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Marcos Conigliaro, el del gol épico y el pase más caro de su época

Por su cabezazo que abrió la serie ante Manchester United, la ciudad empezó a ser conocida en el mundo. Lo había pedido Zubeldía al llegar a Estudiantes, que el lunes le hizo un reconocimiento después de su partida a los 83 años.

“Yo iba con mi padre a ver jugar a Quilmes… Aún vivíamos en Bernal donde nací. Eran los tiempos de Cantatore, de Pareja, de Dellacha, de aquel arquerazo Favalli…” Un reportaje con Marcos Conigliaro en su auge Pincha en los sesenta ambienta en una frase que lo pintará hasta el final de sus días: “Sonríe igual que su hijo”. La revista Goles lo retrataba a fondo cuando ya era campeón de América dos veces consecutivas y había abrazado la Copa Intercontinental tras las duras noches ante Manchester United. Y Conigliaro sentía la misma emoción que aquel día en que le dijeron: “Pibe, vení el domingo que a lo mejor te ponemos en la reserva…”

“Aquel día fue maravilloso. Yo estaba jugando en la sexta de Quilmes y los domingos me iba con la hinchada a alentar a la primera, a mis ídolos que miraba como si fueran de otro mundo. Fui a ver si jugaba en reserva contento de poder estar en el mismo vestuario con ellos. Y cuando llegué me dijeron: 'Preparate que vas a entrar en la primera, tomá la ropa'”.

Marcos Norberto Conigliaro (Quilmes, 9 de diciembre de 1942; San Jorge, Santa Fe, 20 de marzo de 2026) fue padre de cuatro hijos, Claudio —el primogénito, nacido en 1965—, Javier, Natalí y Pamela; de sangre italiana, de Siracusa, en la isla de Sicilia. Un centrodelantero nacido para luchar, cuya leyenda en los viejos tablones del fútbol nacional arranca en Quilmes (1959-1961), en la vieja Primera B. “Debuté con 15 años en la cancha de Los Andes, y en el segundo partido, en Quilmes-Banfield, hago un gol de cabeza”.

La profesión de atacante alcanzó las diecisiete temporadas, con 246 partidos y 60 goles en la categoría máxima, repartidas así: Independiente (1962-63, 21 partidos, 4 goles), Chacarita (1964, 29 partidos, 10 goles) y Estudiantes (1965-70, 196 partidos, 46 goles).

“Me compra Independiente y debuto contra Gimnasia, empatamos 1 a 1, hice el gol de penal”. Ese resultado quedó entre los malos presagios del hincha tripero, entonces recién bautizados “El Lobo”, porque el Rojo frenó nueve victorias al hilo aunque seguía al tope del Campeonato de Primera División (las dos fechas siguientes perdería con Vélez y con Atlanta, en un torneo que finalizó con Boca, River y Gimnasia en el podio).

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Independiente del '63: llegó a un grande.

Mura, Conigliaro y Rambert es un trío efectivo que se inicia en tercera y sube a primera en el ’63, siendo Marcos parte del equipo de Avellaneda que gritó campeón esa temporada y logra el pase a la Copa Libertadores. Era un juvenil y, para la difícil empresa de ser futbolista contratado, todavía era imprescindible tener otro trabajo. Conigliaro había sido vidriero y en los Rojos fue empleado en la secretaría. “Lo primero que hizo mi tío Cholo, que siempre me aconsejaba, fue que Independiente me consiga trabajo. Lo tuve en la sede del club y, además, enfrente tenía la Academia Pitman así que fui a aprender taquigrafía y mecanografía, hasta que ya no tuve tiempo”.

A los veintidós años, antes de casarse, el técnico Manuel Giúdice pensó que volvería a estar a sus órdenes. “Cuando volví de la luna de miel me habían vendido a Chacarita. Allí aprendí a dudar, a no creer”. Aquel técnico llegó a decir que era “flojo de los tobillos”, por lo que se caía mucho. Pasó a Chacarita y creció en un cuerpo técnico comandado por Juan José Pizzutti y Rufino Ojeda (preparador físico, oriundo de Berisso). “Ellos me enseñaron a entrenarme como debía. Pero en aquella época Chaca andaba a los tumbos. Me llegaron a deber 600 mil pesos… Llegamos a conformar un buen equipo, pero no se puede jugar tranquilo sin la seguridad del pago. Tenemos las mismas necesidades que cualquier empleado u obrero. Estuve por irme a Colombia. Pero Zubeldía logró llevarme a Estudiantes. Ya me pidió cuando él dirigía a Vélez y Atlanta… y al final, por suerte, lo logró en Estudiantes”.

