La historia del médico de La Plata que creó el stent y recuerda con nostalgia su ciudad
En una larga entrevista con 0221.com.ar, Julio Palmaz habla de su vida, su carrera y su vínculo con La Plata, a la que define como un "experimento fabuloso".
Con un dejo de nostalgia, el radiólogo vascularJulio César Palmaz evoca su ciudad natal, La Plata, a la que hace años no regresa. Su memoria se detiene en una escena precisa: el bar frente al Colegio Nacional "Rafael Hernández". Corría el año 1963 y estaba a punto de egresar del bachillerato.
Con sus compañeros cruzaban la avenida 1 para fumar y charlar, como si el tiempo les perteneciera. En esa mezcla tan propia de la adolescencia, que entrelaza arrogancia e ingenuidad, se desafiaban con preguntas sobre historia, geografía, literatura e idiomas. Sentían que el mundo estaba a sus pies, listo para ser conquistado.
Hace cincuenta años vive en Estados Unidos, donde a mediados de los ’80 desarrolló el stent expandible con balón, un dispositivo que revolucionó el tratamiento de las enfermedades coronarias al mantener abiertas las arterias y restablecer el flujo sanguíneo. Este avance ha salvado millones de vidas —incluida la suya, ya que tiene colocado tres—convirtiéndolo en una figura central de la medicina mundial.
En 1985, el médico platense patentó el primer stent metálico de revascularización coronaria a nombre de The Expandable Grafts Partnership, la sociedad que había fundado junto al cardiólogo militar Richard Schatz y el emprendedor gastronómico Philip Romano, quien financió la investigación.
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Distendido en el living de su casa de veraneo, con una vista inmejorable al mar uruguayo, Julio Palmaz rememora su vida en La Plata.
Foto: Sandra Di Luca
Tras un acuerdo con el laboratorio Johnson & Johnson y más de una década de litigios por la patente, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA por sus siglas en inglés) autorizó su uso: primero en arterias periféricas, en 1991, y luego en coronarias, en 1994. Desde entonces, más de 40 millones de personas han recibido un stent. Solo en la Argentina se implantan alrededor de 110 mil stents anuales, según el Colegio Argentino de Cardioangiólogos Intervencionistas.
Más de 40 millones de personas han recibido un stent y solo en la Argentina se implantan alrededor de 110 mil por año
Figura indiscutible de la medicina contemporánea, Palmaz cumplió 80 años en diciembre y rara vez concede entrevistas, menos aún en la intimidad de su casa, donde descansa junto a su esposa Amalia —también platense— sus hijos, Florencia y Christian, y sus nietos. Desde el sillón del living de su residencia sobre el istmo de Punta Ballena, con vista abierta a la bahía de Portezuelo, en Punta del Este —balneario uruguayo donde desde hace más de dos décadas pasa sus veranos— recibe a 0221.com.ar para repasar algunos capítulos de su vida.
La Plata que dejó en los años '70
En sus remembranzas, aquella La Plata que dejó a mediados de los años 70 para mudarse a Estados Unidos aparece como una ciudad tranquila, limpia y ordenada. El recuerdo avanza por sus diagonales y adoquines, se detiene en los palacios de fachadas neoclásicas rodeados de jardines y en la imponente Catedral. Vuelven las caminatas diarias desde su casa, cerca del Parque Saavedra —territorio de juegos y descubrimientos—, hasta la escuela junto a su hermana Graciela; las clases en el Instituto Británico; las visitas a la biblioteca del Club Everton. También las salidas juveniles: cervezas en La Modelo, bailes en el Jockey Club y noches en Sorrento. Retazos de una vida apacible que el tiempo no logró borrar.
"Decime, ¿el Museo de Ciencias Naturales y el Observatorio siguen abiertos al público?", pregunta, mientras intenta recordar cuándo fue la última vez que estuvo en la ciudad de las diagonales. Cree que habrá sido en 2013, cuando fue homenajeado en el Teatro Argentino.
Julio Palmaz, el tercero desde la izquierda junto a un grupo de compañeros de promocion en el Colegio Nacional
Recuerda con gratitud a sus docentes, a quienes valora no solo por la excelencia académica, sino también por la formación humana que le brindaron. “Fue una experiencia increíble, una etapa de expansión mental que me permitió ver el mundo desde una perspectiva universal”, señala.
