0221
0221

El Tata Brown, de cabeza a la eternidad

José Luis -bien de Ranchos, muy de Estudiantes y un poco de todos- firmó su inmortalidad con la testa. 

Si no le hubiesen dicho Tata, bien podrían haberlo apodado Cabezón; ojo, la incomprobable suposición nada tiene que ver con las dimensiones de esa parte de su cuerpo. Se vincula, en realidad, a una inapelable realidad: el pacto que pudo sellar con la perpetuidad (¿qué duda cabe de eso?) lo firmó con la cabeza.

Con el bocho como herramienta, primero se ganó la perennidad en su Estudiantes y unos años después en la selección nacional. Su selección, ¿por qué no?, si hasta el propio Diego Maradona le reconoce que fue imprescindible para ensanchar la historia albiceleste. Tal como lo afirmó hace unos meses: “Sin José Luis Brown, no hubiésemos ganado nunca la copa del mundo en 1986”. De hecho, en esa publicación por redes sociales, el emblema de aquel seleccionado le habló directamente al Tata y le confesó: “Eras vos el que nos dabas fuerzas a todos nosotros”.

Pese a que el defensor hizo mucho por el Pincha (dos títulos incluidos), el suceso más recordado por los hinchas es un gol decisivo del Metropolitano de 1982. En la penúltima fecha, el conjunto de Carlos Bilardo no podía destrabar el partido contra Vélez hasta que -sobre la hora- apareció el cabezazo salvador de Brown para el 1-0. Además de ese torneo, el Tata fue campeón con Estudiantes del Nacional de 1983.

Tres años más tarde se ganó la infinitud de la selección argentina en particular y del fútbol en general. Su nombre integra el selecto grupo de los jugadores que convirtieron un tanto en el encuentro definitorio de una Copa del Mundo y permanecerá tatuado por siempre en la historia del deporte de los noventa minutos. Cada cuatro años, cuando se juega un Mundial y se repasan las finales, ahí aparece el José Luis de Ranchos para definir hacia la red. De cabeza, claro. 

Pero ese día, el del 3-2 a Alemania en 1986, su testa hizo más que ese grito: su cerebro bloqueó el raciocinio y le dio vía libre al corazón. Cuando la lógica, la medicina, el sentido común y la mar en coche indicaban que Brown debía salir de la cancha (por una dolorosa lesión), el Tata le gritó al doctor Raúl Madero: “Ni se le ocurra sacarme, no salgo ni muerto”. Unos instantes después fue el turno de la famosa camiseta agujereada, para que el defensor pudiese colocar el pulgar y así descansar ese hombro maltrecho. Su cabeza, entonces, es sinónimo de goles importantes y también de fortaleza. De superación.

Más allá de que esas acciones le asignaron eternidad, la historia de José Luis Brown posee diversas aristas atractivas. El Tata es el que se crió en una escuela-hogar para tener aseguradas las tres primeras comidas del día (volvía a su humilde casa después de las 18), el que se iba a dedo a entrenar con Estudiantes, el que trabajó en un diario (imprimía los ejemplares), el que debutó en el Monumental, el que también jugó en Boca y en Racing, el que fue al Mundial 86 sin club (Deportivo Español lo había dejado libre), el que le dio el nombre al estadio de Ranchos, el que también jugó en el exterior (Atlético Nacional de Colombia, Stade Brestois 29 de Francia y Real Murcia de España), el que tuvo algunas experiencias como director técnico que no agigantaron su fama, el que nunca perdió la humildad.

“Si vos jugás bien, yo juego bien”, le decía Diego antes de los partidos. José Luis Brown fue un bastión del plantel de 1986: un grupo que supo respaldar a Maradona. Si los campeones necesitan del gol clave de un defensor, como reza un axioma futbolero, ese equipo lo tuvo al Tata. 

Un gran futbolista, al que bien podrían haberle dicho Cabezón.  

