Corre el año 1981. Dos misteriosos y elegantes hombres muy bien trajeados llaman a la puerta de una humilde vivienda en lo profundo de Los Hornos, a unos lejanos 7 kilómetros del casco urbano de la capital de la Provincia de Buenos Aires. Se asoma el dueño, desconfiado. "La pitón del zoológico rompió el vidrio, se escapó y no sabemos dónde está ¿usted sabe algo?". Sorprendido y muy medido en su respuesta, el dueño de casa les dice que no, pero que si siguen sus consejos la van a encontrar. El hombre es Domingo Armando Apud, un taxidermista que para ese entonces ya llevaba más de una década inmortalizando animales y hoy, medio siglo después, continúa viviendo en el mismo lugar de casi toda su vida, luego de llegar de su Villa Ocampo natal, allá en el norte de Santa Fe. Ya retirado de la profesión transmite su sabiduría dando clases en su pequeño taller rodeado de animales tan muertos y petrificados que impactan: un ñandú, un avestruz, pingüinos, víboras, ciervos, insectos y hasta un yacaré. Todos son sus compañeros eternos de una aventura única que no tiene precedentes en La Plata.
Apud tiene 72 años y hace 50 que se dedica a la taxidermia. O sea, diseca animales perfectamente conservados que aparentan estar vivos para siempre, con posturas y miradas que asustan. A todos los tiene en un galpón que antes fue un cómodo garaje destruido por fuertes lluvias y tormentas. Con el tiempo lo tuvo que ir achicando hasta llegar a lo que es hoy, un austero refugio que resguarda sus tesoros más preciados, todos colocados contra las paredes y sobre estantes improvisados que también almacenan distintos diplomas y frascos con líquidos que a simple vista parecen pociones mágicas de cuentos fantásticos.
Bajo siete llaves se encuentra este extraño cementerio que también conserva asombrosas historias. Historias que están destinadas a transformarse en un libro; la cuenta pendiente de este santafesino de origen árabe que disfruta de compartir su trayectoria y que cuando se descuida revela algunos de sus secretos. Solo algunos, porque al igual que el cocinero que esconde el toque especial de su receta, él también oculta las fórmulas químicas que prepara para conservar las pieles de los animales que trabaja. "Algunas me las reservo, por supuesto", dice en voz baja y guiñando un ojo.
Todo comenzó allá por la década del sesenta, cuando Domingo era un chico que se deslumbraba viendo a su padre atender su bazar y de vez en cuando matar a las cucarachas con un estilo peculiar, paralizándolas con bebidas alcohólicas como la caña o el anís turco. Esto, sumado a que creció naturalizando costumbres cotidianas de su "Chaco santafesino" -como él mismo define-, marcó su destino para siempre: "En mi casa prácticamente convivíamos con las víboras. Mi mamá levantaba un fuentón para lavar la ropa y aparecía una yarará o una boa; no podíamos levantar las piedras o los ladrillos porque era muy riesgoso y siempre había una serpiente coral o una yarará de la cruz", recuerda.