La elección de Medicina
A poco de iniciada la conversación, Palmaz revela que eligió estudiar Medicina casi por azar: “Cuando terminé el colegio no había decidido qué seguir, pero como varios amigos optaron por Medicina, me sumé porque intuía que era una buena elección. También podría haber elegido otra carrera, como Ingeniería, ya que siempre me atrajeron las tareas manuales”, sostiene.
Cuando terminé el colegio no había decidido qué seguir, pero como varios amigos optaron por Medicina, me sumé porque intuía que era una buena elección Cuando terminé el colegio no había decidido qué seguir, pero como varios amigos optaron por Medicina, me sumé porque intuía que era una buena elección
“En los primeros años de Medicina —relata— los profesores eran figuras algo distantes detrás de un atril en un enorme auditorio repleto. En Anatomía estaba Rómulo Lambre; aprobar su materia equivalía, casi, a ser un séptimo de médico. Superar ese examen fue un motivo de orgullo para mis padres y, al mismo tiempo, para mí, una confirmación de que tenía lo necesario para continuar. En ese momento, mi padre me hizo un regalo que nunca olvidaré: mi primer auto, una coupé Fiat De Carlo 700 roja, con la que recorría la ciudad sintiéndome como Vittorio Gassman en la pantalla grande.”
A medida que avanzaba en la carrera, el joven Palmaz se destacó por su desempeño académico, obteniendo calificaciones sobresalientes. Con los años, la disminución del número de alumnos permitió un vínculo más cercano con el cuerpo docente. Entre quienes más lo marcaron, recuerda a Bernardo Manzino, titular de Clínica Médica: “Era un tipo impecable, un maestro en todo el sentido de la palabra. Yo iba a su casa a leer trabajos”, cuenta. En cuarto año enfrentó lo que considera la materia más difícil, Farmacología. El examen final exigía memorización rigurosa de fármacos y sus propiedades químicas. Lo postergó cuatro veces por sentirse no preparado; cuando finalmente rindió, obtuvo un 10 y fue invitado a integrarse como ayudante de la cátedra.
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La foto de graduación en 1971. El decano de de la Facultad entrega a Palmaz su diploma de médico
Foto: Gentileza Julio Palmaz
Mientras finalizaba sus estudios, comenzó a trabajar con su padre, quien tras dejar el empleo de chofer en la línea 8 y luego de varios intentos con otros emprendimientos, había abierto una tintorería que estabilizó la economía familiar. Así, el 20 de mayo de 1971, a los 26 años, Julio Palmaz recibió su diploma de médico.
—¿Cómo siguió su vida una vez recibido? —Cuando terminé Medicina sentí que tenía que empezar de cero, que no tenía nada. Mis amigos, hijos de médicos, conseguían rápidamente un puesto en el sistema público o heredaban los pacientes de sus padres. Sin esa posibilidad, yo no sabía por dónde arrancar. En esa época no había residencias, sino ayudantías que eran casi un sistema de esclavitud. Mi padre me recomendó ir a ver al doctor Eduardo Verzini, jefe de Nefrología en el Sanatorio Argentino, quien me propuso atender en el consultorio. El primer paciente se me largo a llorar porque se había separado de la mujer. Comprendí, rápidamente, que eso no era lo mío; pedí que me cambiaran de tarea. Entonces, me asignaron la investigación de proteínas urinarias mediante inmunoelectroforesis. Comencé en un cuartito, con una heladera llena de frasquitos de orina. Ahí confirmé mi interés por la ciencia.
El primer paciente se me largo a llorar porque se había separado de la mujer El primer paciente se me largo a llorar porque se había separado de la mujer
Noviazgo y drama familiar
Para entonces, Julio Palmaz llevaba varios años de noviazgo con Amalia Hernández, a quien había conocido cuando ella aún era una adolescente a punto de terminar el secundario en el Colegio Eucarístico, dirigido por monjas de la Congregación de las Hijas de Jesús. Su primer encuentro fue una cita a ciegas: Julio acompañó a un amigo que quería salir con una compañera suya y ese día Amalia cumplía 17 años. Aunque en aquella primera salida no congeniaron, siguieron viéndose y terminaron enamorándose. “Era una chica distinta al resto. Encontré en ella una autenticidad que no veía en las otras”, dice Julio, tras cinco años de noviazgo y un matrimonio que ya superó las bodas de oro.
