lunes 26 de febrero de 2024
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Amor por la música

Omar Rojas, el hombre que inventó los primeros parlantes de La Plata

Por su taller de City Bell pasaron músicos como Spinetta, Chango Nieto y Les Luthiers. Perfil de una época amateur donde la búsqueda del sonido perfecto lo era todo.

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Una tarde de otoño en la casa de su hijo Hernán en Gonnet, cruzado de brazos y algo serio, vestido formalmente de jean y pulover negro, Omar Rojas recuerda cuando todo empezó.

Habla de su taller en el que inventaba parlantes en City Bell, un galpón de 200 metros cuadrados. “No había colchón porque estaba la casa a cincuenta metros, pero tenía cocina, baño. En esa época había que hacer de todo, no podíamos esperar a nadie que nos solucione las cosas”, son sus primeras palabras, con casi 83 años y cuatro hijos: Hernán, Virginia, Eugenio y Juliana.

El taller y lo familiar eran parte de un todo, y aunque le cueste decirlo, Omar Rojas era un inventor de objetos, como si hubiera pertenecido a una ficción de Roberto Arlt. Lo cuenta, mientras enarca las cejas anchas: “Mi lugar era el taller. Si sacabas una foto de cuando no estaba y la comparás cuando sí estaba, no cambiaba mucho”.

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Omar Rojas en su taller, construyendo los primeros parlantes. Crédito: Hernán Rojas.

Omar Rojas en su taller, construyendo los primeros parlantes. Crédito: Hernán Rojas.

Desde principios de los ’60 hasta su cierre en 2010, Omar fabricó en su taller los primeros sistemas de sonido de La Plata y modeló equipos de sonido para músicos de todo el país. “El primer equipo lo hice en el living de mi casa, que alquilaba a mi tío Carlos. Lo armé con dos chapas de aluminio que compré en un depósito. Como las tenía que transportar en micro, pedí que las cortaran y las llevé envueltas en el micro, en esa época no tenía auto. O sea que el taller nació dentro de la casa. A medida que fui conociendo proveedores, fui incorporando balancines, matrices, y luego mudé el taller a un galpón que estaba en la misma cuadra de City Bell”.

Por su taller pasaron infinidad de músicos, desde el Flaco Spinetta, Chango Farías Gómez a los jazzistas locales como Mingo Martino

Todo, en realidad, comenzó como un hobby: la melomanía. Omar quería fabricar un equipo para escuchar mejor la música, ese fue el primer impulso. “Nunca busqué nada ya hecho porque no tenía la plata para comprar un equipo -aclara, en tono suave-. Siempre me gustó hacer lo que necesitaba, ser útil. Hacía electrónica, soldaba, hasta que me largué a fabricar parlantes. Si hubiera tenido la tecnología para trabajar el vidrio, habría hecho una válvula, no sé, y otras miles de cosas. Todo lo gestionaba yo, no hablaba con gerentes ni manejaba grandes presupuestos”.

-¿Y cómo eran sus conocimientos?

-Era autodidacta. Si hacía falta cierta pieza, la buscaba por algún lugar, y a veces era simplemente ponerme a hacer las cosas. Las herramientas que tenía me daban margen para pensar en modelos posibles. Si necesité hacer un bafle, o algo con madera, iba y compraba la madera, la serruchaba, la pulía, hacía el enchapado. Mis conocimientos no eran estándares, no era un problema imaginarme algo y después hacerlo. Iba a talleres amigos, tenía contacto con proveedores. Y ahí observaba, tomaba notas.

Recuerda los discos de pasta de música clásica que atesoraba su madre. En la casa había un mueble con tocadiscos, era un modelo simple. “Fui haciéndome fan del jazz, de lo que se escuchaba en la radio, sobre todo los programas de Radio Municipal de Buenos Aires. Esa era mi cultura principal”.

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Era un hombre orquesta: desde dibujar los bocetos hasta ensamblar las piezas. Crédito: Hernán Rojas.

Era un hombre orquesta: desde dibujar los bocetos hasta ensamblar las piezas. Crédito: Hernán Rojas.

