Meridiano V: el barrio que resurgió de las cenizas por la fuerza de su gente | 0221
Meridiano V: el barrio que resurgió de las cenizas por la fuerza de su gente

Meridiano V: el barrio que resurgió de las cenizas por la fuerza de su gente

El 27 de abril de 1910 empezaron las obras en 17 y 71. En julio de 1977 pasó el último tren. Una década después los vecinos iniciaron el milagro de revivirlo

Desde mediados de los 80, cuando los vecinos tomaron en sus manos el destino del barrio Meridano V, todo ha cambiado. Una década antes, el gobierno militar había dejado de hacer correr los trenes que eran el alimento de la vida de toda esa zona en el límite del casco urbano. Pero la reacción de la gente consiguió con esfuerzo y decisión salir adelante y convertir a la vieja estación ferroviaria y sus cercanías en un polo que combina una de las ofertas más interesantes a nivel cultural y comercial de la ciudad. Aquí, algunos de los artífices del prodigio cuentan sus vivencias y comparten el recuerdo de aquellos días.

"Tenemos una genética de resiliencia que, lejos de boicotearnos, nos potencia", dice Martín Díaz cuando se le pregunta por la mística que rodea al barrio Meridiano V. Él es hijo y nieto de ferroviarios y en este nuevo aniversario de la Estación Provincial, que cumple 112 años se reunirá para celebrar, una vez más, con toda la gente de la zona que tiene como punto central la esquina de 17 y 71. El festejo, que se llevará a cabo el domingo 1 de mayo, será una muestra de la vigencia de este rincón del casco urbano que en los últimos años se afianzó como el polo cultural y artístico más importante de toda la ciudad y que carga en sus espaldas una mochila repleta de historias tristes y alegres que enorgullecen hasta las lágrimas a varias generaciones.

Las obras de la estación se iniciaron el 27 de abril de 1910.

"Amo este lugar, es mi segunda casa, es parte de mi vida", define Beatriz Belo, la mujer que nació hace 85 años en este mismo lugar y que hoy, con una parsimonia muy diferente a los años más frenéticos de su vida cuando trabajaba en el área admnistrativa de la Estación, rememora con orgullo todos los momentos vividos que la marcaron junto a su familia, siempre con el tren de por medio. La casa de sus abuelos está en 71 entre 18 y 19. Su padre trabajó desde los 12 años como mensajero y luego de una trayectoria por distintos distritos de la provincia de Buenos Aires, se jubiló en La Plata como jefe de estación. A sus 8 años se mudó a un pequeño pueblito de quince cuadras de una de las estaciones del ramal a Mira Pampa y mientras su papá celebraba ese progreso familiar, su mamá "lloraba por los rincones", confiesa. Allí continuó hasta cuarto grado y luego tuvo que armar las valijas de nuevo: primero viajaron hasta Mauricio Hirsch, una localidad del partido de Carlos Casares, y un par de años después a Avellaneda, ciudad del conurbano en donde terminó la escuela y empezó a trabajar.

"El sueño de mi padre era jubilarse y por eso pidió de nuevo la estación La Plata, a la que accedió por antigüedad. Así consiguió lo que siempre había soñado", recuerda Belo que hoy prefiere quedarse en su casa porque "cuando el cuerpo no responde hay que saber parar". Cada vez que le preguntan por su historia le gusta destacar algo que por aquellos años era una peculiaridad: "mis viejos fueron unos adelantados a la época, porque en aquel entonces no era muy bien visto que trabajara una mujer, y yo empecé a trabajar a los 18 años; me decían que era la deshonra de la familia: me acuerdo que mi papá agarró el tren y se vino a pelear con la madre".

