Caminando por las calles de tierra de mi barrio,
Caminando por las calles de tierra de mi barrio,
vi que mis amigos eran tan pobres como yo
y comprendí que el único cielo que tocábamos
era la esquina.
Por el barrio, Josue Marcos Belmonte
Omar Cigarán transpira por el calor y la adrenalina. Dejó la esquina para correr detrás de una flamante Yamaha negra. Son las dos menos cuarto del viernes 15 de febrero de 2013. Una larga fila de autos espera el corte del semáforo en la esquina de diagonal 115 y 43, a la altura de 122. En barrio Hipódromo hay pocas calles así de transitadas: las vías del tren aíslan el paso y el desagote termina siempre ahí, en 122, una avenida llena de comercios industriales y de mobiliario. Omar frena cuando la moto frena. Lo sigue Juan Martín, que hasta hace pocos meses no conocía las ansiedades previas a un robo. Últimamente viene sacándole jugo a su rol de campana cada vez que Omar, todavía de 17 años, sale a meter miedo en su propio barrio. Y eso está pasando demasiado seguido.
El dueño de la moto se baja con las manos en alto. Leandro Martín Junquera tiene 28 años y es sargento de la Policía Bonaerense, trabaja en la sección Telefonía de la Superintendencia de Comunicaciones del Ministerio de Seguridad. No está armado ni uniformado y su rango, en momentos así, le sirve de poco. La moto queda en marcha, lista para llevar. Junquera se pone de espaldas y camina, lo más rápido posible, con la mirada clavada en la esquina de 121. Recién ahí podría doblar por algún lado, pedir ayuda o incluso caminar hasta la Comisaría Segunda. Pero no llega.
— ¡Alto, policía!
Sobre el asesinato de Omar hay muchas versiones. Tantas, quizá, como personajes en la escena del crimen. El expediente recoge sólo algunas voces; otras quedaron perdidas en el tiempo, tapadas por el vertiginoso después. Lo que todos escucharon fue ese grito, uno solo:
— ¡Alto, policía!
Diego Walter Flores también es sargento y se dedica al traslado de detenidos en Quilmes. Se desprende el cinturón de seguridad y baja la ventanilla de su Ford Galaxy bordó, estacionado medio metro delante de la Yamaha. Tiene la Bersa 9 milímetros cargada y el brazo extendido, apuntando directo contra Omar. Él sólo quiere escapar: en un movimiento desesperado baja de la moto y la deja caer con la llave todavía puesta. Flores aprieta el gatillo casi al instante.
El impacto de la bala lo hace tropezar dos pasos. Con la espalda arqueada hacia adelante logra ver cómo Juan Martín sale corriendo por 122, perdiéndose detrás de la panadería Santa Rosa. Junta sus últimas fuerzas y sale a buscarlo, pero ya está más cerca de la muerte que de cualquier intento de escape.
Cuando regresa, tambaleándose, no hace más que tocarse el pecho. Intenta contener la sangre que sale de su torso desnudo. Se desploma justo en la esquina, al lado de una boca de tormenta. Su vida se reduce a dos espasmos. Sólo cuando la muerte alcanza a Omar, tendido sobre el cemento caliente, algunos conductores se animan a bajar de sus autos. Los vecinos salen a vereda. Y varios comienzan a vitorear.
***
No es muy común que la gente aplauda a alguien como Flores. Según su testimonio en la causa, todos los días viajaba en auto desde La Plata hasta Quilmes para prestar servicios en el Tribunal Laboral N° 5, donde custodiaba detenidos. Hacía cinco años realizaba el mismo trayecto. Por eso se sorprendió ese viernes, cuando esperando a que el semáforo se ponga verde, escuchó unos gritos confusos detrás de su auto.
Se dio vuelta y pudo ver con más precisión: un pibe agarraba del cuello a otro y lo amenazaba con un revólver plateado. Flores decidió actuar. Las voces estaban demasiado cerca, a unos cincuenta centímetros de su Galaxy bordó. En apenas segundos logró desprenderse el cinturón de seguridad y cargar su pistola, que solía usar sin balas en la recámara.