De pronto Omar -de estatura media, ojos melancólicos, rasgos delicados- rememora cuando de joven vivió con un amigo llamado Eddy. El tono de la voz se torna triste. “Éramos pobres, solos, y en la casa sólo se escuchaba la radio. Ahí nos pusimos a arreglar algún bafle para escuchar mejor. Era un amigo que tuvo muchas desgracias, dificultades para hablar, labio leporino, se sentía discriminado. Un poco que lo protegí, le tenía cariño, me llevaba como diez años. Nos separamos cuando me casé”.

Fue entonces que empezó a fabricar un amplificador para obtener más potencia. Después vinieron los parlantes con varias vías de graves, medios y agudos. Una tarea que, enfatiza, le llevó años. Tenía veintipico y estaba estudiando Ingeniería. “No creo haber sacado demasiados conocimientos en la facultad para los parlantes. Mi dedicación con ellos no fue pensando en una salida laboral ni para hacer prototipos industriales. Llegué al cuarto año de Ingeniería Aeronáutica. El audio y la aeronáutica eran cosas que me gustaban. Pero no encontré en la facultad algo que me gustara hacer y no me veía como profesional, terminar con un título. Disfrutaba hacer cosas manuales, jugaba con los objetos. Y eso me llevó a los parlantes”.

Conoció a Elis Regina por Les Luthiers. Viajó a Brasil y le construyó equipos para su estudio

En aquella época, por los ´60, en el país no existía una industria de los artefactos de sonido. Y las importaciones estaban limitadas. Hasta que poco tiempo después de sus primeros experimentos llegó el primer mojón: un grupo musical buscaba un equipo de música. Eran Les Luthiers.

“No había equipos buenos en los teatros porteños. Les hice una consola, además, con una licitación que gané. Todo eso era por una precariedad de medios que había en Argentina. No había muchas opciones, lo que se necesitaba no se podía traer de afuera. Así que había que ingeniárselas en el diseño y tener audacia para fabricar modelos propios”, rememora Omar Rojas, ahora en voz baja, como si no quisiera develar secretos.

El taller, repite, nunca lo pensó como algo profesional. Todo era artesanal: meter mucha mano en las pinzas, el banco, la morsa.

-¿Había un método?

-El trabajo era más improvisado, más caótico que ordenado -responde Omar, prolongando largos silencios mientras un haz de luz entra por una ventana y cubre su rosto-. Dibujaba a lápiz un plano, después trazaba un esquema guía. Algo de la carrera de Ingeniería aprendí, debo retractarme, con eso de los planos, la matemática, en cómo comunicar algo. Todos eran diseños propios, nunca trabajaba con modelos previos. ¡Porque no existían, todo era muy precario!.

Con los años dice que aprendió la jerga de las máquinas, sus órdenes numéricos: iba a los talleres industriales a moldear unas pocas piezas. “Ahí me comunicaba directamente con la máquina, casi como un ingeniero. No tenía el tiempo ni la plata para pagarle a nadie. Recorría los talleres para hacer cosas específicas, especializadas, a veces iba a pueblos, como San Miguel del Monte o Temperley. Y a cambio a los talleristas les compartía mis conocimientos”. Fueron horas extenuantes de trabajo, de desvelos, de pruebas y error, de años dentro del taller. “Años de paciencia, porque esto no fue de un momento para otro en busca de resultados, disfruté de aprender todo el proceso -remarca, sin jactancia-”.

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Nota periodística en la que se citan los inventos de Omar Rojas. Archivo: Clarín.

Nota periodística en la que se citan los inventos de Omar Rojas. Archivo: Clarín.

¿Existe el sonido perfecto? Omar Rojas no lo sabe, pero sí cree que en su época no había otro como él, y por eso lo buscaban. Un auténtico fabricante de equipos -así es como mejor se define: ni como ingeniero de sonido ni como sonidista- que tenía taller propio, trabajaba por su cuenta en La Plata y llegaba a distintos puntos del país. Alguien, además, con una pericia técnica para arreglar piezas. El boca a boca fue tal que llegó a hacerle los equipos al Teatro Argentino. “Nunca me especialicé en nada -aclara Omar, desprovisto de falsa modestia-. Les Luthiers necesitaban una consola de 24 canales, y yo se las hice, de modo artesanal. Le hablaron a un amigo mío, Carlos Piris, un ingeniero de sonido uruguayo, y él me comentó, y me hizo el puente con ellos. Así siempre fue: alguien me conocía, me recomendaba y se hacía el puente”.