Una imagen de la época en que la estación funcionaba a pleno

Beatriz se ríe y enseguida abre su corazón para describir con nostalgia cómo fue crecer en un paisaje que para las generaciones actuales es difícil de imaginar: "Me acuerdo de los silbatos de las locomotoras, de las campanadas del reloj que marcaban las horas y de cuando yo me sentaba en el umbral de lo de mis abuelos con la estación enfrente; entonces me la pasaba mirando la llegada de los trenes, las reuniones de los carros lecheros, el tren nocturno que salía de Avellaneda e iba a La Pampa, la gente que se agolpaba en los andenes y las chicas que se paseaban en la pasarela tomadas de los brazos porque los ferroviarios siempre fueron muy cotizados".

Esa fue la época de gloria, desde que el 17 de marzo de 1912 se habilitó el traslado de pasajeros. El Ferrocarril Provincial al Meridiano V -paralelo que separa el límite provincial con La Pampa- vivió su esplendor durante largas décadas que permitieron el progreso no sólo de este barrio platense sino de casi una decena de pueblos del interior bonaerense que una vez que dejaron de recibir al tren, desaparecieron.

Los ferroviarios, alma de la estación

RESURGIMIENTO

Abel Gutiérrez es otro de los históricos artífices de la organización barrial post cierre del ramal, se emociona cuando trae al presente aquellos momentos en los que con mucho coraje se organizaron para que este monstruo resurgiera de las cenizas en la década del ochenta: "Esto para mí significa todo, es mi vida. Y ver lo que es ahora, más todavía, no tengo palabras. Deseo que esto no se acabe nunca".

Pero antes de ese renacer hubo una prehistoria que Martín Díaz -hoy dueño de la pizzería Loco Ponte, en 18 y 71- lleva marcada a fuego en su corazón, también por herencia familiar. Hijo y nieto de ferroviarios, dice que nació "con el ferrocarril encima; soy hijo de una relación ferroviaria porque mi viejo fue jefe de estación y mi vieja era una maestra que iba ahí y así fue como se encontraron y conocieron; y la paradoja es que la separación y muerte de ambos también tuvo que ver con el tren y su desguace". "Esa especie de ferrocidio destruyó familias y de eso puedo dar fe: mi viejo está enterrado en Tucumán porque terminó trabajando en el ferrocarril tucumano, lugar en donde no lo humillaban, a diferencia de acá", define.

Una década después del cierre del ramal en julio de 1977 los vecinos encararon el resurgimiento del barrio.

Luego de varios años vigorosos con el paso del tren que marcaba la pujanza del barrio, el 28 de octubre de 1961 se produjo la clausura de la línea entre Etcheverry y Mira Pampa y Carlos Beguerie hasta Azul y Olavarría, con sus respectivos ramales, y eso fue "un trallazo", según dice Beatriz Belo. "Me acuerdo como si fuera hoy: el jefe de tráfico era José Suárez, un señor, que vino de golpe con la cara transformada y con la resolución de la clausura en la mano. Todo el personal administrativo estábamos ahí y fue terrible; cuando yo llegué a casa y le conté a mi viejo, no lo podía creer. Fue algo sorpresivo, en el barrio fue un alboroto, nadie se quería convencer de lo que estaba pasando porque la estación era el emblema de todos: familias enteras trabajaban en el ferrocarril y desde ese momento cerraron los comercios en la calle 17 -había negocios de ramos generales y demás-; todo eso cerró y fue un barrio muerto en donde muchas familias enteras tuvieron que emigrar".

Arturo Frondizi era el presidente de la Nación cuando se implementó el "Plan Larkin", un homenaje a Thomas, general estadounidense enviado a nuestro país como asesor en transporte por el Banco Mundial que le bajó la persiana a un tercio de los ramales y despidió a 70 mil ferroviarios. Ese fue el primer paso de un desmantelamiento despiadado del sistema ferroviario nacional que tiempo después completarían primero los genocidas de la dictadura y luego Carlos Menem.