1965

Ya vivía del fútbol, con una mujer e hijo que mantener. En La Plata corrían vientos de cambio desde enero, cuando asumió Zubeldía, entrenador que cambiaría las formas de trabajo y varias tácticas. Era 1965 y en abril, con el torneo ya iniciado, llegó Conigliaro, el último refuerzo y por el que Estudiantes pagó la cifra más cara desde el inicio del profesionalismo: 5.800.000 pesos. Una de las caras nuevas, junto al zaguero Enry Barale, de Boca Juniors (préstamo por un año, 2 millones de pesos, y 4 millones más en caso de adquisición definitiva); Hugo Spadaro, número 5 de Sarmiento (3 millones), y Carlos Salvador Bilardo, delantero de Deportivo Español ($4 millones y la cesión de Roberto Cicora que fue tasado en 1.400.000).

En dos días cerraba el libro de pases. El acuerdo por Conigliaro se sellaba en la madrugada del jueves 22 de abril, a las 3.15. Los directivos Pinchas acordaban con los de Chacarita el pase de Conigliaro, con 5 millones de pesos en mano y 800.000 asegurados en un amistoso, más los jugadores Angel Nardiello y Luis Félix Leeb. Decía un periódico: “Las gestiones emprendidas desde hace un tiempo se precipitaron a partir de una doble circunstancia: la falencia ofensiva albirroja en el debut oficial y la firme actitud de Conigliaro de alistarse en el equipo platense, caso contrario, se enrolaría en el fútbol de Colombia”.

“Conigliaro es de los maduros pese a sus pocos años”, se señaló entonces, agregando que San Lorenzo había preguntado por el nueve.

Con la roja y blanca, los medios elogiaron su andar en el campo. “Inteligente para el toque corto y para ir a buscar la devolución”; “un demonio por las puntas”; “las cargas punzantes de Conigliaro por ambos laterales y frecuentes intentos de media distancia”, “se desmarcaba muy bien sobre ambas puntas”. El Pincha terminó quinto, ostensible mejoría ya que venía de las campañas de 1958 (noveno), de 1959 (décimo), de 1960 (decimotercero), 1961 (decimocuarto), 1962 (decimocuarto), 1963 (noveno) y 1964 (decimocuarto).

Zubeldía logró llevarme a Estudiantes. Ya me pidió cuando él dirigía a Vélez y Atlanta Zubeldía logró llevarme a Estudiantes. Ya me pidió cuando él dirigía a Vélez y Atlanta

“Dicen que llego bien y pateo bastante fuerte. Siento la necesidad de acercarme jugando cortito y armado”, declaraba por aquella época. Además, pensaba parecido al joven director técnico Zubeldía de 38 años: “El estado ideal del jugador es estar casado. Lo serena. Le da tranquilidad. Cuando se es muy joven y se entra a ganar dinero, sin responsabilidades que lo frenen, el panorama puede enturbiarse. Surgen demasiados amigos, las fiestas, la popularidad”. Sensatez del crack que era padre hacía cinco meses.

Su debut fue en la cancha de Banfield, como “piloto del ataque”, esa tarde lluviosa por la segunda fecha en que Estudiantes pierde 2-3, pero deja una esperanza con Juan Ramón Verón, autor de un doblete, los dos primeros de su carrera.

—Según detallan los hinchas que lo vieron, además de la gran movilidad por todo el frente de ataque, dicen que usted corría pegando brazadas al viento cuando picaba al vacío.

—(sonreía Conigliaro al responder, hacía un segundo de silencio) Sí, eso de los brazos lo aprendí de José Santiago, los usaba para defenderme porque el delantero siempre está expuesto a los golpes.

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Fina estampa de goleador.

El “Canguro”, así lo bautizó el recordado periodista Osvaldo Tomatti, “Mercurio”. Conigliaro, que nunca vivió en La Plata, se fue ambientado a la ciudad en el ida y vuelta de tantos días durante cinco años. En principio, llegaba en el tren que partía desde Constitución a las 8.01. “Me subía en Quilmes, venía desde Buenos Aires con Bilardo, Madero y Zubeldía. Éramos varios en ese tren. En Hudson subía Mateos. También estaban en otro vagón los de Gimnasia, y nos cruzábamos una semana antes del clásico”. Así lo recordaba, en distintas charlas telefónicas que mantuvo con este periodista.

A veces, con más tiempo, se interesaba en algún recuerdo puntual. Y solicitó una copia de la primera nota a Zubeldía en el diario El Argentino ni bien asumió en Estudiantes y cuando todavía entrenaban en la cancha del Colegio Nacional de La Plata.