Era una suerte de hombre orquesta y en su taller hacía de todo: cortaba materiales, pulía, pintaba, dibujaba. Por las tareas que desarrollaba, parecía un poco arquitecto, un poco ingeniero, un poco carpintero. Recuerda reuniones en lo de un primo suyo, Carlos Gorostegui, que era arquitecto. Y también se juntaban los domingos con un grupo de amigos en la casa de un carpintero de apellido Di Marco, con asados y charlas de sobremesa. En ambos cónclaves Omar no paraba de hablar de los equipos, escuchaba consejos, se lo tomaba como un recreo. “En los asados siempre salía la fabricación de alguna pieza nueva. Eso era como un desafío para nosotros”, confiesa, y cuenta que en su taller siempre trabajó por encargo. Entre otros clientes tuvo a Juan Ramón “La Bruja” Verón y Carlos Pachamé, vecinos de City Bell, que compraron parlantes para sus casas.

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Omar comprobando la calidad de una bocina de aluminio. Crédito: Hernán Rojas.

Omar comprobando la calidad de una bocina de aluminio. Crédito: Hernán Rojas.

En otra deriva que no comprende bien cómo se originó, cierto día la mismísima Elis Regina se comunicó con él. La cantante estaba en la cresta de su ola musical, a mediados de los ’70. Omar todavía lo evoca con asombro: “Terminé yendo a San Pablo, ella dio una charla, me encargó un equipo. Estimo que llegué a ella por Les Luthiers. Al poco tiempo me sentía como uno más de su familia. Le hice equipos a ella y a César Camargo Mariano, su marido, que era pianista. Estuve en su casa de Río, también. Y luego participé de audiciones en su estudio de San Pablo”.

Entre los artefactos que patentó como inventor de parlantes, cuenta que una vez diseñó una línea de drivers de agudos y de medios y, por otro lado, un sistema de refrigeración el cual evitaba que los parlantes distorsionaran cuando eran sometidos a altas potencias. Innovador en lo suyo, aún sin tecnología de avanzada, con dicho sistema Omar logró generar la circulación de aire frío justa para permitir que la bobina esté continuamente refrigerada. Y así no se pierda volumen.

Pero dice que nunca vendió ninguna patente: se resistió a montar la estructura económica a escala industrial para convertir el taller en una empresa.

Fueron horas de trabajo, de desvelos, de pruebas y error, de años dentro del taller

Reconoce que sus equipos tenían un alto costo de precio al público. “Muchos clientes no prestaban atención a la percepción musical, como no podían pagar el mejor componente en el mercado, se resignaban y escuchaban en lo que podían -se explaya-. Hubo un tiempo que me puse de moda en el ambiente musical. La gente venía, recorría el taller y después charlaba a ver qué acuerdo se podía hacer para que se llevaran los equipos a su casa”.

Uno de ellos fue el Mono Cohen, popularmente conocido como Rocambole. El artista plástico trabajó en el taller de Omar durante cierto tiempo porque no podía pagar los equipos de La Cofradía de la Flor Solar. Acordaron un valor de las horas laborables para cancelar la deuda. Circulaba un código de respeto, de cariño, y de ayuda mutua con los músicos.

"Yo vivía de mi trabajo, pero era difícil cobrarlos -reconoce Omar-. Lo principal para mí no era facturar, sino concretar la idea. Solucionar las cosas. No importa si había plata o no, los objetos se hicieron. Les Luthiers tuvieron sus equipos, el Teatro Argentino también. Me quedaron los contactos, las ideas, las anécdotas, pero nada sólido para mostrar, como el dinero. No hubo crecimiento económico. Todo se iba moviendo, un modelo se cambiaba por otro, y así”.

El taller fue creciendo, Omar tuvo empleados, pero todo siguió en un modo amateur. “En el equipo había buen humor, estábamos acostumbrados a resolver ´para mañana´ en tiempos rápidos, aceitados. Cuando ya estaban las partes listas después de un proceso largo de selección y de construcción, el ensamble lo hacíamos casi como un trámite final”.

