El manejo de los recursos de la principal provincia del país era la fortaleza de Rocha para su candidatura y, al mismo tiempo, su mayor debilidad. El presidente Julio Argentino Roca pronto advirtió que Rocha era la principal amenaza a todo el sistema de poder que había ayudado a consolidar. Pensaba que para fortalecer a la nación, era necesario independizarse gradualmente del poderío de la provincia de Buenos Aires. Para oponerse a las ambiciones de Rocha, Roca pronto promovió como candidato a Miguel Juárez Celman, gobernador de la provincia de Córdoba y su concuñado.
Los problemas entre Roca y Rocha se multiplicaron por la tensa cohabitación de presidente y gobernador en la misma ciudad. Cuando, el 19 de noviembre de 1882, se fundó la nueva capital de la provincia, el proyecto de obra pública más ambicioso de toda la historia argentina, el presidente no concurrió a la ceremonia inaugural, poniendo como excusa un viaje al interior del país previamente organizado .
Roca tampoco asistió, un año y medio después, al festejo de traspaso de los poderes públicos de Buenos Aires a La Plata.
La puja por las elecciones presidenciales de 1886 se manifestó de maneras variadas, que fueron desde las tradicionales pujas en la prensa hasta intentos de golpe de estado de ambos mandatarios en la provincia, en la nación y hasta en Uruguay. Finalmente, Juarez Celman fue el elegido. El triunfo del candidato oficial sobre el fundador de La Plata, inauguró una tradición tan fuerte que generó un mito: la maldición de Dardo Rocha. Durante el resto del milenio, nunca un gobernador de Buenos Aires ganará una elección para ocupar el sillón de Rivadavia. La persistencia de la leyenda es tal que ha incluido hasta la realización de un exorcismo público en la plaza Moreno de La Plata, en los albores del siglo XXI.
Los atributos del cargo de gobernador, la maxima función pública alcanzada por Dardo Rocha
Como consecuencia del resultado, Rocha perdió el dominio de su partido y las posiciones provinciales se le volvieron en contra. Carlos D’Amico, el gobernador sucesor de Rocha que hasta entonces se había desempeñado como hombre de su confianza, realizó un acuerdo con Roca y se pasó a las filas del ex presidente. Su política nacional de paz y orden, comenzó una nueva era donde la federalización de Buenos Aires aparecía como el último problema resuelto del pasado. La provincia de Buenos Aires perdió protagonismo en la política nacional. Máximo Paz, candidato de Roca, ganó las elecciones provinciales. Rocha quedó sin partido y partió a Europa.
Acompañado por su esposa, Rocha recorrió las grandes capitales con las que toda una generación de intelectuales y políticos había soñado, desde los pioneros viajes de Sarmiento. El viaje se extendió al mundo mediterráneo africano. De ambas regiones, Rocha reunió porcelanas que adornarían por las siguientes décadas su casa de la calle del Parque (hoy Lavalle) en la Capital Federal.
Dos años en el exterior fueron tiempo suficiente para ver una Buenos Aires cambiada a su regreso. La ciudad progresó como lo hacían las grandes urbes de Occidente. Incorporó edificios públicos, transporte, pavimento, pero el crecimiento no fue balanceado. Un cuarto de la población vivía en conventillos.
El gobierno de Juárez Celman, en tanto, llevó al extremo la concepción de la política liberal de laissez-faire, privando al estado de todo mecanismo de control de la economía. Había más crédito y más obras, pero financiadas por un creciente endeudamiento interno. A mediados de 1890 todo estalló y la crisis argentina se hizo mundial.
En ese contexto, Dardo Rocha propuso en el Congreso una amnistía. Fue rechazada. El senado acabó sancionado el estado de sitio. Fue su última aparición pública nacional de importancia. Hasta el final de sus días, su casa de calle Lavalle sirvió para hacer reuniones políticas, pero los resultados de ninguna tendrían ya repercusión nacional como en las décadas anteriores.
Tanto la ciudad de La Plata como sus ambiciones presidencialistas comenzaron a quedar poco a poco en el pasado. Todo lo que Rocha perdió en poder lo ganó en legitimidad, precisamente en el momento que el sistema político comenzaba a perderla. La década del ’90 fue testigo de múltiples levantamientos que demostraron tanto la inequidad del sistema como que había amplios sectores de la población que deseaban participar del régimen político que los marginaba.
Su destacado lugar en la sociedad porteña fue confirmado por un acontecimiento trágico. En 1892, falleció de pulmonía en La Plata su madre, Juana Arana. El cortejo, que fue en tren desde la capital bonaerense a Buenos Aires, fue recibido en La Recoleta por lo más granado de la sociedad porteña. Miguel Cané, Angel Estrada, Marcelo T. de Alvear, Emilio Bunge, Carlos M. de Alvear, Eduardo Wilde, Adolfo Saldías, Pedro Benoit, Manuel Quintana y Marcelino Ugarte, se hicieron presentes para acompañar a Rocha. Rocha eras un miembro consolidado de una Buenos Aires convertida ya en una de las grandes capitales de Occidente.
Rocha se dedicó a la diplomacia desde entonces. Actuó en conflictos con Paraguay y Bolivia y fue embajador en Brasil.
Buenos Aires, en tanto, incorporaba lentamente los adelantos urbanos, arquitectónicos y de planificación que La Plata ya poseía desde su fundación. En 1904, la provincia perdió el puerto de La Plata, que pasó a jurisdicción nacional. Este traspaso sumado a la construcción del puerto nuevo de Capital Federal, algunos años después, acabarían por hacer perder importancia al puerto platense. El Puerto Nuevo pronto absorbería todo el tránsito naviero regional.
