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El rey del remate que vende de todo hace medio siglo y se renueva todos los martes

0221.com.ar presenció el espectáculo que tiene lugar en la antigua Casa Durán, un galpón de calle 1 entre 35 y 36 que es anfitrión de historias que se remontan a 1945 y desde finales de los sesenta comanda este hombre de 81 años recién cumplidos. Cómo es vender y comprar objetos que para algunos no valen nada y para otros son todo.

Gracia se lleva cuatro damajuanas y tres sifones por 80 pesos; Estela se va con una campera de cuero por 450; el sol de noche con garrafa va para la casa de Jorge, por 350; el exprimidor de jugo y el trípode son las nuevas adquisiciones de Roberto, que paga 300 pesos; y Ramón va a estrenar dentro de poco su nuevo par de alpargatas por solo 50 pesos. Estos son solo algunos de los lotes rematados la noche de un martes cualquiera de julio en calle 1 entre 35 y 36, la histórica Casa Durán que vio la luz en 1945 y continúa más vigente que nunca desde que Jorge Rau tomó las riendas del negocio allá por 1968. "Soy defensor a muerte de esto, a mí todos los cachivaches me gustan y se renuevan todas las semanas, a todo esto hay que darle martillo, martillo y martillo", define el joven simpático de 81 años que minutos después de charlar con 0221.com.ar se subió al trono y comandó una vez más este maravilloso show dirigido a un centenar de curiosos que han llegado a comprar heladeras, cámaras fotográficas antiquísimas, televisores y hasta un fémur de elefante.

Es invierno y mitad de semana. 19 horas. Hace frío y el barrio está tranquilo. El tren pasa de a ratos justo enfrente de este galpón inmenso que semana tras semana se renueva, paradójicamente, con antigüedades. Podría ser una cochera o hasta una cancha de fútbol 5. Pero no. El lugar es un almacén inmenso con góndolas repletas de botellas de todos los tamaños y colores, canastos de mimbre, serruchos, colchones, maniquíes con caras extrañas, sillas y sillones, armarios completos, puertas, piezas de ajedrez, máquinas que parecen haber sido construidas por el Dr. Emmet Brown en sus pruebas previas al DeLorean, lámparas, ropa, heladeras, discos de vinilo, garrafas, brújulas y televisores, entre tantos objetos que por cuatro horas pasan a ser "lotes". Así los llaman.

Cada lote está numerado con esos boletos típicos amarillos y celestes que son utilizados generalmente para las rifas y que al igual que estas piezas, resisten al paso del tiempo y al avance tecnológico. Un Photoshop bien aplicado por un moderno diseñador no sería bienvenido en este rincón de la zona norte de La Plata: acá todo es marrón, beige, anaranjado y huele a la década del sesenta. Y eso no es para nada malo. Todo lo contrario: las casi 150 personas que ya desde las 18 ingresan tímidamente por el portón que da a las vías tienen la ansiedad y la ilusión del fanático que va a la cancha a ver a su equipo y se prepara para atravesar durante un largo rato todas las emociones que un cuerpo humano soporta. En el remate hay entusiasmo, adrenalina, festejos, enojos y en definitiva una sana competencia por lograr el objetivo. Y hay yapa: el que fracasa cuenta con ese placer indescriptible de la revancha, siete días después.

"Yo acepto todo lo que sea para vender. Yo no compro nada. No tengo tarjeta, no tengo cheque, no tengo nada, todo al contado. Acá viene la gente, me deja la mercadería, se vende sin base y con una comisión del 20%. Los martes se remata y hasta el jueves se puede retirar". No hay secretos. Esa es la explicación que da Jorge en su pequeña oficina, este platense de nacimiento que en 2012 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura por el Concejo Deliberante. "La gente lo súper quiere, a mí me mandan mensajes diciendo que es divino, amoroso y mil cosas más", cuenta Evelin, su hija que también da una mano en esta aventura. La otra pieza clave es Andrés, su otro hijo.

Jorge es de la vieja escuela. Un tipo con códigos que se maneja con respeto y conoce tanto el paño que tiene fichados absolutamente a todos. En tan solo unos pocos segundos hace una radiografía de los hombres y mujeres que ve entrar y lo saludan. Para cada uno tiene una historia. Y todas esas anécdotas mueren ahí, no salen de esas cuatro paredes. Jorge es un tipo con códigos.

