Florencia Saintout reúne una doble condición de identidad con la capital provincial que ahora quiere gobernar: es platense de nacimiento y por opción. Nació en la ciudad el 31 de enero de 1970 y era una niña cuando la familia arrancó un derrotero por distintos pueblos y ciudades bonaerenses. El contacto con las calles, avenidas y diagonales, y con las idiosincrasia y costumbres de La Plata se dio mucho después, ya cuando era una joven estudiante universitaria.
Ahora quiere ser la primera mujer en gobernarla y arranca el domingo de elecciones liderando una de las boletas con más chances de hacerlo. Se impuso en una interna del peronismo muy pareja contra otros cuatro candidatos. Y ahora su principal desafío es aglutinar los votos de todos ellos para asegurar la victoria.
Desde que ganó en las PASO encaró una campaña con mucho acercamiento a los barrios para tomar contacto con los vecinos y con una intensa agenda de reuniones con sectores que tienen incidencia en la vida económica, social y política en la capital bonaerense.
Vinculó su imagen lo más que pudo a las fórmulas nacional y provincial, y evitó exponerse en polémicas con el intendente Julio Garro, su principal rival en la contienda. Tampoco respondió cuando la criticaron por no ir al debate ni hizo de la campaña oficialista por el corte de boleta o de las críticas por su gestión en la facultad de Periodismo una bandera de victimización. Cuando le preguntaron, sí admitió que se sintió atacada y que hubo “una campaña sucia” y “llena de agravios”.

VIDA PLATENSE
Saintout llegó a La Plata con un año desfasado porque en el último del secundario consiguió un intercambio con un colegio de Kingston, la capital de Jamaica. La experiencia sería iniciática tanto desde lo académico como a nivel personal. Más allá del acercamiento a la cultura de ese país caribeño, representó una apertura de cabeza que aplicaría en el tránsito de los primeros pasos en La Plata, en tiempos complicados. No sería la primera vez que se radicaría en otro país para capacitarse. Tiempo más adelante pasó una temporada en México, a donde fue becada.
En 1989, año en el que cruzó por primera vez la puerta del edificio de 44 entre 8 y 9 donde funcionaba la entonces Escuela Superior de Periodismo, La Plata no era una ciudad fácil de ser vivida. El rostro de sus habitantes era el de la angustia, la hiperinflación galopaba por encima de las familias a las que el salario se les desvalorizaba a las pocas horas de ser cobrado y el ambiente político se enrarecía.
Los saqueos a supermercados empezaron a ser un tema hacia finales de mayo, poco después de que Carlos Menen ganara las elecciones presidenciales. Y el adelanto de su asunción empezaba a ser una posibilidad que se concretaría cuando Raúl Alfonsín cedió su gobierno cinco meses antes de tiempo.

El panorama no era el mejor para los estudiantes que llegaban a la ciudad desde distintos puntos del país. Era el caso de Saintout, había venido desde Bahía Blanca con su hermana un año menor. Habitaban una pequeña morada en Tolosa que difícilmente pueda calificarse como una vivienda. Era más bien un sucucho, una especie de local de kiosco de 4 x 4 que estaba en 530 entre 13 y 14. Como tantos, como todos, las hermanas recibían encomiendas que eran consideradas grandes tesoros enviados por padres esforzados, que tenían que ser racionados para que duraran más.
Rápidamente tuvieron que adaptarse a una tercera conviviente cuando a aquella casa llegó Candela Cedrón, una compañera de Mar del Plata que encontró en aquel lazo solidario la única chance de no convertirse en una de las tantas estudiantes en abandonar su carrera por el estrangulamiento económico que imponía la crisis. Los altos registros de deserción fueron una marca de época ese año. Aquel gesto y una vida compartida en la militancia y el mundo académico las convertiría en amigas entrañables.
Eran tiempos en que las asonadas militares seguían siendo una posibilidad latente, la ciudad estaba gobernada por Pablo Pinto, el último intendente radical, y la policía desplegaba en las calles su poder de intimidación sin contrapeso institucional que la controlara. Aquello golpearía directo en el corazón de los estudiantes de Periodismo unos años después, cuando uno de ellos, Miguel Bru, fuera secuestrado, asesinado y su cuerpo desaparecido hasta el día de hoy por una patota de la Comisaría Novena que operaba como servicio de calle. El dolor y la bronca atravesó a todas las agrupaciones y son emblemáticas las marchas reclamando su aparición, que partían desde 44.