Giró sobre su lado izquierdo y vio cómo Junquera bajaba de la moto con las manos en alto. Flores sabía que, de un momento a otro, iba a quedar cara a cara con el delincuente. Lo vio subir a la moto y apuntó. No hicieron falta presentaciones. El uniforme lo dijo todo.
— ¡Alto, policía! —gritó con el brazo extendido, empuñando la pistola.
Omar le tiró la moto encima, se bajó y dio dos pasos al costado. Flores, en su declaración, asegura que lo apuntaba. “En todo momento esta persona tenía el arma en la mano izquierda —dijo ante la fiscal Ana Medina—. Con la mano derecha lo sostenía al muchacho, y con la izquierda tenía el arma apuntándole al cuello”. También notó que Omar tenía puesto un short y una remera al momento del robo.
Disparó porque no le quedó otra opción. Eso fue lo que dijo a la Justicia. Omar no dejaba de apuntarlo y el temor a un enfrentamiento lo hizo gatillar primero.
Se sorprendió al ver que su víctima salía corriendo hasta la panadería, buscando a otro pibe que escapaba en la misma dirección. Flores no lo había visto antes. Bastante confundido, comenzó a dudar de su propia puntería. Miraba alrededor, buscaba como en estado de shock al dueño de la moto cuyo robo había impedido. Hasta que vio a Omar: volvía caminando con dificultad, tocándose el pecho ahora desnudo, hasta desvanecerse a un lado de la calle. Pegado al cordón. Justo al lado de una boca de tormenta.
“La gente de los autos me vitoreaba, yo les pedía que llamen a una ambulancia porque el muchacho se veía aún con vida”, dijo Flores en su testimonio. Pero el tiempo no alcanzó. Poco después subió a la vereda un patrullero que circulaba por el carril de enfrente de 122. Los efectivos que bajaron le preguntaron qué había pasado y Flores, en pocas palabras, resumió el hecho. Quiso acercarse al cuerpo de Omar para ver si tenía el arma encima, pero ya no había nada. “Era un revólver, porque tenía tambor y un cañito y era muy plateado, brillaba al sol”, aseguró.
Los policías le preguntaban si estaba bien. Los nervios le impedían responder. Una mujer que Flores no conocía se acercó a tranquilizarlo. Había visto todo y le pidió que no se ponga mal: “Dijo que me iba a salir de testigo, porque me vio tenso”, contó el policía. La mujer era Susana Beatriz Palacios, 35 años, berissense y empleada doméstica. Es la única testigo civil en la causa que no estuvo involucrada en el hecho. Declaró ese mismo día a las seis de la tarde, justo después que Flores, en la UFI N° 1. Su testimonio no difiere mucho con el del acusado. Como Junquera, ella también iba en moto: pasaba por diagonal 115 cuando vio a un grupo de chicos sentados en la esquina de 42 bis.
Tardó pocos segundos en darse cuenta que dos de ellos corrían hacia una moto estacionada justo delante. Después del intento de robo, Palacios se asustó e intentó subir a la vereda. Tenía miedo de que fueran por ella y su moto. Sólo escuchó el grito de alto y al instante un disparo. Al darse vuelta supo de dónde venía. Ante la justicia aseguró que Flores estaba “nervioso, como temblando, shockeado”, y que en el lugar había mucha gente pero todos se terminaron yendo. También habló de una ambulancia que llegó demasiado tarde. Cuando le pidieron descripciones sobre Omar y Juan Martín, dijo que ambos eran flacos, tenían el mismo color de piel, estaban en cuero y llevaban bermudas “tipo vaquero”. “No vi armas, tampoco si tenían algo en sus manos”, dijo.
Flores no pudo ver cuándo Omar se sacó la remera. Sólo dijo que lo vio vestido antes del disparo y con el pecho desnudo después. Al revólver lo encontró Marcelo Menzulo, médico forense de la morgue policial, escondido entre los calzoncillos de Omar. El arma era una Rossi calibre 22; tenía la numeración limada y una sola bala en la recámara.