En 1966, al completar su segundo año en el Pincha, casi se va a Rosario. Sonaba un trueque por Carlos Timoteo Griguol, que estaba en un conflicto con Central. Aquella posibilidad circularía en la prensa y hoy quedan los recortes, testigos mudos de la operación frustrada. “La versión llegó desde la ciudad situada a la vera del Paraná. Pidieron a Conigliaro desde el club rosarino, que cedería los pases de Carlos Timoteo Griguol, el puntero Aldo Pedro Poy y un arquero a elegir entre dos jóvenes”, cuenta la historia. La misma fuente indicaba que Zubeldía tenía interés en Griguol y de allí habría nacido la posibilidad del trueque”.

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Vistió la camiseta de la selección.

—¿Tenía conocimiento de ese interés, Marcos?

—Lo de Griguol no lo recordaba, pero sé que a fines del ’66 me hablaron de River y de los consejos de Zubeldía: “Marcos, este equipo a la larga va a dar buenos resultados. Si va a River usted va a ser uno más del grupo y le va a costar. Acá hasta ahora es titular. Tenemos muy buen equipo y vamos a dar la sorpresa".

—Vaya si sabía que venía algo bueno que en agosto de 1967 ganaron el torneo.

—Hizo un acuerdo bárbaro en el trueque de Felipe Ribaudo que vino de Ferro, por Miguel López. Trajo a Lavezzi y a Togneri, de Platense. Al que eligiera Osvaldo, le rendía un montón a Estudiantes.

El tridente Conigliaro-Echecopar-Verón se consagró por primera vez ante una multitud en las gradas del viejo estadio de San Lorenzo, 3 a 0 ante Racing en la final del torneo Metropolitano. Para él, se contaba la segunda consagración, pero ésta era la primera como titular. Al tiempo, el prestigio internacional, más dinero y la comodidad de una vivienda en la calle Chacras. Entonces, la dinámica viajera del grupo de los “porteños” empezó a cambiar el tren por el automóvil particular. Lavezzi salía de Villa del Parque y pasaba a buscar a Togneri por Liniers, en un principio levantaban a Barale, y algunas veces Zubeldía abordó ese auto, ya que vivía cerca del estadio de Vélez. Conigliaro pasó a tener un 404 celeste metalizado, pero no era tan fácil el viaje sin la Autopista. Quienes vivían en Capital salían desde su casa a las 7 y el trayecto demoraba dos horas, comenzando la práctica a las 9.30.

—De don Osvaldo Zubeldía imagino que puede dar una larga lista de virtudes.

—Era muy simple con lo que te pedía. Insistía en las diagonales, de empezar por un lado y terminar por el otro. Todas las prácticas nos llevaba a situaciones de juego. Nunca entrenamos algo que no pudiera pasar y siempre era de acuerdo al rival. Había que saber los puntos fuertes de ellos para saber contrarrestarlos y aprovechar las debilidades.

—¿Con qué otra anécdota lo podría recordar?

—Sabía todo de todos y de los rivales, tenía una Spika clavada en la oreja. Adelantado en la preparación del equipo, en las tácticas. Mirá, Argentina perdió su único partido del Mundial 2022 contra Arabia, con una táctica de Zubeldía, la jugada del off side, y no le supimos encontrar la vuelta.

Con vocabulario simple, voz baja, pausada, y conceptos claros, nada altisonantes, Conigliaro hacía saber que aquello era sencillo cuando muchos hicieron un mito, creaban misterios y confundían con términos como el de laboratorio.

Echando mano a una revista de 1968, Conigliaro pensaba así:

—¿Como se explica el fenómeno Estudiantes?

—No es ningún fenómeno. Tenemos que decir la verdad, son tres años que venimos trabajando, siempre la misma gente, jugando prácticamente los mismos, con el mismo técnico, con el mismo preparador físico, y a la larga los resultados se ven. Estudiantes trabaja, trabaja y los éxitos vienen.

—¿Estudiantes rinde en la misma medida?

—Yo voy a jugar a Vietnam, y estoy seguro que rendiría de la misma forma.

"¿Y si la peinamos para atrás?"

Más de una vez Bilardo subrayó la importancia del entrenamiento: “Cuando había un córner generalmente pateaba yo y le pegaba Verón. Un día va Conigliaro y se le ocurre: ¿Y si la peinan para atrás? Tenía razón, era más fácil, se tiraba al primer palo, venía la peinada y de atrás venía el otro para cabecear. Después, en Holanda, por ejemplo, Gullit la peinaba y se cansaron de hacer goles”.

