La foto del Seven en la que aparecen tres de los jugadores desaparecidos
Gonzalo "Nicha" Albarracín desde la cabecera lo tranquiliza: “Sí, Raúl, por supuesto que nos acordamos”. Dos sillas más para acá, Diego Sánchez Viamonte asiente. Los tres jugaron en el club durante los setenta y fueron compañeros de la mayoría de los que desaparecieron. Nicha además fue entrenador de la primera división. Y Diego es hermano de Santiago, una de esas veinte víctimas del terrorismo de Estado. De alguna manera son sobrevivientes. Estuvieron en el mismo lugar y en el mismo momento, pero el destino, la suerte o vaya a saber qué quiso que pudieran esquivar a los genocidas.
Los convoqué para recordar. El plan era que describieran el clima que se vivía en la institución durante aquellos años. Sabía que La Plata era el menos conservador y tradicional de los clubes de rugby, que allí la libertad y la rebeldía se ponían en práctica todos los días. Muchos ex jugadores me habían dicho que aquellas generaciones se habían formado en medio de ese espíritu solidario y democrático, que tenían espacios para cuestionar, polemizar y hacer valer sus opiniones. Por eso quise juntarlos, para recrear una pintura de esa época. En el club y un día de partido. Lo que no pude prever es que esa charla nostálgica entre viejos amigos se iba a convertir en una reproducción a escala de aquellos debates juveniles. Cuarenta años después, con más kilos y menos pelos, la llama sigue encendida.
NOMBRES EN LA HISTORIA
LPRC juega el primer partido oficial en junio de 1925. El equipo todavía pertenecía a Gimnasia y Esgrima La Plata, estaba en el Bosque y usaba la misma camiseta del Lobo, blanca con una franja horizontal azul. El rival, GEBA, aplasta a los debutantes: 34-0. Seis meses después llega el primer triunfo: 9-6 contra Deportiva Francesa. En ese encuentro ya aparecen apellidos vinculados a las veinte víctimas del genocidio que ocurrió medio siglo después: juega Carlos Axat, padre de Rodolfo, desaparecido en abril de 1977.
En 1929, el equipo asciende a la segunda categoría gracias a una campaña extraordinaria: veintiocho partidos ganados, uno empatado, ninguno perdido. Además de Axat en ese plantel está Néstor Jáuregui, tío de Eduardo Navajas Jáuregui, otro de los desaparecidos. El entusiasmo crece, cada vez son más los muchachos platenses que se animan con la ovalada. Pero cuando en 1931 se profesionaliza el fútbol, la Unión de Rugby del Río de la Plata desafilia a Gimnasia porque no acepta clubes en los que haya deportistas rentados. No queda otro camino que el de la independencia. El 20 de marzo de 1934 nace LPRC. Todavía faltan cuarenta años para que los clubes del norte lo empiecen a llamar “escuela de guerrilleros”.
Durante la década de 1940, La Plata juega en segunda división, pero logra tener su propio lugar en el Bosque gracias a la concesión de unas tierras de la provincia. Axat sigue en el club y se suman Rodolfo Della Crocce, primo de Ana, esposa de Rodolfo Axat y también desaparecida. Además empieza a jugar Roberto Eguía, padre de Cecilia, la esposa de Gonzalo Sánchez Viamonte, los dos secuestrados en un operativo en Mar del Plata.
En 1953, el equipo llega a primera división. El club crece. Todavía en el Bosque, construyen nuevos vestuarios y un bufé más grande y planean una cancha auxiliar. Pero los socios empiezan a notar que las instalaciones les quedan chicas. A mediados de los sesenta ya habían construido piletas en un predio de dieciséis hectáreas en Gonnet que les había cedido la Municipalidad y muchos ven ahí un destino posible para que la institución pueda crecer. La mudanza definitiva es en 1970. El traslado del dominio de esos terrenos coincide con los años de la represión. La ley de donación de esas tierras fiscales se promulga el 28 de octubre de 1975, cuatro meses después del asesinato de Hernán Rocca, la primera víctima. La escritura se firma el 26 de junio de 1979, un año después de la desaparición de Julio Álvarez, la última víctima.