***
Leandro Martín Junquera venía en moto desde su casa en Tolosa. Ni bien giró por 43 vio como Omar y Juan Martín cruzaban unas palabras antes de mirarlo fijo. Caminaban como sin rumbo por la vereda de mano derecha y eso le llamó la atención. Decidió meterse entre los autos, zigzagueando hasta quedar trabado aproximadamente a mitad de cuadra. En el mismo instante en que frenó sintió el brazo de Omar tomándolo por el cuello, y el frío caño de “una pistola o un revólver”.
Declaró ese mismo día a las 5 de la tarde en la UFI N°1, aunque la fiscal Medina no estuvo presente. Dijo al instructor Juan Pablo Iaccarino que Omar lo amenazó por detrás:
—Dame la moto o te mato.
—Sí, sí, llevala —concedió Junquera.
Levantó los brazos para demostrar que no se resistía. Cuando estaba por bajar de su moto, oyó la segunda amenaza.
—Corré porque te tiro— dijo que Omar le gritó.
Junquera empezó a caminar en dirección contraria a los autos y al instante escuchó la voz de Flores:
— ¡Alto, policía!
Ahí nomás el disparo. Luego, ruidos como de un choque: era su propia moto estrellándose contra el Galaxy de Flores. “Me doy vuelta y veo que este sujeto —refiriéndose a Omar—se estaba levantando de la moto haciendo un gesto, como llevando un arma”, contó y aseguró que no fueron más de unos segundos. Vio a Omar salir corriendo por 122 y supuso que había vuelto a juntarse con el otro chico. Cuando llegó hasta Flores, para preguntarle si ya podía mover su moto, volvió a verlo. Estaba tirado sobre el suelo y con el pecho desnudo, algo que advirtió “cuando ya había pasado todo”. Su casco, dijo, le impidió ver y escuchar varias cosas. Sí vio “algo que brillaba” cuando Omar lo hizo bajar de la moto, y luego “como que empuñaba algo, pero no sé si era un arma porque no la vi”. Tampoco pudo ver cuándo su victimario guardó el arma. De hecho nadie pudo.
En la UFI le preguntaron si pudo observar el reencuentro de Omar y Juan Martín. Junquera explicó que los vio ir para el mismo lado, pero no supo si llegaron a juntarse. Uno había desaparecido y el otro estaba en el piso respirando fuerte, “como agitado, y se agarraba el abdomen”. Sí pudo ver la sangre derramarse por el costado derecho. Sólo después de la llegada de un patrullero, que estacionó en la vereda de la panadería, volvió a mirar el cuerpo de Omar. Y ya le pareció que no respiraba.
***
Santi tiene 24 años, ojos claros y un acné que le duró demasiado. En el barrio hace años lo conocen como “Paloma”. Vive en un monoambiente improvisado —cama de dos plazas, bañito, heladera y cocina— al fondo de la casa materna. Irina, su hija de 2 años, corretea impaciente y mira todo con curiosidad. Omar iba a ser el padrino. Para mantenerse —y también a Irina— hace tres años que trabaja en Tafiplat, una fábrica de bolsas plásticas. Antes de cumplir los dieciocho su vida era un conglomerado de alcohol, pastillas y estéreos robados. Algún que otro sábado por la noche regresa a las pastillas y el alcohol. Cuando habla de Omar lo hace entre sonrisas y miradas tímidas, tiene ese viernes grabado en la cabeza y aún recuerda el último favor que Omar le pidió: que cuide su moto mientras iba a robar otra, una Yamaha negra que acababa de pasar por la esquina. En cinco días cumpliría dieciocho y quería plata para festejar.
Era cerca de la una cuando Omar llegó a la esquina de la casa de Santi, en diagonal 115 y 42 bis. Tenía la cara salpicada: la moto en la que iba no tenía guardabarros. Santi estaba con su hermano y un amigo pasando el rato desde la mañana. Lo ayudaron a limpiarse la cara y se quedaron charlando un rato hasta que Omar se fue para el lado de las vías, como siempre, sin dar muchas explicaciones. Él era así: llegaba y se iba de los lugares de improviso, siguiendo corazonadas, caprichos o reuniones pactadas en secreto. Últimamente ya nadie le preguntaba mucho. Detrás llegó Juan Martín. “Nosotros lo bolaceábamos porque él es… cómo decirte, no sé, medio boludito”, cuenta Santi tres años después, todavía resentido con ese pibe que dejó tirado a Omar. Es que Juan Martín no robaba: hacía de campana, dicen, por la mitad del botín. Sea cual fuere.
