según el acta de la sesión dijo: “No queda, señor, sino decir algunas palabras de la razón que ha tenido la comisión para denominar a esa ciudad con el nombre de ‘La Plata’. Ella ha querido evitarse flas divagaciones consiguientes si entraba ya en la designación de nombres propios, ya en otras designaciones; e inspirándose en los antecedentes de la República, inspirándose en la geografía patria; ha dado el nombre de ‘La Plata’ porque estos territorios fueron primero Gobernación del Río de La Plata, más tarde Provincias Unidas del Río de La Plata”, señaló. Para luego agregar: “y cuando la provincia de Buenos Aires que ha hecho el sacrificio, el inmenso sacrificio de [ceder] su capital tradicional para cimentar el orden constitucional de la República, va a levantar una ciudad, cabeza de su territorio, es justo, es lógico, es patriótico, está con los antecedentes de la República, el que la designe también con el nombre de La Plata. Estas son las razones que ha tenido la comisión para dar este nombre”.\
Durante la sesión el principal opositor fue el senador Juan M. Ortíz de Rozas quien consideraba que la ubicación elegida para la nueva capital era excesivamente cercano a la de su antecesora lo que lo llevaba a dudar sobre las presuntas ventajas apuntadas desde el oficialismo.
Una semana más tarde, en una sesión extraordinaria de la Cámara de Diputados, el gobierno y sus aliados legislativos consiguieron convertir en ley el proyecto, que había sido tratado en el Senado tres días antes. La oposición cuestionó el escaso tiempo otorgado para analizar un asunto tan relevante ya que el informe técnico de la Comisión especial había llegado a manos de los legisladores apenas la semana anterior al tratamiento. Se cuestionó el apuro oficial y se alegaron cuestiones reglamentarias que demandaban cuatro días de estudio desde la entrega a los legisladores del despacho de la comisión a fin de poder dar, dijo, “un voto consciente e ilustrado”.
Casi no hubo otras discusiones sobre el fondo del proyecto salvo sobre la cuestión del nombre. El diputado Carlos Pellegrini objetó la denominación ya que consideró que resultaba ambiguo y podría prestarse a confusión ya que con ese nombre se denominaban las tierras a ambas márgenes del Río de La Plata. Según Pellegrini, “ese nombre ha de dar origen a serios inconvenientes en el porvenir. Cuando tenemos el Río de La Plata por delante y cuando es sabido que en Europa siempre que se habla de La Plata, se comprende en esa denominación, tanto Montevideo como la República Argentina, no es difícil comprender los serios trastornos que puede traer aplicándola a un nuevo centro de población”. Su propuesta fue ponerle el nombre “Rivadavia” en homenaje al primer presidente de las Provincias Unidas del Río de La Plata, el estadio institucional surgido de la Revolución de Mayo y previo a la conformación de la República. A su turno, el diputado Alberto Ugalde también rechazó el nombre y propuso como alternativa a Mariano Moreno, quien, sostuvo, más allá de su destacada participación en la Revolución de Mayo, había bregado junto a Rivadavia por la activación del puerto de Ensenada. Varios legisladores aclararon a voz en cuello que ya había una localidad llamada Moreno lo que desató un intenso intercambio. Finalmente, tras una hora de ardua discusión, la iniciativa fue aprobada por un voto.
Si bien no fue expresado en el recinto aquel día, circulaba -especialmente en ámbitos de la política y la prensa porteña, otra propuesta: que la urbe en ciernes llevara como nombre “Nueva Buenos Aires” y “Nueva Capital”.
El 28 de abril de 1932, año en que se cumplía el cincuentenario de la ciudad, Salvadores publicó en el diario El Argentino un articulo titulado “¿Quién puso el nombre a la nueva capital de la provincia?”.
Dos décadas después, en agosto 1952, cuando a propuesta de sectores sindicales la Legislatura bonaerense aprobó el cambio de nombre de la ciudad que pasó a llamarse Eva Peron en homenaje a la recientemente fallecida primera dama, entre los fundamentos de la iniciativa se argumentó que el gobernador Rocha no había propuesto ningún nombre y que la paternidad hernandiana no estaba debidamente probada.
La incógnita alrededor del nombre se reavivó para el centenario en la mayoría de los numerosos estudios realizados sobre la ciudad. Hoy, a 142 años de su fundación, nada ha cambiado.
Nacido el 10 de noviembre de 1834 en Chacras de Perdriel (tambien conocidas como Pueyrredón), actual partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, José Rafael Hernández fue el primogénito del matrimonio integrado por una mujer unitaria, Isabel Pueyrredón Camaño (hermana del prócer de la Independencia, Juan Martín de Pueyrredón) y un hombre defensor del federalismo, Pedro Pascual Rafael Hernández.
