*Por Alejandro Zuccarelli Benoit
En el presente artículo, un descendiente del ingeniero Pedro Benoit, autor del diseño urbano de La Plata, reaviva la historia y repasa los indicios que podrían conducir a la identificación de un linaje real en su sangre.
*Por Alejandro Zuccarelli Benoit
Cuando la historia oficial guarda silencio, las ciudades tienen algo por contar. Entre sus plazas y diagonales, tanto en La Plata como en Merlo se oculta un legado silencioso que podría remontarse al linaje perdido de un rey de Francia. No se trata de registros escritos, sino de formas y proporciones que perduran al paso del tiempo.
Existen indicios vehementes que vinculan a Pierre Benoit, latente identidad velada del rey Luis XVII, y a su hijo Pedro Benoit, autor de los planos de La Plata, Merlo y otras localidades, con la familia de María Antonieta y la continuidad dinástica abruptamente interrumpida en Francia.

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Consecuentemente, estamos ante una interpretación que tiene en cuenta símbolos y ausencias, allí donde la historia aceptada se niega a explicar sus propias contradicciones, particularmente cuando se enfrenta a formas que aún permanecen visibles en el espacio urbano.
Tras la ejecución del rey Luis XVI en 1793, los legitimistas reconocieron a su hijo menor, Luis Carlos de Borbón, como Luis XVII rey de Francia. El niño contaba con apenas siete años y se encontraba encarcelado junto a su madre y hermana.
Su hermano mayor, el delfín Luis José Javier Francisco, había muerto por tuberculosis semanas antes de la toma de la Bastilla, concentrando en él la carga simbólica de la continuidad dinástica.
La versión oficial sostiene que el niño rey murió en 1795, prisionero en la Torre del Temple, dos años después de que su madre, la reina María Antonieta, fuera guillotinada en la Place de la Concorde. Empero, los registros de la época son fragmentarios y los testimonios solo llegan de manera indirecta, opacando el formato que la historia oficial ha impuesto como verdad absoluta. Es allí, donde el relato pierde continuidad y comienza el dominio de la interpretación.
En el año 2000, un análisis genético realizado sobre un corazón petrificado atribuido al niño rey Luis XVII pareció cerrar el mayor enigma de la historia de Francia. El ADN coincidía con el de la familia de María Antonieta. No obstante, la historia de ese órgano es tan irregular como trágica; toda vez que fue extraído de manera clandestina durante la autopsia por el médico Phillippe Pelletan, ocultado y trasladado sin registro continuo, desapareció de la catedral de Notre Dame durante los disturbios de 1830, para reaparecer públicamente, recién en 1975.
Como en un relato de Edgar Allan Poe, el corazón parece latir más allá de su forma, denunciando vacíos y contradicciones, envolviendo a la historia oficial en la bruma de la duda. Cada interrupción en su custodia sugiere que lo esencial escapa a la cronología y que se manifiesta en silencio, dejando entrever que la presencia del niño rey no se limita a los documentos, sino que perdura en aquello que trasciende la evidencia.
Hay fragmentos dispersos de un derrotero que desafía la historia aceptada. En el cementerio comunal de Saintre-Marguerite, situado en lo que hoy es la rue Saint-Bernard de París, se realizaron diversas exhumaciones en una tumba oficialmente atribuida al niño rey Luis XVII. Los restos corresponderían a un sujeto mayor que un niño de diez años (edad que debía tener al momento de la declaración de su deceso). Empero, si los restos no pertenecían al niño rey, ¿cómo podría serlo el corazón atribuido a ese cuerpo?
Algunos han sugerido que el corazón analizado podría haber pertenecido al primer delfín, Luis José Javier Francisco, fallecido antes de la Revolución. Esta posibilidad —no demostrada, pero tampoco descartada— introduce una grieta en la narración lineal de los hechos. La historia deja de presentarse como una simple sucesión cíclica y se revela como un campo de discontinuidades, donde lo no documentado pesa tanto como lo registrado, y donde la ausencia puede funcionar como verdadero indicio.
Dentro de este espacio de interpretación, algunos investigadores proponen una hipótesis singular: Luis XVII no habría muerto en el Temple, sino que habría sido reemplazado por otro niño de similares características físicas y conducido a América, viviendo en Buenos Aires bajo la identidad de Pierre Benoit, padre de Pedro Benoit.
Desde esta perspectiva, el exilio no debe interpretarse solo como desplazamiento geográfico, sino como cambio de estado. Es decir, que el abandono del nombre, y del rango visible puede haber sido condición sine qua non para la preservación de una continuidad más profunda, que no se pierde, sino que se transforma.
El paso del tiempo y los distintos estudios e interpretaciones no borraron las versiones que indicaban que el Delfín había sido rescatado. Una de ellas sostiene que fue llevado a vivir con una familia de nobles en Calais, al norte de Francia, donde habría recibido una educación privilegiada. Como su vida corría peligro y tras años de permanecer oculto, zarpó del puerto de Havre de Grace con destino a Sudamérica. Según este relato el hombre que el 1° de julio de 1818 llegó a Buenos Aires a bordo de la goleta La Chiffone y se presentó como Pierre Benoit era nada menos que Luis XVII.