La historia cuenta que la famosa Casa Durán comenzó a funcionar al mismo tiempo en que del otro lado del mundo los rusos y norteamericanos estaban ultimando los detalles para invadir Alemania y ponerle fin al nazismo. Dos décadas después, cuando el presidente de facto Juan Carlos Onganía gobernaba nuestro país, Rau manejaba su remis y en un viaje cualquiera recibió la noticia que le terminaría cambiando la vida: el galpón de 1 y 35 estaba en alquiler. Así arrancó. Y en 2019 continúa a los martillazos. "Yo a los martilleros les aconsejo trabajar con decencia. Acá podés hacer mil trampas, podés embromar a los dueños, al tipo le das 500 en lugar de 1000 y te ganás 500. Pero no. Y cómo será la confianza que nos tienen que vienen mayoristas y nos mandan las cosas sin contar nada, saben que acá no se toca 1 peso", saca pecho.

Desde 1968 hasta nuestros días, la Argentina ha sobrevivido a crisis económicas que se repiten periódicamente, una y otra vez. Y extrañamente, o no tanto, es ahí cuando mejor funcionan los remates. "Acá pasamos un momento muy malo en la época de Menem, porque ahí con el 1 a 1 ¿quién compraba un ventilador usado? Nadie, se tiraba. Se tiraba todo: equipos de audio, televisores, todo. Y compraban todo nuevo, era fácil", recuerda. Ese fue el único paréntesis de este lugar que a más de 70 años de haber abierto sus puertas continúa siendo igual de convocante y atractivo que otrora, cuando por el empedrado aún desfilaban tranvías y trolebuses.

A Jorge su colega le va cantando por micrófono todos los lotes, uno por uno y desde el fondo hasta la entrada del galpón. Se barre absolutamente con todo. Al día siguiente el lugar está pelado.

El rey del remate está subido a una silla ubicada arriba de una tarima. Como un guardavidas en el mangrullo controlando que nadie se ahogue ni que aparezcan tiburones invasores, él observa a todos desde los cielos y todos lo observan a él. Durante casi cuatro horas se lleva toda la atención.

Y ahí comienza el espectáculo: en el día de la fecha se rematan una estufa de tiro balanceado, autitos de colección, cajas de artículos de electricidad, damajuanas, sifones, árboles de Navidad, camperas de cuero, zapatillas, alpargatas, un extractor de aire, lámparas de colores varios, una garrafa, un portarrollo de papel higiénico -"Miren qué lujo, todo cromado"-, un exprimidor de jugo, un cepillo de carpintero, una bordeadora y una batidora -"La combinación ideal"-, cajas de pastillas para los mosquitos, discos de vinilo, una caja de helicópteros -"Hay que tirarlos en las plazas, eh"- y decenas y decenas de otros lotes. El que se arma de valor levanta la mano y le agrega unos pesos a la oferta inicial. Generalmente el valor de cada lote se incrementa de a 20 pesos. "¡No vale más!", grita Jorge, baja el martillo y anuncia así al ganador, escena que se repite hasta la eternidad.

Hay gente que se lleva un anotador y allí enumera todo lo que piensa llevarse esa noche, como si fuese la lista del supermercado. Otros recorren los rincones del galpón, se quedan al lado del objeto que desean y cuando llega ese turno ahí abren la boca. Parece que sí -porque hay mucha gente- pero a Jorge no se le escapa nada ni nadie. Es como ese profesor que la va de distraído y engaña a los alumnos que con un machete intentan sacar ventaja en un examen. Lo ve todo y sabe qué es lo que sucede en cada rincón del inmenso espacio: si alguien levanta la mano a diez o quince metros sin chistar, él recibe el mensaje.

Otros simplemente son curiosos, van de paseo. "¿Querés un café?", le pregunta un señor a otro, que por supuesto acepta. Y se van al fondo, en donde el hijo de Jorge es el encargado de un mini bar que ofrece choripanes, sánguches de jamón y queso y bebidas frías y calientes. ¿Quién no disfrutaría de una cerveza allá atrás, como en una platea preferencial?

Mientras tanto, el remate continúa: ahora la estrella ofrece los lotes desde otra posición, más al centro del galpón, pero siempre sobre el trono. Evelin le contó después a este cronista que en 2001 su papá tuvo un accidente grande que lo dejó internado durante casi dos meses y con un yeso por el resto del año, y que a partir de ahí, producto de su insistencia para seguir martillando, le colocaron unas ruedas a este enorme banquito improvisado y entonces ya no es necesario que se baje para moverse por el galpón: lo trasladan de un lado a otro empujando su sillón. Una genialidad.

