Por Martín Soler
Por Martín Soler
Marcela Aravena tenía 24 años de edad y había llegado a La Plata de su Carmen de Patagones natal seis años antes para estudiar Derecho en la Universidad. Católica practicante, le faltaban seis materias para recibirse de Abogada. Fue ejecutada de un tiro en la nuca en el departamento que compartía con su hermana Nora en calle 15, entre 58 y 59, a pocos metros del hogar de ancianos donde trabajaba. La causa tuvo dos sospechosos que quedaron desvinculados del caso. El crimen sigue impune.

El hecho ocurrió en 479 entre 8 y 10, en el barrio Savoia de City Bell. Las autoridades trabajan para determinar cómo se produjo el crimen.
La crisis económica, la caída del consumo y el costo del alquiler empujaron a los propietarios de la firma a retirarse del mercado de La Plata.
En el año 2001 ni los medios de comunicación ni la sociedad hablaba de “femicidio”, entonces las muertes de mujeres eran tratadas como “ajuste de cuentas” o “crimen pasional”. Esas fueron dos de las hipótesis del expediente. El paso del tiempo y el Código de Ordenamiento Urbano de La Plata modificaron por completo el barrio y la cuadra donde estaba ubicada el complejo de viviendas donde todo ocurrió.
El cuerpo sin vida fue hallado por Nora Aravena, quien reconstruyó cómo fueron los últimos momentos que compartió con su hermana, tal y como consta en el expediente al cargo de los fiscales Marcelo Martini y Carlos Vercellone.
Ese mediodía almorzaron juntas y fueron a dormir la siesta. Un par de horas después Nora se fue del departamento y Marcela se levantó en plan de estudio. Preparaba el final de la materia Economía Política.
Alrededor de las 18.30 horas Nora regresó al departamento y en la puerta estaba un amigo. Dijo que tocó timbre y nadie contestó. Tampoco escuchó ladrar al perro fox terrier que tenían como mascota.
La puerta del departamento 1º C estaba cerrada pero sin llave. Ese fue otro de los indicios que algo estaba mal, fuera de lo normal. Cuando ingresaron, encontraron a la joven tirada en el suelo, el medio de un gran charco de sangre. Marcela tenía los pies atados con el pañuelo de cuello que se había colocado para recuperarse de la disfonía temporal que la afectaba. También estaba amordazada con cinta de embalar. La mascota, encerrada en el baño.
La escena del crimen no mostraba signos de lucha. Del lugar no faltaron dinero, objetos de valor ni casettes de música clásica que la joven escuchaba en sus horas de estudios. El móvil del robo quedó descartado.
Las primeras líneas de investigación apuntaron al entorno familiar. Se creyó que podía ser una venganza hacia el padre, quien fue policía y al momento del crimen trabajaba en una panadería. La hipótesis se cayó de inmediato.
Luego fue el turno de profundizar la pesquisa en la intimidad de la víctima. No se le conocían enemigos, problemas con drogas o deudas de juego. No tenía nada de eso. Sus días y noches se dividían entre su trabajo y su estudio. Los domingos iba a misa y era amante del aire libre.
Una serie de correos electrónicos, sin embargo, dieron cuerpo a la posibilidad de un “crimen pasional”. Marcela estaba enamorada de un compañero de trabajo. Él estaba casado, vivía con su esposa y tenía dos hijos. Salieron en un par de ocasiones, pero “como amigos”, según contó el entonces sospechoso ante el fiscal. La autopsia reveló que la joven era virgen. También se investigó el posible ataque de una persona con alteraciones mentales allegada a la víctima, pero la pista fue una vía muerta.
Las casas de ambos sospechosos fueron allanadas en busca del arma homicida, calibre 32; pero nunca apareció. La única prueba que se encontró en el cordón de la vereda es el rollo de cinta de embalar color amarilla con que fue amordazada la joven. Tras pasarlo por el microscopio, se detectó “media huella” dactilar que no sirvió para identificar algún sospechoso.
La labor de los peritos policiales, fue blanco de críticas en la causa. La escena del crimen fue contaminada. Decenas de uniformados pasaron por el departamento donde ocurrió el crimen, algunos fumando y tirando los cigarrillos en el piso, confundiendo a los peritos que buscaban rastros.
Seis meses después del crimen, la familia convocó a una marcha del silencio en Carmen de Patagones y fue multitudinaria. Pero como reza uno de los apotegmas de las investigaciones, “tiempo que pasa, verdad que huye”. A 17 años del crimen de Marcela Aravena, el crimen sigue impune y la causa cerrada.