¡Quiero mi licencia de conducir, la quiero ya! Apuntes sobre eficiencia en la cosa pública
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¡Quiero mi licencia de conducir, la quiero ya! Apuntes sobre eficiencia en la cosa pública

02 de enero de 2019

Cena navideña, entre vitel toné y sidra, alguien tira el dato perturbador: - “che, tuve que hacer el curso de nuevo y rendir los exámenes porque se me había vencido la licencia de conducir…”. La experiencia ajena disparó la duda. Corrí a buscar mi licencia… Sí, vencida desde el 2 de diciembre.

Al día siguiente, tocs mediante, corrí a realizar el trámite de renovación. Mientras llenaba formularios a mano (¡A mano!), me puse a pensar en el rol del Estado y las innumerables condiciones tecnológicas con las que cuenta para evitarnos malos tragos. Un mensaje de texto, un correo electrónico, un recordatorio debería ser la clave para entablar diálogos con la ciudadanía. Pero no. Hay que ir a ver el plastiquito para constatar si estamos dentro de la ventana temporal de habilitación.

Anécdota aparte, resulta vital pensar la eficiencia a la luz de las (no tan) nuevas oportunidades que brindan los ecosistemas digitales. Las posibilidades de acumular, procesar datos y sacar conclusiones a instancias de la correlación entre éstos son hoy muy accesibles  (al menos en términos económicos). De esta forma, el paso siguiente consiste en pensar la relación ciudadanía/Estado en clave de experiencia de usuario/a. ¿Qué quiere decir esto? La gestión estatal se encuentra íntimamente ligada al goce y ejercicio de derechos fundamentales. Ello hace que los modos en que transitamos los andariveles de lo público, configuren las condiciones estructurales a partir de las que los tornamos efectivos.

¿Y entonces? Todo, absolutamente todo es cuantificable. No se puede concebir un Estado que crea líneas de transporte sin valerse de la información de la SUBE y el consecuente entrecruzamiento de los datos que arrojan los GPSs de las unidades; o que no se realicen pruebas piloto con ciclistas para evaluar los múltiples modos de transitar las ciudades y así generar alternativas que mitiguen el crecimiento exponencial del parque automotor. En igual sentido, en materia de salud, que no existan programas de prevención basados en la huella digital que dejan las y los usuarios, por plantear algunas entre otras múltiples e infinitas alternativas.

Así, las demandas deben ir orientadas a exigir mejores estándares de eficiencia en materia de gestión. Ello, si atendemos a que la presión tributaria medida en 2017 es de 33,8%, lo que equivale a decir que, en 2018, una familia necesitó de un piso de 171, y un techo de 202 días de trabajo para pagar impuestos (¡Sí! Más de 6 meses según datos del Instituto Argentino de Análisis Fiscal -IARAF-). Ello debería, inexorablemente, redundar en más y mejores condiciones de ejercicio de derechos, sobre todo si se tiene en cuenta que los impuestos al consumo, por caso el IVA, siguen repercutiendo en modo regresivo sobre los sectores de mayores niveles de vulnerabilidad.

Llamativamente este tipo de consideraciones están ausentes del debate público. Está claro que el hambre, como metáfora de varios de los padecimientos a que están expuestas las familias argentinas, parecería ser urgente. Pero en materia de políticas públicas, las líneas de fondo, de largo aliento, son las que terminan generando mejores condiciones estructurales, y coadyuvan en la misión de erradicar la pobreza y la indigencia. Un Estado monstruoso y torpe es la justa combinación de la que se valen los detractores de la cosa pública para promover medidas de achicamiento. No necesitamos un Estado pequeño, sino uno eficiente. Uno que dialogue con nosotros/as, que invite a participar, a sentirse parte, que allane el camino a la igualdad y la dignidad. En el mientras tanto ¡Quiero mi licencia de conducir, la quiero ya!

 

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