La historia de la pareja de La Plata que se conoció en la Antártida y se casó 12 años después en la Base Esperanza
La bióloga de La Plata, Mara Schmid, conoció a Paolo Ormaechea en un viaje a la Antártida, en 2014, y nació un amor que fue consagrado en el continente blanco.
En la Antártida, uno de los lugares más hostiles del planeta, donde la temperatura mínima puede oscilar entre los -30°C y -70°C y el viento llega a azotar a 110 km/h, en 2014 se conocieron Mara Schmid y Paolo Ormaechea y comenzaron una historia de amor con final abierto. Ninguno de los dos sabía qué iba a pasar cuando regresaran al continente: él vivía en Rosario del Tala, Entre Ríos y ella, en La Plata. Pasaron 12 años, tuvieron dos hijas y este año volvieron a la Base Esperanza para casarse.
El 18 de marzo, en un evento que combinó un despliegue logístico de gran magnitud con una celebración austera, Mara y Paolo confirmaron su unión en la capilla San Francisco de Asís, junto a sus hijas. Como la base no tiene cura, fue necesario convocar al párroco que se encontraba en el rompehielos Almirante Irizar -que aprovisiona a las bases antárquicas- y trasladarlo en helicóptero.
"Si bien habíamos anunciado la fecha, acá dependemos mucho del clima: si hay mucho viento, el helicóptero no puede bajar", cuenta Mara a 0221.com.ar. La mañana de su casamiento, ella observaba desde la ventana de la que durante esta invernada se transformó en su casa y la de su familia en la Antártida: "Vi que venía el helicóptero y dije: bueno, ahí llega el cura. Estaba muy nerviosa".
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Mara y Paolo se conocieron en la Antártida y volvieron 12 años después, para casarse
Para ese día, ella eligió el mismo vestido que había usado en noviembre de 2017 para su casamiento de civil, en La Plata: una pollera larga y un top blancos, con una chaqueta a tono. El clima acompañó -dentro de lo posible- en esa decisión, con 3°C, una temperatura más alta de lo habitual para la época. Paolo, por su parte, usó el uniforme antárquico de rigor con su campera naranja vibrante.
Una compañera fotógrafa ayudó con las fotos y otra, con el peinado y el maquillaje. Sus hijas: Alma, de 9 años, y Luna, de 6, eligieron sus roles: la mayor llevó los anillos y la menor esparció pétalos por la capilla que simulaban ser de rosas y que había hecho allí, con sus compañeros de escuela.
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Sus hijas, Alma de 9 años, y Luna, de 6, estaban muy entusiasmadas con el casamiento
Mara no había pensado en ninguno de esos detalles. Solo llevó el vestido porque, cuenta, no necesitaba más: "El escenario era perfecto y estaban nuestras hijas acompañando ese momento. Cualquier cosa que se agregara ya era un montón. Yo podía casarme arriba de una piedrita y si me preguntan si lo elijo a él de nuevo digo que sí, totalmente".
El primer casamiento de una pareja que se conoció en la Antártida
El de Mara y Paolo fue el casamiento número 12 que se celebró en la Antártida, pero el primero entre dos personas que se conocieron allí. La ceremonia duró unos 40 minutos y unas 10 personas -de las 58 que actualmente se encuentran en la base- pudieron formar parte ya que la capilla es pequeña y había personal abocado a las tareas de carga y descarga del Almirante Irizar, que se realizan periódicamente. Luego hubo un brindis en el casino donde tenían previsto cortar la torta de tres pisos que habían preparado para ellos. Sin embargo, el clima se complicó y varios de los asistentes tuvieron que irse.
Luego, los festejos se demoraron por visitas oficiales hasta que el sábado 4 de abril celebraron con sus compañeros. "Pudimos hacer una fiesta de casamiento en la que finalmente cortamos la torta que habíamos frizado, con toda la dotación, que era lo que nosotros queríamos: compartir con ellos, que son nuestros compañeros con los que vamos a estar todo el año".
