En el estudio La Playa, el espacio de arte que Eduardo Loogia y su compañera Valentina tienen sobre calle 12 frente al inmenso Parque Saavedra, todo parece brillar. Flores fucsias y llamativas, hojas de un verde fluorescente, la boca brillante de una piba que pronuncia: "Cheta". Hasta los azules apagados sirven de base para que los colores más chillones puedan sobresalir.
Loogia invita a 0221.com.ar a pasar a su estudio personal, donde hay más: cuadros suyos pero también de Picasso, y obras de otros autores que trabaja por encargo. Este joven de 23 años se hizo conocido por sus despampanantes pinturas en las paredes de La Plata, con palabras como "wacha", "flama" o "cheta". Pinta hace relativamente poco tiempo, 7 u 8 años, pero dibuja desde que tiene memoria.
"Arranqué a temprana edad con mi hermano mayor, que me lleva 6 años y dibuja re bien. Aprendió perspectiva una vez en una escuela de verano, me la enseñó, y a partir de eso empezamos a crear dibujos en lápiz. Copiábamos la realidad. En ese entonces era re pequeño. Después hacíamos esculturas con jengas y plastilina... Fue desde temprana edad que empecé a vivir el mundo artístico, pero ignorándolo claramente, no sabía qué era, solo lo hacía. Tampoco sabía que era algo socialmente valorado: lo aprendí hace un par de años. Mi vieja es médica y mi papá trabaja en el Correo, así que no, nada que ver. Pero siempre me apoyaron", cuenta Edu en una entrevista con este portal.
En su adolescencia llegó el amor por el grafiti. "Pinté durante 3 o 4 años en la calle, y ahí fue donde aprendí a pintar. El grafitti me enseñó a combinar colores y entenderlos. Empecé haciendo "bombas", o piezas, graffitis muy coloridos y pregnantes, yo les ponía perspectiva así eran atractivos, como si se salieran de la pared. Y combinaba los colores y los ubicaba en zonas donde eran visibles... Ahí empecé a entender un poco de lo visual, del color, y de cómo empezar a formar parte del ambiente en la calle. El grafitti es sumamente egocéntrico: era Loogia, Loogia, repetía la palabra por todos lados", dice riéndose.
Es que además de una expresión artística un poco personalista, el grafiti para él es una suerte de antilenguaje, que va de "entender más o menos cómo es una letra y reeditarla" pero haciéndola lo menos legible posible, "como para que se entienda sobre todo en la jerga de los grafiteros". "Como si fuera un lenguaje hecho solo para graffiteros, y también para la sociedad aunque les cueste descifrarlo. Yo no era muy ortodoxo en ese sentido, y mis graffitis los hacía legibles. Eran medio enredados pero siempre te dabas cuenta que decía Loogia", cuenta.
Después terminó la escuela, habiendo conocido ya al reconocido artista callejero Falopapas: "Ahí fue donde me encaminé hacia transformar la pintura de un hobby a un oficio. Luego terminé la escuela y todo indicaba que tenía que ir a Bellas Artes, pero fui a estudiar Artes Plásticas y estuve dos o tres años y luego no seguí". La verdad, dice, es que "no le ponía mucha garra" y por eso terminó eligiendo trabajar. Ahora se dedica al arte full time y sobre todo realiza trabajos por encargo.
Sus obras callejeras, que lo hicieron conocido a nivel local, giran alrededor de ciertas palabras, todas provenientes de una exposición que hizo el joven hace tiempo. "La expo hablaba del antilenguaje y las jergas barriales y de cómo, de alguna manera, nosotros tomamos siempre palabras diferentes al lenguaje cotidiano para poder diferenciarnos o entendernos entre nosotros y que otros grupos, quizá, no lo entiendan tan fácilmente".
"Me empezó a intrigar mucho eso y empecé a experimentar un tiempo: iba a mi barrio, hablaba con mis amigos y decían 'wacha, flama, cheta', y luego iba a otras zonas donde había otras personas que nada que ver, o de otros estratos sociales, y escuchaba las mismas palabras. No podía entender cómo llegaban las mismas palabras si esas personas nunca se habían cruzado. Ahí empecé a investigar y descubrí que estas palabras están coladas parasitariamente en la sociedad, y que iban avanzando por todos lados sin escrúpulos. En cualquier estrato social, lo que sea. Eso era increíble", define con una media sonrisa.
UN GUIÑO AL MEDIOAMBIENTE
"El aerosol tiene butano y un montón de otros gases y partículas que son nocivas para el ecosistema. Soy sumamente consciente de eso. Es una herramienta muy versátil, muy del futuro, muy nueva y contemporánea, y ya que es tan buena en todo esos aspectos también tiene su lado muy malo", asegura Edu a la hora de hablar de las medidas que toma para que su arte sea lo menos "residual" posible.
Por eso, si va a tirar latas, primero las pincha para sacarles el butano y que así "se degraden más fácil". Otra de sus medidas ecológicas es acumular las latas vacías en un barril de 200 litros, que tiene en el patio del estudio, para después hacer "experimentos": las corta, hace spots para lámparas dicroicas, paredes con latas y hasta esculturas.
EL ARTE INTERVENIDA POR LA CALLE
"Muchas veces busco paredes que estén en el lugar más céntrico de La Plata, pero otras veces está buenísimo pintar en un callejón de Barrio Jardín, donde no los va a ver casi nadie. Y eso es hermoso también: cada lugar, cada espacio, tiene su magia", asegura Edu, que reivindica el arte a la vista de todos para incentivar un diálogo entre sus pinturas y la gente.
"Es re lindo pintar en la calle: una vez que lo terminás das esa obra a la calle, a la intemperie, a la sociedad. Y se transforma. Con el tiempo va interactuando con la erosión del clima, de las personas, la gente va y le pone cosas y eso me encanta, es lo que lo diferencia de una galería o un cuadro. Me gusta pasar por murales que pinté hace tiempo, ver cómo cambiaron, si se destiñeron, si la pared se humedeció, si salieron plantas, o si alguien le pintó un 7-0. Me encanta", cierra Edu antes de despedirse de 0221.com.ar y seguir preparando ideas para su futura obra.
Este sábado estará pintando en vivo en la República de los Niños, durante el Festival Capital organizado por la productora Gonna Go y la Municipalidad de La Plata, de 12 a 00.