La reapertura de Cine en la UNLP: una historia de coraje, memoria y amor | 0221
La reapertura de Cine en la UNLP: una historia de coraje, memoria y amor

La reapertura de Cine en la UNLP: una historia de coraje, memoria y amor

Cerrada por los militares, la carrera de Cine de la UNLP fue reabierta en 1993. Recuerdos y testimonios de una lucha que recibió el apoyo de la sociedad.

Es una mañana de septiembre de 2021. Carlos “Chino” Vallina , sentado en el estudio de su casa, rodeado de libros, computadoras y carpetas, lee en voz alta un informe que le entrega la Comisión Provincial de la Memoria (CPM).

-En el folio 44, bajo la portada " Activismo cultural de grupos artísticos en La Plata ", fuimos fichados por quienes luchaban por la reapertura de la escuela de cine -, dice.

Se trata de documentos de la Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA) que funcionó hasta 1998 y que hoy se encuentran en el expediente bajo la custodia del CPM, donde en este caso arroja luz sobre la vigilancia, el espionaje y la persecución sobre las luchas sociales, políticas y culturales incluso después de la dictadura militar. "Debe haber habido algún espía policial infiltrándose en nosotros", dice Vallina, profesor emérito de la Universidad Naconal de La Plata y uno de los líderes del grupo que revivió la lucha por recuperar la carrera cinematográfica después de que, en 1978, los militares ordenaran su cierre.

“A partir de octubre de 1983 y coincidiendo con el advenimiento de la democracia, se observa un aumento considerable de la actividad de sectores vinculados al trabajo cinematográfico y teatral independiente de la ciudad de La Plata. Así, para esa fecha y considerando favorable la circunstancia política ocurrida, se conforma la denominada " Coordinadora Pro Reapertura de la Escuela de Cinematografía de La Plata ", reza el extenso informe de inteligencia que Vallina tiene en sus manos.

Como señala el documento confeccionado por los espías, la iniciativa comprendía cuatro ejes definidos por los miembros de la Coordinadora: reapertura inmediata del Departamento de Cinematografía en la Facultad de Bellas artes, reincorporación de docentes cesanteados a partir de 1974, recuperación del espacio edilicio y restitución de la planta jerárquica de 1974. Los sabuesos advertían sobre una “fluida interrelación de militantes de partidos y organizaciones de izquierda”, entre los que nombra, en relación a los movimientos específicamente ligados al cine, a “Praxis Audiovisual”, “Taller de Video y Cine de Paso Reducido” y “Televideo Producciones”. 

Carlos Vallina, que integró cada uno de esos espacios, vuelve a leer el informe ahora en su casa y aún se asombra.

"Lo primero que hay que destacar es que la policía tenía muy buen conocimiento de nuestras luchas -dice-. Existe una minucia que refleja perfectamente el estado de situación, donde nosotros estábamos en plena agitación tanto en la calle como en los espacios que se nos permitían para que la sociedad acompañara nuestro reclamo de reabrir la carrera". 

Entre los lazos con otras organizaciones, se destaca un hecho en particular: “A manera de ejemplo merece destacarse, en el aspecto audiovisual, el apoyo dado a la primera Muestra del Niño Desaparecido y Nacido en Cautiverio, instrumentada por el grupo Abuelas de Plaza de Mayo en el Pasaje Dardo Rocha durante los días 13, 14 y 15 de diciembre de 1984”, se escribe en el informe de inteligencia de la DIPPBA, que en los albores democráticos no cesaba de movilizar su aparato de persecución y asedio. 

EL PROCESO DE CIERRE  

Pero el proceso que derivó en el cierre de la carrera de Cine había pasado por varias etapas, aún antes del golpe militar. En 1974, ya con Isabel Martínez de Perón en el poder, se decretó la “intervención” del Departamento de Cinematografía de la Facultad de Bellas Artes. Se producía, así, “el primer ataque objetivo a la carrera y a partir de allí se producen cesantías masivas, persecuciones diversas e inhibiciones”, dice Romina Massari, docente e investigadora, en el texto “El motor sincrónico. La carrera de Cine y la acción de la reapertura” publicado en la revista Arte y Libertad.

En 1976 la carrera fue declarada en “extinción” -un eufemismo usado para su desaparición lisa y llana del ámbito universitario- y al año siguiente no se permitieron las inscripciones de alumnos al primer año. Los fundamentos de la dictadura militar fueron que Cine era una carrera cara, que había una estructura académica y administrativa deficiente y que no se contaban con los recursos para tener los “medios indispensables para su desarrollo”. En realidad, como ya lo sabían los estudiantes, toda actividad artística estaba siendo reprimida y cercenada en sus libertades y esos fueron tan sólo los pretextos burocráticos. Finalmente, sobrevino el golpe final: el 31 de julio de 1978 se cerró definitivamente la carrera. “Los últimos años, plenos de compromiso político e ideológico, fueron vividos entre permanentes saqueos y desapariciones, donde participantes del Departamento de Cine fueron perseguidos y desaparecidos”, explica Massari.

