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El histórico DJ que le va a poner música a la inauguración del estadio de Estudiantes

Diego Vargas lleva una vida dedicada a su gran amor: los casettes, cds y discos de vinilo. Fue uno de los principales protagonistas de las noches platenses en la década del noventa, cuando musicalizó los bares y boliches más emblemáticos de nuestra ciudad. Hace pocos días recibió una de las noticias que más lo conmovieron: será el encargado del sonido en la vuelta del Pincha a 1 y 57. Así se lo cuenta a 0221.com.ar.

Con los ojos entrecerrados mirando a un horizonte imaginario que lo remonta a sus gloriosos noventas, Diego Vargas ordena la innumerable cantidad de recuerdos que se le vienen a la cabeza cuando 0221.com.ar lo bombardea a preguntas acerca de aquellas noches en los bares y boliches platenses que hoy ya no existen. Él es uno de los DJ con más trayectoria en nuestra ciudad, que arrancó en el mundo de las discotecas de casualidad allá por noviembre de 1992. Fue quien puso la música que todos bailamos en los rincones más convocantes de las diagonales, desde los extintos Brothers, Metrópolis y La Bianca hasta Wilkenny, Pachuka, Ruta y Mirapampa, entre otros. Hoy, tres décadas después de aquella noche del debut, se prepara para uno de los momentos más importantes de su carrera: va a ser el encargado de musicalizar la doble inauguración del nuevo estadio de Estudiantes, el 9 y 10 de noviembre.

“Para mí es genial, yo lo siento como un reconocimiento al esfuerzo, más allá de estar trabajando en el club hace algunos años. Esto para mí fue sorpresivo y hermoso a la vez. Es un lugar en el que seguramente muchos quieren estar, es un privilegio y todavía no caigo. Yo creo que me va a caer la ficha un poco cuando esté ahí”, reflexiona este melómano de 41 años con respecto a uno de los trabajos más importantes que le encomendaron: musicalizar la apertura de la casa del Pincha de 1 y 57.

“Yo musicalizo la cancha ya hace cuatro años, antes de los partidos y en los entretiempos. Siempre en la cancha de Quilmes, en el Estadio Único, muchas veces sin dormir, porque la noche y el día es el agua y el aceite, está claro, muchas veces hay que seguir de largo. Lo hago por el amor al club que tengo y porque realmente disfruto lo que hago”, agrega midiendo sus palabras porque por más que quiera no puede adelantar absolutamente nada de lo que va a pasar en esa doble jornada de noviembre. “No puedo decir nada, solo que va a ser muy especial, estamos preparando muchísimas sorpresas”.

VIRUS Y LOS CADILLACS

“Todo lo que está relacionado con la música lo disfruto mucho”, repite Vargas más de una vez durante la charla, con su colección de más de tres mil discos de vinilo a sus espaldas. Desde 1992 su vida se dedica a hacer bailar a la gente y siente orgullo de eso. Hoy, con toda la experiencia que le dieron los años y las bandejas -y en un tono que mezcla la melancolía y la nostalgia de los viejos tiempos con la aceptación cruel de que todo cambió-, compara qué pasaba por La Plata hace más de 20 años con la actualidad.

“En los noventa la noche platense era hermosa. La gente salía a bailar 100%. Era muy lindo”, se sincera casi con resignación. “La noche platense es muy amplia y hay de todo, hay muchas opciones. Hoy por ejemplo las cervecerías artesenales se han metido en el rubro nocturno también. Está la parte rockera, la discoteca, la underground. La discoteca yo la curtí durante muchísimos años, he pasado por miles de boliches, gracias a Dios siempre en lugares lindos y en donde yo no tuve que ir a golpear la puerta. Eso me parece hermoso y creo que también quiere decir algo de mi laburo”, rescata.

Diego arrancó a pasar música una noche de noviembre de 1992 luego del llamado de un amigo y nunca más paró. Todo comenzó en Brothers, un desaparecido bar que con los años se transformó en la heladería Thionis de diagonal 74 y 48, y después continuó por muchos otros comodines de la movida nocturna local: Metrópolis -diagonal 74 y 47-, La Ley -13 y 47-, Los Naranjos -47 entre 10 y 11-, El Ángel -el predio de 511 casi Camino Centenario que además de ser Ruta Bacalao también cambió de nombre en varias oportunidades-, Pachuka -en aquella esquina de Gonnet-, Wilkenny -11 y 50-, La Bianca -Camino Belgrano y 514-, alguna que otra cervecería artesanal cuando recién empezaba el furor, La Reina y Mirapampa. “Un abanico bastante variado y para todos los públicos”, define.