"Al que se quedaba acá en el ferrocarril después de principios de los años sesenta y no elegía el retiro, lo degradaban. Yo a mi viejo, que sabía muchísimo, lo vi en una especie de garita de guardabarrera en kilómetro 4 tomando mate en un vaso. Donde logró algo de dignidad fue en Tucumán, pero lejos de su familia: ahí se terminó separando de mi vieja y murieron de angustia. Yo crecí en pleno desguace y recuerdo relatos de mi familia en un clima de mucha incertidumbre y angustia constante", explica Martín Díaz, que lleva en sus entrañas toda esta historia. Así cerró una etapa que fue gloriosa al principio y oscura después, tras una lenta agonía que clausuró los sueños de cientos de familias; pero sólo por unos años, porque la reinvención sería cuestión de tiempo.

EL CENTRO CULTURAL

Cuando los militares le pegaron el tiro de gracia al tren con el cierre del ramal La Plata - Avellaneda, el 6 de julio de 1977, Meridiano V mutó a una película en blanco y negro, muda y con un final irremediable. Eran tiempos en los que no existía la avenida 72 como la conocemos ahora, y todo ese enorme terreno que brilló en la década del cuarenta y cincuenta se convirtió en un pastizal descuidado tomado por la basura y las ratas.

Pero las cenizas se reavivaron una década después.

"Junto con un compañero que vivía a media cuadra de acá empezamos a averiguar qué podíamos hacer con el ferrocarril porque era una pena que estuviera todo abandonado. Había un jefe de estación pero no pasaba nada", recuerda Abel Gutiérrez, que tiene tanto para decir de esos momentos fundacionales que respira hondo para ordenar los hechos. Aunque en realidad lo que lo acelera son sus sentimientos: "Ni nos imaginábamos todo lo que iba a pasar después y cómo está ahora, es una locura. Yo trabajaba en Gonnet y la gente ahí me decía 'qué suerte tiene, qué bueno todo lo que están haciendo ustedes' ¿Sabés cómo te da fuerzas eso para seguir haciendo cosas?".

La primera tarea de los vecinos fue cortar el pasto y hacer pequeñas reparaciones.

Corría 1987 cuando un reducido grupo de vecinos se juntó por primera vez en la Escuela 58. Entre los que dijeron presente estaba Abel. Ahí fundaron la Asociación Vecinal Estación Provincial (AVEP), y ese fue el inicio de un derrotero que también tuvo idas y vueltas, buenas y malas, para no ser menos que el tren. "Mi vieja, que es la primera que arranca con las asociaciones vecinales acá, sufría mucho al ver el ferrocarril vacío y todo ese desguace", aporta Martín Díaz. Habla de Lidia Sampallo, la primera presidenta de aquella organización que fue el puntapié inicial de una aventura que hoy cumple más de tres décadas.

Lo primero que hicieron fue cortar el pasto, algunos juegos para los chicos, canchas de tenis criollo, algunas pequeñas reuniones y ahí se puso la semilla de lo que hoy conocemos como Centro Cultural Estación Provincial, una marca que los platenses repetimos como algo natural, pero que para lograrla hubo que transpirar, sufrir y luchar. "El jefe de estación nos dio un espacio chiquito para reunirnos pero nosotros queríamos otra cosa, entonces fuimos luchando: hicimos asados, fiestas, ferias y demás para recaudar fondos y arreglar la estación. De a poco fuimos haciendo cosas pero sucedió algo que suele repetirse en otras ocasiones: empezamos 15 y terminamos 3 o 4. Fuimos perdiendo un poco de fuerza, vino una comisión que no nos gustó para nada y al poco tiempo fracasó. Entonces a partir de ahí hubo un tiempo muy prolongado en el que no se hizo nada", ordena cronológicamente Abel.

La recuperación del barrio Meridiano V tuvo como eje la estación provincial convertida en espacio cultural

A la mitad de ese proceso entró Beatriz: "Lidia (Sampallo) tenía el kiosco de revistas en la estación y como me veía tomar el micro ahí, siempre me invitaba a formar parte de AVEP. Yo entré en 1994, estuve un tiempo ahí pero el presidente era muy gremialista y nosotros no queríamos política. Entonces se disuelve y quedamos con Abel, Lidia, Oscar Rivolta y algunos más; y como la gente nos pedía que no estuviera la estación cerrada, fuimos a pedir ayuda a la Municipalidad. Ahí nos reunimos entre todos y las ideas eran dispares: algunos proponían hacer un supermercado, otros una terminal de micros, un cine y demás. Pero todos coincidíamos en que acá debía funcionar algo".