"Hay muchas mujeres que me dicen 'por favor Jorge, no le vendas más a mi marido'. Hay algunos tipos que tienen dos autos afuera de sus casas y el garaje lleno de porquerías, son acumuladores", comenta Jorge entre otras tantas anécdotas que no se pueden contar.

"Acá vienen parejas y yo le digo a la señora: '¿Usted compraría un colchón usado en un remate?', y pegan unos saltos diciendo '¡no!'. Entonces le retruco: '¿En cualquier hotel 4 estrellas de La Plata cambian el colchón todas las noches?', y enseguida se dan cuenta y dicen ¡no, es verdad! Lo mismo con los cubiertos, les pregunto si comprarían cuchillos y tenedores acá y dicen ¡no!, entonces cuando les digo que por ejemplo en el restaurante El Quijote no los cambian todos los días... lo mismo", repite orgulloso. Y para graficar más el ejemplo, se ríe con picardía: "¡En el hotel le dan bomba y bomba todas parejas distintas y en el restaurante comen todas familias distintas!".

"Una vez vendimos muy bien un fémur de elefante. Lo compró un traumatólogo ya fallecido de apellido Carrara", recuerda y agrega: "Había un estudiante de Medicina que agarraba unos conejitos blancos y los ponía amarillos. Él decía que los 'cromatizaba', no sé qué les inyectaba a los pobres bichos, quedaban amarillos y decía que eran 'ratones cromatizados'". "También me traían pajaritos, peceras llenas de peces", cuenta.

Y así se va la tarde. Son más de las 22 y el libro del remate tiene una nueva página. Algunos se van satisfechos y otros lamentando haberse quedado sin lo que ofertaron, porque hubo otro que se lo sopló de las manos. Por su parte, Jorge se baja del trono y con la ayuda de sus hijos ordena y acomoda los detalles hasta el día siguiente, en donde los ganadores pasan a retirar sus nuevas pertenencias. El hombre de 81 inviernos cumplió una vez más con elegancia la tarea que viene desempeñando hace exactamente medio siglo y un año. Así se retira contento y orgulloso del lugar que lo tiene como protagonista, ya listo para ir a descansar con Gregorio y Dulce de Leche, los gatos que lo esperan en la casa de toda su vida, esa que no piensa rematar.

0221.com.ar presenció el espectáculo que tiene lugar en la antigua Casa Durán, un galpón de calle 1 entre 35 y 36 que es anfitrión de historias que se remontan a 1945 y desde finales de los sesenta comanda este hombre de 81 años recién cumplidos. Cómo es vender y comprar objetos que para algunos no valen nada y para otros son todo.

21 de julio de 2019

Gracia se lleva cuatro damajuanas y tres sifones por 80 pesos; Estela se va con una campera de cuero por 450; el sol de noche con garrafa va para la casa de Jorge, por 350; el exprimidor de jugo y el trípode son las nuevas adquisiciones de Roberto, que paga 300 pesos; y Ramón va a estrenar dentro de poco su nuevo par de alpargatas por solo 50 pesos. Estos son solo algunos de los lotes rematados la noche de un martes cualquiera de julio en calle 1 entre 35 y 36, la histórica Casa Durán que vio la luz en 1945 y continúa más vigente que nunca desde que Jorge Rau tomó las riendas del negocio allá por 1968. "Soy defensor a muerte de esto, a mí todos los cachivaches me gustan y se renuevan todas las semanas, a todo esto hay que darle martillo, martillo y martillo", define el joven simpático de 81 años que minutos después de charlar con 0221.com.ar se subió al trono y comandó una vez más este maravilloso show dirigido a un centenar de curiosos que han llegado a comprar heladeras, cámaras fotográficas antiquísimas, televisores y hasta un fémur de elefante.

Es invierno y mitad de semana. 19 horas. Hace frío y el barrio está tranquilo. El tren pasa de a ratos justo enfrente de este galpón inmenso que semana tras semana se renueva, paradójicamente, con antigüedades. Podría ser una cochera o hasta una cancha de fútbol 5. Pero no. El lugar es un almacén inmenso con góndolas repletas de botellas de todos los tamaños y colores, canastos de mimbre, serruchos, colchones, maniquíes con caras extrañas, sillas y sillones, armarios completos, puertas, piezas de ajedrez, máquinas que parecen haber sido construidas por el Dr. Emmet Brown en sus pruebas previas al DeLorean, lámparas, ropa, heladeras, discos de vinilo, garrafas, brújulas y televisores, entre tantos objetos que por cuatro horas pasan a ser "lotes". Así los llaman.