La Escuela de Cine de La Plata, creada en 1955 por Cándido Moneo Sanz, había sido pionera en Latinoamérica. Allí, a lo largo del tiempo, se formaron grandes realizadores y realizadoras, técnicos, docentes y escritores que nutrieron el Cine Argentino a lo largo de su historia y que aún siguen vigentes: Marcelo Piñeyro, Carlos Sorín, Clara Zappettini, Alejandro Malowicki, Alberto Yaccelini y Raymundo Gleyzer, uno de los pilares de documental político en Argentina y Latinoamérica.

En 1973, durante la presidencia de Héctor Cámpora, se había dado un salto de prestigio y masividad: la vieja Escuela de Cine se convirtió en facultad y su matrícula se potenció con la llegada de nuevos profesores y estudiantes de todo el país. “Siempre proyectábamos La hora de los hornos. Y después fuimos incorporando otro material, por ejemplo: Operación Masacre o México, la revolución congelada de Gleyzer,. Así, llegó un momento en que se planteó la necesidad de que nosotros mismos tendríamos que producir nuestro propio material fílmico”, rememora Adán Huck, estudiante de la facultad de Cine de La Plata en aquella época y uno de los testimonios del reciente libro Huellas e historias del cine platense (1955-1978), compilado por el Movimiento Audiovisual Platense (MAP).

A la hora de filmar, todo parecía posible: los rodajes se hacían desde la autogestión y con colaboración colectiva; se conseguían locaciones a pulmón, se juntaban fondos de manera creativa y se aprendía a usar equipamiento técnico para terminar procesos creativos. El espíritu grupal parecía contener cualquier singularidad. No había manera de concebir la carrera ni esperar las materias de realización sin antes agarrar la cámara y salir a la calle: en ese gesto radicaba una voluntad tan política como social. El cine como herramienta para generar conciencia, artefacto de lucha política, de denuncia social y a la vez de pensamiento y forma estética era la tendencia que predominaba entre los estudiantes. En los ´70, La Plata era un hervidero político; sus facultades, una cuna de la militancia. Y la concepción sartreana del artista comprometido, en efecto, circulaba por los pasillos tanto como los panfletos, las asambleas y los debates intelectuales que fluían febrilmente entre la academia y calle.

Esa efervescencia política se apagó de un plumazo en los años más oscuros de la historia argentina. Y cuando los verdugos esperaban el silencio, el olvido y la apatía, la respuesta, sin embargo, concibió la gesta de una nueva épica: la reapertura de la carrera.

Luego del cierre de la facultad por los militares y la posterior vuelta a la democracia en 1983, un grupo compuesto por estudiantes y profesores empezó a contactarse como caldo de cultivo de una lucha que duró más de diez años para recuperar el espacio académico. Las aulas se abrieron tardíamente: 1993  fue el año de la resurrección. El rescate de la memoria, en rigor, había sido una tarea primordial desde el cierre de la carrera en manos de los militares, en 1978. Vallina evoca ese proceso: “Ya en esos años, entre el ´78 y el ´83, empezamos a juntarnos para agitar tareas políticas y culturales. Tenía un kiosko-librería que se llamaba Casablanca y ahí hacíamos reuniones. Allí surgió la semilla de la Coordinadora Pro Reapertura de la Escuela de Cinematografía de La Plata, que convocaba también a militantes que querían reabrir los centros de estudiantes, como el caso de Carlos Coppa en Bellas Artes”.

Por Casablanca pasaban otros profesores ligados a las ciencias sociales y las artes, como Guillermo Lombardía y José Luis de Diego, y entre ellos editaron la revista Talita, una de las publicaciones de debate intelectual más importantes de la ciudad. En ese período, incluso, hubo un momento que los protagonistas de la Coordinadora señalan como signo de apoyo fundante. Fue a partir de la convocatoria de un grupo de estudiantes avanzados de Arquitectura, que se habían acercado con el deseo de hacer un ciclo de cine para recaudar fondos. “La Plata era un desierto cultural, por la diáspora, exilio, muerte y prisión. Y entonces nos decidimos a proyectar películas de Polanski y Pasolini a fines del ´78 en el teatro Ópera, a sala llena. Y ahí dije, micrófono en mano, que nuestro objetivo principal era recuperar la carrera y todo el mundo expresó su apoyo con fervientes aplausos”, explica Vallina al referirse a la recepción social de sus reclamos.  