Show y presentaciones en el playon de la Estación atraen la atención de los platenses.

Ahí se armó la comisión, sin dinero ni recursos: estuvo motorizada por las ganas y los corazones heridos de quienes sufrieron la agonía del tren. Primero consiguieron un salón y luego otro más chico al lado que funcionó como secretaría, siempre con un permiso precario del ferrocarril, que además era de palabra. "No nos habilitaba ningún papel", recuerda Beatriz para explicar los sucesivos desalojos que sufrieron después, una y otra vez. Hicieron almuerzos, ferias, exposiciones, talleres de ajedrez, de manualidades, de tejidos, habilitaron un humilde padrón de socios que pagaban 5 pesos de cuota, hasta que les pidieron que se retiraran. "Pero siempre volvimos", insiste la mujer que hoy es un símbolo de esta lucha.

"La gente dijo que nos iba a apoyar, entonces volvimos a los pocos meses y ahí nos quedamos: nos querían echar pero no nos íbamos. Hasta que un día encontramos todo con candados y ahí verdaderamente empezó nuestro peregrinaje. Estábamos nosotros y se acercaron más jóvenes, Fermín Mendizábal fue nuestro primer joven y él trajo a otros, con nuevas ideas. Entonces, ellos por un lado, nosotros por otro, fuimos tocando las puertas de la Municipalidad y de la Secretaría de Cultura y pedimos volver ahí. Consiguieron una llave y ocupamos la parte de arriba", continúa Beatriz. Para ese entonces, el primer piso había estado cerrado por años: cuando abrieron la puerta se encontraron hasta con las bolsas de basura que alguien alguna vez dejó y se olvidó de sacar. Había ratas y murciélagos. "Yo subí después de casi cuarenta años y no encontraba ni siquiera la oficina en la que yo había trabajado", agrega.

El trabajo de hormiga tuvo su reconocimiento y para 1997 el edificio ya había sido declarado Monumento Histórico Provincial por la Legislatura bonaerense. Un año después nació la asociación civil Centro Cultural Estación Provincial.

LEGADO ÉPICO

El nuevo milenio afianzó para siempre la gesta que nació y creció gracias al amor de hombres y mujeres que vieron con sus propios ojos desfilar las locomotoras. Luego se sumó una nueva camada, integrada por sus hijos y sus nietos.

"Este es un proceso que tiene que ver también con una resiliencia; no es casual que nosotros festejemos la inauguración del ferrocarril, porque el barrio no quiso parar: no pasó más el tren pero la locomotora simbólica no paró nunca. Siempre le buscamos la vuelta porque algo teníamos que hacer", saca pecho Martín Díaz. "Para nosotros es muy importante la memoria ferroviaria: el centro cultural existe porque no está el ferrocarril. Tenemos la obligación de tener una reivindicación ferroviaria y el centro cultural tiene el deber de homenajear esa memoria", insiste. Pocos tienen su autoridad para hablar de esta película. Es que en 2003, cuando falleció su mamá Lidia, abandonó la comodidad de su vida en España, pegó el portazo y se subió al primer avión que encontró. El destino estaba más que claro.

"Esto es una movilización barrial, es un movimiento continuo. Los que venimos atrás nos sentimos obligados. Yo no sé si tenía ganas de esto, pero es una misión que te toma y acá estamos; somos herederos de una épica barrial, no te podés hacer el boludo. Hay otras gratificaciones que van más allá de lo económico", resume quien hoy le da de comer pizzas a buena parte de la ciudad, desde donde más de medio siglo partían los trenes.

La mística de los precursores de la nueva fisonomía del barrio va pasando de generación en generación.