Rocha visitaba en ocasiones esporádicas su casa de La Plata, aquella frente a la Plaza Principal (hoy Moreno), que se había apurado a hacer en 40 días en 1886, cuando ya era evidente que era el único terreno vacío frente al centro neurálgico de la ciudad. Se acercó a La Plata más asiduamente desde 1897, cuando la recientemente creada Universidad Provincial lo designó su primer rector y Profesor de Derecho Constitucional.
La universidad avanzó lentamente hasta que en 1905, Joaquín V. González, ministro de Instrucción Pública, la nacionalizó y diseñó un plan para modernizarla, a la manera de las universidades alemanas. Ese año, Rocha se retiró. Un año después, murieron Bartolomé Mitre, Carlos Pellegrini y Bernardo de Yrigoyen. Dardo se iba convirtiendo poco a poco en el único referente superviviente de una época que ya producía nostalgia.
Argentina contaba entonces con casi siete millones de habitantes, un tercio de los cuales eran extranjeros. El área pampeana se transformó en cosmopolita pero la efervescencia social iba in crescendo. En 1916, en las primeras elecciones presidenciales con el nuevo sistema de voto secreto y obligatorio, resultó electo el candidato del radicalismo, Hipólito Yrigoyen. Yrigoyen llegó al gobierno con ansias de renovar un sistema político que mostraba signos de atraso. No se modificó, sin embargo, el modelo económico agroexportador, que siguió siendo el predominante.
Rocha, en tanto, era agasajado en cada ciudad que pasaba como un hombre que conectaba un oscuro pasado nacional con un presente promisorio, una figura romántica que había vivido entre la “dictadura rosista” y la modernización del país. En marzo de 1910, a su paso por Mendoza, se lo llamó “monumento viviente;’ en septiembre de 1919, en Córdoba, la “sagrada reliquia”.
En el ámbito nacional, el clima político y social ya tenso se intensificó con la revolución mexicana y la rusa, factores de preocupación para los sectores más acomodados. Para 1919, tanto las enormes dificultades que la guerra había creado para una industria insumo dependiente, como el reinicio del movimiento migratorio, dieron como resultado, la depreciación del salario y un porcentaje de desocupación del 19 %. En enero, una prolongada huelga en los talleres metalúrgicos de Vasena por mejores salarios y condiciones de trabajo, creó para algunos sectores conservadores la sensación de vacío de poder.
Grupos civiles armados se organizaron junto con militares, en actividad y en retiro, para atacar no sólo a obreros rebeldes, sino también a extranjeros, formando la Liga Patriótica. Fue un conflicto social con ribetes étnicos. Jóvenes de clases privilegiadas recorrieron las calles atacando a personas de origen judío y a sus comercios. Nació lo que la historia llamó la Semana Trágica.
Dardo Rocha participó desde el propio inicio de la Liga Patriótica, constituida por la casi totalidad de las élites sociales, políticas e intelectuales del antiguo orden conservador y parte de las nuevas. La Liga reunió una amplia coalición de fuerzas que incluyó a demócratas progresistas, nacionalistas, conservadores de vieja y nueva generación, futuros radicales antipersonalistas, sectores de la iglesia católica y un grupo numeroso de militares.
La participación de Rocha en estas organizaciones protofascistas indica menos una transformación individual de Rocha que una mutación general de las élites que comenzaban a ver con desagrado algunas consecuencias del progreso que ellas mismos habían promovido décadas atrás. Su vuelco intelectual señala el eclecticismo de una época, y los límites de la convicción en el progreso de una clase. Dardo vivió entre la transición de un país que solo miraba al futuro y la de otro que comenzaba a mirar de reojo al pasado.
Los últimos años de Rocha lo muestran como uno de los vecinos más antiguos de Buenos Aires “por cuanto sigo habitando el mismo solar, en la calle Lavalle en que mis antepasados más remotos edificaron su casa colonial”. A Rocha le gustaba pasearse por la ciudad de levita y galera alta, como los viejos porteños de su generación.
Pero el paso de los años es inexorable. En diciembre de 1917, murió en Buenos Aires su esposa y prima hermana, Paula Arana. Dos años después, en el verano de 1920, Rocha escribía su testamento en Mar del Plata, la ciudad que tuvo un encantamiento especial para el Dardo de la madurez. A diferencia de La Plata, la ciudad atlántica había podido conquistar a los porteños. Cada verano, la orgullosa alta sociedad capitalina se trasladaba en pleno a la ciudad que había crecido enormemente desde la introducción del ferrocarril en la década de 1880. Rocha acababa por pensar que Mar del Plata había debido ser la capital y no La Plata, más alejada de los cantos de sirena de Buenos Aires.
En su escrito, Rocha dejó todo a sus descendientes al tiempo que conservaba un “dolor perpetuo” por los hijos muertos a temprana edad. Es por ello que hizo especial hincapié en preservar la casona de la calle Lavalle, recuerdo de sus antepasados y de su prole. Como era característico en él, la mirada hacia adelante se equilibraba con la mirada hacia atrás.
No es común que los contemporáneos tengan una idea más acabada de la realidad que la que elaboran los historiadores a posteriori. Aunque a Dardo se lo conoce hoy comúnmente como el fundador de La Plata, a él le hubiera probablemente gustado más ser reconocido de la forma que lo hizo Fray Mocho el día posterior de su muerte: “Ha muerto el último porteño” Como tal, Rocha había pedido expresamente que sus restos fueran depositados en la Recoleta y así lo reafirmaron sus descendientes que se opusieron a su traslado a la capital provincial, lo que recién se produciría en 1940. La cercana La Plata se encontraba lejos de sus emociones.