José Luis -bien de Ranchos, muy de Estudiantes y un poco de todos- firmó su inmortalidad con la testa. 

13 de agosto de 2019

Si no le hubiesen dicho Tata, bien podrían haberlo apodado Cabezón; ojo, la incomprobable suposición nada tiene que ver con las dimensiones de esa parte de su cuerpo. Se vincula, en realidad, a una inapelable realidad: el pacto que pudo sellar con la perpetuidad (¿qué duda cabe de eso?) lo firmó con la cabeza.

Con el bocho como herramienta, primero se ganó la perennidad en su Estudiantes y unos años después en la selección nacional. Su selección, ¿por qué no?, si hasta el propio Diego Maradona le reconoce que fue imprescindible para ensanchar la historia albiceleste. Tal como lo afirmó hace unos meses: “Sin José Luis Brown, no hubiésemos ganado nunca la copa del mundo en 1986”. De hecho, en esa publicación por redes sociales, el emblema de aquel seleccionado le habló directamente al Tata y le confesó: “Eras vos el que nos dabas fuerzas a todos nosotros”.

Pese a que el defensor hizo mucho por el Pincha (dos títulos incluidos), el suceso más recordado por los hinchas es un gol decisivo del Metropolitano de 1982. En la penúltima fecha, el conjunto de Carlos Bilardo no podía destrabar el partido contra Vélez hasta que -sobre la hora- apareció el cabezazo salvador de Brown para el 1-0. Además de ese torneo, el Tata fue campeón con Estudiantes del Nacional de 1983.

Tres años más tarde se ganó la infinitud de la selección argentina en particular y del fútbol en general. Su nombre integra el selecto grupo de los jugadores que convirtieron un tanto en el encuentro definitorio de una Copa del Mundo y permanecerá tatuado por siempre en la historia del deporte de los noventa minutos. Cada cuatro años, cuando se juega un Mundial y se repasan las finales, ahí aparece el José Luis de Ranchos para definir hacia la red. De cabeza, claro. 

Pero ese día, el del 3-2 a Alemania en 1986, su testa hizo más que ese grito: su cerebro bloqueó el raciocinio y le dio vía libre al corazón. Cuando la lógica, la medicina, el sentido común y la mar en coche indicaban que Brown debía salir de la cancha (por una dolorosa lesión), el Tata le gritó al doctor Raúl Madero: “Ni se le ocurra sacarme, no salgo ni muerto”. Unos instantes después fue el turno de la famosa camiseta agujereada, para que el defensor pudiese colocar el pulgar y así descansar ese hombro maltrecho. Su cabeza, entonces, es sinónimo de goles importantes y también de fortaleza. De superación.

Más allá de que esas acciones le asignaron eternidad, la historia de José Luis Brown posee diversas aristas atractivas. El Tata es el que se crió en una escuela-hogar para tener aseguradas las tres primeras comidas del día (volvía a su humilde casa después de las 18), el que se iba a dedo a entrenar con Estudiantes, el que trabajó en un diario (imprimía los ejemplares), el que debutó en el Monumental, el que también jugó en Boca y en Racing, el que fue al Mundial 86 sin club (Deportivo Español lo había dejado libre), el que le dio el nombre al estadio de Ranchos, el que también jugó en el exterior (Atlético Nacional de Colombia, Stade Brestois 29 de Francia y Real Murcia de España), el que tuvo algunas experiencias como director técnico que no agigantaron su fama, el que nunca perdió la humildad.

“Si vos jugás bien, yo juego bien”, le decía Diego antes de los partidos. José Luis Brown fue un bastión del plantel de 1986: un grupo que supo respaldar a Maradona. Si los campeones necesitan del gol clave de un defensor, como reza un axioma futbolero, ese equipo lo tuvo al Tata. 

Un gran futbolista, al que bien podrían haberle dicho Cabezón.  

COMENTARIOS

José Luis -bien de Ranchos, muy de Estudiantes y un poco de todos- firmó su inmortalidad con la testa.