–Se nos rompió la heladera. Sale mil pesos–dijo Isabel, encargada de la Casa de los Bebés en la Obra del Padre Carlos Cajade.
–Se nos rompió la heladera. Sale mil pesos–dijo Isabel, encargada de la Casa de los Bebés en la Obra del Padre Carlos Cajade.
Era la asamblea en que, cada tanto, se reunían los representantes de los distintos emprendimientos de la Obra, en los primeros años del siglo XXI. Ahí se hacían balances, se contaban necesidades y compartían preocupaciones.
A Carlos Sahade, secretario de redacción de La Pulseada, la revista que editaba la institución, se le hizo un nudo en la garganta. Le tocaba contar que los ingresos obtenidos por la publicación no alcanzaban para cubrir los gastos.
–La verdad no le encuentro sentido a que exista la revista y pierda mil pesos por mes cuando la Casa de los Bebés necesita una heladera que cuesta lo mismo–ensayó Sahade.
El cura lo miró fijo y le habló a todos los que estaban ahí:
–Con la Casa de los Bebés y el Hogar para los Niños estamos tirando salvavidas, pero no podemos vivir tirando salvavidas. La revista tiene que servir para parar la inundación.
No se refería al agua de una tormenta; hablaba del hambre, las injusticias y los vulnerados arrasados por la profundización de un modelo económico que empujaba a la pobreza y la marginación a amplios sectores de la sociedad.
Verona Demaestri y Pablo Antonini eran novios, estudiantes de Comunicación Social y militantes sociales. El 24 de marzo de 2001 estaban en un recital multitudinario en memoria de los 25 años del comienzo de la última dictadura. Cantaban, entre otros, Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez y Víctor Heredia. A Serrat le había llegado un pedido para difundir la convocatoria a la primera marcha nacional organizada por el Movimiento Chicos del Pueblo que uniría La Quiaca con la ciudad de Buenos Aires para visibilizar la crítica situación de la infancia bajo la consigna “el hambre es un crimen”. “Recuerdo perfectamente la escena. Estábamos en el recital y al escuchar la convocatoria le dije a Pablo: ‘¿Vamos?’”, cuenta ahora, más de veinte años después, Verona.
El movimiento nucleaba a las distintas organizaciones que luchaban por proteger a la niñez desamparada. Sus principales referentes eran el sociólogo Alberto Morlacchetti y el propio Cajade.
Días después, Verona y Pablo fueron a ver al sacerdote para ofrecerse a hacer una cobertura que sirviera para informar el paso a paso de la movilización. Y eso hicieron: viajaron a Jujuy donde se concentraron educadores y pibes de hogares de distintos puntos del país, especialmente del conurbano bonaerense. Desde el inicio de la marcha recabaron testimonios y armaron gacetillas de cada actividad y se las arreglaron para conseguir conectividad y enviar los materiales a una lista de contactos de medios que habían armado antes.
En las charlas durante ese viaje nació la idea de hacer una revista. Para Verona y Pablo había que dar la pelea por una distribución más equitativa de la riqueza pero también de las voces. Cuando le plantearon a Cajade hacer una publicación desde el Hogar de la Madre Tres Veces Admirable, él redobló la apuesta: Tenía el proyecto en la cabeza porque previamente había recibido varias propuestas de otros estudiantes de Periodismo que no habían prosperado. Pensaba en una revista de calidad aprovechando la imprenta Grafitos que pertenecía a la Obra y que funcionaba en una casa ubicada en 122 entre 62 y 63 de Villa Argüello, donde el cura pasó su infancia.
Cuando la marcha llegó a su fin -con un acto que llevó a cientos de chicos a la Plaza de Mayo frente a la Casa Rosada- empezaron en La Plata las primeras reuniones para darle forma al proyecto de la revista. El propio Cajade convocó a varios periodistas del ámbito platense que él conocía. Entre ellos estaban Ana Cacopardo, Lalo Panceira, Oscar Jalil, Miguel Croceri, Carlos Gassmann, Ingrid Jaschek y Carlos Fanjul.
Así, entonces, se sucedieron los encuentros y el proyecto fue tomando forma: sería una publicación mensual de interés general con una marcada sensibilidad por una agenda de la niñez.