Poco después de formalizar la relación, José, el padre de Amalia —un empresario minero a quien Julio admiraba profundamente— sufrió un infarto. Tenía 45 años y padecía una insuficiencia cardíaca severa que, día a día, se agravaba sin posibilidad de revertirse.
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Julio Palmaz recibio a 0221.com.ar en su casa de Punta Ballena, en Punta del Este, donde pasa los veranos con su familia
Foto: Sandra Di Luca
—En ese contexto tan crítico, conoció al cirujano cardiovascular platense René Favaloro. ¿Cómo fue esa experiencia? —A principios de 1972, el pionero del bypass coronario en la Cleveland Clinic había regresado al país, y se recurre a él para que evaluara a José. Le realizó una arteriografía coronaria cuyas imágenes Favaloro analizó conmigo, que por entonces era apenas un médico recién graduado. Las coronarias estaban gravemente comprometidas y el músculo cardíaco dañado, pero el cirujano se mostró optimista y propuso un bypass quíntuple. Aunque tenía mis reservas, no me sentí en condiciones de contradecir a una figura de semejante prestigio. Favaloro me encomendó conseguir cerca de 25 litros de sangre. Presencié la intervención desde un piso superior vidriado sobre el quirófano. Nunca olvidaré la impresión de ver el corazón expuesto y latiendo mientras el equipo trabajaba con circulación extracorpórea. Al finalizar, detuvieron la bomba para que el corazón retomara su función, pero no respondió. Tras varios intentos de reanimación, Favaloro se quitó los guantes y salió de la sala: José había muerto.
Tras varios intentos de reanimación, Favaloro se quitó los guantes y salió de la sala: José había muerto Tras varios intentos de reanimación, Favaloro se quitó los guantes y salió de la sala: José había muerto
—De algún modo, aquel episodio fue el motor que condujo, con el tiempo, al desarrollo del stent coronario. —Si. De aquella dura experiencia nació mi impulso por buscar otra solución. El bypass, costoso y tecnológicamente complejo, no podía ser la respuesta general a una enfermedad tan frecuente ni una opción viable en casos de infarto agudo. Salí de la sala de operaciones convencido de que era necesario seguir investigando. Con el tiempo, los estudios sobre factores de riesgo confirmaron que la cirugía era solo una herramienta y que la clave estaba en actuar antes, sobre los hábitos y las causas. Este momento, propio de una época con conocimientos limitados, marcó un punto de inflexión: si la enfermedad cardiovascular era la principal causa de muerte, debía enfrentarse de manera más universal.
—¿Volvió a ver a Favaloro? —No. Nunca más lo vi.
—Luego de aquel trance, todo pareció acelerarse en busca de un cauce: el casamiento, la definición de una especialidad y después el salto a Estados Unidos. ¿Cómo vivió ese proceso? —Con Amalia nos casamos en junio de 1972 y de pronto nuestras vidas se llenaron de responsabilidades: construimos nuestra casa en 53 entre 23 y 24 —donde viviríamos tres años— y ella asumió la dirección de la empresa familiar tras la muerte de su padre. Con su apoyo constante, me fui adentrando en el ámbito cardiovascular y me interesé profundamente en el cateterismo y sus posibilidades.
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Amalia Hernández y Julio Palmaz se conocieron en 1967 y contrajeron matrimonio en 1972. Llevan casi seis decadas juntos
“Empecé a concurrir al Hospital Rawson, donde realizaban angiografías renales —prosigue—; allí conocí a la radióloga Gloria Díaz y al cirujano Eduardo Salvideas, aprendí cateterismo percutáneo y dejé el Sanatorio Argentino para dedicarme a las angiografías en el Rawson. Me suscribí a varias revistas extranjeras, leí sobre nuevas técnicas y pensé: 'Esto es el futuro'. Trabajaba también en el Hospital Italiano, donde les propuse usar su equipo de intercambio rápido de placas, que mejoraba notablemente los estudios. En poco tiempo, me convertí en el cateterista de La Plata, recorriendo clínicas y sanatorios con mi valijita de catéteres”.
