Allá por el 2006, el Cholo Simeone llamó a los hinchas de Estudiantes a la hazaña para llegar a la finalísima con Boca. Pero no los invitó a todos: “El que venga tiene que creer. El que tenga alguna duda que se quede en la casa”. Y con el Brujo Manuel la cosa siempre fue muy parecida. Creer o reventar. Pero todos, absolutamente todos los hinchas, lo vieron en acción. Partidos imposibles. Goles en el último minuto. Esa sensación de que algo, de pronto, podía llegar a pasar.
La relación entre Manuel Valdez y el club se terminó de consolidar en el 2009 cuando el ahora vice Pincha, Juan Sebastián Verón, fue definitivamente en busca del Brujo (apodo que en realidad a él nunca le terminó de cerrar). “Era un curandero. Nada más. Y tenía una inquietud permanente por ayudar a quienes se le acercaban con problemas”, recuerdan sus allegados.
El final de la historia en ese año lo conocen todos: cuarta Copa Libertadores de América para La Plata. Pero a esa misma copa terminó entrando -como se dice- “por la ventana”. Casi con un milagro. O un hechizo.
4 de febrero. Esa noche el Estadio Único explotó de punta a punta, en uno de los palcos estuvieron Bilardo y Maradona y la hinchada gritó “Diegooo, Diegooo”. El partido fue duro y cuando se le escapaba la clasificación llegó el gol de Lentini. Fue a los 32 del segundo tiempo, pero parecía como si se estuviera jugando el descuento.
Lo cierto es que el hombre terminó acompañando de punta a punta a ese equipo que conquistó el continente. Y con el correr de los años se fue metiendo en el corazón de todos. “Está bien, juegan los jugadores, está el DT, todo bien… ¿pero vino el Brujo, no?”. La frase se escuchaba domingo a domingo. Si no la decía un hincha la decía el otro. Es que si a Manuel no se lo veía ahí abajo, al costado del banco de suplentes, la historia ya arrancaba mal.
El curandero siempre estuvo cerca de Estudiantes, incluso en este último torneo. Pero entre las restricciones y los protocolos por la pandemia de coronavirus las cámaras no llegaron a captarlo. Miraba los partidos desde una de las cabinas de prensa y antes de que terminaran bajaba a la platea de 115.
“Brujo no soy, nací así, no lo elegí. Rezo por dentro y hago mis cosas cuando están jugando. Yo ayudo, ellos hacen los goles. Trabajo con energía, no con animales o velas, nada de eso”, había explicado una vez Manuel.
EL ÚLTIMO HECHIZO
Su última gran función fue ante River en UNO. Esa noche, en el debut oficial de Ricardo Zielinski, el Brujo apareció de golpe después de que se cumplieran los 45 minutos del segundo tiempo. “¿Cuánto adicionó?”, preguntó. “5 minutos, pero ya termina”, le respondieron.
Él no dijo más nada y arrancó a hacer nudos con el cordón que llevaba en sus manos. Vaya uno a saber qué significaban. O qué efecto podrían llegar a surtir en el desempeño de los jugadores de Estudiantes. Pero ahí mismo, los que lo estaban viendo, sintieron que todo podía llegar a terminar bien.
Minuto 95 y un par de segundos. Tiro libre para el Pincha. La pelota la agarra Mauro Díaz y la mete en el corazón del área de River. Noguera salta por detrás, cabecea y gol. El Brujo lo grita. “Jugamos bien”, dice Manuel antes de irse. Dicen que las brujas no existen, pero que las hay las hay.