“Para decidir el nombre para la revista primó el criterio del párroco de generar un medio atento a los desafíos de la época. Lo había marcado una frase de José Kentenich, fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt al que Cajade pertenecía y que decía: ‘Quien quisiera caracterizarme tendría que hacerlo con el oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo’. Para él, La Pulseada aludía a salir a dar la pelea en la calle, pulsear, meter presión, para torcer rumbos pero también implicaba seguir el pulso de los acontecimientos y, frente a ellos, definir claramente una posición”, según indica el periodista Pablo Morosi en el libro Padre Cajade. El santo de los pibes de la calle (Marera Editorial, 2016), que recorre la vida del religioso.
En el prólogo de esa biografía, Cacopardo sostiene que el nombre elegido “expresaba fielmente un contexto en el que había que remar a contracorriente de un sentido común que reclamaba más cárcel y penas más duras. O que instalaba recurrentemente el debate sobre la reducción de la edad de imputabilidad. Contra ese discurso punitivista, que estigmatizaba a los niños y jóvenes morochos y pobres, Carlos levantaba las banderas de una seguridad que no se construía ni con rejas ni con más policías. Una seguridad humana que se edificaba con derechos y ternura”.
Lejos de frenar la iniciativa, el estallido de diciembre de 2001 operó como un acelerador. Así, el primer número de la revista vio la luz el viernes 12 abril de 2002.
“Es una locura. Sacar una revista en este momento es una locura. La advertencia la hicieron, con cariño, varios amigos. Locos. (…) Una revista, porque necesitamos pensarnos como sociedad y porque, para construir una nueva política, las cacerolas no alcanzan. Y también porque debemos estar alertas: en las crisis, los autoritarismos buscan su oportunidad. Y también porque queremos reírnos y hablarles de la esperanza”, decía un breve texto en la tapa del número de lanzamiento.
Cajade asumió la elaboración de las notas editoriales y en aquella primera edición aclaraba cuál era el fin primordial: “Que la revista ayude al gran debate de si el mundo es para todos o, como dicen muchos, no más que para unos cuantos. Esta es La Pulseada”.
“Naturalmente nos preguntábamos si era posible avanzar con la revista que, finalmente, salió a la calle en medio en el contexto de una crisis sin precedentes”, recuerda Cacopardo.
Una característica que tuvo La Pulseada desde sus comienzos fue buscar conciliar lo periodístico con un proyecto de economía popular. Por eso se armó, a través de los comedores comunitarios que tenían vinculación con la Obra de Cajade, una red que convocó a desocupados para llevar adelante la venta y distribución. Se entregaban los paquetes de revistas en los comedores y alguna de las personas que asistía hacía las veces de repartidor. El esquema era el siguiente: la mitad del precio de tapa servía para cubrir los gastos del funcionamiento operativo de la revista (alquiler, luz, teléfono, pago a periodistas) y la otra parte se dividía entre el comedor y el vendedor.
Con el tiempo muchos repartidores quedaron vinculados a la revista para vender por su cuenta. Uno de ellos era Alfredo Barrionuevo, que una vez al mes iba caminando desde Berisso hasta el local ubicado en 59 entre 24 y 25 a retirar 40 revistas que repartía casa por casa. “Al principio La Pulseada era como un trabajo para mí y con el paso del tiempo fue como un salvavidas que me permitía llevar algo de comer a casa”. Cuando Alfredo empezó, en 2015, todavía estaba en segundo año del secundario. Recuerda que había cuatro personas en el local donde buscaba las revistas que también lo ayudaban y le conseguían útiles que él no podía comprar. “Eso se formó gracias al cura Carlitos que con la Obra nos sacó de momentos difíciles”, dice el vendedor y cuenta que algunos de sus hermanos vivieron en el Hogar de Cajade.
Desde los fundadores de la revista a los integrantes que se fueron sumando a lo largo del tiempo, todos coinciden en que en la revista se esfuerza por hacer un periodismo riguroso y sin censura. “La Pulseada fue el potrero de mucho del periodismo platense. Por lo que representa y por la calidad que propone. Tiene una esencia social, política y calidad periodística”, asegura Antonini.
“Teníamos como objetivo, que era lo que nos marcaba Carlitos, escribir con la profundidad que necesitaba cada uno de los temas, pero lograr que la escritura sea sencilla para que todos la entiendan. Y que la revista sea linda, con color, que el interlineado sea grande, que no haya obstáculos que te impidan acercarte a la revista. Eso lo estábamos logrando”, cuenta, a su turno, Carlos Sahade, primer responsable de la redacción.