Algo que destacan quienes conforman la comisión directiva del centro cultural es que los aportes estatales sólo se cuentan con los dedos de una mano, a lo largo de estas últimas décadas. "Este lugar estuvo abandonado, fue recuperado por los vecinos y muchas veces quiso ser cooptado por la política. Nosotros tenemos esa bandera de la recuperación y no lo podemos permitir, sea el partido que sea", remarca Martín. "Acá hay militancia, hay honestidad, somos muy cuidadosos. Las asambleas, a la hora de responder si hay una cuestión en la que tenemos que agazaparnos porque creemos que corre riesgo cierta circunstancia, siempre funcionan: ahí aparecen todos y estamos brazo con brazo; el barrio está muy organizado. Si te ven desconcentrado, la política te lleva puesto, cualquiera sea el color", agrega.

La celebración del carnaval se convirtió en un clásico de la ciudad

Todo lo que produjo el Centro Cultural Estación Provincial desde su creación fue hermoso para el barrio de Meridiano V. Año a año le devolvió el color, y la película ya no fue más muda: el ruido sobre el empedrado fue ensordecedor. En 1995 el Grupo “La Grieta” hizo la primera muestra ambulante con galerías y museos, de la mano de los comercios de la zona; el Club Meridiano V comenzó a tender lazos y se fortaleció la biblioteca popular "Enrique Gonino"; en la esquina de 13 y 71 nació en 1996 el Viejo Almacén el Obrero y en 2000 el bar Ciudad Vieja; en 2008 y tras varias gestiones se creó el proyecto "Circuito Cultural Meridiano V", un trabajo conjunto con varios actores; y el impulso de los vecinos transformó los días y las noches de un lugar que había estado abandonado en un polo artístico y cultural de lujo. Luego se sumaron el grupo de Teatro Comunitario “Los Okupas del Andén”, el Galpón de las Artes en 13 y 71, “Prisma Espacio Creativo” en 18 entre 70 y 71, Loco Ponte, Ciudad de Gatos, La Biblioteca “Del otro lado del árbol” en parque Saavedra, y varios emprendimientos privados gastronómicos que ofrecen todas las semanas sus propuestas.

La fisonomía del barrio mutó para siempre y desde hace más de una década, los platenses saben que cada fin de semana tienen algo para hacer en este lugar mágico, porque siempre hay espectáculos, muestras artísticas, talleres, ferias y festivales.

"Cambiamos el barrio; a lo mejor no tengo la dimensión de lo que hemos logrado", dice Beatriz. "Nosotros no imaginábamos todo esto, ojalá nunca se acabe", agrega Abel. Ambos miran hacia atrás y sonríen con la satisfacción del trabajo bien hecho.

Y tal vez lo más valioso es que su legado fue recogido con honor por quienes vinieron después. Y tampoco hay dudas de que la mística de Meridiano V hará que sus hijos y nietos continúen la misión.

Martín Díaz lo tiene claro: "En cada situación traumática nosotros hacemos un acto de resiliencia. Y eso volvió a pasar con el encierro por la pandemia. Nacimos con el cierre del ferrocarril, nos potenciamos con el 2001; y ahora nos hacemos más fuertes. Esto es una causa de vida, algo que heredé y estoy muy orgulloso; siempre quiero estar a la altura de esa circunstancia que es única en el planeta. Yo no sé cuántas instituciones tienen una central ferroviaria para administrar como centro cultural, no existe, la tenemos nosotros acá. Esto es una militancia de vida que no encuentro en ningún otro ámbito: ni la política, ni otros valores, ni los colores. No encontré una causa más genuina que esta. Me siento muy orgulloso y muy agradecido".

Este domingo 1 de mayo los vecinos van a celebrar una vez más todo su trabajo. Desde las 14 estará habilitado el Museo Ferroviario y en el playón, junto a la tradicional feria de emprendimientos de artesanías y diseño, habrá una muestra de autos antiguos del Museo Rau del Automóvil. La jornada también tendrá música con Le Big Bend orquesta de vientos; humor con Doctor Cerebro; clases abiertas de baile con Swing Out Studio; más música con Papas Shake Big Band y un cierre a todo ritmo con La Minga, cuerda de tambores, entre otras actividades.