Omar no conocía eso de tener descanso dominical. Admite que no se cansaba, que se entretenía como ninguna otra cosa en la vida. No lo sentía como un trabajo salvo por la responsabilidad de los encargos. “Por eso me costaba cuando tenía que tomar a un empleado, le tenía que poner horarios y todo eso. La satisfacción se sentía cuando la música sonaba mejor en la escucha de los equipos. Cuando había logros, era placentero”.

Algunas pruebas de alcance del sonido se hacían en la calle, los bafles se probaban poniendo el volumen al taco y solían llegar a cuatro cuadras a la redonda. En aquel momento City Bell era un lugar silencioso, tranquilo, pero los vecinos no se quejaban. Había una sala acustizada con lana de vidrio y el tema predilecto era “Take Five”, de Dave Brubeck. “Los empleados que estaban en el taller opinaban, también había sonidistas invitados. Pero todo tenía un alto grado de inocencia. Sinichi, un empleado japonés, era muy sensible. Tenía buena oreja. Éramos exigentes entre todos, pero era exigir con honestidad, no queríamos hacer equipos por hacerlos, queríamos escuchar música de la mejor manera posible. Esa era nuestra pasión”.

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Modelo de bafles que le regaló a su hijo. Crédito: Hernán Rojas.

Modelo de bafles que le regaló a su hijo. Crédito: Hernán Rojas.

A su hijo Hernán le fabricó unos parlantes para su casa de Gonnet, como también hizo con sus otros hijos. Hace una pausa en la charla. De fondo se escucha “Take Five” y Omar dice que no se aprecian el brillo de los platillos. “No se escucha todo lo que está grabado en el disco. Faltan muchos datos, como la bordona pegando con el platillo de abajo. Siempre va a faltar algo, esa es la verdad”, comenta Omar, algo inconforme con el sonido lanzado desde la plataforma Spotify. Los parlantes son dos cajas Fonum de los años ´90.

En un siguiente encuentro en el living de su hijo Hernán, en Gonnet, hicieron la prueba de conectar un reproductor de cedes y un par de bafles HD de la última época del taller, que armó con sus diseños de parlantes coaxiales de doce pulgadas. Explica que los agudos y medios salen por una bocina de fundición de aluminio alineada al centro del parlante que emite los graves y que, a la vez, está insertada en una bocina mayor, también de aluminio. Poniendo el amplificador al máximo se escucha sin distorsiones, con alta fidelidad.

El Mono Cohen trabajó en su taller para poder pagar los equipos para La Cofradía. Y Skay solía ir a comer asados con Omar.

Le gusta recordar la sensación de entrar a un estudio profesional y escuchar el sonido envolvente de la ejecución en vivo. “El sonido del saxo de Paul Desmond es limpio, preciso. Take Five era un tema nítido para escuchar, daba precisión para medir las frecuencias”. Había otros discos en el taller: de Chick Corea, de Jarrett, Bob James. “Cuando lo ponés a un volumen alto, se puede notar de varias maneras la frecuencia equilibrada, por ejemplo en la escucha de la percusión, en los vientos”, acota, subrayando los detalles.

Omar solía participar de exposiciones de equipos de audio en Buenos Aires y allí ponía a James Brown a todo volumen para atraer al público. “Algo debía tener el taller para que músicos famosos vinieran y se sintieran cómodos. Circulaba buena energía”, rememora, y cuenta que el Flaco Spinetta una tarde se apersonó buscando un equipo para amplificar un bajo. “Hablamos un rato, estuvo viendo, pero todo quedó ahí. No recuerdo si le hice finalmente algo que le sirviera”. Otro día fue el turno de Charly García: pasó raudamente por el taller aunque no recuerda si se llevó algún equipo. “Virus fue varias veces al taller, a buscar algunas cosas. Y todos los jazzistas platenses. Mingo Martino, Pocho Lapouble y Jorge Curubeto con el saxo, eran habitués”.

-¿Cuánto tiempo promedio llevaba hacer un parlante?