Según Ana Cacopardo había una necesidad de contar con voz propia, compartir una mirada y una agenda en torno a la niñez y los derechos humanos, además de constituirse en un espacio que pudiera cobijar periodistas y comunicadores que también buscaban situar su trabajo fuera del espacio de los medios comerciales hegemónicos. En ese sentido, para Verona Demaestri, la redacción de La Pulseada constituye una verdadera escuela de periodismo.
Además de los ya nombrados por la revista pasaron en distintos momentos Javier Sahade, Daniel Badenes, Pablo Spinelli, Sabina Crivelli, Laura D’Amico, Francisco Martínez, Juan Manuel Mannarino y Josefina López Mac Kenzie, entre otros, y en fotografìa Luis Ferraris y Gabriela Hernández.
Con el tiempo, La Pulseada se erigió en una referencia en el mundo de los emprendimientos periodísticos alternativos -con redacciones que fueron rotando con el tiempo, nutriéndose de nuevas generaciones y sumando un programa radial- y lideró el nodo local de la Asociación de Revistas Culturales Independientes de la Argentina (AreCIA). Incluso, a fines de 2013, Badenes fue elegido como presidente de AreCIA.
Para muchos de los que pasaron por sus reuniones semanales en la tradicional sede de 59 entre 25 y 26, la revista fue un espacio de formación, de debate sobre cómo abordar los temas. Si bien nunca pudo consolidarse una estabilidad laboral más allá de la paga por nota publicada, la redacción se erigió en batalla cultural e ideológica dentro del periodismo platense, algo que todos reconocen como acciones difíciles de encontrar en el mundo de la comunicación contemporánea.
La revista también fue cuna de otros proyectos e iniciativas como La Pulseada Radio, festivales con medios comunitaros y varias producciones editoriales.
La mayoría de los periodistas que pasaron por el medio coincide en que la producción más importante y emblemática fue una que, en 2003, presentó en su tapa un informe muy crítico sobre las estadísticas de hambre y desnutrición en el partido de La Plata y que significó la salida del secretario de Salud de la comuna, José Luis Mainetti, cuestionado por la falta de eficacia de las políticas sanitarias.
“El cura dijo que había que empapelar la ciudad. Y mandamos a hacer como unos posters de la foto de tapa. Fue una apuesta grande”, recuerda Carlos Fanjul, otro de los periodistas emblemáticos de La Pulseada.
En aquel número todo el equipo periodístico escribió sobre el mismo tema. Demaestri se acuerda de la movida que significó aquella investigación, más allá de la publicación. A ella le tocó hacer una nota sobre un comedor en Melchor Romero en el que medían el peso y la talla de niños y niñas y donde había algunas madres que se negaban a reconocer la desnutrición de sus hijos porque significaba una humillación.
Sahade cuenta que en aquel momento, “había chicos que estaban totalmente abandonados, y el secretario de Salud negaba la situación. Lo mismo que pasó años después con la inundación. La municipalidad y la provincia negaban la existencia de esa cantidad de muertos. Hubo hasta presentaciones judiciales donde se hacía referencia a lo que publicaba la revista”.
Para Ana Cacopardo, la de la inundación registrada en La Plata en abril de 2013 fue una de las mejores producciones: “Si tuviera que señalar uno de sus hallazgos periodísticos diría que fue esa cobertura de las inundaciones donde se hizo un trabajo formidable de investigación para desnudar las mentiras de las autoridades”.
Carlos Cajade fue un sacerdote católico que fundó el Hogar de la Madre Tres Veces Admirable, desde donde inició una Obra a la que se sumarían las casas de día para bebés, niños y jóvenes, y emprendimientos productivos como la imprenta Grafitos y la propia revista La Pulseada. Entre otras cosas, fue secretario de Derechos Humanos de la filial bonaerense de la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) y cofundador, junto a Morlachetti, del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo. Además, hasta 2005, cuando murió a sus 56 años a causa de un cáncer de colon, integró la Comisión Provincial por la Memoria.
