Sobrevivir al "Luciérnaga": la historia de Patricia a 41 años de la tragedia ferroviaria | 0221
Sobrevivir al "Luciérnaga": la historia de Patricia a 41 años de la tragedia ferroviaria

Sobrevivir al "Luciérnaga": la historia de Patricia a 41 años de la tragedia ferroviaria

En marzo de 1981 dos formaciones del Roca colisionaron cerca de La Plata. Hubo 34 muertos y la mayoría de los 74 heridos derivados a hospitales de la ciudad.

Como cada verano, Patricia D´Afflitto viajaba a Mar del Plata con su familia a pasar sus vacaciones en la casa de una tía. Era un mes entero de sal, sol y arena. Con sus padres y sus dos hermanos se repartían la estadía en turnos para no cerrar el almacén que regenteaban sobre la avenida Nazca, en el barrio Villa Pueyrredón de la ciudad de Buenos Aires.

Durante la primera quincena de febrero viajaron las mujeres: Yolanda su madre, Alejandra su hermana y ella, de 8 años, la más pequeña; en la siguiente, su padre Antonio y su hermano Pablo. Ese año Patricia se quedó en “la feliz” porque no era parte de la posta familiar. Aquel verano del `81 significó para ella un gran cambio en su vida: los D´Afflitto se mudaban de Buenos Aires a José León Suarez, en el partido de San Martín, y eso implicaba que debía comenzar su tercer grado en una escuela nueva, con compañeros nuevos.

Casi con el guardapolvo puesto, abordó el tren de las 23.45 en la estación de Mar del Plata. El desaparecido tren “Luciérnaga” hacía su trayecto de Constitución hacia la ciudad costera con los vagones de primera clase en el frente, mientras que, en el recorrido inverso, lo hacía con los de clase turista.

Allí estaba Patricia, en el segundó vagón, a escasos metros de la locomotora. Era media noche, un 8 de marzo de 1981, y se apostaba en un asiento para tres pasajeros junto a su padre Antonio y su hermano Pablo. Estaba cansada y en pocos minutos se durmió.

La sobreviviente, Patricia D´Afflitto, junto a su hijo a más de 40 años de la tragedia.

La lista es larga y bien nutrida. Desde el inicio del funcionamiento de los trenes y hasta hoy, los accidentes ferroviarios en Argentina son moneda corriente. La impericia y la imprudencia, en conjunto con el estancamiento tecnológico y la erosión estructural, consecuentes de un desfinanciamiento profundo y generalizado, signan casi por completo todas las tragedias ocurridas a lo largo y ancho del territorio.

Una investigación patrocinada por el Ministerio de Educación y publicada en 2012 por la Universidad Regional de Haedo contabiliza doce accidentes ferroviarios “notables” en el país, entre 1927 y 2012.

A continuación, y sin mayores detalles, se enumeran algunos. Aquellos que, por su fatalidad, alcanzan la categoría de catástrofe.

La abrumadora cifra de 236 muertos y 400 heridos posicionan en el primer lugar a la tragedia del ferrocarril Mitre ocurrida el primero de febrero de 1970 en la localidad bonaerense de Benavidez. 55 fallecidos y 56 heridos fue el saldo que dejó el Estrella del Norte, también de la línea Mitre, el 25 de febrero de 1978 en el municipio de Sa Pereira, Santa Fe. La tragedia de Once, la más reciente y presente en la sociedad, se cobró la vida de 51 personas y 700 resultaron heridas en aquella mañana del 22 de febrero de 2012. El 15 de febrero de 1953, en Comodoro Rivadavia, Chubut, 36 personas perdieron la vida.

La Plata, por supuesto, no es una excepción a la regla. Varios siniestros ferroviarios tuvieron lugar dentro de su territorio. Pero en lo tocante a la cantidad de víctimas fatales y heridos, protagoniza uno fuera de él: la tragedia del 17 de octubre de 1982 en Quilmes, cuando el rápido N° 3822, que había partido desde la estación de 1 y diagonal 80, colisionó con otra formación de pasajeros a escasos metros de la estación de Quilmes; el impacto ocasionó la muerte de 20 personas y 70 resultaron heridas.  

El “Luciérnaga”, tren de pasajeros llamado así porque transitaba por las noches, protagonizó dos accidentes. En ambos perdieron la vida 34 personas

Un año antes, había ocurrido el peor accidente de la región.

El “Luciérnaga”, tren de pasajeros llamado así porque transitaba por las noches, protagoniza dos hechos: en 1964 y 1981. Los dos ocurrieron al sudoeste de La Plata, en el distrito de Brandsen. El primero en la localidad de Altamirano; el segundo, entre el pueblo de Jeppener y la ciudad de cabecera. Y en ambos, la misma cantidad de fallecidos: 34 personas. 