Estudió en el Colegio Liceo de San Telmo y en su adolescencia fue a vivir al campo en el sur bonaerense en busca de un ámbito saludable donde curar una afección pulmonar. A los 19 se alistó en la milicia y desde joven demostró gran interés por la política, que definió gran parte de su vida. También fue periodista -llegó a fundar un diario llamado El Río de La Plata- y comenzó a escribir sobre la vida rural que tanto le gustaba. La publicación de su principal obra, El Gaucho Martin Fierro. En 1879 le dio continuidad a la saga con La vuelta de Martín Fierro. En su memoria se celebra todos los 10 de noviembre el Día de la Tradición.
En 1880 desde la vicepresidencia de la Cámara de Diputados fue uno de los propulsores del proyecto de federalización de Buenos Aires, materializado bajo la primera presidencia de Julio Argentino Roca con Dardo Rocha en la Gobernación. En 1881 fue electo senador en la provincia de Buenos Aires y desde ese cargo acompañó a Rocha en todo el proceso que desembocó en la fundación de nuevos capitales provincial.
El legislador tenía un hermano menor, nacido en 1840 y llamado Rafael José, que también actuaba en política. Era agrimensor y periodista y se lo recuerda por su decisiva intervención en la creación de la Universidad de La Plata, que comenzó a funcionar en 1897.
Lleva su nombre el bachillerato dependiente de la UNLP. Precisamente en la página web de la institución se asegura que tuvo incidencia en la asignacion del nombre de La Plata ya que, “apoyó a su hermano José, en la sugerencia del nombre para la nueva capital provincial”. Tesis que sostienen historiadores ligados al establecimiento.
Para aportar al desconcierto suele mencionarse que en 1888, Rafael Hernández adquirió tierras de la estancia “El Tata”, en el partido de Pehuajó, e instaló allí un pequeño centro agrícola al que denominó “Nueva Plata” y cuyo trazado es similar al de La Plata, aunque en una escala mucho más reducida. Sin embargo, hay otra terminal que une a los Hernandez con el nombre Plata y es el apellido materno de su abuelo José Gregorio Hernández Plata, un comerciante ferviente defensor del federalismo. No falta quien especula que al proponer designar a la nueva capital de la provincia de Buenos Aires como La Plata, los hermanos Hernandez hicieron un secreto homenaje a su antepasado. Trazos de una historia que, increíblemente, sigue a la espera de certezas.
La norma fue rápidamente promulgada por el gobierno el 1 de mayo de 1882. El articulado estipula que la urbe naciente se extendería sobre una superficie de seis leguas cuadradas y que el gobierno mandaría “deslindar, dividir en solares, quintas y chacras y amojonar debidamente”. Se fijaban, asimismo, los límites de la nueva urbe y se declaraba sujetos a expropiación todos los lotes afectados para lo cual se echaría mano a fondos provenientes de una ley aprobada el año anterior. Así, cuando se cumplió el primer año de su gobierno, Rocha había logrado consumar una parte crucial de su plan al conseguir promulgar la ley que le daba a su proyecto existencia jurídico legal y ordenaba fundar la nueva capital provincial.
En su trabajo Fundación de la Ciudad de La Plata (Documentos éditos e inéditos) publicado por el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires en 1932, Salvadores sostiene que, pese al despliegue de decretos y medidas preliminares, “la ciudad ya estaba ordenada en sus detalles fundamentales y hasta elegido el lugar de emplazamiento”. “El doctor Rocha ya tenía señalada la posición de la ciudad no podía ser otra que sobre el Río de La Plata, y el lugar de emplazamiento, que no podía ser otro que sobre el puerto de Ensenada, considerado el mejor puerto de la República”, asevera el autor, para quien, el trámite requerido a la comisión solo buscaba la confirmación técnica y el consecuente aval legislativo que demostrara “que ninguna de las ciudades existentes reunía las condiciones exigidas para transformarlas en una ciudad moderna”. Salvadores advierte que Rocha desplegó una estrategia mediante la cual mantuvo en reserva los verdaderos objetivos de su plan.