“La primera vez fue un 25 de noviembre del 92. Yo en ese momento había hecho el cambio de casettes a cds, entonces tenía muchos discos. Un amigo me pidió prestado unos cds porque estaba poniendo música ahí –en Brothers-. 'Yo los cds te los presto, pero también voy yo', le dije. '¿Querés los discos? Bueno, pero son míos, voy yo también con los discos”, recuerda a pura risa.

“Había otro DJ poniendo música también y en un momento de la noche me preguntó a mí si quería poner unos temas. Había dos compacteras hogareñas, tengo el recuerdo de haber puesto Demasiada presión de Los Fabulosos Cadillacs y Wadu Wadu de Virus”, agrega con orgullo, y tira: “A mí también me ha pasado de decirle a algún amigo que pase música. Eso lo hacemos cuando la noche ya está lista, cuando el trabajo ya está hecho. Yo aquel momento lo súper valoré y me acuerdo que estaba súper nervioso. Desde ahí nunca más paré, hasta ahora. Hoy quizás no tengo esa continuidad en bares y boliches -de vez en cuando lo hago-, pero nunca paré. Fueron muchos años de trabajar todos los fines de semana jueves, viernes, sábados e incluso domingos. Se volvió una forma de vida”.

DE LAS RAZZIAS AL REGGAETON

“En los noventa tuve la suerte de hacer matinés en Metrópolis, después pasar música en La Ley y después en un boliche, porque estaban de moda tanto los bares como los boliches. La noche era larguísima. A La Ley iba a trabajar a las 11 de la noche y explotaba de gente adentro y afuera en la calle; después me iba a Metrópolis, que estaba como segundo DJ, o sea que yo terminaba la noche y cortábamos la música a las 10 de la mañana. Y eso no era un after hour, la noche era así”, explica.

“Yo entraba a La Bianca a las 3 de la mañana pero nunca llegaba a horario. Me llamaban por teléfono y les decía que estaba yendo pero todavía estaba en la barra de Wilkenny”, recuerda riéndose. “Hoy en día entiendo también que no son épocas en las que uno pueda salir primero a una cervecería, después ir a otro lugar y luego terminar en otro. A las 3 de la mañana no tenés más plata. Y antes, al no haber tantos lugares en La Plata, los lugares que había se llenaban”, reflexiona.

“Brothers fue uno de los primeros lugares más populares para los más chicos, de 16 o 17 años. Reventaba de gente, se llenaba mucho. Y en esa época estaban las razzias: caían a la puerta, ponían el camión de culata y yo adentro terminaba haciendo de guía para algunos menores, nos poníamos todos atrás de la barra e iban para el sótano. Lo que pasaba es que como tenían orden judicial, no podían pasar atrás de la barra. Esto ya prescribió -se ríe-. Entonces bueno, pedían documentos y todos tenían 18 o 19 años. Y cuando se iban, listo, todos arriba y seguíamos con la música”, cuenta como anécdota.

“También me acuerdo de trabajar con otro muchacho que iba para El Edén -previo a Metrópolis, año 1994- y yo me quedaba poniendo música en Brothers con lo poco que tenía: en disco, CD o casette; no era como ahora que vas con una computadora, olvidate. Entonces yo me quedaba con una parte, él con otra y nos arreglábamos. Después nosotros queríamos ir para el boliche y para entrar con todos mis amigos agarrábamos entre todos las cajas de los discos, decíamos que era muy pesado, y así entrábamos”, agrega.

Y al momento de la comparación, Diego rescata en todo momento que hace dos décadas la gente disfrutaba mucho más de la música en los boliches que ahora. Y esto por distintas razones. "Yo creo que no hay nada más lindo que las cosas te queden en la retina. Yo tengo recuerdos geniales de pistas llenas en donde yo ponía un tema después de haber laburado toda una noche exclusivamente para una canción. Me moría de ansiedad por pasarla pero yo sabía que la tenía que bancar: cuando llegaba ese momento -que era el momento en que yo creía que tenía que sonar esa canción-, era una sensación que ahora me hace poner la piel de gallina cuando lo cuento", describe y critica en ese sentido: "Hoy en día pasa que la gente está mirando al DJ y la verdad que no hay nada para mirar. La gente lo que tendría que hacer, en vez de conectar con el DJ, es conectar con la música".

"Hoy también pasa que alguien pega un tema y todos van detrás de ese tema, todos hacen lo mismo porque pegó ese tema. Antes no era de esa manera: había variedad, varios hits distintos de distintos estilos, tanto en los ochenta como en los noventa y ninguno sonaba igual que el otro. Hoy en día todo suena igual, hasta las bandas de rock suenan parecidas", analiza, aunque al mismo tiempo aclara que "no existe la música mala; para mí existen los géneros y en los géneros está lo bueno y lo malo".