El primero de febrero de 1964 se produjo un fallo en el cambio de vías y el “Luciérnaga”, que trasportaba 1040 pasajeros desde Mar del Plata hasta Constitución, chocó contra un carguero. En el ´81, con 803, ocurrió algo similar.

Sobre éste último, el informe del Cuartel de Bomberos Voluntarios de Brandsen, redactado por el cuartelero de turno de aquel entonces, indica que el siniestro sucedió a las 4.25, entre los kilómetros 68 y 69 de las vías del ferrocarril General Roca, a metros de la ruta provincial 29 y del rio Samborombón, ese que desemboca en la bahía homónima, al sur del Rio de La Plata. 

Panorámica del Luciérnaga en los pastizales junto a la ruta provincial 29.

Patricia D´Afflitto ahora tiene 48 años, es dueña de un comercio que funciona como almacén y rotisería en José León Suarez, provincia de Buenos Aires. Hoy dice estar feliz porque a causa de la pandemia “levantó casi íntegramente” su emprendimiento, además está en pareja y, gracias al encierro parcial de los últimos dos años, compartió las 24 horas del día con su hijo Franco, de 14 años.

Aunque nunca volvió al lugar del hecho, allí donde una cruz blanca se erige en memoria de las víctimas, a 41 años de la tragedia del “Luciérnaga”, el impacto pervive en ella en recuerdos muy vívidos. Destaca el “olor a fierro quemado”, que más que un recuerdo es una secuela. No lo tolera y su sola presencia la espanta.  

El traqueteo arrítmico, los sonidos insuflados y chirriantes que provenían de la parte posterior del convoy fueron los indicios inequívocos que alertaron a los maquinistas del carguero que se dirigía a la ciudad de Tandil. Éstos detuvieron la marcha, descendieron y registraron la formación. Ingrata fue la sorpresa al corroborar que una de las partes se había desprendido, entre ellas, una cisterna cargada de petróleo que yacía tumbada sobre la vía contraria.  Antes de que la luz cegadora entrase en escena, fueron conscientes de que el “Luciérnaga” estaba próximo a su encuentro.  

Oído, olfato, tacto y vista. Así la secuencia, en fracción de segundos. El estruendo, el olor a fierro quemado, rodar, golpearse, detenerse, espabilarse y visualizar a su alrededor un cuadro como si del Guernica de Picasso se tratase. Somnolienta, Patricia no supo que su tren había chocado contra un vagón cisterna repleto de petróleo.

Recuerda que al incorporarse sólo pensó en su valija. Se ríe de lo absurdo que suena, aunque es consciente de que aquel primer pensamiento grafica de forma cabal el shock del momento.

Instantes después buscó a sus familiares. Golpeada y aturdida, igual comprendió lo que pasaba. Vio a su hermano, estaba entero. Luego ubicó a su padre. Antonio se había golpeado la cabeza con una de las ruedas del tren que sobresalía desde el piso. Vacilaba. No tardó en darse cuenta de que el golpe le había hecho perder la memoria. La oscuridad de la noche en medio del campo envolvía a un pasaje confundido, sollozante y desesperado, rodeado de hierros ensortijados y asientos desprendidos.

Mientras tanto, en el centro de Brandsen, la gente despedía otra exitosa noche de carnaval al ritmo de las bandas, en tradicionales bailes familiares de clubes sociales. Nadie pudo creer, horas después, cómo mientras ellos festejaban otros se angustiaban entre los fierros sin saber bien qué ocurría en la desolada madrugada. 

Daniel Correa tenía 30 años y formaba parte del cuerpo de bomberos de Brandsen. Entonces, la joven y modesta institución tenía 9 años de existencia, contaba con 30 voluntarios y una sola autobomba. El 8 de marzo del 81 “nos hicimos adultos”, confiesa ahora a 0221. Correa, quien fue fundador y hoy es presidente de la Asociación de Bomberos Voluntarios de Brandsen, dice que sin dudas aquella fue una verdadera prueba de fuego y que a fuerza de entrega y vocación lograron superarla. La comunidad y los sobrevivientes lo reafirman.

En la festiva noche de carnaval tres bombas de estruendo estallaron sobre la plaza principal, situada en las intersecciones de las calles Mitre, San Martin, Las Heras y Saenz Peña, en el centro de la ciudad. Daniel estaba de guardia junto a seis compañeros. El sonido de la sirena no fue suficiente y le tocó accionar el mortero que lanzó las bombas. La señal fue contundente. El velo de la tragedia cubrió todo encanto de carnaval y la fiesta terminó.

