Cuando René Favaloro apretó el gatillo y terminó con su vida con un certero disparo al corazón, ejecutaba una decisión que venía meditando desde ya hacía un tiempo largo, inducido por la agobiante situación financiera de su Fundación y las dificultades que encontraba para trabajar en un contexto con niveles corrupción que nunca imaginó presenciar, según lo explicita él mismo en una de sus cartas de despedida. Pasaba el mediodía del 29 de julio de 2000 y el cardiocirujano argentino más famoso causaba con su dramática determinación un tembladeral con repercusiones en todo el mundo.
No era para menos. Aquel médico nacido el 12 de julio 1923 en un hogar de familia obrera asentada en un barrio todavía periférico de la joven ciudad de La Plata lo había conseguido todo en su actividad, desde que se convirtió en leyenda cuando entre 1967 y 1968 describió un protocolo para la realización del bypass cardíaco con el que salvó indirectamente la vida de millones de personas.
Apasionado en todo lo que encaraba, hincha de Gimnasia fanático y con una fuerte identidad en el barrio El Mondongo, su vida fue revisitada en profundidad en el libro "El gran operador", publicado recientemente por el periodista platense Pablo Morosi.
Una obra donde se descubren varios Favaloro. El hombre que nunca abandonó su forma de ser campechana; el personaje público que era conciente de lo que su figura representaba y el que supo coquetear con cualquier poder de turno; el médico capaz de hipotecar el futuro de su Fundación por atender gratis a quienes no podían pagar y el que perdió un puesto de trabajo cuando era un joven que no quiso adscribir al peronismo, el adolescente militante que fue preso por manifestar, el médico rural y el cirujano brillante; el hombre que a los 77 años proyectaba casarse con una mujer cuatro décadas más joven y el que a esa misma edad planificó dar por terminada su existencia.
Una cronología de su vida basada en los relatos familiares dirá que desde demasiado pequeño mostró su vocación por la medicina cuando acompañaba a uno de sus tío que era médico en sus visitas domiciliarias. También que el choque con la política y el mundo de las ideas se produjo cuando logró ingresar al Colegio Nacional, un mundo restringido por entonces para familias como las de él. El médico tendría palabras para esa institución hasta el instante final, cuando en una de las siete cartas de despedida que escribió recuerda que sus colaboradores más cercanos, "algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata", le aconsejaban incorporarse al sistema de "los retornos" que imponía la corrupción para salvar a la Fundación.
Su carrera en la facultad de Medicina, la residencia en el Policlínico San Martín y su negativa a firmar una adhesión al peronismo para conseguir su primer nombramiento como diplomado, marcaron para el célebre médico el inicio de una serie de desencuentros con su ciudad natal que terminarían configurando una especia de "amor no correspondido". Terminó trabajando en una sala sanitaria de Magdalena y poco después inicio su periplo de 12 año en Jacinto Arauz, el pueblo pampeano elegido por él mismo para que sean esparcidas su cenizas.
La Plata parece facturarle a su hijo pródigo su decisión de nunca afincarse en la ciudad desde su regreso con gloria en 1971. La Fundación tenía que estar en Buenos Aires y sus incursiones en centros sanitarios de la capital bonaerense nunca prosperaron. No tuvo mayores reconocimiento en vida. Tal vez a excepción de su querido Gimnasia y Esgrima, el club que siempre entre sus socios e hinchas predilectos.
Su estelar paso por la Cleveland Clinic, el centro médico desde donde proyecto sus protocolización del bypass, aparece con el punto de quiebre en vida. El hecho que lo convirtió en leyenda. Y que lo devolvió al país en 1971 como un héroe. El paso por el Santorio Güemes, la creación de su Fundación cuatro años después y la inauguración del edificio propio en 1992 son historias más conocidas, con cobertura mediática por el interés que generaba su sola presencia.
La última etapa está marcada por sus vínculos políticos. Desde su relación con los últimos dictadores a la presencia en las Islas Malvinas, en 1982, tras el desembarco argentino, o desde sus encuentros con Raúl Alfonsin, ya en democracia, hasta los últimos contactos con Fernando de La Rúa, cuando el desenlace fatal era inminente, pasando por los coqueteos con candidaturas junto a Carlos Menem y Eduardo Duhalde.
Favaloro tomó la decisión de suicidarse mucho antes de aquel 29 de julio. "Se dice se mató por la guita'; sí puede ser, pero hay más cosas. Él estaba viviendo un momento emocional que era una verdadera montaña rusa", dice Morosi, el autor de la última biografía. Y parte de esa tormenta está reflejada en su última carta, dirigida a sus "queridos familiares y amigos", la única que se hizo pública íntegramente, donde habla de un sistema corrupto al que no pudo derrotar y en el que incluye a la medicina.

"Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario, se castiga", dice en un tramo.
Y agrega: "Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz. Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Solo espero no se haga de este acto una comedia".
Y elige para él su definición preferida: "Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así".