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La Base Esperanza es la única a la que el personal militar puede viajar con su familia
La Base Esperanza es la única de las 7 bases permanentes argentinas en la Antártida a la que el personal militar puede viajar con su familia. Este año, Paolo reflotó la idea de hacer la ceremonia religiosa de casamiento que había quedado pendiente desde 2017 -cuando le preguntó a Mara por qué mejor no hacerla en el lugar donde se conocieron y a ella, que no es creyente pero estaba dispuesta a acompañarlo, le pareció buena idea-.
Entonces Paolo se postuló para formar parte de la invernada 2026 ante el Comando Conjunto Antártico. Él es sargento primero y conductor motorista y se encarga del mantenimiento y despliegue de los vehículos. La dotación militar de las bases se ocupa de su mantener las instalaciones y de brindar el soporte logístico para los científicos que llegan todos los años en campañas de investigación. Cuando aprobaron su solicitud, Paolo manifestó su intención de casarse en la Antártida y fue autorizado.
Para ellos, la invernada 2026 comenzó el 13 de febrero -cuando llegaron- y se extenderá hasta el cierre del ciclo lectivo, en diciembre. Su hija más chica comenzó la primaria en la escuela de la base, mientras que la mayor inició allí cuarto grado. Mara, que es bióloga egresada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) se encarga del Módulo Antártico de Producción Hidropónica, una innovación aplicada hace pocos años en el continente blanco que les permite tener verduras frescas a partir del sistema de cultivo sin suelo y sobre agua.
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"Todas las semanas tenemos lechuga fresca y rúcula para los sábados de pizza -que es una tradición acá en la Antártida-", cuenta Mara, desde el módulo en el que también se produce espinaca, acelga, albahaca y perejil y, próximamente, cuando se aprueben los protocolos respetando los tratados internacionales, producirá tomates cherri y frutillas. "Psicológicamente es muy beneficioso", agrega la bióloga, "no solo el contacto con las plantas, sino también al momento de comer, porque acá estamos muy acostumbrados a la comida enlatada, a los alimentos no perecederos y comer algo fresco es increíble".
La Antártida: el paisaje del amor
Mara llegó en 2014 a la Base Esperanza, en su segunda visita al continente blanco, enviada por el Instituto Antártico Argentino para la precampaña de verano, con el objetivo de monitorear el ecosistema, con foco en los pingüinos de la especie Adelia. Su primer encuentro con Paolo fue durante el traslado hasta la base, pero no lo vio bien porque estaba "muy emponchado", recuerda. Más tarde, lo cruzó en el casino -el espacio común del personal- y entonces sí le llamó la atención, pero con el transcurso de los días casi ni se cruzaban.
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En 2014, Mara llegó a la Antártida para estudiar al pingüino Adelia
El único contacto que tenían era a través del grupo de WhatsApp de meteorología de la base, donde a diario se informaban las condiciones climáticas, que podían condicionar las actividades al aire libre. Un día, el meteorólogo informó que había ráfagas muy fuertes y a Mara respondió en broma: "Bueno ¿y qué hago con mi barrilete?", a lo que Paolo respondió por mensaje privado aludiendo a su ciudad: "En mi Rosario del Tala se puede remontar un barrilete hoy".
Entonces comenzó una conversación que continúo hasta que empezaron los encuentros y que, más tarde, siguió cuando ambos volvieron al continente y él fue destinado a Capital Federal. A fines de 2015 se fueron a vivir juntos -primero a Villa Elisa y después a Tolosa- y tuvieron su primera hija.
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Paolo y Mara juntos, en su viaje de 2014 a la Antártida
Mara creyó que nunca iba a regresar. Paolo, por su parte, volvió en 2018 para ir a la base San Martín, un sueño que tenía pendiente. La hostilidad del paisaje antártico queda en un segundo plano para ambos, que usaron una foto de su viaje en 2014 como tarjeta de invitación a su casamiento por civil.
A la hora de contar qué siente por ese lugar, Mara dice no tener palabras, pero explica: "Es como cuando tenés un hijo y nace otro hijo y decís: 'no sé si voy a poder amarlo de la misma manera y de pronto se abre un nuevo amor en tu corazón, que es indescriptible y que sabés que está ahí. La Antártida es algo así: la actividad antártica es tan linda y el lugar es tan precioso, tan único, que realmente nace un nuevo amor".