"Yo no quiero que me encasillen, nunca van a entender qué hago. Hace poco fui a La Mulata a poner un poco de Nu-disco y house, después pasé una noche entera de cumbia en el Disco Retro, a la otra semana pasé música de los 80 en un cumpleaños de 50. Por ahí me toca un cumpleaños actual y vamos a poner los reggaetones que están de moda y listo, los ponemos. Toda esta mezcolanza hace que nadie entienda qué termino haciendo y a la vez entiendan mi profesionalismo en este sentido", se define quien por estos días se la pasa editando audios de cara al festejo de Estudiantes en la nueva casa de 1 y 57.

"Yo siempre les digo a los chicos que empiezan a laburar que uno tiene que ir llevando a la gente a un punto en el cual uno pueda hacer lo que quiera. Llegar a ese punto exacto de excitación en el cual todos estemos en la misma, divertidos, y uno pueda decir 'voy a poner Locomía, Jazzy Mel, Mambrú, si total lo van a bailar'", revela mientras cambia una vez más de disco. Ahora suena un inédito de Los Pericos: la primera versión de El Ritual de la Banana. "Es una bomba", dice Diego al mismo tiempo que sube el volumen para apreciar la guitarra del comienzo y el bajo que te retumba en el pecho.

Hoy en día trabaja en eventos privados, cumpleaños de 30, 40 y 50, eventos que organiza él mismo y que son promocionados de boca en boca, porque "soy algo así como el antimarketing; no tengo ni tarjeta", ríe. "Muchas veces ni filmo ni saco fotos cuando paso música. Cuando paso música y me engancho con la gente no me importa más nada. Creo que esa es la mejor publicidad". El 9 y 10 de noviembre tendrá la misión de plasmar su arte en todos los hinchas de Estudiantes, en el marco de una doble jornada plagada de emociones, en donde la fibra íntima de todos va a estar atravesada por el fútbol y música. Nada más poderoso.

Diego Vargas lleva una vida dedicada a su gran amor: los casettes, cds y discos de vinilo. Fue uno de los principales protagonistas de las noches platenses en la década del noventa, cuando musicalizó los bares y boliches más emblemáticos de nuestra ciudad. Hace pocos días recibió una de las noticias que más lo conmovieron: será el encargado del sonido en la vuelta del Pincha a 1 y 57. Así se lo cuenta a 0221.com.ar.

13 de octubre de 2019

Con los ojos entrecerrados mirando a un horizonte imaginario que lo remonta a sus gloriosos noventas, Diego Vargas ordena la innumerable cantidad de recuerdos que se le vienen a la cabeza cuando 0221.com.ar lo bombardea a preguntas acerca de aquellas noches en los bares y boliches platenses que hoy ya no existen. Él es uno de los DJ con más trayectoria en nuestra ciudad, que arrancó en el mundo de las discotecas de casualidad allá por noviembre de 1992. Fue quien puso la música que todos bailamos en los rincones más convocantes de las diagonales, desde los extintos Brothers, Metrópolis y La Bianca hasta Wilkenny, Pachuka, Ruta y Mirapampa, entre otros. Hoy, tres décadas después de aquella noche del debut, se prepara para uno de los momentos más importantes de su carrera: va a ser el encargado de musicalizar la doble inauguración del nuevo estadio de Estudiantes, el 9 y 10 de noviembre.

“Para mí es genial, yo lo siento como un reconocimiento al esfuerzo, más allá de estar trabajando en el club hace algunos años. Esto para mí fue sorpresivo y hermoso a la vez. Es un lugar en el que seguramente muchos quieren estar, es un privilegio y todavía no caigo. Yo creo que me va a caer la ficha un poco cuando esté ahí”, reflexiona este melómano de 41 años con respecto a uno de los trabajos más importantes que le encomendaron: musicalizar la apertura de la casa del Pincha de 1 y 57.

“Yo musicalizo la cancha ya hace cuatro años, antes de los partidos y en los entretiempos. Siempre en la cancha de Quilmes, en el Estadio Único, muchas veces sin dormir, porque la noche y el día es el agua y el aceite, está claro, muchas veces hay que seguir de largo. Lo hago por el amor al club que tengo y porque realmente disfruto lo que hago”, agrega midiendo sus palabras porque por más que quiera no puede adelantar absolutamente nada de lo que va a pasar en esa doble jornada de noviembre. “No puedo decir nada, solo que va a ser muy especial, estamos preparando muchísimas sorpresas”.