En 1971, ya alejado de su pueblo, estudió en el Instituto Superior de Taxidermia y Conservación de Buenos Aires y allí comenzó a formarse, rodeado de compañeros de todas partes del mundo. "Yo fui el único que se quedó acá en el país. Luego, un par de años después me convocaron para ser profesor en el instituto, que era el segundo en toda Latinoamérica", destaca con orgullo. Al mismo tiempo trabajaba y empezaba a darle forma a lo que hoy es un pequeño museo totalmente oculto en las afueras de La Plata y que solo es visitado por sus alumnos.
Alrededor de la mesa se sientan entre seis y ocho personas, a las que provee de todos los elementos químicos, como así también de los ojos artificiales que serán la frutilla del postre una vez terminado el trabajo. "Se comienza con un pescado chato y con escamas, como por ejemplo una corvina. Y tiene que estar completo y fresco", explica. Domingo remarca la palabra "fresco" estirando la letra e, mirando fijo a los ojos y dejando tres eternos segundos de silencio para que no queden dudas de que si el pescado no fue pez unos ratos antes, no sirve. "Además tienen que traer un bisturí con mango número 24, una pinza disección, un par de guantes descartables y una jeringa", agrega. El curso vale 8 mil pesos, consta de tres clases por semana que duran dos horas cada una y tiene un total de 18 encuentros. Se comienza con un pescado y "el que puede hacerlo va a estar en condiciones de hacer cualquier especie que exista en el mundo". Luego se ven mamíferos y por último, aves.
Un dato que remarca con insistencia es que para asistir a estas clases no hay que tener conocimientos previos. "Un niño de 10 años está en condiciones de aprender -con autorización de los padres, por supuesto-, bajo un control estricto mío", cierra. Semana tras semana él mismo reparte volantes en la Universidad Nacional de La Plata para promocionar y dar a conocer sus clases. "Yo enseñé a grandes y chicos; con el tiempo pasé a tener alumnos que cursaban y cursan en la UNLP, en las facultades de Ciencias Naturales, Agronomía, Veterinaria y en el Museo. Actualmente les dicto cursos particulares a alumnos de la Facultad de Agronomía en Buenos Aires, por ejemplo", destaca.

A esta altura de la charla Domingo ya está parado y enfatiza todas sus afirmaciones con un puntero de madera que maniobra con su mano derecha, pegándole al aire una y otra vez. En tono de docente explica que las tortugas de cuello largo que la gente tiene como mascotas en peceras sufren reiterados ataques de pánico porque necesitan también de la tierra y el sol; que siempre le atrajeron las artesanías y por eso construyó una guitarra, un bombo leguero y hasta un sombrero con chauchas; que nunca tuvo pesadillas al disecar un animal; y que no entiende por qué aún no hay catedráticos en taxidermia. "Yo he enviado cartas a la Facultad de Ciencias Naturales, de Veterinaria y más, y me han respondido que oportunamente me iban a informar, pero siempre quedó en la nada", se resigna.
"La taxidermia no es sacrificar animales, bajo ningún punto de vista. Llegamos a ellos cuando fallecen por muerte natural", aclara señalando al cornudo animal que observa en silencio la escena: es uno de los dos ciervos que están a un costado de la mesa y justo enfrente del primero de los dos ñandúes que lucen firmes y llenos de plumas. El del fondo es un emú australiano que llegó a sus manos en 1980 proveniente del zoológico y en estado de putrefacción total. "No sabían qué hacer con tantos animales que se morían", se lamenta. Al pariente lejano de los dinosaurios tuvo que abrirlo, hacerle una desinfección, un tratamiento de piel con curtidos internos, trabajos de conservación ósea, darle inyecciones químicas y un rellenado con fierros para que quede bien parado. Y acá está, firme, cuarenta años después.
Lo mismo con el yacaré que duerme la siesta sobre uno de los muebles de atrás. Es una cría que a fines de los ochenta tuvo el honor de que este taxidermista se lo encuentre al costado de una ruta correntina y en el marco de una sequía histórica: el animal estaba luchando moribundo con otros tres o cuatro mientras intentaban comerse unos a otros. "Se me dio por bajar, los separé y me traje este. Lo doblé, lo metí en la heladora, frené en una estación de servicio, le puse hielo y acá está", relata. Al lado del reptil hay un diminuto calamar, que para Domingo es uno de sus mayores logros: "Ese no lo hace nadie. Fue un boom cuando lo hice. El animal es pura agua y lleva un tratamiento muy sofisticado y de mucho control. Hay que controlarlo durante cincuenta días", grafica y continúa, apuntando con el señalador algunos centímetros más allá: "Varios pingüinos empetrolados llegaron a mis manos, se morían por la cantidad de petróleo que tenían. Este es un pingüino emperador del año 1969 y este otro es un pingüino pájaro bobo".