Así quedó marcado a fuego un 27 de enero de 1968 en el debut por Copa Libertadores, histórica goleada 4 a 2 en Avellaneda ante el Independiente de Santoro al arco, de Pavoni al fondo, de Pastoriza echando leña al medio. El Pincha anotó su primer gol en el minuto 31 con el córner de Ribaudo al primer palo donde Verón la peina hacia atrás y aparece Echecopar para ejecutar con el cabezazo. Jugada “preparada”, de las más celebradas de la era zubeldiana.

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Con la bruja Verón, las sonrisas y la copa.

En 1968 Estudiantes se impuso en los cinco partidos ante el Diablo, precisamente, el club con el que Marcos debutó en primera.

La fórmula del córner tenía otras variantes, como un gol ante Newell’s, en ese momento muy dulce de la historia. Desde la esquina, costado derecho, Flores concretó con gol olímpico con tiro alto y cerrado, mientras el arquero Toriani se preocupaba por la entrada de Conigliaro.

Marcos dejó otras anécdotas con rivales, como el “Chivo” Pavoni, símbolo del Rey de Copas y luego compañero de la Selección Nacional. “Charlando en aquellos momentos me reconocía que ellos también demoraban si estaban en ventaja, haciendo con lentitud algún tiro libre o saque lateral”.

Otra con Silvio Marzolini, figura de Boca, otro gran rival. “Me cargaba, ‘vos sos delantero y me venís a marcar a mí’. Le expliqué que como era bueno saliendo, yo recibía la orden de que no salga jugando en todos los tiros…”.

En mayo de 1968 Estudiantes se convirtió en campeón de la Copa Libertadores de América, su máxima hazaña hasta ese momento en Uruguay, arrollando al campeón del fútbol brasileño, Palmeiras. En aquellos tiempos la Copa no tenía cinco equipos clasificados por país como sucede ahora, ya que participaba el mejor de cada país. Fue el primer club que se la quedó durante tres ediciones consecutivas. Obligó al aplauso de todo el público, los paulistas y los montevideanos que aquella noche hacían la contra a los argentinos. Nunca había sido tan convincente la demostración albirroja. Fue 2 a 0. El primero de Ribaudo a los quince minutos. Y el remate a los 39 del segundo tiempo, de Verón. Conigliaro fue a abrazar a la “Bruja” en su pique número 200, elogiaba Juvenal en la máquina de escribir para una revista que puso en tapa y contratapa la foto del equipo. Fue en ese momento que Marcos le acaricia la cabeza que Juan Ramón tuvo tiempo para emocionarse por su gol. En ese estadio Centenario cuando pitó el árbitro peruano Orozco no interesó que Conigliaro hubiera podido coronar la noche y que el palo le dijo no.

La corona era la demostración del trabajo. Y en eso, el estado físico fue otra clave. En este ítem Conigliaro sacaba alguna ventaja en la velocidad. “Si Conigliaro tuviera un taxímetro que le marcara un peso por cada diez metros que pica, se hace millonario. El mejor jugador sin la pelota”, advertía un periodista gráfico. Luego de una gira europea, que cerró con triunfo 2 a 1 ante el Atlético de Madrid, un directivo confesaba que en los doce partidos “hemos andado muy bien, con decirle que Verón y Conigliaro superaban en velocidad a los europeos”.

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Todavía quedaba mucha cuerda. Y pensar que en 1963 había perdido la categoría, pero no se fue por un problema surgido con Newell’s.

Estudiantes iba a buscar en septiembre y octubre la conquista suprema, contra Manchester United, el campeón europeo, que llegó precedido de una exitosa semifinal con Real Madrid (1 a 0 en Inglaterra y 3 a 3 en Madrid) y la final con Benfica al que eliminó en tercer partido en Milan, 4 a 1.

El juego de ida ante los “Piratas” fue en Boca Juniors. “Una cancha en la que cuando la gente empieza a gritar y saltar se mueve el piso. Una de las cosas que habíamos pensado antes de empezar a jugar fue dejarlos salir a ellos primero. Normalmente, los dos equipos salían casi al mismo tiempo pero demoramos casi diez minutos en salir, y en un momento determinado ellos dejaron de correr, porque veían que no salíamos. Cuando salimos, empezó el griterío de la gente y el piso se movía. Algunos se pusieron blancos, no entendían nada”. Esa noche se tiñó de pañuelos rojos y blancos, con un feliz cabezazo de Conigliaro.

(La cuenta Marcos en una nota en la revista El Gráfico):

—¿Cómo fue la jugada que derivó en el gol histórico?