VIRUS Y LOS CADILLACS

“Todo lo que está relacionado con la música lo disfruto mucho”, repite Vargas más de una vez durante la charla, con su colección de más de tres mil discos de vinilo a sus espaldas. Desde 1992 su vida se dedica a hacer bailar a la gente y siente orgullo de eso. Hoy, con toda la experiencia que le dieron los años y las bandejas -y en un tono que mezcla la melancolía y la nostalgia de los viejos tiempos con la aceptación cruel de que todo cambió-, compara qué pasaba por La Plata hace más de 20 años con la actualidad.

“En los noventa la noche platense era hermosa. La gente salía a bailar 100%. Era muy lindo”, se sincera casi con resignación. “La noche platense es muy amplia y hay de todo, hay muchas opciones. Hoy por ejemplo las cervecerías artesenales se han metido en el rubro nocturno también. Está la parte rockera, la discoteca, la underground. La discoteca yo la curtí durante muchísimos años, he pasado por miles de boliches, gracias a Dios siempre en lugares lindos y en donde yo no tuve que ir a golpear la puerta. Eso me parece hermoso y creo que también quiere decir algo de mi laburo”, rescata.

Diego arrancó a pasar música una noche de noviembre de 1992 luego del llamado de un amigo y nunca más paró. Todo comenzó en Brothers, un desaparecido bar que con los años se transformó en la heladería Thionis de diagonal 74 y 48, y después continuó por muchos otros comodines de la movida nocturna local: Metrópolis -diagonal 74 y 47-, La Ley -13 y 47-, Los Naranjos -47 entre 10 y 11-, El Ángel -el predio de 511 casi Camino Centenario que además de ser Ruta Bacalao también cambió de nombre en varias oportunidades-, Pachuka -en aquella esquina de Gonnet-, Wilkenny -11 y 50-, La Bianca -Camino Belgrano y 514-, alguna que otra cervecería artesanal cuando recién empezaba el furor, La Reina y Mirapampa. “Un abanico bastante variado y para todos los públicos”, define.

“La primera vez fue un 25 de noviembre del 92. Yo en ese momento había hecho el cambio de casettes a cds, entonces tenía muchos discos. Un amigo me pidió prestado unos cds porque estaba poniendo música ahí –en Brothers-. 'Yo los cds te los presto, pero también voy yo', le dije. '¿Querés los discos? Bueno, pero son míos, voy yo también con los discos”, recuerda a pura risa.

“Había otro DJ poniendo música también y en un momento de la noche me preguntó a mí si quería poner unos temas. Había dos compacteras hogareñas, tengo el recuerdo de haber puesto Demasiada presión de Los Fabulosos Cadillacs y Wadu Wadu de Virus”, agrega con orgullo, y tira: “A mí también me ha pasado de decirle a algún amigo que pase música. Eso lo hacemos cuando la noche ya está lista, cuando el trabajo ya está hecho. Yo aquel momento lo súper valoré y me acuerdo que estaba súper nervioso. Desde ahí nunca más paré, hasta ahora. Hoy quizás no tengo esa continuidad en bares y boliches -de vez en cuando lo hago-, pero nunca paré. Fueron muchos años de trabajar todos los fines de semana jueves, viernes, sábados e incluso domingos. Se volvió una forma de vida”.

DE LAS RAZZIAS AL REGGAETON

“En los noventa tuve la suerte de hacer matinés en Metrópolis, después pasar música en La Ley y después en un boliche, porque estaban de moda tanto los bares como los boliches. La noche era larguísima. A La Ley iba a trabajar a las 11 de la noche y explotaba de gente adentro y afuera en la calle; después me iba a Metrópolis, que estaba como segundo DJ, o sea que yo terminaba la noche y cortábamos la música a las 10 de la mañana. Y eso no era un after hour, la noche era así”, explica.

“Yo entraba a La Bianca a las 3 de la mañana pero nunca llegaba a horario. Me llamaban por teléfono y les decía que estaba yendo pero todavía estaba en la barra de Wilkenny”, recuerda riéndose. “Hoy en día entiendo también que no son épocas en las que uno pueda salir primero a una cervecería, después ir a otro lugar y luego terminar en otro. A las 3 de la mañana no tenés más plata. Y antes, al no haber tantos lugares en La Plata, los lugares que había se llenaban”, reflexiona.