Roberto Badoza y Daniel Trincheri formaron parte de “Praxis Audiviosual” y también integraron la Coordinadora. “El día que me acerqué por primera vez vi en el auditorio de Bellas Artes una multitud en el salón de actos, con las Madres de Plaza de Mayo a un costado del escenario. Y eso me conmovió”, recuerda Trincheri en charla con este medio.

Para Badoza, las reuniones en el kiosco de Vallina fueron el germen de la militancia cultural, “donde había reuniones auspiciosas con proyectos sobre documentales como el que hicimos en Casa Cuna sobre menores abandonados, todo lo hacíamos ad honorem. También llegamos a filmar otro de lactancia materna para Unicef”.

La propuesta cultural de la Coordinadora, en efecto, era formarse como un grupo de cine, no solamente como un espacio de lucha política para reabrir la carrera. En la Facultad de Bellas Artes Badoza y Trincheri recuerdan que había buenos equipamientos, pero los “fierros” no siempre se compartían. Una de esas cámaras había sido donada por Alemania y se había usado para filmar al mismísimo Adolf Hitler. Los tachos y los materiales fílmicos estaban dispersos, cuando no habían sido devastados por la dictadura. Daniel Trincheri rememora que habían formado cuatro grupos en el Taller Experimental Audiovisual, el primer espacio que lograron armar dentro de Bellas Artes a partir de 1984. Allí filmaban cortos que registraban con cámaras Súper 8, y los mismos los promocionaban en los diarios. “Hacíamos proyecciones experimentales, casi surrealistas, donde venía gente que se sentaba y en la pantalla había un corto mudo, a propósito dejábamos como diez minutos de silencio a ver qué se les ocurría. Era una forma de hacer partícipe al espectador, y ahí nos dimos cuenta que había una avidez en la gente por participar de nuestra lucha. La reapertura fue un proceso arduo, con asambleas. Una pelea larga y dura que fue recompensada con la satisfacción de ver que mucha gente volvía a estudiar cine en democracia”.

QUINCE AÑOS DE LUCHA

De 1978 a 1993, entonces, la Coordinadora no cesó en sus actividades, en un proceso tan espinoso como intransigente. Ya en la reapertura de la carrera, allá por 1993, Carlos Vallina, como jefe de Departamento, le concedió al crítico Fernando Martín Peña una cátedra que se llamó Seminario de Mediateca. Allí se comenzó a recuperar el material fílmico de la vieja Escuela de Cine. Ese trabajo se transformó luego en un libro que se llamó “Creación, rescate y memoria”, escrito por Massari, Vallina y Peña y editado por EDULP en 2006. Fue uno de los primeros hitos en la recuperación oficial de una historia que se creía perdida. “Huelga decir que, hasta 1993, por todas nuestras tareas culturales y docentes no habíamos cobrado una renta, ni nada. Todo lo hacíamos por la labor militante, que nos atravesaba profundamente en la emoción y en la convicción política”, aclara el Chino.

Era 1983. Rosa Teichmann tenía 22 años y cursaba su último año de la Facultad de Letras cuando de pronto se interesó por el cine. "Empecé a ver qué movimiento cinematográfico había en La Plata, y un día fui a una proyección de unos cortos. Ahí conocí a Guillermo Kancepolsky, el compañero de toda mi vida, que me comentó que con otros compañeros iban a empezar un taller de cine en el Colegio de Arquitectos. Y que además tenían la idea de agitar la reapertura de la carrera. Ese fue mi primer acercamiento al grupo Praxis, donde estaban entre otros Vallina, Trincheri y Abelardo Martínez", cuenta, y se emociona contando el homenaje que se le hizo recientemente a Guillermo, fallecido hace dos meses.

Rosa empezó a participar en las reuniones de la Coordinadora, que pasaron del kiosko-librería de Carlos Valllina hacia los pasillos de la facultad, y en las cuales intervenían ex alumnos, ex docentes y simpatizantes, como en su caso. “Pasé mi juventud en dictadura donde no sabía qué había sido de la militancia ni de ninguna lucha política. Y en este entorno empiezo a vivir una verdadera militancia cultural, que era luchar por una causa justa y a al vez enfrentarnos al mundo del poder”.

El reclamo por la carrera, dice Rosa, se empalmó con la lucha por los derechos humanos. Se hicieron actos y manifestaciones masivas con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se organizaron charlas-debates, y en uno de ellos se proclamó  a la carrera como una “desaparecida más” de la democracia.

El aula 62 de la facultad era el espacio emblemático de reunión. Y se había centralizado una marcha todos los martes al Rectorado como principal reclamo. “Pensábamos que con el apoyo de la sociedad íbamos a conseguir que las autoridades nos escucharan. Creíamos que la facultad era una desaparecida y encontramos un eco impensado en la gente”, rememora Rosa, y cuenta que semanalmente hacían panfletos, volantes y ciclos de cine en el salón de actos de Bellas Artes. “Me encargué varias veces de traer las latas de 16 mm que alquilábamos en Capital Federal, cuando no nos las prestaban el Instituto Goethe o la Alianza Francesa”, dice.