-El proceso de imantación duraba unos días, y si estaban todos los elementos -la caja, la campana, pintar, todo torneado y pulido-, en pocos días se armaba el parlante. El imán suele encontrarse detrás de la campana.

Se hacían encargos en talleres específicos: un modelo de madera, por ejemplo, para luego hacer una bocina. "Nosotros hacíamos el modelo y después íbamos a un fundidor de aluminio para redondear la pieza. Y luego cuando volvía a nuestro taller, nosotros seguíamos trabajándola. Había que limar, forjar, tornear, hacerles roscas para ponerles tornillos. Y se mandaba luego a pintar”.

Los sistemas de sonido, explica, se desarrollaba de acuerdo a las necesidades de los clientes. El diseño empezaba con un garabato de Omar en un papel. Había que hacer varias pruebas con las piezas, se hacían retoques. “Me gustaba ir a los ensayos acústicos de las orquestas, podía ir al Teatro Argentino porque me conocían. Me la pasaba ahí y salía a cualquier hora. Observaba los ensayos. Estaba como director Mariano Drago. También lo escuchaba en el Teatro del Bosque. Desde chico iba al teatro, así que estaba bastante habituado al sonido del teatro. Estaba canchero en notar la diferencia en reconocer una función sonora de otra, hasta le prestaba atención al director cuando armaba la cosa musical en la orquesta. Disfruté de eso, de escuchar los ensayos en vivo, de afinar el oído”.

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Parlantes de doce pulgadas, otra joya de su taller. Crédito: Hernán Rojas.

Parlantes de doce pulgadas, otra joya de su taller. Crédito: Hernán Rojas.

Los estudios de grabación solían traer monitores de contrabando porque era algo que no estaba permitido en el país. “Si yo viajaba, a veces me encargaban alguna cosa. Las marcas buenas estaban alejadas del gran público. Los ingleses eran los mejores”, enfatiza.

En el taller de City Bell experimentaban con bafles altos, chicos, con columnas. “El rendimiento no era una cosa esencial. Lo importante de un parlante era la nitidez, que no hubiera pérdida de frecuencia. Es muy difícil compensar las pérdidas por cancelaciones acústicas o eléctricas. Hacer sonar un producto para que sea fiel a la grabación original es algo que cuesta mucho, ponerlo a punto es algo arduo. Que el oído registre algo creíble era nuestro objetivo principal. Es un trabajo de detalles, hay que tener paciencia y ganas de resolverlo para que la escucha sea agradable”.

Un sonido tiene muchos datos, matices. Hay colores, timbres, equilibrios, profundidades. Un sonido tiene muchos datos, matices. Hay colores, timbres, equilibrios, profundidades.

Con el paso de los años, el taller se fue transformado en un laboratorio de sonido exigente y sofisticado. Allí estaban los mejores auriculares y micrófonos de la época. Omar Rojas recorrió Italia, Estados Unidos. Fue a recitales donde había una “monstruosidad de equipamientos”, pero no se sintió atraído. “Con tanta potencia se pierde la calidad. Como fabricante no tenía nada que hacer en esos mundillos, porque ellos no buscaban ninguna solución”, repasa. Le gusta apreciar sonidos de teatros acústicos, como el Colón, donde “todo se escucha bajo, pero todo en un nivel supremo, cada matiz como si fuera único”.

La sensibilidad por el arte era tan importante como el cultivo paciente del oficio. Muchos músicos del país pasaron por el taller y se llevaban equipos. Con Skay Beilinson y la Negra Poli solían comer asados. Folkloristas como los Farías Gómez (Chango y Marian) solían pasar a probar equipamientos para sus grupos, como los Huanca Hua. Otros amigos músicos del taller eran el Chango Nieto y Jorge Cumbo. O el productor Marcelo Pérez. De Mariano Mores no guarda buenos recuerdos. “Los folkloristas hacían peñas y necesitaban los equipos. Pero más allá de esos vínculos sociales, no me daba tanto tiempo para las relaciones, prefería pasar mis horas en el taller”.

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Stand en una exposición de Omar Rojas en Buenos Aires. Crédito: Hernán Rojas.

