Hablar sobre suicidio, más allá de lo que podamos ver en los medios, suele ser un tema tabú. Como si se tratara de algo que avergüence, que da pie para que la gente hable mal de una persona o familia, o que el mundo piense en la locura. ¿Nos da miedo nombrar el suicidio? ¿O simplemente no sabemos cómo hacerlo?
Para esta nota, conversé con Daniela Conte (MP 56241), psicóloga residente de tercer año de Epidemiología en el Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires y colaboradora en el Observatorio de Salud Mental y Consumos Problemáticos del municipio de Berisso.
Desde la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) el suicidio viene siendo tratado como una problemática creciente desde hace un tiempo. En la Argentina, sin embargo, "no se contaba con datos de calidad y fidedignos que permitieran entender lo que pasa y tomar cartas en el asunto", dice Conte. Y cuenta que desde 2022 el intento de suicidio es considerado un evento de notificación obligatoria a nivel nacional: "Esto implica un cambio de paradigma ya que se piensa al suicidio como un problema de salud pública que afecta a toda la comunidad y no solamente un dato dentro de las estadísticas de las Secretarías o Ministerios de Seguridad".
La resolución 1717/2022 del Ministerio de Salud de la Nación, que crea el Programa de abordaje integral de la problemática del suicidio, señala que se trata de un fenómeno de gran magnitud en el campo de la salud mental, que afecta al tejido social y tiene un alto impacto subjetivo para el entorno familiar y comunitario. Por eso, plantea la norma, el abordaje debe tener como estrategia principal la prevención desde una perspectiva de cuidados integrales y colectivos, en especial en adolescentes y personas adultas mayores.
Que la norma exista no significa que la política pública se sostenga -aunque su legislación sea importante-, y menos en un contexto en el que el gobierno nacional insiste con incumplir la Ley N.° 26.657 de Salud Mental y modificar la normativa para limitar e impedir el acceso a la salud para todos y todas. De acuerdo con los lineamientos de esta ley, los padecimientos de salud mental -entre los que se contempla el intento de suicidio- son fenómenos complejos y multicausales, en los que interactúan factores biológicos, psicológicos, sociales, culturales y medioambientales. Por lo tanto, su abordaje debe ser intersectorial e interdisciplinario.
El abordaje de la problemática del suicidio debe ser intersectorial e interdisciplinario
El malestar es político
Daniela Conte comparte un texto de Emiliano Exposto -doctor y profesor en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (UBA)- que ayuda a comprender esto: "Hablo del malestar de querer vivir y no saber cómo hacerlo. Habito un malestar que no tiene nombre, que es el costo de soportar formas de vida que nos enferman". Y agrega: "las ideaciones suicidas no son un problema psicológico individual. Son una cuestión política". Una vez más, lo personal es político.
Conte lo baja a lo cotidiano: "No podemos mirar la salud mental aislada de la vida real. Si salimos a la calle y hay gente durmiendo en la vereda; si un pibe va a la escuela y ve a sus docentes sobrepasados con dos o tres trabajos para llegar a fin de mes; si llegás a tu casa -si tenés- y, con suerte, hay cierta matriz familiar que contiene, están igual de ahogados y cansados por la incertidumbre económica, ¿de verdad pensamos que no querer vivir es una decisión individual?".
Esto obliga a interrogar los preceptos que responsabilizan a la persona y a su entorno cercano -familia, amistades- y a indagar qué sucede en la macro de la salud colectiva. ¿Cuáles son las políticas que dan herramientas a las familias, a las instituciones educativas, a los equipos de salud en todos sus ámbitos y especialidades? ¿Cuál es la perspectiva con que se legisla sobre salud, derecho laboral, acceso a la vivienda? "Que el deseo de morir aparezca en una persona no significa que aquello que lo produce esté dentro de ella; implica pensar qué condiciones hicieron posible llegar a ese punto", dice Conte citando a una amiga.