Las negociaciones con las autoridades del Rectorado avanzaron y se permitió una primera instancia: crear un espacio de enseñanza desde la Coordinadora. Lo nombraron como Taller Experimental Audiovisual de la Universidad Nacional de La Plata y de la experiencia participaron aspirantes a cursar la carrera, ex docentes, ex alumnos y egresados. Como tal, el Taller ocupó un lugar fundamental: fue el paso previo a la reapertura. Pero la carrera no se abría: trabas burocráticas y administrativas dominaban la escena académica.

Para armar el plan de estudios se convocó al investigador y director de cine Octavio Gettino. Lo central era acomodarlo  al perfil comunicacional de aquellas épocas, fines de los ´80 y principios de los ´90. Fue entonces que llegó a La Plata una delegación de la incipiente carrera de San Antonio de los Baños en Cuba. Rosa se anotó y salió seleccionada para una beca: fue una de las primeras estudiantes en inaugurar la carrera. 

"Decidí quedarme medio año en Cuba porque sentí la necesidad de volver a dar la lucha en La plata -dice Teichmann-. Ya estaba recibida en Letras y me ofrecieron estar en el taller de la Coordinadora, donde estuve dos años. En el ´95, me convocan para dar la materia Guion III, y al año siguiente Guion II. En el 2000 me voy por razones políticas, y en el 2005 me presento a concurso en Guion I, donde sigo como titular con gran orgullo. No puedo separar mi trayectoria docente de mi lucha política”.

Fue una época, la de la reapertura de la carrera, que los participantes recuerdan con nostalgia, entusiasmo y alegría. “Eso lo veo un poco perdido en el presente. El compromiso profundo que no sólo involucraba movilizaciones y asambleas sino una adhesión a una idea artística. Hoy la revolución está en manos de las mujeres, y en aquella época en la Coordinadora éramos pocas. Era una época donde el cine dominaba nuestras vidas, cuando hoy hay un gusto por lo efímero y fácil y no por lo visceral”, resume Rosa.

Otros nombres de la Coordinadora están en la memoria de los protagonistas, como los de Ricardo Moretti, Daniel Morer, Pupa Negri, Jorge Falcone, Analía Seghezza y Quico García.  No pueden dejar de mencionar las marchas de los martes en la puerta del Rectorado que fueron creciendo en número y en adhesiones, y las mesas redondas que organizaban con presencias como las de Estela de Carlotto. El rector normalizador de la democracia en los primeros tiempos de Alfonsín, el ingeniero Raúl  Pessacq, los había recibido un par de veces. Allí les planteó que la carrera seguía siendo cara -el mismo argumento de la dictadura-. “Primero la caja pan y después, ustedes”, soltó, en una frase que les retumbó con malos modos. “Como si pensaran que el cine era un lujo, un exceso o un capricho elitista”, dice hoy Daniel Trincheri.

La reapertura, en rigor, se retrasó por las discusiones de los nuevos planes de Comunicación Social, donde también entraba la carrera de Cine. Una vez abierta las puertas, la matrícula fue creciendo paulatinamente en un plan de estudios que en un principio tuvo una fuerte carga pedagógica -matizada en el tiempo- y con un enfoque aggiornado a la época neoliberal donde predominaba la inserción laboral. Conformado el plan de estudios, el docente y cineasta Simón Feldman se lo presentó a Manuel Antín, por entonces director del INCAA, quien lo apoyó públicamente.

Vallina rescata que, años después, la carrera pudo recuperar un enfoque ya no tan "instrumental" y más ligado a la estética, la política y a la construcción del lenguaje cinematográfico, algo que, según su visión, se heredó de la generación del ´60-70. “En el informe de la DIPPBA está el tuétano de nuestros reclamos -concluye, volviendo sobre los documentos de inteligencia policial-. La carrera era una secuestrada y desaparecida de la democracia, pero no éramos cuerpo inhallable sino una institución culturalmente reivindicable. Y la universidad no podía seguir estando sin esa experiencia que había sido notablemente novedosa, porque la tradición universitaria platense siempre había sido la de asimilar la modernidad. La sociedad tuvo un amor por el retorno de la carrera de Cine, y salió a expresarlo públicamente porque no es cierto que en la dictadura todos se callaron. No sentíamos temor, nos entregamos con confianza y sacrificio. Y fue una verdadera lucha por la memoria, no un mero trámite burocrático o administrativo, una larga lucha que comprendió de reuniones, de articulaciones con otras organizaciones, de poner el cuerpo, de pasar películas prohibidas. Todo con un coraje cívico, una memoria crítica y un amor cultural por el cine”.