Stand en una exposición de Omar Rojas en Buenos Aires. Crédito: Hernán Rojas.

“El taller siempre estaba en la agenda de los que necesitaban algo, porque no todos podían viajar y traerse cosas de Estados Unidos. Varios músicos llegaban desde lo de Juan José Colombo, que era amigo y era una parada ineludible para baterías y elementos de percusión en La Plata: en general los músicos pasaban por Colombo primero y después venían al taller”.

Su hijo Hernán cuenta que recientemente le hicieron una resonancia y que a Omar le apareció algo raro en la radiografía. Era un pedazo de martillo que se quedó incrustado luego de una práctica de taller en el secundario, cuando alguien golpeó y el pedazo saltó hasta su cabeza. "Una incrustación de acero: el primer imán en la frente”, bromea ahora Omar. Nunca se movió, nunca se salió, nunca lo molestó.

Los fierros lo persiguen de chico, se ríe. Una marca de destino.

LOS LUTHIERS DE LES LUTHIERS

Omar recuerda cuando en el taller compró una imantadora, marca Technomagnetic, enorme: debieron traerla en un flete. Hizo contactos con agencias, fue una búsqueda artesanal, gestión por fax. Llegó a fines de los 80, desde Italia. Pesaba dos toneladas, la bajaron con un brazo hidráulico. La calidad del imán, pieza fundamental en un parlante: el que conecta las ondas de la electricidad.

Los primeros parlantes que comercializó fueron a fines de los ’80. Su primera marca tenía el nombre de Fonum y posteriormente toda la línea de parlantes, tweeters y drivers llevaban la marca Qualler. En las exposiciones en Buenos Aires solía armar un stand con una línea de productos bien nutrida: cajas, monitores, bafles, bocinas.

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Fue pionero en artefactos de sonido no sólo en La Plata, sino en todo el país. Archivo: Clarín.

Fue pionero en artefactos de sonido no sólo en La Plata, sino en todo el país. Archivo: Clarín.

Hoy no sabe qué hizo con las máquinas de su taller. Cuando dejó de usarlas, no recuerda haberlas vendido. Hubo mudanzas en el medio. “Eran cosas difíciles de vender porque eran modelos que se usaban para piezas específicas. Todo era experimental, las máquinas hacían pocas unidades, no a escala industrial”, dice, en medio de una cierta nebulosa en la memoria. Y ejemplifica: “Fuimos los luthiers de Les Luthiers: les hacíamos las piezas que ellos necesitaban. Los músicos siempre quieren ahorrarse gastos, es comprensible. Podía tener muchos contactos, pero nunca hacía plata. Nadie pagaba lo que valía cada artefacto”.

Llegó a tener un torno eléctrico de control numérico que costaba miles de dólares. Nadie sabía programarlo. Hasta que se puso durante horas y se empecinó en entenderlo. “Fue mi diversión. Iba a programar la máquina para hacer una pieza singular. Y por ahí hacían una o dos piezas, y nos daba alegría. Y listo”.

Dice que "nació" con un taller. De chico construía los juguetes con los que se divertía junto a sus hermanos.

Hubo alguna mala experiencia con un socio, que se armó una empresa por otro lado manipulando los diseños de los bafles. “Tal vez pequé de inocente, había mucha gente que entraba al taller, yo estaba distraído en lo mío. Había descuidos. Hubo propuestas para exportar equipos, pero había que tener una organización con contadores y demás, y eso nunca se decidió. Nunca quise manejar más personal, es difícil para el que no tiene carácter de mando”.

Era monotributista y había un estudio contable que resolvía los papeles. Hoy vive con esos aportes de autónomo. Tenía una oficina dentro del taller, de puertas abiertas. No era de presentarse a licitaciones, pero si lo llamaban iba y solía ganar.

Algunos vecinos de City Bell trabajaron en el taller, en tareas de limpieza o cuidando a sus hijos. Otros iban a cholulear cuando iba algún músico famoso. El taller vivió la transición del City Bell bucólico al City Bell moderno.