Entre su infancia santafesina conviviendo entre serpientes y su adultez platense como taxidermista profesional, Domingo fue navegante durante siete años en la flota de mar. "Aprendí mucho sobre la fauna y la flora de nuestro mar Argentino a fines de la década del sesenta. Estudiaba los fondos del mar", explica. Este también seguramente será un capítulo de su libro, en el que algunas páginas estarán dedicadas además a lo estrictamente instructivo para que todo aquel que lo desee pueda hacer un trabajo de taxidermia sobre un mosquito o un elefante, porque Apud -que trabajó con una tremenda cantidad de animales que no se anima a calcular- asegura que cualquier especie se puede eternizar. Pero claro, para un paquidermo "se necesita de un buen grupo de ayudantes y un piletón para poder sumergir la piel en una solución química", explica.
"La taxidermia se denomina el arte de embalsamar, pero hay una gran diferencia con el embalsamamiento. La taxidermia consiste en utilizar la piel y algunos huesos, mientras que el embalsamamiento se hace con todas sus vísceras y organismo dentro", diferencia, y como hablándole a un auditorio repleto, se explaya: "Cualquier animal se puede trabajar y además yo en mis clases también enseño a extraer el suero antiofídico, a capturar ejemplares, a embalsamar un ofidio, el preparado para la anatomía de los animales. Pero eso sí, yo me reservo mucho la fórmula que preparo. Puedo decir que el aldehído fórmico es uno de los primordiales, y aunque es un poco complicado conseguirlo actualmente, a mí normalmente me suelen vender en las droguerías porque ya soy conocido en el tema y tengo muchas referencias".

En los setenta trabajó provisoriamente en el museo del crimen de la Policía, con cera, y unos años después armó su propio instituto de taxidermia. Estaba en 49 entre 4 y 5, hasta que la Municipalidad se lo clausuró argumentando que los revoques de las paredes no eran los correctos: tenía que estar todo azulejado. A partir de ese momento dictó talleres en distintos centros de fomento, escuelas y bibliotecas de La Plata, Melchor Romero, Ensenada y Berisso, entre otras zonas.
Afuera de su galpón, en el patio de la casa, hay un perro saltarín revoloteando y un gato que lo secunda. Tal vez presientan que así como llegaron nunca podrán irse, porque quizás en un futuro pasen a formar parte de la fauna eterna del garaje, aunque en realidad Domingo no tiene predilección por trabajar sobre sus mascotas fallecidas. Solo una vez hizo un trabajo de taxidermia con uno de sus animales domésticos: fue un conejo, hace muchos años. Para él, su mascota es el emú del fondo. Además, hace casi dos décadas que está retirado de la práctica: los encargues los deriva exclusivamente a sus alumnos y ex alumnos, a los que selecciona con minuciosidad. Se despidió de la práctica con un chimpancé a pedido que le había llegado en estado de putrefacción.
Por último, asegura que tiene los conocimientos necesarios para practicar la taxidermia en seres humanos, aunque por supuesto este sería un mundo totalmente distinto: hay cuestiones legales y otros escollos que postergan la aventura.

Domingo va y viene en su viaje mental por los recuerdos de sus inicios y los capítulos que lo tienen como protagonista en distintas ciudades de nuestro país, configurando una trayectoria única en este ámbito y la región. "Me han presentado directamente como 'el hombre de la taxidermia'", dice sin vueltas, mostrando sus pergaminos. Antes de despedirse se toma un breve minuto para ir a buscar a su casa los volantes que promocionan sus clases, en donde figura su dirección de correo electrónico escrita a mano. Son los que lo contactan con sus futuros alumnos de la UNLP, a los que les enseña a eternizar todo tipo de bichos y los nutre con sus historias.
A la pitón la encontraron algunas semanas después, siguiendo al pie de la letra sus instrucciones. El reptil estaba arriba de un árbol a metros de 1 y 50. "Si rompió el vidrio y se escapó fue porque tenía hambre", les había dicho Apud a aquellos dos hombres muy bien trajeados que le tocaron timbre una mañana de 1981 para llevarle la inquietud. "No puede estar más lejos que 400 metros a la redonda del zoológico", les sugirió. Y así fue. Después de muerta hubiese sido un buen trofeo: cuidaría muy bien uno de los rincones de este taller de Los Hornos, ahí al lado del emú australiano, justo en el medio del pingüino del sur argentino y el yacaré correntino.