Después ingresó al Policlínico San Martín, que había adquirido un equipo pero aún no contaba con un angiografista. “Me ofrecí y me aceptaron. Intenté crear allí un espacio de investigación con experimentos en animales, pero la infraestructura era inadecuada y faltaban recursos y personal. Aun así, ese desafío me permitió identificar el potencial de la microangiografía y sentó las bases de mis ideas futuras”, recuerda.
Camino a Estados Unidos
Julio Palmaz envió cartas de presentación a referentes norteamericanos de la especialidad y, un mes después, recibió respuesta del radiólogo Steward Reuter, docente e investigador de la Universidad de Michigan, quien lo invitó a visitarlo. Aprovechó la oportunidad junto a Amalia para recorrer Miami, Washington y Nueva York, antes de llegar al campus de Ann Arbor para reunirse con Reuter. Era diciembre de 1973 y aquel fue su primer contacto con Estados Unidos. Durante los dos años siguientes repitió esos viajes.
Deslumbrado por el sistema de investigación norteamericano, terminó por radicarse definitivamente en ese país. Con la guía de Reuter, con quien forjó una estrecha amistad, obtuvo una beca de perfeccionamiento —fellowship— en la Universidad de California en Davis. Aunque en un principio su intención era regresar a la Argentina para desarrollar allí sus experimentos, en 1977 decidió radicarse en Estados Unidos al comprobar que contaba con condiciones de investigación muy superiores. “En la Argentina la investigación básica no era viable; si quería aportar algo propio y dejar mi huella en el conocimiento médico tenía que dar ese paso”, reflexiona.
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Desde sus primeros pasos como médico, Palmaz orientó su carrera profesional hacia la investigación
—¿Cómo fue la adaptación a la nueva vida en esa sociedad? —Estados Unidos me fascinaba e intimidaba a la vez. Frente a la Argentina homogénea que conocía, descubrí una diversidad marcada y contrastes extremos, incluso climáticos: del calor de Miami al frío intenso de Michigan. Cada ciudad tenía su propia personalidad. Recorrí distintos centros de salud e investigación y quedé maravillado. Cuando visité los National Institutes of Health en Bethesda, Maryland, y me explicaron cómo funcionaba esa maquinaria científica, entendí la magnitud del sistema: múltiples institutos dedicados a distintas áreas de la salud.
En 1978, Julio participó en una charla en Nueva Orleans del cardiólogo alemán Andreas Grüntzig, quien un año antes había introducido un balón inflable en el extremo de un catéter para dilatar arterias ocluidas, cambiando para siempre el papel del cardiólogo en el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, Grüntzig reconoció que el procedimiento tenía una alta tasa de recurrencia de la obstrucción arterial. “Aquella charla fue determinante, como un rayo que me iluminó; e inmediatamente empecé a imaginar alternativas y dibujarlas en una servilleta mientras volvía a casa”, recuerda Palmaz, mientras busca algunas fotos antiguas en su tablet.
Aquella charla fue determinante, como un rayo que me iluminó; e inmediatamente empecé a imaginar alternativas y dibujarlas en una servilleta mientras volvía a casa Aquella charla fue determinante, como un rayo que me iluminó; e inmediatamente empecé a imaginar alternativas y dibujarlas en una servilleta mientras volvía a casa
Sin perder tiempo, montó un pequeño laboratorio en el garaje de su casa para materializar las ideas que le surgían. Comenzó con prototipos sencillos: modelos de cartón y alambres de cobre tejidos alrededor de los lápices de colores de su hija Florencia. Un día, reparó en un trozo de metal expandido con el que trabajaba un albañil que hacía arreglos en su casa; lo examinó hasta que se le ocurrió que allí podía estar la solución que necesitaba: un tubo sólido con ranuras escalonadas, plegable y rígido una vez insertado.
“Estaba convencido de que funcionaría, pero mi entusiasmo chocaba con colegas respetados que me desalentaban y me sugerían explorar otros temas, asegurando que no llegaría a nada. Visto en perspectiva, reconozco que fui ingenuo respecto a mis posibilidades de triunfar. En esa etapa aprendí que hay que saber fallar y perseverar para lograr lo que se busca. Quien revisa la historia de las personas exitosas verá que siempre enfrentaron fracasos; en mi caso, tuve mucha suerte, pero también mucha constancia.”