La lista completa de muertos y desaparecidos la integran: Hernán Rocca, Santiago Sánchez Viamonte, Otilio Pascua, Pablo Balut, Mariano Montequín, Jorge Moura, Luis Munitis Orione, Eduardo Navajas Jáuregui, Mario Mercader, Enrique Sierra, Abel Vigo, Alfredo Mauricio Reboredo, Rodolfo Axat, Eduardo Merbilhaá, Alejandro García Martegani, Marcelo Bettini, Pablo Del Rivero, Abigail Attademo, Hugo Lavalle, Julio Alvarez.
De izquierda a derecha: Pérez Alzueta, Bustillo y Axat
Tuvieron que pasar veinte años de la masacre para que LPRC se recuperara y pudiera festejar su primer gran logro deportivo. El 12 de agosto de 1995 supera por 51-17 a Olivos y gana el torneo. La campaña es memorable: quince partidos ganados y dos perdidos, con un promedio de treinta puntos por encuentro. El entrenador de ese equipo que quedó en la historia es Nicha Albarracín. Ese exitoso ciclo tiene un hit que se canta en cada rincón del club: Hay que sacar a La Plata campeón..., con la melodía de “Hay que salir del agujero interior”, el tema de Virus. La elección no es casual: los cuatro hermanos Moura jugaron al rugby en LPRC. Jorge es uno de los veinte desaparecidos, Federico murió en diciembre de 1988 y los dos menores, Julio y Marcelo, quedaron al frente del grupo y cada tanto ofrecen shows en el club.
Hoy LPRC tiene dos mil quinientos socios, cuatro piletas, siete canchas de rugby —la principal con tribunas para tres mil personas y excelente iluminación—, canchas de básquet, vóley y fútbol, un gimnasio y un salón de fiestas. Pero la banda de sonido ahora es Agapornis. Tampoco es casual: el grupo está formado por ocho jugadores del club que en medio de una gira empezaron a tocar clásicos de rock nacional en tiempo de cumbia. Lo que empezó como un juego explotó en las redes sociales y derivó en un contrato con la discográfica Sony. Son las estrellas de Gonnet. De “Hay que salir del agujero interior” a la ver- sión tropical de “Persiana americana”.
En 2006 se colocó en el bufé una placa en homenaje a los jóvenes desaparecidos del club.
El frío de julio es más frío en el descampado de Gonnet. La única manera de tolerarlo es con mucho abrigo. O ser uno de estos treinta jugadores que se pelean por la ovalada. Hay que ser muy fanático para desafiar la baja temperatura. Pero La Plata va primero, el sacrificio vale la pena. En la tribuna de cemento de la cancha principal hay hinchas de La Plata que alientan a sus jugadores. Y también hay hinchas de Pueyrredón que arengan a los suyos. No hay cantitos ni comentarios agresivos. Todo es muy civilizado. Cualquier hincha de Estudiantes o de Gimnasia se sorprendería al ver esta tribuna compartida. El rugby es así: la conducta ante todo.
En el primer tiempo se dieron un susto. La Plata, que viene puntero e invicto, se encuentra con que pierde 19-7 contra Pueyrredón, que va último y sin un solo partido ganado. Después, en el segundo, todo se encarrila. Los platenses reaccionan y lo liquidan: termina 46-24 para mantener el liderazgo en el torneo Top 14 de la Unión de Rugby de Buenos Aires en cuatro fechas jugadas.
Es cierto que La Plata sigue primero, pero no jugó bien. Eso le preocupa a Barandiarán, que con campera, bufanda y lentes negros soportó en la tribuna lo que pareció la tarde más fría del siglo. Por eso no bien terminó el partido corrió a refugiarse a la confitería y eligió esa mesa que está ubicada justo donde hace cuarenta años se convocaban las asambleas de jugadores. Ahora hay sillas desparramadas, cafés bien calientes y gaseosas, mozas que llevan pebetes y recogen migajas. Pero hay también una plaqueta de acrílico sobre una pared en homenaje a los jugadores desaparecidos. Y fotos por todo el salón que los recuerdan en acción, con los cortos ajustados y las camisetas amarillas embarradas.
