lunes 04 de mayo de 2026

Diana Masini, la atleta paralímpica platense que conquistó el Oro en 1972

Tenía seis meses cuando tuvo poliomielitis. Entrenaba en el Club Platense y a los 19 años fue la primera atleta platense en competir en los Juegos Paralímpicos.

Diana Masini abre la caja de recuerdos y entre recortes amarillentos de diarios y revistas asoma la medalla dorada. “Heidelberg 1972. XXI Internationale Stoke Mandevillespiele”, lee y suspira. Pasaron casi cincuenta años del día en que, junto a sus compañeras del equipo argentino de Básquetbol en silla de ruedas, recibió, llena de orgullo, aquel premio en Alemania. 

Ahora la memoria se le vuelve un tanto escurridiza. Ya no se acuerda de muchos de los detalles del certamen y ni siquiera logra retener el resultado de la reñida final con Jamaica que las coronó campeonas. En cambio, recuerda vívidamente la agilidad y la entrega de las integrantes de aquel plantel y, también, los nervios que las invadían por la responsabilidad que implicaba para ellas representar al país en un los Juegos Paralímpicos de Verano disputados en Heidelberg, Alemania.

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Diana, que hoy es médica y vive en Neuquén, tenía tan sólo 19 años y, pese a haberse sometido a múltiples operaciones, las secuelas de la poliomielitis que sufrió a pocos meses de nacer le impedían caminar sin la ayuda de una ortesis. Desde los nueve años empezó a incursionar en los deportes. Practicó atletismo, natación, esgrima y básquet, como parte de un tratamiento para mejorar su movilidad. A los 11 ya intervenía en torneos regionales y nacionales. Por entonces dedicaba cuatro horas diarias a entrenar duramente.

RUMBO AL ORO

En realidad, el deporte de Diana era otro: se había clasificado para natación y carrera en silla de ruedas. En las pruebas realizadas en las instalaciones porteñas de la Asociación Cooperadora Instituto del Lisiado (ACIR) se había destacado especialmente en la pileta en los estilos crol (su tiempo fue de 1 minuto y 52 segundos los 100 metros) y espalda (2 minutos 14 segundos los 100 metros). 

Si bien Diana practicaba básquet en el Club Platense -donde como no había equipo de mujeres jugaba con los varones y entrenaba tres veces por semana-, no la habían fichado para ese deporte. Pero, cuando los entrenadores del equipo paralímpico vieron la seguridad con la que picaba la pelota le propusieron sumarse al equipo femenino de baloncesto. No le sorprendió la decisión; era común que en los planteles paralímpicos de los países latinoamericanos los atletas participaran en múltiples disciplinas.

Así y todo no fue fácil llegar a Alemania. Si bien el costo del pasaje estaba cubierto era necesario reunir dinero para poder, entre otras cosas, contar con una silla de ruedas con un diseño especial para competir: tienen el respaldo bajo y gomas más gruesas que las comunes. 

Mucha gente conocida ayudó. Diana recuerda que en el club juntaban diarios viejos y cartones que vendían por su peso en una papelera. A último momento, casi cuando ya nadie lo esperaba, el comisionado del gobierno militar Franco Icazatti que estaba al frente de la intendencia, decidió donar la silla deportiva a la atleta platense. También recibió ayuda oficial del área educativa del gobierno bonaerense para solventar la contratación de un entrenador.

Era la primera atleta discapacitada platense en participar en los juegos fundados en Inglaterra en 1960 por el médico Ludwig Guttman, director de un centro especializado en el tratamiento de lesiones medulares que trató muchos soldados heridos en la Segunda Guerra Mundial. Como no podía verlos postrados empezó a movilizarlos para evitar las escaras que se producían en el cuerpo por el contacto con las camas. En 1948 Guttman organizó los primeros torneos nacionales en Gran Bretaña. Fue el germen que derivó en los paralímpicos que este año comenzarán el próximo martes 24 de agosto en Tokio. 

Los Juegos en Heidelberg se disputaron entre el 2 y el 9 de agosto del 72. Hasta allí llegaron alrededor de mil deportistas de 44 países. La delegación argentina se presentó en cuatro deportes con 21 deportistas de los cuales nueve eran mujeres, y ocho de ellas integraban el plantel femenino de básquet. Además de la jugadora platense formaron parte de aquella triunfante escuadra nacional: Cristina Benedetti, Liliana Chiaradía, Beatriz Dávila, Graciela Di Simone, Graciela Puy, Silvia Tedesco y Noemí Tortul.