—La jugada empezó con un cruce de Bilardo a Verón. Juan se sacó de encima a Dunne y tiró al arco, Stepney rechazó muy corto y Charlton la reventó al córner porque a la carrera se acercaba Ribaudo. El mismo Felipe ejecutó el tiro desde la izquierda, picó Aguirre Suárez y cuando saltó se llevó con él al arquero. La pelota siguió hacia donde estábamos Togneri y yo. Saltamos y acerté el frentazo por detrás de la cabeza del Polaco. Uno de ellos, después me enteré que era Foulkes, se quedó junto a nosotros como atornillado en el piso y los que cuidaban el primero y el segundo palo no tuvieron tiempo de intervenir. La pelota entró casi por el centro del arco.

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El gol de cabeza a los ingleses.

Y estaban tan metidos, que las cábalas empezaron a contarse como un ritual para aquel grupo. Conigliaro “usa una medalla de Pablo VI como cábala”, deslizaba un recuadro del diario La Nación en el ‘69. La mística se hacía presente en todos, ya que el pasillo del vestuario local del Estadio de Estudiantes tenía una imagen de la Virgen de Luján que los brazos de todos se estiraban para tocar y tomar mayor fuerza antes de jugar.

La costumbre más visible se puede ver en las fotos de todas las formaciones, donde los delanteros van agachados y con la mano derecha rozan el pasto, mientras los defensores y el arquero iban de brazos cruzados, salvo Pachamé o su reemplazante de turno que los deja sueltos.

Conigliaro fue letal también en una final ante el Toluca, por la Copa Interamericana. El jueves 13 de febrero de 1969, a 2.500 metros sobre el nivel del mar, en el Distrito Federal y ante 40.000 espectadores, convirtió un tanto al minuto de juego. Pero la serie se definirá en un tercer partido en el Estadio Centenario, donde la goleada 3 a 0 despejó toda duda del campeón americano sobre el de la Concacaf. Conigliaro jugó su especialísimo fútbol de desmarque y clavó dos goles.

La racha seguirá contra Nacional, en la definición de la Copa Libertadores, el 21 de mayo de 1969, por primera vez con definición en calle 1 y 57. Estudiantes se convertía en la esperanza de los argentinos en tiempos de dictadura. Nuestro fútbol parecía seguir estando a la altura de los mejores.

La exigencia por la continuidad de partidos, sin embargo, fue mermando al plantel. “Ya le dije a Mangano que debemos elaborar un calendario razonable. Mire lo que hemos pasado en esta temporada: la gira, el torneo Nacional, después la Recopa y la otra Copa… ¡no! Esto no se puede hacer porque los jugadores se desgastan, se lesionan y entonces damos ventaja que conspiran contra nuestra chance. En Europa un periodista italiano me contaba que el ocaso del Inter se debió a eso. Empezó a jugar sin descanso y al final se quedó sin nada”, describe un artículo firmado por Héctor Onesime en la revista Sports Nro. 62, titulado Zubeldía y la fe en Estudiantes —octubre de 1969—.

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Declaraciones que se escucharon luego de jugar con el Milan el partido de ida, 0-3, en Italia. En esa misma nota Zubeldía dio a conocer que “sabía que no le podríamos ganar al Milan cuando jugamos el amistoso con Varese y a Conigliaro un marcador lo siguió hasta afuera de la cancha, me di cuenta que nos faltaba peso físico para aguantar este ritmo. Nos ganaron en todos los terrenos”.

La revancha en La Bombonera empezó con un gol de Conigliaro, fue victoria albirroja 2 a 1. Para entonces, se agigantaba el cántico popular en canchas colmadas… “¡Aro aro arooo…! ¡gol de Conigliaro!”.el pasillo del vestuario local del Estadio de Estudiantes tenía una imagen de la Virgen de Luján

La nueva chance de ir por la Copa Intercontinental fue ante el Fejenoord de Holanda. Esta vez, la ida, el 26 de agosto de 1970, otra en Boca, con una vivencia que en vida dejó Christian Rudzki en diálogo con este periodista:"Yo venía jugando bien, haciendo goles, y en ese momento Marcos no estaba 10 puntos físicamente. Zubeldía me mandó a calentar porque me dijo que iba a hacer el cambio a los 20 minutos del primer tiempo. Mientras hacía el calentamiento, Marcos Conigliaro erró un gol solo, y Osvaldo me llama: 'No te puedo hacer entrar, no lo puedo sacar a Marcos ahora'. Eso marca que era un técnico fiel a sus jugadores”.

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Conigliaro y su familia.

Pese a los tropiezos lógicos, aquel Estudiantes había dejado escrito su nombre en todas partes del mundo. La temporada del ’69 se cerró con la disputa de una Supercopa que juntaba a todos los campeones sudamericanos que habían levantado la Intercontinental: Estudiantes, Racing, Santos y Peñarol. Los uruguayos se llevaron el torneo Cuadrangular en un título que se oficializaría recientemente, en 2005. Con Pelé en su apogeo (recién había anotado el gol 1000), el 4 de diciembre Estudiantes sorprendió al fantástico conjunto brasileño, que bajó del ómnibus en nuestra ciudad con Clodoaldo, Edú y Pelé. Estudiantes les ganó 3 a 1 con dos goles de Verón y uno de Conigliaro.

