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Sujetas históricas

11 de enero de 2019

Históricamente sujetadas, sí. En ese aspecto estamos todas de acuerdo.

Asistimos con un entusiasmo inusitado a la masificación de nuestras demandas históricas que se expresan en una capacidad de convocatoria y movilización que ningún otro sector detenta. Con el valor agregado de que la convocatoria responde mayoritariamente a unas lógicas movimientistas sin jerarquías. Las marchas tienen entonces, con la única excepción de partidos políticos y gremios, el atractivo histórico particular de la espontaneidad y autogestión.

Los palcos y sus oradoras también muestran ese aire disruptivo con respecto a las prácticas políticas institucionalizadas, y vienen determinados por una legítima construcción de consensos y no por las tradicionales bajadas de línea.

Hemos podido hacer que el Patriarcado cuide sus  expresiones en los medios de comunicación, no tanto por convicción sino por corrección política. Pero igual el logro está ahí. No falta nunca en un panel de radio o televisión quien exprese abiertamente su desacuerdo con, por ejemplo, un periodista que ante una violación pueda preguntar qué hacía la víctima en el lugar del hecho.

Y repetimos todas con vehemencia que “la revolución será feminista, o no será”.

De vez en cuando, está bueno ponerse a pensar acerca de aquellas frases que – de tanto repetir  – pueden llevarnos a conclusiones apresuradas.

Las “mujeres” que marchamos por nuestros vapuleados derechos no constituimos un todo homogéneo. Podrán aducir que ningún sujeto histórico llamado a romper viejos paradigmas lo ha sido, pero tengo la sensación de que en los casos que vienen a mí al escribir, había unos consensos básicos más claros: violencia sí/violencia no; condiciones materiales de ahogo generalizado.

Lo que vemos la mayoría de las mujeres es que hay una estructura que nos condiciona, oprime, viola, mata…

Ahora que pedimos desde los diversos feminismos, deja de ser tan obvio, y los modos de alcanzar nuestros objetivos también.

Acá quiero hacer un alto para decir: no hago esta reflexión por tener muy claro el asunto. Así, de estas masivas manifestaciones se desprenden diversas demandas, y estrategias de acción que también lo son  y de las que no se puede hablar porque, pese a la sororidad esgrimida, muchas compañeras no aceptan ni siquiera las dudas que el momento que vivimos nos generan.

Porque aparecen voces feministas punitivistas, vengativas, revanchistas que no representan para nada lo que algunas mujeres sentimos que son los feminismos. Para mí, por ejemplo, los feminismos representan una teoría política amorosa de la humanidad, respetuosa de la Tierra y las diversidades, solidaria y cooperativa, respetuosa de los saberes de cada persona. Y de sus pareceres y sentires.

Otras voces que pretenden articular estas multiplicidades mediante formas de honda raigambre en la construcción política institucionalizada armando, por ejemplo, mesas de trabajo para abordar un tema puntual (trata, aborto, etc.) en las que lejos de lograrse consensos pretenden imponerse “conducciones”. Así, algunas voces quedan legitimadas, otras no.

También nos encontramos con voces normativas y prescriptivas. Sectores que militan desde la convicción de que haciendo leyes y más leyes, reglamentando protocolos de acción, proveyendo botones antipánico, construyendo “refugios para víctimas”, reglamentando lo imposible de reglamentar (como la prostitución) intentan finalmente tutelar los derechos de un colectivo victimizado ad-hoc y constituyéndose en sus garantes.

Voces que consideran que se pueden negociar derechos con el opresor, minimizando el hecho de que ningún colectivo en disparidad jerárquica está en condiciones de consensuar.

Lo que estamos logrando es maravilloso, promisorio, transformador. Sin dudas nuestras luchas tendrán impacto en lo público y lo político. Pero debemos seguir pensándonos colectivamente, capacitándonos, escuchándonos mucho y amorosamente si queremos lograr – si es que las condiciones históricas lo habilitan – a ser las sujetas de una revolución.

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