Convocado por su mentor Reuter, quien le ofreció un espacio más amplio y un equipo de ayudantes, en 1983 Palmaz trasladó su trabajo a la Universidad de San Antonio, en Texas. A la tarea se incorporó Richard Schatz, con quien ayudó a definir el primer stent coronario.
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El radiólogo platense fue apadrinado en Estados Unidos por su colega Steward Reuter, primero en la Universidad de Michigan y luego en la de Texas
Tras completar los estudios y pasar varias evaluaciones exigidas por la FDA, la aprobación para su uso integral en Estados Unidos no llegó hasta 1991, aunque ya se había implementado con éxito en Europa y América Latina. Entonces surgieron nuevos desafíos: a los reparos de muchas personas a las que les resultaba repulsiva la idea de implantar un metal en las arterias coronarias se sumó el rechazo de parte de la comunidad científica.
“No fue fácil, era algo disruptivo y fue resistido en discusiones médicas; incluso me hicieron un vacío e intentaron aislarme”, relata. Se libró una prolongada batalla judicial hasta lograr el reconocimiento de la patente y proteger el dispositivo frente a usos ilegales o modificaciones indebidas. “La competencia desleal modificaba el stent y lo presentaba como propio. Terminé ante los estrados en un proceso que demandó entre 12 y 14 años.”
No fue fácil, era algo disruptivo y fue resistido en discusiones médicas; incluso me hicieron un vacío e intentaron aislarme No fue fácil, era algo disruptivo y fue resistido en discusiones médicas; incluso me hicieron un vacío e intentaron aislarme
Julio siempre recuerda que uno de los factores clave para ganar el juicio por la patente y ser reconocido como inventor del stent fue la meticulosidad de su mujer, Amalia. Fiel a su costumbre de ordenar y conservar todo, guardó el programa, el pasaje aéreo y las anotaciones que él tomó durante el congreso en el que escuchó la exposición de Grüntzig. Esa documentación resultó decisiva para triunfar en los tribunales.
La primera vez que se utilizó el stent fue en vasos periféricos, no cardíacos, en 1987, en Freiburg, Alemania. Al año siguiente se hizo el primer stent coronario en San Pablo, Brasil. A partir de 1991, el “Palmaz stent” se convirtió en el primer stent vascular con aval de la FDA.
Tras alcanzar fama internacional, Palmaz siguió investigando. En 2008 creó Palmaz Scientific, con unas 300 patentes en cardiología intervencionista, pero la empresa enfrentó dificultades y quebró. En 2016, Vactronix Scientific —hoy dirigida por su hijo Christian—, rescató las acciones y se convirtió en plataforma para dispositivos médicos y aeroespaciales. “Mis patentes derivadas de la físico–química de los biomateriales son las que más orgullo me dan”, dice Julio y sostiene que la base tecnológica del stent —ahora aplicada en otras áreas de la medicina— aún conserva un gran potencial. “Nunca imaginé un uso tan generalizado”, reconoce, y añade que durante años no pudo disfrutar plenamente de su logro por temor a problemas futuros.
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Amalia y Julio en los jardines de su casa veraniega en Uruguay
Foto: Sandra Di Luca
—Hace algún tiempo, en una publicación de la Sociedad Argentina de Cardiología, usted definió ser un producto 100% de la UNLP. ¿De qué manera cree que su formación contribuyó a su trayectoria profesional? —Sin dudas, cuando me mudé a Estados Unidos mi formación fue puesta a prueba. Aprobé todos los exámenes de reválida casi sin tener que estudiar y pude trabajar de inmediato en un hospital sin mayores problemas. Un día, a poco de haber llegado, en una conferencia de patología con un grupo de residentes, analizábamos especímenes histológicos de tumores. El profesor mostró uno en la pantalla y preguntó si alguien podía identificarlo. Levanté la mano y dije: “Es paratiroides”. Todos quedaron impresionados por mi acierto. Sin dudas, en Argentina pude reunir las armas para triunfar.
—Esto implica un reconocimiento a sus formadores y a la institución… —Los médicos formados en La Plata somos privilegiados por una educación integral en la universidad pública. Debemos honrarla con esfuerzo y dedicación. La cardiología argentina sigue siendo de nivel mundial y, pese a la limitada investigación básica, el capital humano es valioso. Espero que la próxima revolución médica surja nuevamente gracias a un profesional argentino.