Bomberos, ambulancias, defensa civil, fuerzas armadas, policías, automovilistas y ciudadanos de a pie se dieron a la tarea de asistir y rescatar a las víctimas. Arribaron al lugar procedentes de varios distritos: La Plata, Berisso, Ensenada, Lomas de Zamora, San Vicente, Chascomús, General Belgrano y Ranchos, entre otros.

Si bien las víctimas fueron derivadas a distintos nosocomios de la región, el grueso fue recibido en los hospitales platenses: Melchor Romero, Dr. Ricardo Gutiérrez e Instituto General San Martin. La resolución provincial aprobada el 4 de marzo de 1999 bajo el decreto 536 impide verificar la cantidad de personas hospitalizadas en dichas instituciones, ya que las historias clínicas no pueden permanecer más de diez años en los archivos. Pero se cree que la mayoría de los 74 heridos fueron repartidos entre los tres hospitales. 

Bomberos voluntarios ponen manos a la obra para realizar las tareas de rescate.

Una entrevista de época, que puede verse en YouTube, registra el testimonio del maquinista del tren Luciérnaga.

Pocas horas después de ocurrido el hecho un grupo de reporteros ingresa a la sala de terapia. La cámara enfoca a un hombre postrado en una cama, a su izquierda, las manos de un enfermero descuelgan el suero fisiológico de su soporte. “En la sala de terapia del Hospital Melchor Romero dialogamos con el señor Domingo Fernández, quién era maquinista del tren que se conducía desde Mar del Plata hacia la Capital Federal. Buenas tardes señor Fernández, ¿nos puede relatar usted qué fue lo que pasó?”, pregunta el notero desde el costado derecho con su figura fuera de cuadro, mientras acerca el micrófono cromado al rostro del convaleciente.

Está recostado en una camilla, tiene el torso desnudo, un par de vendas en los brazos y algunos pocos machucones visibles pero moderados en la cara.  El señor Fernández responde: “Buenas tardes, el relato es breve, porque se considera que esto es un caso de fatalidad y no de imprudencia de ninguno”, sentencia.

El convoy de carga “había descarrilado unos metros antes de la curva hacia Jeppener, por eso es que yo no lo observé, me encontré a pocos metros”, explica y da cuenta del punto ciego que significó ese reviro para ambas formaciones. Si el desprendimiento hubiese ocurrido en otro tramo del camino, el contacto visual y las alertas podrían haber sido efectivas y otra sería la historia.

Comenta que los frenos accionaron correctamente, pero la cercanía entre los trenes decretó su inutilidad. No hubo chances y colisionó. Marchaba a una velocidad de “más o menos” 110 km; aclara que habría necesitado “unos mil metros” para hacerlo correctamente, define que el impacto fue intempestivo y  “muy, muy violento”.

El señor Fernández declara que a la distancia divisaba señales de luces, el típico parpadeo entre colegas que se cruzan en el camino, nada extraño; fueron los movimientos histéricos de la linterna de uno de los maquinistas del carguero lo que llamó su atención, aunque ya era tarde.

Daniel Correa afirma que Fernández falleció una semana después de ser hospitalizado, a causa de envenenamiento por petróleo. También afirma que las víctimas fatales en total fueron 53 y no 34, ya que desde el cuartel de bomberos de Brandsen contabilizan aquellas personas que como el maquinista perecieron a causa de golpes o envenenamiento días más tardes de ocurrida la tragedia. 

Daniel Correa en la sede de Bomberos en Brandsen

VERSIONES 

La sobreviviente retiene en su memoria otra versión. Evacuada de su vagón, ya de mañana y rodeada por el verdeamarillo llano bonaerense, paisaje que cada tanto corta el horizonte con típicas arboledas, escuchó de boca de un rescatista que el maquinista del tren de carga había posicionado una lata con fuego en su interior, a modo de señal. El error, decían, fue la ubicación: posterior a la curva y además lindante a la formación y no anterior a ella -tomando como referencia el recorrido del “Luciérnaga”-, hecho que hubiese advertido con antelación al señor Fernández.

Sin embargo, en casi la totalidad de las crónicas que pueden leerse sobre el accidente, se replica la idea de que un maquinista corrió más allá de la curva hacía el encuentro con el “Luciérnaga” blandiendo un trapo blanco.

Así puestas las versiones, la linterna, la lata o el trapo, no revisten mayor importancia en sus diferencias, ellas más bien grafican el grado de confusión del momento.

Lo cierto es que la locomotora del “Luciérnaga” voló por el aire sobre el terraplén a metros de la ruta 29. El primer vagón se incrustó contra la cisterna y el segundo, donde estaba Patricia, descarriló y quedó volteado. Atrás se produjo un efecto acordeón, afectando a siete de los trece vagones.