Frente a frente: Infante y Conigliaro

La edición matutina del diario Crónica del 25 de mayo de 1969 había presentado, en su portada, a dos números nueve de la historia estudiantil. El Beto Ricardo Infante entonces tuvo estas palabras. “Conigliaro me hace acordar al Negro Antonio; también él tuvo una temporada que no encontraba el arco pero ¡cómo rendía para nosotros! Después agarró la onda del gol y en 1957 nos superó a Koroch y a mí. Pero el fútbol nuestro era otro, no hay comparación posible, es otra época. El de hoy es más defensivo”. Y Marcos acotaba: “A mí me interesa el gol de mi equipo, no quién lo haga. De qué sirve que yo haga goles si mi equipo pierde”. Y trajo a la mesa un partido a beneficio que “jugamos contra ellos (los veteranos) y tuvimos que correr para ganar 2 a 1”.

Infante (el de la rabona) ensayaba algún argumento sobre el por qué, con aquellas glorias, Estudiantes no fue campeón. “Tal vez porque no teníamos esa comodidades (el Country) ni esos pesos (los que hoy ganan los profesionales), en mi equipo siempre hubo cinco o seis que tenían que trabajar para vivir. También porque nos bombeaban asquerosamente. En 1944 hicimos la mejor campaña y terminamos terceros. Teníamos hombres fuertes, como Ongaro y Villa, que no arrugaban ante nadie, pero nunca se le podía ganar a los grandes afuera, además, siempre llegaba el penalcito o el gol en off side Labruna sobre la hora.” Conigliaro escuchaba y sonreía. “Este Estudiantes también le ganó a los arbitrajes”, cierra la crónica el periodista, que tiraba otros 9 importantes del club de La Plata: Zozaya, Laferrara, Julio Gómez, Desagastizabal. “Conigliaro está a la altura de ellos”, aseguraba el Beto.

Para la Selección, Conigliaro le metió un gol al gran Brasil del ‘70.

—Marcos, ¿cómo fue la experiencia con la Selección? —preguntó este periodista.

—Estábamos con Estudiantes de gira por Centroamérica, y en un partido en Costa Rica, con el Saprissa, salto a cabecear y me desgarro. Zubeldía me dice ‘mire Marcos, me tengo que volver a Buenos Aires para hacerme cargo del seleccionado, usted con Cacho tiene que estar en la convocatoria del primero de febrero. Fíjese si puede y si no, lamentablemente, tiene que quedar afuera´. El doctor Barbieri me opera y ya me sentía bien. Me presenté y hasta que se quedó Zubeldía no falté a una sola práctica. Pero Zubeldía renunció porque pretendía que a Faldutti le dieran el cargo de director técnico y no de ayudante. Agarró Lorenzo y empezamos a trabajar con él, fuimos a jugar un amistoso en Mar del Plata, y a Onega y a mí nos llevó a caminar por un boulevard donde nos dice ‘ustedes son jugadores europeos’. Pero al final jugamos dos partidos y al tercero nos borró. La Selección fue un fracaso en Inglaterra”.

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Esa historia del seleccionado de Zubeldía tenía lugar de práctica y concentración en el colegio Ward, en Ramos Mejía. Los jugadores llegaban a la puerta de la AFA y de allí abordaban un micro. Se quedaban varios días, de pleno conocimiento no sólo en lo deportivo sino en lo humano. En las horas libres Zubeldía y el profesor Daguerre los hacían confeccionar un periódico llamado El Mosquito, con ilustraciones, como parte de la distención que debe imperar en la psiquis del futbolista. En febrero de 1966, en la primera convocatoria de don Osvaldo, no faltó Conigliaro. El resto: Andrada, Roma, Irusta, Santoro, Diez, Griguol, Calics, López, Chaldú, Rattin, González, Pianetti, Roldán, Malbernat, Ribaudo, Rosl, Berón, Ferreiro, Rolando, Perfumo, Artime, Lallana, Onega, Más, Messiano, Albrecht, Ovejero y un pibe que recién había arrancado, Vicente De la Mata.

Pero la situación engorrosa que vivió el ayudante de campo llevó a Zubeldía a renunciar a la par de su compañero de trabajo.