Los médicos formados en La Plata somos privilegiados por una educación integral en la universidad pública. Debemos honrarla con esfuerzo y dedicación Los médicos formados en La Plata somos privilegiados por una educación integral en la universidad pública. Debemos honrarla con esfuerzo y dedicación
Distinciones y preocupaciones
Julio Palmaz ha recibido numerosos reconocimientos por sus aportes a la medicina intervencionista y a la innovación cardiovascular. En 2006 fue incorporado al National Inventors Hall of Fame, convirtiéndose en uno de los pocos latinoamericanos en recibir esa distinción. Además, su stent expandible con balón fue destacado por Intellectual Property International como una de las “Diez patentes que cambiaron el mundo”. Entre sus distinciones internacionales se encuentran también la Gold Medal de la Society of Interventional Radiology (2007) y el Landmark Innovations Award in Interventional Cardiovascular Medicine (2010). Asimismo, sus primeros prototipos forman parte de la colección médica del Museo Nacional de Historia Americana del Instituto Smithsoniano, en Washington.
En Argentina, fue declarado Profesor Honorario de la UNLP y Maestro de la Cardiología Platense, además de Ciudadano Ilustre de La Plata y de la provincia de Buenos Aires. En 2013 recibió una mención especial del premio Konex en Ciencia y Tecnología. Autor de unos 140 artículos en revistas científicas, Palmaz afirma que si bien ya no investiga y está dejando de dar charlas en ámbitos profesionales, si le interesa hacer conocer sus ideas e influir, de ese modo, en la opinión pública. Se esperanza con que a través de la nanotecnología se puedan fabricar stents más rápido, con mejores materiales y más económicos, aunque reconoce que aún hay mucha resistencia a esos cambios y dice que la inteligencia artificial es muy útil para el análisis y clasificación de material voluminoso aunque aclara que en medicina la historia y el fundamento básico resulta indispensable.
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Julio Palmaz y su gran desarrollo, el stent expandible con balón
Hacia fines del año pasado el inventor del stent publicó un artículo que generó revuelo al contraponer la eficacia comprobada de la medicina prostética frente a la medicina regenerativa, a la que considera aún en un estadio experimental y con resultados limitados, pese a la fuerte inversión gubernamental que percibe. Cuestiona la ambición de crear humanos “mejorados” mediante edición genética, considerándolo no sólo costoso sino también de alto riesgo. “De cien productos prostéticos, solo uno regenerativo logra la aprobación de la FDA”, señala. Su mensaje apunta a equilibrar entusiasmo y realismo en la inversión en innovación en base a resultados tangibles.
“Nunca antes había recibido tantas reacciones adversas, e incluso agresiones cargadas de odio. Hubo quienes, en el ámbito científico, decidieron no publicar mi texto”, comenta. Y deja la siguiente reflexión: “Yo entiendo muchas de las reacciones, porque cuanto más cerca se está del dolor y la enfermedad, más vulnerables se vuelven los seres humanos. Hay padecimientos devastadores, como el Alzheimer, en los que se diluyen el alma y la identidad. En ese contexto, cuando se ofrece una esperanza, es natural que las personas adhieran; quien formula un planteo crítico puede ser percibido como un enemigo. El problema es que muchos de estos tratamientos son extremadamente costosos y no ofrecen garantías”.
La vid de la vida
Los Palmaz se mueven como un clan. Manejan actualmente cinco compañías entre las que figuran un viñedo gourmet, un establecimiento agropecuario, una firma alimenticia, la vieja minera familiar de Amalia, y una empresa de avanzada en nanotecnología, donde junto a su hijo sigue experimentando para encontrar los mejores materiales y usos para sus stents.
La familia Palmaz maneja hoy un viñedo gourmet, un establecimiento agropecuario, una firma alimenticia, una minera y una empresa de nanotecnología, donde junto a su hijo Julio sigue experimentando para mejora los stents
“Siempre trabajamos en equipo. Haber salido del país fortaleció nuestro núcleo familiar. Mi esposa Amalia y mis hijos, Florencia y Christian, han sido un sostén fundamental; sin ellos, habría sido imposible encarar cualquier proyecto”, sostiene y aclara que, poco a poco, se va acogiendo al retiro: “Estoy dejando que los demás se hagan cargo. Cada vez tengo un rol menos significativo y ya no tomo decisiones de inversión o financieras”, comenta sobre los emprendimientos familiares.