“Brothers fue uno de los primeros lugares más populares para los más chicos, de 16 o 17 años. Reventaba de gente, se llenaba mucho. Y en esa época estaban las razzias: caían a la puerta, ponían el camión de culata y yo adentro terminaba haciendo de guía para algunos menores, nos poníamos todos atrás de la barra e iban para el sótano. Lo que pasaba es que como tenían orden judicial, no podían pasar atrás de la barra. Esto ya prescribió -se ríe-. Entonces bueno, pedían documentos y todos tenían 18 o 19 años. Y cuando se iban, listo, todos arriba y seguíamos con la música”, cuenta como anécdota.

“También me acuerdo de trabajar con otro muchacho que iba para El Edén -previo a Metrópolis, año 1994- y yo me quedaba poniendo música en Brothers con lo poco que tenía: en disco, CD o casette; no era como ahora que vas con una computadora, olvidate. Entonces yo me quedaba con una parte, él con otra y nos arreglábamos. Después nosotros queríamos ir para el boliche y para entrar con todos mis amigos agarrábamos entre todos las cajas de los discos, decíamos que era muy pesado, y así entrábamos”, agrega.

Y al momento de la comparación, Diego rescata en todo momento que hace dos décadas la gente disfrutaba mucho más de la música en los boliches que ahora. Y esto por distintas razones. "Yo creo que no hay nada más lindo que las cosas te queden en la retina. Yo tengo recuerdos geniales de pistas llenas en donde yo ponía un tema después de haber laburado toda una noche exclusivamente para una canción. Me moría de ansiedad por pasarla pero yo sabía que la tenía que bancar: cuando llegaba ese momento -que era el momento en que yo creía que tenía que sonar esa canción-, era una sensación que ahora me hace poner la piel de gallina cuando lo cuento", describe y critica en ese sentido: "Hoy en día pasa que la gente está mirando al DJ y la verdad que no hay nada para mirar. La gente lo que tendría que hacer, en vez de conectar con el DJ, es conectar con la música".

"Hoy también pasa que alguien pega un tema y todos van detrás de ese tema, todos hacen lo mismo porque pegó ese tema. Antes no era de esa manera: había variedad, varios hits distintos de distintos estilos, tanto en los ochenta como en los noventa y ninguno sonaba igual que el otro. Hoy en día todo suena igual, hasta las bandas de rock suenan parecidas", analiza, aunque al mismo tiempo aclara que "no existe la música mala; para mí existen los géneros y en los géneros está lo bueno y lo malo".

"Yo no quiero que me encasillen, nunca van a entender qué hago. Hace poco fui a La Mulata a poner un poco de Nu-disco y house, después pasé una noche entera de cumbia en el Disco Retro, a la otra semana pasé música de los 80 en un cumpleaños de 50. Por ahí me toca un cumpleaños actual y vamos a poner los reggaetones que están de moda y listo, los ponemos. Toda esta mezcolanza hace que nadie entienda qué termino haciendo y a la vez entiendan mi profesionalismo en este sentido", se define quien por estos días se la pasa editando audios de cara al festejo de Estudiantes en la nueva casa de 1 y 57.

"Yo siempre les digo a los chicos que empiezan a laburar que uno tiene que ir llevando a la gente a un punto en el cual uno pueda hacer lo que quiera. Llegar a ese punto exacto de excitación en el cual todos estemos en la misma, divertidos, y uno pueda decir 'voy a poner Locomía, Jazzy Mel, Mambrú, si total lo van a bailar'", revela mientras cambia una vez más de disco. Ahora suena un inédito de Los Pericos: la primera versión de El Ritual de la Banana. "Es una bomba", dice Diego al mismo tiempo que sube el volumen para apreciar la guitarra del comienzo y el bajo que te retumba en el pecho.

Hoy en día trabaja en eventos privados, cumpleaños de 30, 40 y 50, eventos que organiza él mismo y que son promocionados de boca en boca, porque "soy algo así como el antimarketing; no tengo ni tarjeta", ríe. "Muchas veces ni filmo ni saco fotos cuando paso música. Cuando paso música y me engancho con la gente no me importa más nada. Creo que esa es la mejor publicidad". El 9 y 10 de noviembre tendrá la misión de plasmar su arte en todos los hinchas de Estudiantes, en el marco de una doble jornada plagada de emociones, en donde la fibra íntima de todos va a estar atravesada por el fútbol y música. Nada más poderoso.

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Diego Vargas lleva una vida dedicada a su gran amor: los casettes, cds y discos de vinilo. Fue uno de los principales protagonistas de las noches platenses en la década del noventa, cuando musicalizó los bares y boliches más emblemáticos de nuestra ciudad. Hace pocos días recibió una de las noticias que más lo conmovieron: será el encargado del sonido en la vuelta del Pincha a 1 y 57. Así se lo cuenta a 0221.com.ar.