—Sí, yo no sé manejar así que aprovecho para caminar un montón. Me muevo para todos lados caminando. Después te puedo decir que generalmente las ideas de las canciones me vienen más mirando hacia afuera que hacia adentro. Es un diálogo entre lo que me pasa porque uno repara en algunas cosas y en otras no: entonces ahí donde reparás, estás vos. Creo que es un diálogo que se da entre lo interno y lo externo. La verdad que me gusta eso. Hay muchas canciones que tienen frases que escuché por ahí o una secuencia que vi o una atmósfera que contemplé. Así como descripciones: lo que pasa después de las tormentas por ejemplo. Cosas que brillan, o el sol que puede empañar la mañana cuando todo se hace más difuso, que por lo general las descubro caminando y eso es un poco la sustancia de la poesía.
—Alberto Girri, un poeta argentino, habla que a la poesía no se la define sino que se la reconoce, ¿dónde la reconocés vos?
—Cuando llueve y todo parece de charol y el aire queda limpio y hace que se vean mejor las estrellas. Los contornos se definen mejor. Esas cosas. A veces, una descripción que no quiere decir nada, pero en un contexto de una canción toma un significado. A veces es solo lo que mirás o contemplas y es bastante azaroso todo pero sí es una experiencia contemplativa. Yo creo que uno como artista es una antena como dice Charly García. En mi caso también hay un ritmo en el caminar y es muy probable que las canciones que compongo estén cercanas a ese ritmo de ir caminando.
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—Enero, el último y octavo disco de Pérez puede funcionar como un arco iris de todas las etapas de la banda… ¿lo sentís así?
—La verdad que no lo había pensado así, pero me gusta que pueda pasar eso. Sí es un disco que tiene citas a canciones de otros discos y de otros artistas por ejemplo de Tanguito, Amor de primavera que está dentro de la que cierra el disco -Una que sepamos todos-. Hay una melodía que tomamos de Ennio Morricone y queda en una coda de una canción.
—¿Cómo fue que decidieron cerrar con Una que sepamos todos que incluye la cita de Tanguito?
—El orden lo pensamos y que haya quedado Tanguito al final si es casualidad. No dijimos algo así como que Tanguito quede para cerrar, sí que nos pareció una canción linda para finalizar el relato que se construye con el disco. Probamos otros finales pero se iba desarmando y la verdad que nos gustó ese cierre. Algo así como sucede con Película y Huellas que son los finales de calma de los primeros dos discos. O sea: la misma sensación de calma al final del disco. Se ve que repetimos recursos (risas), en Danza está Valiente. Pero bueno es así, se ve que nos funciona así.
—Enero es un disco camaleónico que pasa por distintos estados de ánimo al tiempo que de ritmos y estilos... ¿cómo logran entre ustedes hacer convivir esa diversidad dentro de una obra?
—La verdad es que nosotros tocamos mucho juntos y por separado también. En el último tiempo desde que somos un trío- la mitad de la pandemia a esta parte- se ha dado más aún. Hay mucha improvisación en lo que hacemos. Sí creo que hay una búsqueda consciente en no afilar tanto la mirada para no perder la espontaneidad. Hay una decisión de preferir dejar algo que está mal en pos de la espontaneidad. La espontaneidad no es que se da seguida. Vos estás buscándola entonces es difícil ser espontáneo cuando querés ser espontáneo. Es hasta casi una contradicción (risas).
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Pero lo podés hacer cuando llegás al momento interpretativo, que se da desconectado de lo que querés hacer. A veces sale de una: Se siente, se siente es un tema de Enero que yo lo había grabado con un Casiotone pasado por un delay y había hecho unas guitarras rotas, después un bajo. Con todo eso primero armé un demo con maquinitas de ritmo incluidas. Fuimos a la casa de Martín, lo bajamos, y Martín tocó arriba una bata con un solo micrófono y es la batería que finalmente quedó. Después las violas quedaron, la voz del demo quedó. El bajo lo grabó Diego otra vez. El Pendex -Andrés Cortés- metió otras violas encima de eso. La batería electrónica la sacamos y la pusimos al final y ahí Diego se puso a zapar con unas acústicas más el Casiotone y empezamos a volar arriba de ese momento.
Al final la voz grita y lo que hicimos fue mandar la voz por un amplificador Peavey chiquitito y yo me fui al pasillo a gritar. Se logra toda una rotura que es única porque sale de una situación muy particular, no es que sale de un plug- in. Siempre nos gusta explorar y grabar con amplificadores más chiquititos. Lo que venga: lo que hay en ese momento, lo adaptamos en pos de buscar la frescura y la espontaneidad.
—Hablás de la frescura y de la improvisación y se me viene un poco la figura de Luca Prodan y Sumo que tal vez fueron quienes trajeron a la escena del rock nacional algo muy potente de ese lado... ¿es una influencia que les toca de cerca?