Se identifica como un “ser” de taller. Trabajar con los fierros era algo creativo, no mecánico. Su hijo Hernán cuenta que una vez fue a Nueva York y usó unos marcos de aluminio para montar una muestra de fotos. Le gustaron tanto que le mandó un fax a su padre con el dibujo. Cuando volvió a La Plata, Omar ya había hecho una matriz para fabricar el perfil de aluminio extruido.

EL BRILLO DEL SONIDO

"Hacíamos asados, pero no era una familia tan grande", comenta Omar. Los asados eran en general en una casa con pileta y quincho que estaba cerca del taller. Solían extenderse, sobre todo cuando venía el productor Marcelo Pérez, al cual describe como gran personaje, simpático, entrador. A veces también estaba Skay, la Negra Poli, su hijo Claudio.

Un sonido tiene muchos datos, matices. Hay colores, timbres, equilibrios, profundidades. Todo vibra en lo metálico. Un bafle tiene hierro, madera, aluminio”, revela Omar, que sigue disfrutando del momento de entrar a un teatro, el bullicio de la gente, la orquesta afinando en la previa dándole un color a la sala.

Fue una época hermosa, previo al destape de las últimas tecnologías. Fue una época hermosa, previo al destape de las últimas tecnologías.

Los músicos hoy reconocen la generosidad de Omar, sus hijos y amigos entraban al taller como si entraran a Disney con las máquinas funcionando a pleno. Omar prefiere hablar del trabajo en equipo, más allá de sus horas solitarias en el taller. “El empleado japonés, Sinichi, era ducho con lo electrónico, y estaba Mirta, una empleada muy rápida para hacer los agujeros en las plaquetas. Había un clima agradable, pasó mucha gente por el taller, los empleados duraban bastante, se los ponía en blanco una vez que superaban el período de prueba. Se turnaban en las tareas, aunque las mujeres no iban a las tareas pesadas, como los balancines y prensas hidráulicas. En los balancines no se permitía la charla por temor a accidentes. Nunca tuve ninguno”.

No había producción a granel. “Yo nací con un taller. Es un misterio de donde viene eso. Mis viejos no entendían nada, creían que no me divertía porque no jugaba a la pelota como los pibes del barrio. Éramos tres hermanos, era el único con afición a las herramientas. No teníamos juguetes, los hacía yo: locomotoras, trenes. Les pedía a mis viejos que me regalaran herramientas. Recuerdo cuando me regalaron una tijera para cortar lata. Fue una gran alegría porque eso daba libertad para hacer las formas que quisiera”.

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Omar Rojas hoy, a sus casi 83 años. Crédito: Hernán Rojas.

Omar Rojas hoy, a sus casi 83 años. Crédito: Hernán Rojas.

Su madre era amante de la música, una tía tocaba el piano, un tío el violín. “Siempre había un piano dando vueltas en la familia. Viví en La Pampa, Trelew, Chaco, por el trabajo de mis padres, que eran una especie maestros ambulantes, mi viejo solía ser inspector de escuelas. Hubiera sido lógico que aprendiera a tocar un instrumento, pero nunca se dio, no sé por qué”.

En otro momento de la charla Omar saca cuentas y dice que en su taller fabricó entre 5 mil y 8 mil parlantes. No tantos amplificadores, porque era más laborioso: Omar diseñaba y fabricaba desde los circuitos impresos hasta las perillas. Y también una cantidad menor de monitores de escenario. “Llegué a armar varias consolas de ocho canales, algunas de dieciséis. La consolita de tres canales fue un hit, para uso propio de los músicos y para DJ´S. La consola venía con un amplificador de potencia”.

Un halo de nostalgia se cuela de pronto en su voz. Omar puede permanecer horas sentado, con los brazos cruzados y hablar con sosiego para después entrar lánguidamente en una zona incierta, preguntarse una y otra vez a quién puede importarle lo que cuenta. El inventor de parlantes, el amante del brillo del sonido, entonces larga una pequeña sonrisa. “El taller se sentía como una institución. La gente venía, consultaba, pedía equipos, los retiraba. En La Plata nos conocíamos todos. Fue una época hermosa, previa a todo el destape de las últimas tecnologías. Los músicos chusmeaban qué había de nuevo, qué podía sumar a sus equipamientos. Y así horas y horas, en una especie de comunidad”.

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