Cada lote está numerado con esos boletos típicos amarillos y celestes que son utilizados generalmente para las rifas y que al igual que estas piezas, resisten al paso del tiempo y al avance tecnológico. Un Photoshop bien aplicado por un moderno diseñador no sería bienvenido en este rincón de la zona norte de La Plata: acá todo es marrón, beige, anaranjado y huele a la década del sesenta. Y eso no es para nada malo. Todo lo contrario: las casi 150 personas que ya desde las 18 ingresan tímidamente por el portón que da a las vías tienen la ansiedad y la ilusión del fanático que va a la cancha a ver a su equipo y se prepara para atravesar durante un largo rato todas las emociones que un cuerpo humano soporta. En el remate hay entusiasmo, adrenalina, festejos, enojos y en definitiva una sana competencia por lograr el objetivo. Y hay yapa: el que fracasa cuenta con ese placer indescriptible de la revancha, siete días después.

"Yo acepto todo lo que sea para vender. Yo no compro nada. No tengo tarjeta, no tengo cheque, no tengo nada, todo al contado. Acá viene la gente, me deja la mercadería, se vende sin base y con una comisión del 20%. Los martes se remata y hasta el jueves se puede retirar". No hay secretos. Esa es la explicación que da Jorge en su pequeña oficina, este platense de nacimiento que en 2012 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura por el Concejo Deliberante. "La gente lo súper quiere, a mí me mandan mensajes diciendo que es divino, amoroso y mil cosas más", cuenta Evelin, su hija que también da una mano en esta aventura. La otra pieza clave es Andrés, su otro hijo.

Jorge es de la vieja escuela. Un tipo con códigos que se maneja con respeto y conoce tanto el paño que tiene fichados absolutamente a todos. En tan solo unos pocos segundos hace una radiografía de los hombres y mujeres que ve entrar y lo saludan. Para cada uno tiene una historia. Y todas esas anécdotas mueren ahí, no salen de esas cuatro paredes. Jorge es un tipo con códigos.

La historia cuenta que la famosa Casa Durán comenzó a funcionar al mismo tiempo en que del otro lado del mundo los rusos y norteamericanos estaban ultimando los detalles para invadir Alemania y ponerle fin al nazismo. Dos décadas después, cuando el presidente de facto Juan Carlos Onganía gobernaba nuestro país, Rau manejaba su remis y en un viaje cualquiera recibió la noticia que le terminaría cambiando la vida: el galpón de 1 y 35 estaba en alquiler. Así arrancó. Y en 2019 continúa a los martillazos. "Yo a los martilleros les aconsejo trabajar con decencia. Acá podés hacer mil trampas, podés embromar a los dueños, al tipo le das 500 en lugar de 1000 y te ganás 500. Pero no. Y cómo será la confianza que nos tienen que vienen mayoristas y nos mandan las cosas sin contar nada, saben que acá no se toca 1 peso", saca pecho.

Desde 1968 hasta nuestros días, la Argentina ha sobrevivido a crisis económicas que se repiten periódicamente, una y otra vez. Y extrañamente, o no tanto, es ahí cuando mejor funcionan los remates. "Acá pasamos un momento muy malo en la época de Menem, porque ahí con el 1 a 1 ¿quién compraba un ventilador usado? Nadie, se tiraba. Se tiraba todo: equipos de audio, televisores, todo. Y compraban todo nuevo, era fácil", recuerda. Ese fue el único paréntesis de este lugar que a más de 70 años de haber abierto sus puertas continúa siendo igual de convocante y atractivo que otrora, cuando por el empedrado aún desfilaban tranvías y trolebuses.

A Jorge su colega le va cantando por micrófono todos los lotes, uno por uno y desde el fondo hasta la entrada del galpón. Se barre absolutamente con todo. Al día siguiente el lugar está pelado.

El rey del remate está subido a una silla ubicada arriba de una tarima. Como un guardavidas en el mangrullo controlando que nadie se ahogue ni que aparezcan tiburones invasores, él observa a todos desde los cielos y todos lo observan a él. Durante casi cuatro horas se lleva toda la atención.

Y ahí comienza el espectáculo: en el día de la fecha se rematan una estufa de tiro balanceado, autitos de colección, cajas de artículos de electricidad, damajuanas, sifones, árboles de Navidad, camperas de cuero, zapatillas, alpargatas, un extractor de aire, lámparas de colores varios, una garrafa, un portarrollo de papel higiénico -"Miren qué lujo, todo cromado"-, un exprimidor de jugo, un cepillo de carpintero, una bordeadora y una batidora -"La combinación ideal"-, cajas de pastillas para los mosquitos, discos de vinilo, una caja de helicópteros -"Hay que tirarlos en las plazas, eh"- y decenas y decenas de otros lotes. El que se arma de valor levanta la mano y le agrega unos pesos a la oferta inicial. Generalmente el valor de cada lote se incrementa de a 20 pesos. "¡No vale más!", grita Jorge, baja el martillo y anuncia así al ganador, escena que se repite hasta la eternidad.

