viernes 12 de diciembre de 2025

La primera beba de 2020 nació en La Plata y así vive en la cárcel junto a su mamá

Martina nació cuando apenas transcurrió un minuto del nuevo año. Su madre es una presa de la Unidad Penal 33. El 3 de enero fueron dadas de alta y volvieron al presidio. La mujer purga una condena de 11 años de prisión por “robo agravado”.

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La joven madre de 22 años de edad dio una entrevista al sitio TN.com.ar en la que detalló cómo es ser madre en prisión. Martina tiene dos hermanos mayores, de uno y cuatro años que viven con la pareja de Fernanda en la localidad de General Rodríguez, donde espera volver a reencontrarse con ellos. Espera una resolución favorable para el pedido de arresto domiciliario.

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La beba “duerme todo el día". "Me cuesta darle la teta porque no la quiere tomar. Ahora le voy a empezar a dar mamadera para que se la puedan llevar de paseo. Quiero que pase acá el menor tiempo posible pero que esté y duerma conmigo”, dice Fernanda durante una entrevista en un salón de juegos del penal.

La joven recuerda con alegría el parto. "Fue re lindo porque fue un momento en que no pensé en nada: Me olvidé de que estaba presa, me olvidé de todo”, dice y mira a Martina que duerme. Sonríe por un instante. “Es un bajón volver acá pero tampoco me gustaba estar con una patera encadenada a la cama”, dice con resignación.

Su hija es una de los 51 niños y niñas que viven en cinco de los once pabellones del penal ubicado en las afueras de la capital provincial y al que los guardias bautizaron “la cárcel de tus sueños”.

Los pabellones maternales no son como el resto. Hay mayor comunidad entre el personal del Servicio Penitenciario y las detenidas; los cumpleaños se festejan con globos y caramelos y hay una plaza donde las mamás se juntan, conversan y toman mate. Hay mayor libertad de movimiento y la población es más tranquila.

Pero también hay gritos, discusiones, peleas feroces, situaciones trágicas y motines. "Hay cosas que pasan que no queremos que vean los nenes. Hay chicas que están tan tristes, que no salen de su celda", dice la mamá de Martina sobre la vida en esa cárcel. "No es lo mismo, pero tratamos de ser como una familia y de cuidarnos", se consuela.

Dentro de los muros persiste el recuerdo de un bebé que murió asfixiado por accidente, la muerte súbita de otro pequeño y el homicidio de un tercero: murió por los golpes que le dio su madre. “Después de la paliza, se durmió y nunca más despertó”, cuentan.

Fuegos artificiales y candados

Antes de ingresar al penal de Los Hornos, Fernanda cumplió tres años de prisión domiciliaria en su casa de General Rodríguez. Esa situación cambió el día que fue condenada: los jueces decidieron que continúe la pena en la unidad penitenciaria. No tuvieron en cuenta que ya era madre de dos nenes, de uno y cuatro años, ni que estaba embarazada de seis meses.

Me habían dado fecha para el 6 de enero y se adelantó: nació el primero”. Martina abrió los ojos por unos minutos pero volvió a dormirse, ajena al contexto que la rodea. “Me enteré en el momento que fue la primera bebé del 2020. Empecé a escuchar los cuetes, todo”.

Fernanda se sintió feliz cuando sostuvo por primera vez a su hija: “Yo estaba muy triste y la llegada de ella me hizo muy bien. Ella es especial, porque vino en un momento complicado para mí, mis hijos y mi marido y, ahora, también lo es para ella".

“Si Dios quiere y nos dejan, tengo fe de que nos vamos a ir. Si quieren, que me pongan una cadena, pero quiero estar con mis hijos como cuando estaba con la pulsera. Este no es un lugar para los chicos”, ruega.

Martina conoció a su hermano más chico en el hospital. Todavía no pudo tener contacto con su hermana mayor y su madre no quiere que las visiten en el penal. “Este no es un lugar agradable”, insiste. "Mi nena lloró de tristeza cuando me vio en televisión porque quería estar conmigo", relata con dolor.

Confiesa que está muy angustiada. Le provoca terror que la beba crezca encarcelada.

Los nenes acá no conocen lo que es un perro, lo que es una moneda, lo que es ir a comprar. Se ponen mal psicológicamente ellos también, porque salen a la calle con cuatro años y no saben lo que es un lavarropas. Ellos sufren, por más que tengan una plaza, que tengan atención, que tengan todo, ellos necesitan estar en la calle”.

“Cuando ven que hay nenes que salen en libertad, los chicos se ponen nerviosos. Les dicen a las madres: ‘Me quiero ir a mi casa’. Veo eso y me pongo re mal. Martina va a crecer y va a crecer en una cárcel”, se lamenta.

Al mismo tiempo, suplica: "No la puedo alejar de mí. Yo sé que ella me necesita”. La situación se le presenta como una encrucijada. Es difícil para su marido hacerse cargo de otro bebé sin la ayuda de su pareja. “A veces no llega con los pañales, somos una familia humilde. Pero si yo estoy para cuidar a los nenes en la casa, él puede salir a trabajar y no solo dedicarse a changas. Es un buen hombre”, dice.

Y no duda: "La crianza acá es horrible". "Hay chicos que se van de paseo y vuelven histéricos. Una de las nenas se pone muy nerviosa y convulsiona", cuenta y confiesa: "Tengo mucho miedo de tener que criar a mi hija en la cárcel. No hay ninguna mamá que esté contenta de estar acá con sus hijos. Ellos también están presos”.

En la Unidad Penitenciaria 33 de Los Hornos hay 67 internas madres, 22 de ellas embarazadas. 54 están presas por primera vez. La mayoría, por drogas y, en segundo lugar, por robo. Algunas, por haber matado a sus propios hijos.

“Lo único que pido es que nos den otra oportunidad a las que somos primarias (las internas que no son reincidentes)No estoy de acuerdo que les den beneficios a las que matan porque un error lo puede tener cualquiera pero sacar una vida, no”.

"Yo fui mamá muy joven, me mandé una macana. Lo hice por necesidad, pero ya está, ya escarmenté y sé que lo que hice no está bien. Me merezco otra oportunidad”, insiste y jura que está arrepentida.

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