Siempre de acuerdo con los escasos documentos y testimonios disponibles, y teniendo en cuenta que, a lo largo de su vida Benoit mantuvo un gran hermetismo de su pasado en Francia, lo que impidió reconstruir con claridad su origen. A veces se decía que había nacido “en cuna de oro”, otras que era “hijo de una lavandera” o “de un pescador del puerto de Calais”. Tampoco pudo determinarse con certeza su fecha de nacimiento y bautismo. Entre otras cosas, también se dijo que al llegar aquí, Benoit aseguró haber servido a Francia como marino entre 1808 y 1814 y haber participado en la batalla de Waterloo, donde habría sido tomado prisionero por los ingleses hasta que logró escapar y se fugó rumbo al Río de la Plata. Según esa versión, en dicho periplo hizo escala en Colombia, donde intentó sin éxito entregar a Simón Bolívar una carta de recomendación firmada por el mismísimo Napoleón Bonaparte. Pero, al no poder establecerse allí, continuó viaje hacia el Río de la Plata.
Pierre contrajo matrimonio con María Josefa de las Mercedes Leyes, y que de dicha unión nacieron Petrona Mercedes y Pedro, el artífice de los planos de La Plata. Petrona, fue su gran confidente, a quien le habría contado algunos trazos de la historia de su infancia. Lo cierto es que Pierre logró insertarse en el medio rioplatense gracias a sus conocimientos de arquitectura y dibujo, lo que en 1821 le permitió ser contratado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires, conducido entonces por Martín Rodríguez. Trabajó en la construcción de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires y el ordenamiento del Cementerio de la Recoleta. En 1828, el coronel Manuel Dorrego lo nombró director de dibujo del Departamento Topográfico.
El silencio que rodea la vida de Pierre Benoit, respecto a la ausencia de un pasado claramente documentado y la renuncia a toda reivindicación, adquiere un significado distintivo. No se trata de un mero ocultamiento estratégico, sino una forma de permanencia que se mantiene fuera del alcance de la historia profana, pero que sigue operando en el tiempo.
Pedro Benoit, heredero de ese linaje velado —o al menos de una comprensión profunda de la forma— dejó en La Plata y Merlo una obra que excede la ingeniería urbana. El trazado y la relación entre templos y espacio cívico revelan que la geometría no es un mero recurso técnico, sino una gramática simbólica, expresando en cada proporción los pilares de sabiduría, fuerza y belleza.
Las iglesias y catedrales que levantó muestran que la piedra y la geometría no son simples recursos técnicos, sino testimonios de fe. La belleza de la forma se convierte en signo de lo invisible, en epifanía silenciosa de una gloria que se manifiesta en lo sensible. Así, la ciudad y el templo se unen en una misma lógica, transmitiendo lo esencial sin palabras, sosteniendo la continuidad de un linaje y de una fe que no desaparecen, sino que se transfiguran en la forma construida.
La ciudad no se deja pensar aquí únicamente en términos de funcionalidad, sino como una forma cualificada, capaz de transmitir principios que no se expresan discursivamente. La geometría y la orientación no se limitan a ordenar lo urbano, sino que revelan un principio que trasciende el tiempo y el espacio visible.
No se trata de símbolos concebidos como ornamento ni de ideologías modernas proyectadas sobre el espacio, sino de una tradición operativa, donde la forma construida actúa como soporte de realidades que se transmiten sin vocablos. Las ciudades se convierten así en archivos vivos, donde el conocimiento no se declara, sino que se inscribe. Cada proporción responde a una lógica que remite a un orden superior, donde lo visible es reflejo de lo invisible y donde la obra perdura más allá de quien la ejecuta.
Cuando el linaje se convierte en forma Pedro Benoit queda suspendido entre el registro de urbanista consagrado y el de una posible filiación real no proclamada. Empero, vale advertir que la pregunta decisiva no radica en saber si fue biológicamente hijo de un rey, sino qué ocurre con una función cuando el linaje pierde su nombre.
La tradición no desaparece cuando se rompe la genealogía visible, sino que cambia de soporte. Cuando el nombre ya no puede sostenerla, se encarna en la forma y en la obra.
Mientras la cripta de Saint-Denis preserva aquello que se presenta como verdad establecida, los planos de la ciudad de La Plata y Merlo sostienen otra posibilidad, es decir, que ciertas continuidades no se expresan en informes oficiales, sino en proporciones y trazados.
El legado católico, manifestado en catedrales e iglesias, revela que la belleza de la forma es participación en lo eterno. Allí, la continuidad dinástica velada se enlaza con la continuidad de la fe, y la ciudad se convierte en liturgia habitable, donde la transmisión persiste más allá del tiempo y de la historia fragmentada.
La forma no aparece entonces como simple artificio humano, sino como epifanía de un orden superior, donde la belleza se convierte en participación de lo eterno y la proporción en liturgia silenciosa. Así, la continuidad dinástica velada encuentra su espejo en la continuidad de la fe, y ambas en consonancia armónica se inscriben en la piedra como memoria habitable, donde lo humano se abre a lo trascendente.
(*) Este texto es un reescritura del autor de un capítulo de su libro Pedro Benoit el prócer olvidado publicado en Ediciones Paraclitus, 2019.

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