En la competencia de baloncesto participaron siete países: Argentina, Canadá, Gran Bretaña, Israel, Jamaica, República Federal Alemana y Yugoslavia. En la etapa clasificatoria del torneo, el equipo albiceleste obtuvo el primer puesto en el Grupo B. Las chicas le ganaron primero a Jamaica 25-24 y luego apabullaron a Gran Bretaña 47-8. En la semifinal vencieron a Alemania por 30-22 y en la final tuvieron que volver a enfrentar a Jamaica. Al igual que en el primer partido, el juego se hizo muy parejo pero la victoria fue nuevamente para la Argentina; esta vez por 25-22.

El equipo argentino tenía grandes jugadoras que supieron sobrellevar la diferencia física respecto de las europeas pero también la desventaja que implicaba tener sillas menos preparadas tecnológicamente.

“Las alemanas tenían un físico increíble y estaban muy preparadas porque ese país, por ejemplo, tenía la suerte de mandar un atleta para cada disciplina: uno que hiciera atletismo, otro natación, y acá mandamos una que hiciera las tres cosas”, se ríe Diana, en el recuerdo. No obstante, contra Alemania y Gran Bretaña, el equipo argentino ganó con facilidad. La final contra Jamaica estuvo peleada. La clave del triunfo fue saber cómo jugarle. Y esto gracias a que varias de las jugadoras argentinas que venían de Rosario, ya conocían al team jamaiquino porque lo habían enfrentado en los Parapanamericanos del año anterior.

“En nuestro equipo había jugadoras excelentes, con mucha agilidad”, asegura Diana, aunque reconoce que algunas tenían un poco de miedo frente a la superioridad física de las rivales. Y agrega: “Yo les decía que estuvieran tranquilas porque las sillas solas no ganan un partido sino que lo ganamos las que estamos arriba del asiento”. 

La rosarina Graciela Di Simone fue elegida como la mejor del certamen y la tradicional revista especializada Rebote.Todo Básquetbol puso al básquet femenino en silla de ruedas por primera vez en una tapa con una foto de Graciela tirando al aro en la final contra Jamaica. En la imagen también aparecen Silvia Tedesco y Liliana Chiaradía que observan expectantes. Todas guardaron aquella publicación y la desempolvan emocionadas cada vez que alguien les pide que cuenten algo de aquella hazaña.

Entre el entusiasmo del viaje a Europa y su participación en los paralímpicos Diana vivió aquellos días con gran intensidad. Su paso por la Villa Olímpica fue un momento único en la vida. “Realmente es como estar en un mundo ideal: sos joven y estás en la gloria, parece que estás tocando el cielo con las manos aunque después pase lo que pase. Porque si bien es cierto que lo importante es competir, yo sentía una presión por ganar, por tener éxito. Era la primera atleta que iba de La Plata y eso me pesaba”, cuenta Diana que en aquella experiencia entabló vínculos entrañables que aún perduran.

Fue entonces que nació la amistad con su compañera Silvia Tedesco. “Teníamos muchas afinidades: éramos universitarias, a ella le interesaba la lectura y a mí la medicina”, dice Silvia, que ahora es filóloga y entonces representaba a un club porteño. Si bien se conocían de antes por haberse enfrentado en sus respectivos equipos, en aquella instancia se volvieron inseparables y tras los juegos decidieron recorrer juntas buena parte de Italia.

Un tiempo más tarde Silvia se fue a vivir a España y siguió compitiendo en básquet y otros deportes para Argentina. Ahora está abocada a escribir un libro sobre los Juegos Paralímpicos.

MUDANZAS Y OPERACIONES

Diana Cristina Masini nació el 27 de junio de 1953. Cuando tenía seis meses los médicos le informaron a su madre que tenía poliomielitis, una enfermedad provocada por un virus llamado polio, que se transmitía de persona a persona, mediante el agua o a través de alimentos contaminados y podía, en muy poco tiempo, producir parálisis severas y hasta llegar a la muerte. La poliomielitis afectaba especialmente a niños pequeños y en Argentina se transformó en una epidemia justamente a partir de la década de 1950.

Cada verano, desde muy pequeña, Diana era llevada al quirófano para intentar que pudiera caminar sin la ortesis, el aparato metálico que modelaba el movimiento de su pierna. “Me operaron muchas veces para poder quitármelo. Con los años usé tanto la pierna que se me descolocó por completo la rodilla. Había que alinearla permanentemente. Un bajón cuando me tenía que volver a poner el aparato, pero me permitía andar”, dice. 

“Pasaron muchas etapas. Recuerdo imágenes cuando era chiquita ir caminando y tener el aparato a la vista, que como tiene fierritos por ahí la gente te miraba extrañada. Después, con el tiempo, aprendí a no darle bolilla a esas miradas”, relata. 