—Si yo soy un fanático de Luca y Sumo. Bueno, fanático en sí no sé, porque no soy fanático de las cosas, pero si te podría decir que es una música que me atravesó de chico, esas que te quedan arraigadas desde que sos adolescente y todavía me sigue pareciendo una banda increíble y un artista increíble. Pero a mí me gusta la música con el cuerpo, hacer las cosas con el cuerpo. John Lennon por ejemplo o los Rolling Stones, o no sé: David Bowie.
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—Gente que pone el cuerpo para hacer música. Me gusta esa actitud. O pienso en Charly García también. Me gusta poner el cuerpo así aunque por momentos te puedas pasar. No importa. Te podés ir un poquito a la mierda pero preferible eso antes que estar contenido. Se me viene una imagen tuya en el vivo en donde entrás en trance eléctrico hasta el final como una suerte de manguera eléctrica que se mueve hasta la última chispa… ¿cómo identificás esa situación y ese dejarse llevar?
—(Risas) Para mí es muy lindo bailar y dejarse llevar. Te pasa la música por el cuerpo y a veces podés perder el control. A veces pierdo el control y me mareo, un par de veces me caí incluso y tuve que parar porque me iba a la mierda. Pero no es que pasa todo el tiempo, porque no, porque no tendría sentido. Es un momento determinado, en algún momento aparece porque estás metido y entonces se te desborda y sale o por ahí no, no es que tiene que pasar todo el tiempo.
A veces pasa, pero no es que siempre haya un desborde físico. A mí me pasa por ejemplo haciendo una canción o ensayando y es lindo, es una sensación linda. Es bailar y también en ese estado puede venir una frase o un sonido gutural que después se convierte en una letra o canto en esos ingleses inventados y ahí va apareciendo la letra después.
—En cuanto a la letra, ¿viene en una situación de estar sentado o es así en la sala?
—Escribo, me siento acá en el living de casa, el sol sale por la ventana y me vengo con el mate, la guitarra y el anotador. Estoy con las letras, busco. También anoto cosas: me hago disparadores para escribir. Incluso tengo libretitas- Ramiro se levanta, va hasta la sala y trae un bloc de notas- anoto frases que me salen. Las voy tachando en la medida en que las voy usando. Las gotas del tiempo, dice una por ejemplo acá. No sé, hay de todo. Hay cosas que no sé qué quiero decir pero hay una sonoridad que llega como fue Hit bambú de mi disco solista. Ese juego de la palabra que viene desde la sonoridad, y ahí creo que se viene Sumo claro, y capaz que todo gira sobre un solo acorde. Hay algo que dicen esas letras aunque no lo sepas del todo.
Enero es el octavo disco de Pérez -banda que se formó en 2008- y lo lanzaron a las plataformas en pleno invierno -19 de julio de 2024- porque según Sagasti “se puede estar en julio pero pensando en Enero”, y es un camaleón de géneros posibles que reúne postpunk con new wave, folk, rock de carretera nocturna y ritmos de influencia afroamericana.
Se podría decir que es un arco iris con todas las estaciones en las 10 canciones que conforman el álbum aunque el colorido del arte de tapa que realizó la artista Julien Te Ama tenga destellos de primavera y sea también la estación de las flores la elegida para la presentación en vivo que arranca en Ciudad de Gatos de La Plata este 19 de octubre y continúa en el CC Richards, en Capital Federal, el próximo 2 de noviembre.
—Hay elementos que podrían ubicar al disco dentro de la primavera, ¿considerás que Enero es un disco primaveral?
—Yo pienso que pasa por diferentes estaciones. No creo que sea primaveral, ni siquiera de verano, porque se puede llamar Enero pero podes estar en julio pensando en Enero. Yo pienso que tiene varios estados de ánimo e incluso por momentos el verano es algo lejano en canciones como Nuestros Tambores.
—Nuestros tambores es una canción cruda con nervio y espíritu folk. La letra es tremenda/visceral… ¿Cómo nace eso que toca el corazón?
—Sí, nuestros tambores están latiendo. Es una historia que ocurrió, que me contaron y después se fue construyendo en canción. Todavía me cuesta cantarla y no llorar. En el disco está un poco llorada y la dejamos así. Es algo bien concreto que no ocurre con todas. No me gusta revelar tanto acerca de las canciones. Sí te puedo decir que me pegó muy fuerte una novela que se llama Acaso no matan a los caballos, que es una novela negra norteamericana y es la historia de un concurso de baile que ocurre durante el crack del 30 en EE.UU en donde hay mucha hambre en la era de la Gran Depresión.