Ese mediodía, aprovechando la ausencia de Omar, se sentó en la esquina y contó que hacía poco lo habían perseguido después de un robo. El dueño de la moto que se llevaron y varios de sus amigos lo habían corrido muchas cuadras hasta que logró esconderse. Era Omar a quien buscaban. A Juan Martín, esa amistad que al comienzo había sido puro rédito ahora no le traía más que inconvenientes.
Cuando Omar regresó, media hora después, Santi aprovechó para dejarlo en evidencia:
— ¡Miralo a éste! Dice que el otro día fue a robar con vos y ahora tiene bronca…
— ¡Eh! ¿Vos qué decís que andás robando conmigo? —Omar se rió y para asustarlo le apoyó un fierro en la rodilla. Santi se acuerda que era un 22: igual al que le encontraron escondido entre la ropa interior.
—No, mentira Omar, los otros me dijeron que me querían agarrar por culpa tuya…
Los intentos de Juan Martín para desdecirse provocaron una catarata de burlas que duró hasta que dobló por la esquina un hombre. Manejaba una Yamaha negra que todos persiguieron con la mirada.
—Eh, Paloma… ¿te puedo dejar la moto? Me voy a robar aquella, porque en cinco días es mi cumpleaños y quiero hacer unos choris.
“Le dije que vaya. Qué le iba a decir; por más que le dijera que no, lo iba a hacer igual”, asegura Santi. Aun así, algo le advirtió:
—Tené cuidado porque andan unos autos sin patente, medio raro…
Santi los había visto desde la mañana. “Eran autos que no se veían nunca por acá, parecían como de civil, o servicios de calle”, recuerda. Es que para él, el barrio entero le había dado carta blanca a la policía con Omar. Semanas atrás había salido de caño a robar un Pago Fácil y los vecinos decidieron tomar cartas en el asunto, organizando una asamblea barrial para pedir seguridad. Al encuentro habían sido convocadas las máximas autoridades de la Comisaría Segunda.
Pero Omar no entendía de advertencias. Miró a Juan Martín, sonrió y le dijo:
—Vamos, guacho, ¿a vos te da para robar? Entonces acompañame.
“El otro se sacó la remera y como estábamos nosotros ahí no le quedó otra que decir que sí. Pero arrancó con un miedo terrible”, asegura Santi.
Momentos después le sonó el celular: era su novia Valeria, que quería verlo y le pedía encontrarse a mitad de camino. Ella vivía a pocas cuadras, en 40 y diagonal 114; su casa era la primera del pasillo donde también vivía Omar.
Santi había caminado sólo unos metros, todavía hablando por teléfono, cuando escuchó el disparo.
—Apurate— le pidió—Recién estaba con Omar y se fue a robar una moto, no sé, mirá si le pegó un tiro a uno…
“No entendía qué había pasado. Miré para atrás y vi que Juan Martín corría… y dije bueno, fueron estos dos. La bardearon”. Caminó rápido; recién cuando alcanzó a Valeria volvieron a la esquina. La gente se había amontonado y una vecina le dijo:
—Lo volaron al rubiecito, al de la 40.
“Cuando me acerqué, Omar ya estaba tapado con una bolsa negra y había un milico al lado. El que lo había matado no estaba más”, cuenta. Y el deseo de haberlo visto, de haber conocido al hombre que le disparó a su amigo, le surca la mirada. En poco tiempo llegaron varios patrulleros y un camión, “como si ya supieran lo que iba a pasar. No nos dejaban acercarnos”. Santi corrió hasta la 40 en estado de shock. Quería llorar, pero no le salían las lágrimas.
—Avisale a Sandra que lo mataron a Omar, en 43— le pidió a un vecino.
Fue todo lo que pudo decir. Cuando Sandra llegó corriendo a la esquina vio a Omar todavía ahí, tirado debajo de la bolsa de consorcio. Puteó a todos los policías que vio cerca, desgarrándose la voz, y después no pudo más. Se desmayó y cuando abrió los ojos de nuevo, su hijo ya no estaba.