En tal sentido, casi todos los estudiosos de las alternativas de gestación de La Plata han resaltado el siguiente dato: si bien las comisiones creadas para las distintas tareas actuaron en simultáneo, no lo hicieron en forma coordinada, como hubiera sido de esperar. Surge de la cronología de la fundación elaborada por Alberto Salustiano José De Paula en su obra La ciudad de La Plata. Sus tierras y su arquitectura, impresa por el Banco Provincia de Buenos Aires en 1987, que, para cuando se efectuó la promulgación de la ley que dispuso la fundación de la nueva capital, en mayo de 1882, ya se encontraba prácticamente terminada la propuesta del diseño urbano que tendría la nueva urbe, cuyos primeros esquemas habían sido presentados por el Departamento de Ingenieros a fines del año anterior. Lo que, a primera vista, supondría un grado de desprolijidad o desacople no menor, parece responder, precisamente, a la tesis esgrimida por Salvadores, también sostenida por otros historiadores de los orígenes platenses como Barba y Andrés Allende.
Fue el propio ministro de Gobierno de la época, Carlos D’Amico, quien reveló, al rememorar aquel período prefundacional, que mucho antes de asumir como gobernador, Rocha le había hecho conocer su proyecto y encomendado la preparación de una serie de proyectos de ley y decretos para instrumentarlo. Pese a negar que el gobierno tuviera predilección por alguna localización en particular D’Amico dejó en claro que su secreta intención siempre fue crear una nueva ciudad y no transformar en capital provincial a una preexistente.
El lugar escogido para erigir la capital bonaerense estaba localizado a unos 60 kilómetros al sur de la ciudad de Buenos Aires. Constituía una porción de llanura con suaves ondulaciones, conocidas entonces como las “lomas de la Ensenada”, que desembocaban en una suerte de terraplén natural formado por bancos de conchilla y extendido en paralelo a la costa del Río de La Plata entre Magdalena y Buenos Aires. Frente al río, el lugar ofrecía una caleta que fuera descubierta por tripulantes de la nave Trinidad perteneciente a la flota de Fernando de Magallanes en 1520, durante las primeras travesías españolas por la región. Fue a partir de 1580, tras la segunda fundación de Buenos Aires, que Juan de Garay comenzó a adjudicar tierras en la zona que tomó su nombre de uno de sus primeros pobladores, Antonio Gutiérrez de Barragán, radicado frente al río desde 1620 en un paraje que, con el tiempo, se hizo conocido como la Ensenada de Barragán.
Luego de conseguir el aval legislativo Rocha ordenó el traslado al campo del dibujo trazado en papel. Las tareas de demarcación, amojonamiento y nivelación se iniciaron a fines de julio de 1882 bajo la dirección del agrimensor alemán Carlos Glade. En la memoria escrita por Glade sobre aquellos trabajos quedó constancia que la localización del éjido urbano fue realizada siguiendo expresas directivas del Gobierno. El profesional señaló, también, que el presupuesto asignado para las tareas, que sufrieron constantes replanteos, resultó insuficiente y las mismas debieron terminarse con fondos del funcionamiento ordinario de la oficina.
Paralelamente se iniciaron los trámites para la expropiación de las tierras afectadas al emprendimiento que, según los registros de la Contaduría, sólo en el primer año implicó una inversión de cerca de 30 millones de moneda corriente y un total de 9589 cuadras insertas dentro del casco urbano. De acuerdo con las constancias de la época, la principal familia terrateniente era la de los Iraola que en 1857 había adquirido una estancia ubicada en el paraje conocido como los “Altos del Lozano”, cuya superficie se correspondía aproximadamente con la que hoy ocupa el actual Paseo del Bosque de La Plata. Los Iraola que venían desarrollando allí tareas de pastoreo, habían forestado buena parte del predio introduciendo casi 100 mil árboles y, en 1871, fundado la localidad de Tolosa.
El casco principal de la estancia sirvió como alojamiento provisorio para los ingenieros involucrados en el planeamiento de la ciudad, además de constituirse en sede del primer Juzgado de Paz y del cuartel de policía así como estación cabecera de telégrafo. Incluso, de forma intermitente y hasta el momento de la construcción de las dependencias administrativas, funcionó como residencia de los gobernadores de Buenos Aires.
Rocha asistió regular y celosamente a las tareas de deslinde durante el proceso de establecimiento de la ciudad. La fundación de la nueva capital provincial se convirtió para el funcionario en el mayor desafío de su carrera política y, tal vez, de su vida. Resuenan sus palabras en la ceremonia fundacional cuando dijo: “Hemos dado a la nueva capital el nombre del río magnífico que la baña y depositamos bajo esta piedra, esperando que aquí quedarán sepultados para siempre, las rivalidades, los odios, los rencores y todas las pasiones que han retardado por tanto tiempo la prosperidad de nuestro país”.
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