En su libro, Morosi describe a Cajade como “un cura militante que entregó su vida a la infancia desamparada y luchó con coraje contra desigualdades e injusticias. Ganado por una fe inmensa y una espiritualidad singular desde la que concibió indisoluble lo humano y lo divino, vivió a golpes de corazón, regido por sus impulsos y obsesiones. Nacido en un barrio obrero vivió en su juventud los bríos del peronismo revolucionario a cuyas banderas se abrazó con convicción. Veneraba a Evita y al Che tanto como a Mugica o Angelelli”.
“Era un tipo que aprendió a enfrentar al poder escuchando y caminando con los más humildes, que nos dejó como legado la apuesta a la construcción colectiva y la gran pelea por los derechos de la infancia que es la pelea contra las políticas que alientan el miedo y prefieren el lenguaje punitivo y el encierro”, lo evoca Cacopardo.
En un editorial de La Pulseada de 2004 el cura escribió: “No tenemos que cuidarnos de nuestra infancia sino que tenemos que cuidar a nuestra infancia”. Ya en ese momento debatían temas desde posiciones que Cajade interpelaba: “¿Cómo puede ser que todavía haya quien quiera seguir bajando la edad de imputabilidad? ¿No nos dimos cuenta de que en los últimos años hemos aumentado todas las leyes represivas y el delito no disminuyó? Sabemos que la mayoría de los delitos graves provienen de corporaciones mafiosas integradas por cuerpos de seguridad, políticos y barrabravas barriales. ¿O todavía seguimos pensando que esto se arregla a los tiros?”.
Por sus 20 años se editó un número especial de La Pulseada en papel, algo que no se hacía desde hacía dos años. “Veníamos saliendo con páginas reducidas. Sufríamos el atraso en la liquidación de la pauta publicitaria, sobre todo las de la provincia y la municipalidad. Eso dificultaba un montón costear el papel”, dice Soledad Vampa, que junto con Pablo Spinelli y Francisco Martínez conforman actualmente el equipo de dirección del medio.
Cuando llegó la pandemia de Covid-19 la edición en papel se discontinuó. Lo personal también se vio reflejado en la revista en la que nadie subsiste con lo que cobra por escribir para La Pulseada. “Lo hacemos por el compromiso con la Obra y con el periodismo. Todos nos mantenemos por eso, pero la verdad que el intercambio económico es hasta un poco simbólico a veces”, dice Vampa.
El otro problema fue que quedó desmontado el sistema de distribución: los repartidores ya no podían salir en medio de las restricciones por la pandemia. Entonces decidieron volcarse a la web. Buscaron una nueva dinámica que se adaptara a sus vidas y al cambio que significaba pasar de publicar en papel una vez por mes al digital todas las semanas. Lo que no se pierde, dice Soledad, es que La Pulseada sigue significando, desde hace más de 20 años, la posibilidad de “ejercer el buen periodismo con mucha libertad”.
María Laura Santos, la Negri, tiene 25 años y lleva 20 íntimamente asociada al proyecto de La Pulseada. Su rostro -con sus por entonces 5 años- ilustró la primera tapa y ahora también la portada del especial por las dos décadas de vida de la revista. Cajade decía que La Pulseada tenía que ser enemiga de los enemigos de la sonrisa de esa niña.
“El cumple de La Pulseada es mi cumpleaños”, dice la Negri en la nota que escribió Javier Sahade, el periodista que coordinó durante muchos años el suplemento Baruyo donde publicaban sus producciones los chicos y chicas ligados a la Obra, para romper con la frase de que el periodismo puede ser “la voz de los que no tienen voz”. Así lo explica Javier: “Es un concepto equivocado porque voz tienen todos. En todo caso hay que acercarles un micrófono o darles un lápiz”. Para hacerlo, se reunían todas las semanas en Casa Joven. Era una especie de redacción en el corazón de Barrio Aeropuerto: "Hicimos cosas muy lindas".
En la nota sobre la Negri, el periodista escribe: “De chiquita, Cajade le tuvo que hacer ejercicios de reanimación más de una vez y salir corriendo a la guardia de un hospital por su frágil estado de salud. Por eso esta revista representaba también `una pulseada de la vida contra la muerte´ que, desde la primera tapa, reclamó `el sueño grande de ojitos negros y niños felices, donde los amarretes del mundo no los condenenen más al hambre y a la intemperie´”.
“Es lo que yo trato de explicar -dice María Laura en la nota-, lo que es La Pulseada, no solamente para mí, sino para muchos (...). No soy la única en el mundo, hay muchos como yo”.
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