Diana vivió en muchos lugares. Su papá era marino y cada nuevo destino significaba, también, una nueva mudanza. De La Plata a Ushuaia y de ahí a Martínez para volver a La Plata. Eso implicaba permanentes cambios de colegios además de una gran dificultad para consolidar amistades. Siempre recuerda que cuarto grado cursó con un régimen domiciliario. 

Cursó el secundario en el Liceo Víctor Mercante. Fue en la época en que comenzó a jugar al básquet. Entrenaba en el Club Platense y, como no había equipo de mujeres, jugaban mixto con los varones. Cada tanto competían en la ciudad e incluso viajaban al interior del país.

Siempre mantuvo el vínculo con el básquet a través de su novio Santiago San Martín, que también había sufrido polio y le gustaba tanto el deporte que hasta llegó a entrenar a los juveniles del Club Platense que jugaban al básquet convencional.

Santiago y Diana se habían conocido en las sesiones de rehabilitación de Asociación Pro Rehabilitación Infantil La Plata  (APRILP), en Plaza Italia, donde los atendían kinesiólogos y traumatólogos que les recomendaban natación como parte del tratamiento, para fortalecer los músculos. Entre ejercicio y ejercicio, empezó el romance.

Un día a alguien se le ocurrió improvisar un aro con un cesto de basura desfondado y llevar una pelota y ahí mismo empezaron a tirar. Después salieron a buscar un club que tuviera cancha y les permitiera usar las instalaciones. Allí tuvieron como entrenador a Néstor Pieroni, un ícono del básquet local. Entre los jugadores de aquella época estaban Noemí Meynardi, Nilda Santamaría, Guillermo Baci y Alberto Villalba. Pieroni recuerda a aquellos pupilos con nostalgia y destaca, sobre todo, su esfuerzo y entereza. En un armario de su casa conserva los recortes de cuando Diana viajó a Alemania. 

EL BÁSQUET Y EL AMOR

Cuando se decidió a estudiar Medicina Diana vivía con su mamá en la que fuera la casa de su abuelo en 43 y 122, en el barrio El Dique. Entre 1971 y 1980 cursó en la facultad de la UNLP en el Bosque platense. En esos años murió su mamá. Su papá, ya desde terminada la primaria, había empezado a hacerse invisible. 

En 1977 Diana y Santiago se casaron. No tenían dinero para una fiesta, entonces la madre de la novia decidió organizar un brindis en su casa para después de la ceremonia civil y de la iglesia. Pero justo ese mismo día jugaba al básquet el equipo que Santiago entrenaba. “Y nosotros nos rajamos de ahí. ´Ya venimos´, dijimos, y nos fuimos al partido. Nos habían organizado un brindis y no estábamos”, sostiene Diana; y acota, risueñamente: “Siempre el básquet fue muy emblemático en la familia”.

Santiago y Diana tuvieron cuatro hijos: tres mujeres y un varón; y en 1988 decidieron irse a vivir a Neuquén. Buscaban vivir más tranquilos. Santiago, que trabajaba en una agencia de seguros estaba muy agotado. Fue Diana la que tomó la decisión de mudarse y también la que, desde su perfil profesional, la medicina laboral, diagnosticó el cuadro de su marido.

“Me enfoqué en la medicina laboral porque era una necesidad de la empresa donde trabajaba Santiago y me terminó gustando. Fui al segundo posgrado en Neuquén cuando todavía no existía como especialidad”, explica. La secuela de polio en su pierna no le impidió ocuparse de las personas que sufrían accidentes laborales. Hoy reconoce que, quizás, si hubiera cuidado mejor su pierna estaría en mejores condiciones.

Diana es una caja de sorpresas. Apenas mudada a Neuquén empezó a tomar clases de flauta traversa en la escuela de música y se incorporó al coro de adultos de la provincia. Recuerda que cuando vivía en La Plata asistió a un acto para consagrar un consultorio a la Virgen María. Durante la ceremonia, quedó embelesada con el sonido de una flauta. 

En 2005 fue reconocida junto al resto del equipo de básquet femenino, como Maestra del Deporte, un título reservado a los atletas que representaron al país en una competencia internacional, por el que reciben una pensión graciable. Sólo entonces logró tener su propio instrumento adquirido con el dinero de ese beneficio. Dos años después, cuando ya formaba parte de un ensamble musical, la invitaron a formar parte de la Neuquén Jazz Band, integrada por cuarenta músicos, que la llevó a tocar en diversos eventos regionales. 

En su caja de recuerdos Diana guarda una mezcla de toda su vida: el deporte, la medicina, la música, sus hijos y su amor por Santiago, que falleció hace cinco años. Ahí vuelve a poner ahora la presea dorada que ganó en los paralímpicos del 72, tan lejos, tan cerca. 

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