La finca Palmaz Vineyards, en el Valle de Napa, California, es la base de operaciones y residencia de la familia. Abarca 240 hectáreas de viñedos en la ladera del monte George y cuenta con una bodega subterránea de 18 plantas conectada por túneles. Allí, combinando ciencia y tecnología, sensores y software realizan un control inteligente de la fermentación, complementado por expertos enólogos. Las generosas instalaciones del viñedo también permiten a Julio, amante del cabernet, desarrollar otra pasión: coleccionar antiguos Porsche y trabajar en sus motores. “De chico era fanático del automovilismo; a los 12 o 13 años tomaba dos colectivos y un tren para ver las carreras en Buenos Aires”, al tiempo que se reconoce simpatizante de Estudiantes, aunque admite que nunca le atrajo demasiado el fútbol.
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Julio en el laboratorio de investigación Vactronix Scientific en Fremont, California
"La Plata, un experimento fabuloso"
“La Plata es un experimento fabuloso del que me siento orgullosamente parte: una ciudad increíble, concebida como proyecto para la cultura y la ciencia”, afirma Julio Palmaz. Consultado sobre si alguna vez pensó en regresar reconoce que con el tiempo se le fueron agotando las razones. Ya no le quedan parientes en la ciudad y muchos de los vínculos de su juventud se han diluido. Su trabajo en Estados Unidos y sus compromisos profesionales lo consolidaron definitivamente en el país del norte. A su esposa, Amalia, le gustaría emprender un “viaje al pasado” y recorrer la ciudad junto a sus hijos, aunque admite que le inquieta encontrar la ciudad demasiado cambiada o deslucida.
—¿Elegir Punta del Este para vacacionar implica, de algún modo, mantener viva una conexión con Argentina? —Venimos a Punta del Este desde hace muchos años; nos gusta el mar, la navegación y la posibilidad de encontrarnos con amigos y familiares. Y, efectivamente, nos permite mantener vivo un lazo con Argentina. Para los estadounidenses que suelen visitarnos es un destino exótico que adoran, pero para nosotros es Punta: un lugar que conocemos desde chicos que tiene un encanto muy particular.
Con 80 años y tres stents implantados, conoce el tratamiento como médico y paciente. Por eso insiste en la educación para el autocuidado: “Hay que invertir en la propia salud: llevar un estilo de vida saludable, controlar el colesterol, la glucemia, hacer ejercicio, combatir el sobrepeso, consultar al médico y mantenerse activo”, prescribe. Para el inventor del stent, la batalla cardiovascular sigue abierta: “Lo que hemos logrado es prolongar la sobrevida: hoy los pacientes llegan al consultorio con 70 u 80 años, cuando antes tenían 50 o 60. Son mayores y más frágiles”, advierte, consciente de la complejidad del desafío.
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"Los pacientes son cada vez mayores y por lo tanto mas frágiles", apunta Palmaz al reflejar los desafíos actuales de la cardiología
Foto: Sandra Di Luca
Durante la extensa charla, en dos ocasiones se le pregunta qué siente al haber realizado una contribución tan trascendente a la salud de la humanidad. Palmaz evita una respuesta directa y sostiene que ese juicio corresponde a los demás. Sin embargo, reconoce que se emociona cuando alguien hace notar la dimensión de su logro. En tal sentido, cuenta que una vez se conmovió cuando alguien le dijo: “¿Te das cuenta de que salvaste más vidas que la población de Australia?”.
Interrogado por tercera vez sobre el mismo punto, sacude la cabeza. “Soy parte de un engranaje. Podríamos admitir que fui una punta de lanza, pero no el máximo responsable. Esto es fruto de un esfuerzo colectivo y progresivo: muchas personas inspiradas hicieron posible que el stent llegue al uso que tiene hoy”, expresa. Y acota: “No es que sea humilde, soy realista. Prefiero no comerme ese postre porque tengo miedo de empalagarme”, dice, sonriente.
Quizás la medicina aún tenga otros ejemplos por descubrir, pero, sin lugar a dudas, Julio Palmaz ocupará, junto a su coterráneo René Favaloro, un lugar destacado en el podio de los platenses más relevantes de la historia de la ciudad.