Resultado de ello, fue el mal trago en Inglaterra ’66 y, después, no haber logrado clasificar a México ’70. Ese año que no tuvo Mundial para los argentinos y Marcos fue convocado otra vez, ahora por Juan José Pizzutti —al que tuvo en Chacarita—.

Enfrentó dos veces a Brasil de visitante y en las dos ocasiones con Pelé, un equipazo que iba a ganar el título mundial unos meses después. Parte de la preparación fue jugar dos amistosos ante Argentina, que venció en Beira Río, Porto Alegre, por 2 a 0 con goles de Oscar Más y de Marcos Conigliaro (liquidó el partido en el minuto 72), el 4 de marzo de 1970. La formación: Cejas (luego Santoro); Malbernat, Perfumo, Rogel, Díaz; Madurga, Pastoriza, Brindisi; Fischer, Conigliaro, Más.

Cuatro días después hubo revancha, en el Maracaná, donde fue derrota 1-2, desequilibrando el marcador el “Rey” Pelé a siete minutos del epílogo.

El 8 de abril Conigliaro vuelve a jugar ante Uruguay, en Buenos Aires, con victoria 2 a 1, convirtiendo su último gol con la albiceleste —el segundo fue obra de “Pinino” Más—.

—El retiro lo encuentra lejos de casa…

—Me voy a México (Gallos de Jalisco, México, 1971-1972) un club que lo había comprado mitad y mitad un español y un mexicano. Después me fui a un equipo más o menos de Bélgica (KSV Oudenaarde, 1972-1974); pasé por Suiza (Lugano, 1974-1975) y en el ’76 voy a Chile, a Everton de Viña del Mar, hago la pretemporada y alcanzo a jugar cuatro partidos de verano, donde me encontré con otro argentino, Jorge Spedaletti.

La dirección técnica, otra pasión

El paso por Europa lo llamó a los estudios de capacitación para ejercer la dirección técnica. “El primer año lo curso en Italia junto a Roberto Saporiti. Después vengo a la Argentina y me inscribo en los cursos de la AFA, donde tenía que revalidar lo de Italia, y el profesor José D’Amico —encargado de la organización de las clases— me pidió que trabajara con los ejercicios en el campo de juego, para mostrarles lo que estuve viendo en Europa”.

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Con Zubeldía, su maestro.

Conigliaro fue entonces el que dictaba las clases prácticas en el instituto River Plate, al frente de la materia Fútbol, “durante dos años, hasta que dejé”.

En 1981 tomó la conducción de Deportivo Armenio y le pidió a un ex jugador de Gimnasia, Roberto Di Plácido, que entonces militaba en Primera B para Chicago, que se sumara al equipo. El ensenadense (criado en su juventud a dos cuadras del Bocha Flores y a ocho de Pachamé) cuenta a Begum que “había decidido no jugar más y hacer el curso de técnico, hasta que me llama Marcos y me convence a pesar de mi edad, ya tenía 35 años y problemas en las rodillas. ‘Mirá, con la experiencia que tenes ya es suficiente para que vengas y rindas en el equipo que quiero armar’, me dijo. Más allá de la rivalidad que tuvimos en tantos Gimnasia-Estudiantes, tuve el honor de estar con él un año en Armenio. Un caballero total, un tipo espectacular, igual que Juan Verón”.

La mística se hacía sentir con rituales e imágenes, como la Virgen de Luján

Conigliaro volvió a Estudiantes en 1995. Fue en la época que el Club necesitaba volver a recuperar el sitial en Primera División. Entonces, con Russo y Manera en el plantel superior; y con Rudzky en las menores y Rubén Agüero y Conigliaro en juveniles mayores, se conformó un grupo de trabajo en el cual conoció y desarrolló, entre otros pibes, a Bernardo Romeo y Juan Manuel Azconzabal. El “Vasco” fue dirigido por Marcos en Cuarta y en la hora del adiós dejó esta reflexión. “Es imposible no relacionarlo con la gloria, con la mística, y con la gente que ideológicamente, guiados por Zubeldía, a mi entender fueron los que fundaron a Estudiantes. Juan Verón, El Bocha, Cacho, Carlos Bilardo, Carlos Pachamé, Romeo, Poletti, Bambi Flores, tipos que dejaron de jugar pero no se fueron del club y, como me dijo alguien muy importante, ‘si no nos permitimos que ellos caminen por el Country y no los escucháramos, todos los que vinimos después no podemos estar´. Nos marcaron el camino de la humildad, la discreción, el amor propio, la solidaridad, la paciencia. En su segunda faceta, como entrenadores, inculcaron el don de gente y la docencia necesaria. Marcos nos hablaba más como un tío que como un entrenador. Lo tuve en inferiores donde encontramos su sencillez, nunca te hacía referencia a lo que había sido él, sino que intentaba guiarnos para ser jugadores de primera”.