En la vida cotidiana eran tiempos en que los estudiantes se juntaban para comer o buscaban alternativas para hacerlo de modo económico en lugares como los comedores del Banco Provincia o el supermercados del Hogar Obrero de 43 entre 10 y 11. En las noches de los sábados eran una cita obligada las peñas en las facultades donde corría el vino barato que se llevaba en damajuana y donde muchos de las discusiones terminaban resolviéndose con más empujones que palabras. Son recordados entre los estudiantes de Periodismo los encuentros de ese tipo en el estrecho pasillos de la vieja Escuela en las que solía aparecer José Luis, el líder de la hinchada de Gimnasia que transitaba seguido la cercana Plaza Italia en la que todos los fines de semana crecía la -por entonces- única feria de artesanos de la ciudad. Eran fiestas humeantes en las que las guitarreadas y el rockandroll solían cortarse de pronto con una chicana política inoportuna que podía desencadenar una batahola.
La agrupación Rodolfo Walsh fue el lugar de referencia natural producto del legado familiar. Florencia había tenido contacto con la política y en particular con el peronismo desde su niñez ya que sus padres eran militantes. De algún modo esa había sido la razón del alejamiento de la capital provincial en 1976, cuando arrancaba la dictadura y el clima en la ciudad era todavía más oscuro e irrespirable. Fue cuando empezó un derrotero que la llevaría por distintos pueblos y ciudades de la provincia de Buenos Aires. Benito Juárez y Bahía Blanca fueron las que más la marcaron.
El rol de su padre Marcos, como médico sanitarista de la escuela de Floreal Ferrara, y de su madre Sonia, una profesora e intelectual, fue el de cimentar esa búsqueda en la política como herramienta de transformación. Siempre fue de participar y la primera experiencia propia había sido en el centro de estudiantes secundarios, en Bahía Blanca.

La militancia en aquellos primeros años en La Plata se proyectaba al territorio y al sector que integraba Saintout le tocaba caminar el barrio La Unión, un asentamiento que estaba ubicado sobre diagonal 74, en la zona donde actualmente culmina o empieza la autopista a Buenos Aires. Aparecían entonces los primeros carreros y la agrupación tenía un trabajo territorial fuerte. Pero las aulas también fueron un espacio formativo desde el punto de vista político y Saintout y Cedrón, inseparables en ese primer año, fueron recibidas por Flavia Delmas, la actual secretaria de Género de la facultad de Periodismo, tal vez una de las primeras referentes mujeres del espacio con el que las ingresantes se sintieron identificadas.
Las acción política se trasladaba desde el Centro de Estudiantes que solía funcionar detrás de las escaleras que desde el fondo del pasillo llevaban a las aulas de las plantas altas, a la casa de Tolosa o a la que más adelante Florencia y sus tres hermanos alquilaron en San Carlos, cerca de 44 y 135. Se hacían afiches, se trabajaban en las notas para la revista La Justa o se leía teoría de comunicación.
Pero tuvieron que pasar varios años más, ya con el kirchnerismo en el Gobierno, para que se sintiera interpelada por la política partidaria. Los militantes universitarios de aquel tiempo no se sentían representados por el menemismo y solo la resistencia de lo que fuera la renovación cafierista, cuyo ADN se trasladó al emblemático “grupo de los 8” diputados rebeldes marcaban un norte. Pero eran las agrupaciones estudiantiles las verdaderas contenedoras.

Eran tiempo en los que la palabra machirulo no existía y en cambio el machismo, sin ser muy cuestionado, dominaba las relaciones en todos los ámbitos. Aquello fue tal vez lo que impidió que Delmas fuera presidenta del Centro de Estudiantes o que el rol de las mujeres quedara relegado a puestos complementarios a la hora del armado de las listas. Tal vez también por eso fue tan disruptiva, unos años después, la aparición de Saintout como una de las primeras consejeras académicas estudiantiles. Algo que replicaría años más tarde, en 2010, al asumir como la primera decana mujer en un contexto universitario marcado por el dominio masculino y en el marco de una dinámica interna, tanto en la facultad como en la UNLP, no exenta de gestos misóginos.
El tiempo la llevaría a proyectar eso rol de abrepuertas para las mujeres al ámbito político partidario y forma parte de su trayectoria pública más conocida. Como decana, como la primera candidata a intendenta del peronismo en 2015, como concejal y como la primera presidenta del bloque de diputados que integra en la Legislatura. Este domingo pretende seguir la huella y convertirse en precursora como la primera intendenta de la ciudad de La Plata.