Pícaro como todo cordobés, era un sabio del fútbol y de la vida. Daba gusto verlo entrenar, preparar a sus jugadores y a su equipo. Sus charlas eran todo un aprendizaje. Y mucho más las que no eran públicas. Había que estar muy atento a cada palabra porque era muy vivo para decir lo que quería decir, para tirar el mensaje deseado en el momento justo. Generaba complicidad en sus muchachos y en los periodistas (pocos en esa época) que compartíamos el día a día de su obra.
La noticia de su partida me generó una enorme tristeza, aunque uno sabía que podía llegar en cualquier momento. Pero siempre nos aferramos (equivocadamente) a que los buenos tienen que quedarse por acá, porque son necesarios.
Tuve la suerte de tratarlo y de tener la chance de hacerle infinidad de notas. Y en cada charla uno se iba lleno y feliz. Nos dejaba cosas para analizar y sabíamos que sus palabras iban a tener repercusión.
A Timo le gustaba el día a día y por eso cuando se hablaba de alguna chance de selecciones juveniles respondía “no me interesa, yo soy para trabajar en un club”. O la hora de incorporar jugadores que decía “quiero uno bueno, que me mejore, no un pirincho”.
No le importaba dirigirse a la gente y hacerla enojar, como cuando declaró “no quiero hinchas que no miran el partido cuando al equipo lo atacan, no podemos ser cagones”. Y después venía la caricia: “El domingo necesitamos 10 mil hinchas”. Y la gente le respondía.

Siempre se las ingeniaba para mejorar a sus jugadores. Dos ejemplos contundentes fueron el Pampa Sosa y el Guly, resistidos por la gente y que terminaron transferidos por millones. Por las enseñanzas del Viejo maestro triunfaron en Europa. Hoy se dice 'qué bueno es Guardiola'. Y claro que lo es, porque es exitoso con el City, como lo fue con el Barcelona y jugando distinto.
Griguol también tuvo la capacidad de armar buenos equipos, que pelearon campeonatos, que coquetearon con la gloria pero por esas cosas del destino no pudieron consagrarse campeones. Y por eso no dejó de ser reconocido. Con el Lobo armó tres equipos diferentes en el 95, 96 y 98, y los tres despertaron emociones.
Claro que el del 96 fue superior a todos. Fue una maravilla, era el deleite de fútbol, un lujo. El mejor equipo que me tocó ver de Gimnasia. Y lo tildaban de técnico defensivo... ¡por favor!. Sólo le faltó “ocote”, como decía Timo.

No hay jugador que no hable bien de él, no hay un solo periodista, de los que tuvimos la suerte de tratarlo y de aprender, al que no le quede el mejor de los recuerdos. En Gimnasia hizo escuela, aunque muchos decidieron no continuarla por más que se llenen la boca. Fue el mejor entrenador de la historia del Lobo le pese a quien le pese.
Gracias Timo por tanto. Allá en el cielo ya estará hablando del fobal con tantos otros que el “Barba” se llevó. Lo vamos a extrañar.