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Con su nieto Dante.

En 1996 recibió una oferta para dirigir al Club Atlético San Jorge, y desde entonces fue treinta años residente de Santa Fe. Transformó el fútbol de esa institución y además celebró un ascenso al viejo Torneo Argentino A, hoy Federal. Dejó su huella en otros clubes regionales, como Trebolense, Americano, Unión de Sastre y Juventud Guadalupe, el último con el que salió a un banco de suplentes, en 2024, con ochenta años. “El fútbol me da vida”, decía. “Todo es proponerse querer llegar a algo”, pronunciaba como una frase de cabecera, apasionado, para sembrar en los jóvenes que le preguntaban en las clases de la escuela de ATFA. “En su mayoría vienen para prepararse para dirigir o ya dirigen equipos en la Liga Departamental San Jorge. Esta zona es una de las que más jugadores ha producido, junto a una parte de Córdoba y de Entre Ríos”, comprendía Marcos, que también fue el fundador de la Escuela de Técnicos en la Liga de San Martín, Santa Fe.

A propósito de las cursadas decía que “la mejor forma de enseñar es estando cerca, siempre en el campo”. Le pedimos que diera un ejemplo, y el delantero terrible que fue no olvidó una faceta: “Practicar y enseñar cómo burlar la salida de un arquero que sale a tapar a un delantero con pelota dominada”.

Hasta sus últimas horas siguió armando dibujos, entre planillas, apuntes y notas de la cursada que daba con placer. El cigarrillo fue la causa de algunas intervenciones del corazón y los stents.

Cada acto o partido especial de Estudiantes solía llegar en micro a la Estación Retiro donde lo recibía el doctor Luis Álvarez Gelves, socio vitalicio pincha, ex directivo que no perdió la condición de hincha. La relación se hizo más estrecha en dos viajes, uno a Manchester a cincuenta años de la hazaña, y otra con aroma pueblo, en Tucumán, en Amaicha del Valle donde se organizó un torneo con otros pincharratas norteños, rodando el balón delante de los ojos de Conigliaro en el Club Estudiantes de Los Zazos.

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Marcos, en Tucumán.

Últimamente, se ubicaba en el palco de los campeones del mundo y a veces ingresaba al verde césped para ofrendar a la gente la réplica de la Copa Intercontinental, así como en el último clásico en UNO o durante las dos noches de la inauguración, en noviembre de 2019. Allí ingresó con su nieto Dante Marcos, entonces de 9 años, diagnosticado cuatro años antes con la Condición de Espectro Autista (CEA), déficit de atención con hiperactividad (TDAH) y Síndrome de la Tourette (ST). Entonces, la hija de Marcos agradeció a Estudiantes por una situación que no podía ser mejor, por la gente, el lugar y la ocasión.

Daniel Romeo, el tandilense y compañero de proezas, confiesa: “Fue un hermano mayor”. Y toma un alto en su diaria labor para evocarlo con una situación extraordinaria que le tocó en su juventud. “Zubeldía me sube de la quinta a la primera de Estudiantes con dieciocho para jugar la final del mundo contra el Milan —no jugué allá, pero sí acá en la revancha—. Imaginan mi alegría y euforia siendo un chico del interior donde todo era novedad. Creo que premeditadamente Osvaldo me pone en la misma habitación con Marcos Conigliaro. De los nervios no podía ni dormir, pero él hizo muchas pausas para que me sintiera cómodo en ese hotel en Varese —pegado a Milan—. Me hizo sentir un hermano y siempre se lo dije. Los chicos que entraban a primera teníamos un respeto enorme por los mayores, y me agarraron de la mano fuerte para llevarme y guiarme, porque es fácil confundirse a esa edad”.

Alcanzó dimensión de ídolo popular, pero sin interesarle la fama ni medir su valía por ella gustaba conversar de igual a igual. Un hombre que pateó la pelota de trapo, su único juguete allá en Bernal, donde agarró el potrerito y los amigos, cerca de donde hoy vive su hermano, y una hermana más chica que está en España. “Somos tres, todos bien”, decía. Se murió sin sufrimiento.

Y se fue, tal vez con los brazos abiertos de tanto dar (y le devolvieron), con los que corría cada pelota en las puntas, o como hizo abriéndolos y mirando al cielo luego del 1 a 0 a los ingleses. Cuando repasaba sus recuerdos, se quedaba en esa imagen, cuando pasó para siempre a la historia del fútbol mundial: “Mirá esa foto, esa me gusta mucho. Salgo con los brazos abiertos como queriendo abrazar a todo el mundo”.

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