Algunos vecinos que vivieron el hecho descreen de las cifras, al igual que Patricia. Años revisitando la tragedia en su memoria; hace cuentas y estima que entre los dos vagones delanteros había más de doscientos pasajeros; en relación y según su criterio, los números de víctimas son bajos. Varios, como el bombero Correa, contabilizan más de cincuenta involucrando a los fallecidos posteriormente por golpes, secuelas o envenenamiento por petróleo.

Lo cierto es que oficialmente fueron 34 los muertos (como en 1964) y 74 heridos.

La similitud casi calcada de ambos accidentes, el de 1964 y 1981 –misma formación, mismo lugar, de madrugada, choque de tren de pasajeros con uno de carga y la misma cantidad de fallecidos- produjo una serie de elucubraciones alrededor del “Luciérnaga”, mitificado como maldito. Quedó definitivamente fuera de servicio después de aquella fatídica madrugada.

Patricia hoy, acomodando las góndolas de su almacén.

- ¿Qué hago yo acá? ¿Qué pasó? ¿Quiénes son ustedes?, preguntaba el padre de Patricia, adormecido, aquella madrugada dolorosa del 8 de marzo de 1981. 

-Somos tus hijos, le respondían una y otra vez.

Entre tanta desgracia, Patricia recuerda que por fortuna su padre no entró en pánico y pudieron manejar, de alguna manera, el momento.

Con las primeras luces del día llegaron los rescatistas y poco a poco fueron evacuando los vagones. Debieron salir por una de las ventanas delanteras y descender sobre una plataforma de madera. El vagón estaba tumbado, pero en el aire.

Un hombre canoso de bigotes, anteojos y camisa celeste, se acodaba en una ventanilla de los vagones de atrás mientras contemplaba la escena como quien mira plácidamente desde el balcón a los peatones y vehículos de la calle. Patricia lo recuerda con bronca e impotencia: “¡Bajate y ayudá!”, exclama como si volviera a verlo. Orbita cierta interpretación clasista en su reflexión: atrás estaban los de la primera clase, en su mayoría ilesos; adelante, los de Turista, los más afectados.

La contraparte fueron los “baqueanos”, como los nombra ella, paisanos que desinteresados arribaron al lugar para “dar una mano”. Uno de ellos se ofreció para telefonear a su madre y dar la buena noticia de que estaban bien, antes de que por la televisión o la radio se enterase de semejante fatalidad. “Queríamos que le dijera que Antonio, Pablo y Patricia estaban bien, nada más que eso. No le dijimos que papá había perdido la memoria”, reconstruye hoy Patricia

Comenta que las dos secuencias la marcaron a fuego y, piensa que, de alguna manera, aquella experiencia traumática hizo germinar la raíz de su carácter. Se considera una persona solidaria y desinteresada a la hora de dar una mano en cualquier causa que lo requiera y esté a su alcance.

Consciente o no, allí mismo lo volvió acto. Dice que desnuda de egoísmo y sin rencores, entendió que, a pesar de todo, había gente en peores condiciones -se reserva para ella los recuerdos escabrosos- que debían ser atendidas y contenidas con mayor pericia y urgencia.  

Después de un par de horas en el hospital de Brandsen –ubicado a un kilómetro del lugar del hecho-, su padre logró recobrar la memoria y, al estar los tres físicamente aptos, pudieron volver a su hogar.

Un camarógrafo posa junto a la cisterna de petróleo.

“¿Cuántas personas dejaron de subirse a trenes después de semejante experiencia?”, se pregunta. Responde de inmediato: “A las pocas horas nosotros tuvimos que subirnos a otro tren y hacer combinación con el subte para llegar a casa”.

Transcurrían las primeras horas de la tarde del día siguiente al accidente cuando padre, hija y hermano, ingresaban a su hogar por sus propios medios. Al abrir la puerta, Patricia se vio a sí misma en la televisión, con sólo 8 años había sido entrevistada por un reportero en el mismo lugar del hecho. Aquella imagen le produjo un fuerte impacto que aún la conmueve al recordarla. 

Son las memorias de una sobreviviente a una de las tantas catástrofes ferroviarias argentinas, fatalidades que una y otra vez dejan en evidencia la desidia, la ineptitud y el desinterés de algunos, así como también la entrega, el valor y la solidaridad de otros.

Patricia sigue viajando en tren y, en ocasiones, cuando su destino es la costa atlántica, observa de soslayo la cruz blanca que se erige en memoria de las víctimas del Luciérnaga. Tal vez algún día se detenga y vuelva a pisar el suelo donde ocurrió la tragedia. Por ahora, no se lo permite. “Por ahí eso me hace falta, para cerrar ese capítulo de mi vida”, finaliza y se despide para atender a sus clientes en el mostrador de su almacén.