Adolescencia, desigualdad y la a salud sin recursos
En la adolescencia se construye quiénes somos y qué necesitamos; se manifiesta una necesidad de rebelarse, de encontrarse con otros y otras, de buscar referentes. Y esa soledad, en ese momento, "duele el doble". Sin embargo, advierte Conte, "no hay que caer en la generalización de que solo los 'adolescentes pobres' se suicidan; las problemáticas de salud mental atraviesan todas las clases sociales y los rangos etarios, aunque se ven sumamente profundizadas en quienes tienen menos posibilidades de acceso a la salud".
Estos preconceptos reafirman la mirada que culpa o circunscribe una problemática estructural a un plano individual: "El desfinanciamiento del Estado y de la salud pública lo vemos, por ejemplo, en los y las profesionales de las instituciones que, para llegar a fin de mes, tienen que tener dos o tres trabajos; las guardias estalladas con un millón de situaciones donde todo es urgente y todo es importante", dice Conte. En ese contexto, ¿cómo priorizar entre dos personas que llegan a un hospital, una pidiendo "hablar con alguien" y otra con autolesiones? Las y los trabajadores de la salud "tienen que priorizar porque no hay equipos, porque no hay dispositivos suficientes". En la misma línea, "le pedimos a alguien que la está pasando mal que vaya solo a una institución a pedir ayuda cuando el propio sistema no tiene margen para alojarlo", remata Conte.
¿Cómo darnos cuenta si faltan espacios de encuentro?
Solemos escuchar, más seguido de lo que quisiéramos y en los lugares menos oportunos -como los medios de comunicación-, eso de "por qué no lo dijo antes", "cómo nadie se dio cuenta". Y Conte enfatiza: "¿cómo nos vamos a dar cuenta si no podemos encontrarnos con quien tenemos al lado? ¿Cómo nos damos cuenta si no hay espacios de pausa, de ocio, de arte, de confianza donde construir sin capitalizar?". Y es contundente al sostener que se pueden crear centros comunitarios o llenar los servicios de salud mental de equipos y profesionales, pero "la gente la está pasando mal en sus casas, en la escuela, en sus lugares de trabajo, en la calle".
La salud se construye y se sostiene en el club de barrio, en la escuela de arte, en la sociedad de fomento, en la esquina con amigos y amigas
La prevención empieza antes
La prevención no empieza en un centro de salud, empieza mucho antes: "El Estado tiene que hacerse cargo de financiar la salud y de darle herramientas a las escuelas y a las redes comunitarias; no alcanza con mostrar números y hablar de suicidio de manera desquiciada, sino brindar datos públicos e información real", dice Conte. El Estado es responsable de promover, redistribuir y pensar los cuidados, porque la salud -individual y colectiva- se construye y se sostiene en el club de barrio, en la escuela de arte, en la sociedad de fomento, en la esquina con amigos y amigas donde se puede confiar en quien está al lado. Conte sostiene que "esos espacios HACEN salud mental: politizar ese malestar que parece individual hasta que escuchamos que a otra persona también le pasa, y que podemos construir herramientas en conjunto, agenciándonos colectivamente y exigiendo que se cumplan nuestros derechos".
Encontrarnos
Coincidimos con Daniela en que hay que desarmar la dicotomía entre salud y salud mental, como si no fuéramos un todo: "como si la sobreintervención sobre nuestros cuerpos no generara también malestar; como si los dolores físicos no repercutieran en nuestra subjetividad". Daniela hace referencia a la sobreintervención vinculada con la medicalización individual e insoportable de todos nuestros malestares, y también a la necesidad que tenemos de consumo constante -de drogas, de vínculos, de apuestas- como forma de sentir "algo", de distraernos frente a un mundo que nos quiere con vida pero anestesiados.
Por eso esta nota no cierra el tema sino que lo abre. Al principio nos preguntábamos si nos da miedo nombrar el suicidio o si simplemente no sabemos cómo hacerlo; pues la respuesta empieza por intentarlo. Seguir hablando, romper mitos, generar espacios de encuentro donde abrazarnos y conversar sobre lo que realmente nos pasa. Y sostener, todos los días, las luchas por nuestro derecho a la salud, al trato digno, al acceso al empleo, a tener comida todos los días, a jugar, a ir a una plaza sin preocuparnos porque a nuestra familia le falte el mango, a estudiar, a hacer amigas y amigos, a vivir sin miedo.
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