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Entonces una chica y un chico que estaban buscando suerte en Hollywood, se anotan en un concurso de baile tipo Reality Show y es un lugar donde la gente paga la entrada para ver a parejas bailando durante un montón de tiempo y apenas tenían tiempo para descansar. La chica atraviesa también una fuerte depresión y termina pidiéndole al pibe que la mate y le da un arma. Entonces él se acuerda que cuando era chico lo único que había matado era a un caballo porque sufría… bueno eso. Sale desde ese lugar de sentimientos encontrados. Se entiende que es un sentimiento profundo.
El músico trabaja al igual que el poeta con el espíritu de un soldador: une registros de otras partes sin que se note y ahí tal vez habite el misterio más poderoso de la canción. Pérez en su último disco también genera puentes internos: de pronto una coda de Techos -una canción del segundo disco, 17 canciones para Autopista- se enhebra con Juguete roto que forma parte del segundo track del último disco. Pasajes mágicos que funcionan de un andén a un barco y propician el viaje.
—Juguete Roto tiene una complejidad rítmica y de momentos en donde también no solo hay estados sino canciones que se unen… ¿Cómo fue componer esa canción y qué representa dentro del álbum?
—Recuerdo que tenía escrita la primera parte en diciembre. Solo la parte A de la canción que empieza: no me gustaría detenerme más… había una atmósfera sin saber muy bien qué quería decir. Pero empecé a trabajar en la Facultad de Periodismo de La Plata con Ulises Cremonte -que es un escritor y da clases en la Facultad. En una de sus clases él estaba hablando de César Aira y definió su literatura como un juguete roto.
Me quedó esa imagen, algo que alude a la idea de que la literatura es otra cosa, algo de la libertad narrativa tan típica del escritor que en su obra siempre se da una ruptura de las formas y una trama que se puede ir para cualquier lado. Entonces me identifiqué mucho con ese concepto y aparece no sólo en el título de la canción sino que también en el cambio de forma y de clima que se presenta.
Además, la letra tiene esos cambios de forma en la que en un momento va por un anden y luego aparece un barco. Hay algo de dejarse llevar con la escritura que forma parte de ese universo. Con Pérez creo que desde el principio buscamos una ruptura de las formas y Juguete Roto es un poco la síntesis de eso.
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—Hay algo sólido en el tiempo que llevan produciendo y tocando juntos, pero en el caso tuyo también con desde hace al menos 8 años que te enfocas profesionalmente de lleno en la música… ¿sentís un aplomo positivo en ese sentido?
—Sí, primero creo que nos agarra en un momento muy lindo de la banda desde el disco pasado a este. Seguimos en un momento que tiene que ver con un amanecer. Puede ser sí que estamos en una especie de primavera de banda: la primavera resume un poco eso y estamos muy contentos con este disco. Por otro lado, en mi caso, dedicarme 100% a la música no es garantía de nada tal vez para otras personas, pero a mí me sucedió que hago música todo el día desde que me levanto.
Todo el día compongo, ensayo, toco distintos instrumentos y ahí vas haciendo robusto el oficio. Siempre tenés ideas abiertas y las estás trabajando y también te tenés que ganar el pan, tenés que tocar, aprenderte el repertorio, tocar y sacar discos porque después los presentás.
Esa entrega que uno pone en la obra termina repercutiendo en la misma obra. No digo que tengas que dejar todo, podes tener otro trabajo, pero creo que tiene que tener el peso de algo muy importante. Igual para cada quien tiene que ser lo que tenga que ser, pero yo quería experimentar la sensación de tener solo un proyecto y estar solo enfocado en eso. Y me siento contento con todos los discos, pero con este último, más.
Acerca de Enero
“Enero” es el octavo disco de la banda conformada en 2008 en la ciudad de La Plata. Fue grabado y producido por sus integrantes (Diego Goldszein, Martín Lambert y Ramiro Sagasti) durante el verano 2023/2024, en los estudios Y los aviones, Sala Isla, Estudio en el jardín y Pendex Music. El álbum tiene 10 canciones:“Nuestra sombra”,“Juguete roto”,“Nuestros tambores”,“Se siente, se siente”,“Dos satélites”,“Alas de pueblo”,“Asesiname”,“Tal vez”,“Siempre que llovió” y “Una que sepamos todos”. Todas fueron compuestas por los integrantes del grupo, salvo “Dos satélites”, de Daniel Bazet.
El álbum cuenta con la colaboración de Andrés Cortés, que grabó guitarras acústicas en “Nuestra sombra”,“Juguete roto”,“Nuestros tambores”,“Dos satélites”,“Siempre que llovió” y “Una que sepamos todos”; guitarras eléctricas en “Juguete roto”,“Se siente, se siente”, “Dos satélites” y “Una que sepamos todos”; banjo en “Nuestra sombra”, y sintetizador en “Juguete roto”. Otro invitado, Nicolás Mir, tocó la guitarra eléctrica en “Tal vez”. La mezcla y el máster fue realizado por Percii y el arte de tapa, por Julien Te Ama.