***
Fueron dos oficiales de la Comisaría Tercera de Ensenada, Jonatan Emmanuel Degese y Gabriel Alejandro Lofeudo, los primeros policías que vieron al menos una parte de los hechos. Declararon ese mismo viernes, entre las siete y las ocho de la noche, en la Comisaría Segunda. Lofeudo manejaba el patrullero: iba por 122, a la altura de una YPF abandonada, cuando su compañero Degese le pidió que frenara. Había visto a un pibe corriendo por la avenida y a otro tirado en el suelo. El móvil cruzó rápidamente y estacionó sobre la vereda de la panadería Santa Rosa. Según el testimonio de los policías, lo primero que hicieron fue pedir una ambulancia y refuerzos a la Segunda, con jurisdicción en la zona. José Augusto Guzman, sargento del agrupamiento comando de esa seccional, recibió el aviso radial. Al llegar, una ambulancia del Hospital Naval ya estaba en el lugar. La doctora no tardó en declarar la muerte.
La siguiente en la lista de llamados fue Ana Medina, fiscal de turno en la UFI N°1. También convocaron a personal de la Policía Científica y médicos de la morgue. En el acta de procedimiento, los demás policías que asistieron como refuerzos advirtieron que los vecinos de la zona eran “hostiles a la presencia policial”. Después del hecho, dijeron, distintas personas “vociferaban agresivas contra el personal” y por eso solicitaron apoyo a Infantería, Grupo de Motorizada La Plata, Grupo GAD y comisarías cercanas. Medina llegó cerca de las tres, acompañada por el titular de la Fiscalía del Joven de turno Juan Alberto Benavidez. De regreso se llevó a Junquera y Palacios para que prestaran declaración.
Recién a las cuatro —dos horas después del homicidio— llegó en un móvil Marcelo Menzulo, médico forense de la policía. Levantó a Omar y lo llevó a la morgue. Flores ya había sido trasladado a la Comisaría Segunda, donde quedó aprehendido por el delito de “homicidio en ocasión de robo”.
En la causa por el asesinato de Omar hay dos actas en dos morgues distintas. Una, escrita en manuscrito y a los apurones, dice que lo llevaron a la Morgue Judicial, ubicada en la Asesoría Pericial (41 y diagonal 114, pleno barrio Hipódromo: justo detrás de la casa de Omar). En esa acta, realizada a las seis menos diez del viernes, advierten el hallazgo de un arma de fuego entre las prendas de vestir de Omar por parte de Menzulo, jefe de guardia de la morgue. Al final del escrito aclaran que la fiscal Medina tuvo que retirarse antes y por eso su firma no aparece junto a las demás.
Recién en la foja 44, mecanografiada, consta la visita de la fiscal a la Morgue Policial (en 131 y 74, a la entrada del Cementerio municipal). Allí asistió, dice, tras recibir un llamado telefónico de parte de Menzulo donde la notificaba del hallazgo de un arma de fuego entre los calzoncillos de Omar. En el acta también dejan constancia de una herida en su mano izquierda, “una lesión en apariencia compatible con el roce de un proyectil de arma de fuego”. A las seis, Medina se retiró del lugar después de firmar el escrito. Según consta en el expediente, tanto la fiscal como el médico estuvieron, con una diferencia de tan sólo diez minutos, en dos morgues diferentes que quedan a ochenta cuadras de distancia.
El cuerpo de Omar debió haber sido peritado en la Morgue Judicial. Según la resolución 1390 de la Procuración General de la Suprema Corte de Justicia, los fiscales no pueden delegar sus investigaciones en la misma fuerza que está involucrada en el hecho. Pero fue Menzulo, médico forense de la Policía Bonaerense, quien encontró el arma entre los calzoncillos de Omar.
Y fueron efectivos de la Comisaría Segunda quienes quedaron a cargo de la investigación, al menos en un principio. Los mismos que estaban restringidos por un hábeas corpus que la familia Cigaran había interpuesto, por maltratos y tormentos, cuatro meses antes. Los mismos que el día anterior habían allanado su casa.
Los nombres de los amigos de Omar fueron modificados para preservar su identidad (e integridad).
Disponible online en la página web del Ministerio Público Fiscal de la provincia de Buenos Aires.
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