Hay gente que se lleva un anotador y allí enumera todo lo que piensa llevarse esa noche, como si fuese la lista del supermercado. Otros recorren los rincones del galpón, se quedan al lado del objeto que desean y cuando llega ese turno ahí abren la boca. Parece que sí -porque hay mucha gente- pero a Jorge no se le escapa nada ni nadie. Es como ese profesor que la va de distraído y engaña a los alumnos que con un machete intentan sacar ventaja en un examen. Lo ve todo y sabe qué es lo que sucede en cada rincón del inmenso espacio: si alguien levanta la mano a diez o quince metros sin chistar, él recibe el mensaje.

Otros simplemente son curiosos, van de paseo. "¿Querés un café?", le pregunta un señor a otro, que por supuesto acepta. Y se van al fondo, en donde el hijo de Jorge es el encargado de un mini bar que ofrece choripanes, sánguches de jamón y queso y bebidas frías y calientes. ¿Quién no disfrutaría de una cerveza allá atrás, como en una platea preferencial?

Mientras tanto, el remate continúa: ahora la estrella ofrece los lotes desde otra posición, más al centro del galpón, pero siempre sobre el trono. Evelin le contó después a este cronista que en 2001 su papá tuvo un accidente grande que lo dejó internado durante casi dos meses y con un yeso por el resto del año, y que a partir de ahí, producto de su insistencia para seguir martillando, le colocaron unas ruedas a este enorme banquito improvisado y entonces ya no es necesario que se baje para moverse por el galpón: lo trasladan de un lado a otro empujando su sillón. Una genialidad.

"Hay muchas mujeres que me dicen 'por favor Jorge, no le vendas más a mi marido'. Hay algunos tipos que tienen dos autos afuera de sus casas y el garaje lleno de porquerías, son acumuladores", comenta Jorge entre otras tantas anécdotas que no se pueden contar.

"Acá vienen parejas y yo le digo a la señora: '¿Usted compraría un colchón usado en un remate?', y pegan unos saltos diciendo '¡no!'. Entonces le retruco: '¿En cualquier hotel 4 estrellas de La Plata cambian el colchón todas las noches?', y enseguida se dan cuenta y dicen ¡no, es verdad! Lo mismo con los cubiertos, les pregunto si comprarían cuchillos y tenedores acá y dicen ¡no!, entonces cuando les digo que por ejemplo en el restaurante El Quijote no los cambian todos los días... lo mismo", repite orgulloso. Y para graficar más el ejemplo, se ríe con picardía: "¡En el hotel le dan bomba y bomba todas parejas distintas y en el restaurante comen todas familias distintas!".

"Una vez vendimos muy bien un fémur de elefante. Lo compró un traumatólogo ya fallecido de apellido Carrara", recuerda y agrega: "Había un estudiante de Medicina que agarraba unos conejitos blancos y los ponía amarillos. Él decía que los 'cromatizaba', no sé qué les inyectaba a los pobres bichos, quedaban amarillos y decía que eran 'ratones cromatizados'". "También me traían pajaritos, peceras llenas de peces", cuenta.

Y así se va la tarde. Son más de las 22 y el libro del remate tiene una nueva página. Algunos se van satisfechos y otros lamentando haberse quedado sin lo que ofertaron, porque hubo otro que se lo sopló de las manos. Por su parte, Jorge se baja del trono y con la ayuda de sus hijos ordena y acomoda los detalles hasta el día siguiente, en donde los ganadores pasan a retirar sus nuevas pertenencias. El hombre de 81 inviernos cumplió una vez más con elegancia la tarea que viene desempeñando hace exactamente medio siglo y un año. Así se retira contento y orgulloso del lugar que lo tiene como protagonista, ya listo para ir a descansar con Gregorio y Dulce de Leche, los gatos que lo esperan en la casa de toda su vida, esa que no piensa rematar.

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0221.com.ar presenció el espectáculo que tiene lugar en la antigua Casa Durán, un galpón de calle 1 entre 35 y 36 que es anfitrión de historias que se remontan a 1945 y desde finales de los sesenta comanda este hombre de 81 años recién cumplidos. Cómo es vender y comprar objetos que para algunos no valen nada y para otros son todo.