LA MEMORIA DE UN CLUB
La plaqueta fue colocada en marzo de 2006, cuando se cumplieron treinta años del golpe de Estado. Tiene una leyenda que en algún momento deberían cambiar: “A los jugadores activos del Club víctimas de la década de 1970”. Una tragedia sin responsables. La placa de acrílico muestra también los diecisiete nombres que se contabilizaban hasta el año en que la pusieron. Hoy se sabe que los jugadores asesinados o desaparecidos llegan a veinte. Correcciones al margen, la mesa se arma. Llega Diego Sánchez Viamonte y minutos después se suma Nicha Albarracín, el entrenador, que en el trayecto hasta la mesa acepta felicitaciones por el triunfo, aunque reconoce que el equipo no jugó bien.
La placa colocada en el bufé de LPRC en 2006
-¿Cuáles eran acá en el club los temas que habitualmente...? (contestan todos juntos)
-La discusión de fondo era peronismo o no peronismo. Ser peronista era fácil.
-Todos buscaban la revolución, un país más justo, con más igualdad.
-Lo que se discutía era quién estaba más a la izquierda. Acá había dos grupos: los mayores eran de izquierda y los más chicos militaban en la JUP o en Montoneros.
-Es cierto, entre los más grandes casi no había montos.
-Es más, los montos eran de derecha...
-Eran peronistas.
-Eso lo decís vos. Yo, que no era peronista, les decía que eran de derecha.
-Es que Perón tuvo muchas cosas ligadas al fascismo. Evita no, Evita fue distinta...
-Porque no tuvo tiempo. Populismo puro.
-Los que militaban en la JUP o en Montoneros estaban convencidos de que para hacer la revolución necesitaban meterse dentro del peronismo.
¡Y pensaban que Perón los iba a dejar entrar! ¡Qué ingenuos!
-Nos dejó entrar, pero después en un momento...
Se escuchan, se enciman, levantan la voz, dejan de escucharse, bajan el tono. Todo ocurre en minutos. Los tres tienen ganas de hablar, de debatir, de decir lo que piensan. De volver a discutir lo mismo que discuten desde entonces. Y se da de una manera maravillosa: les propuse recordar a la distancia, pero en cambio lo viven hoy. De manera espontánea se enroscan en un debate que no estaba previsto. Los mismos protagonistas en el mismo lugar debaten los mismos temas y se dedican las mismas chicanas con el mismo espíritu. Pero cuarenta años después. Es como cuando el director grita “acción” y de repente los actores hablan, se mueven y sienten como los personajes. Activaron el modo militante por puro instinto. No explican cómo era, lo reproducen. Ahora que los escucho puedo palpar esos momentos. Logro verlos más enérgicos y combativos, más rebeldes, discutir con los que ya no están en este lugar que hace un rato señaló Barandiarán. Perón, los “montos”, las asambleas, la izquierda, la derecha, los fierros, la JUP. La juventud maravillosa.
Este año LPRC inauguró un Espacio de la Memoria en el predio de Gonnet
-¿Estos debates eran habituales?
Nicha: No se nos ocurría discutir de otra cosa.
Raúl: Te cuento una anécdota. Hernán Rocca cumplía años el 19 de junio y en 1973, cuando cumplió veinte, cayó un día antes de la vuelta de Perón. La cuestión es que en medio de la fiesta hicimos una asamblea para debatir si al otro día debíamos ir a Ezeiza.
Diego: ¡Qué cumpleaños divertido!
Raúl: Pero para nosotros era habitual. En un momento discutimos si la decisión la debía acatar todo el grupo o si quedaba a la libre elección de cada uno. Al final se votó que cada uno podía decidir. Mariano, Otilio y yo no fuimos. Fueron Santiago y Hernán.
-¿No se planteaban la contradicción entre el rugby y la militancia?
Nicha: Durante mucho tiempo lo pensamos, porque el rugby estaba considerado un deporte de élite, oligarca. Después nos dimos cuenta de que no era así, nosotros éramos de clase media, de barrio. Jugábamos al mismo deporte que los del CASI (Club Atlético de San Isidro) o del Newman, pero éramos distintos a ellos.
Raúl: Me acuerdo de una discusión con tu hermano Santiago, arriba de un Renault 4, en 48 entre 5 y 6. Yo decía que no había que jugar más y él me decía que sí, que nos servía de pantalla.
Nicha: Claro, ese era un gran argumento: ¿quién iba a sospechar de muchachos que jugaban al rugby?
-¿Cómo era la relación con los jugadores de otros clubes?
Raúl: Ni pelota.
Diego: Con los clubes de La Plata no había problemas. Yo me hice amigo de Nicha cuando él jugaba en San Luis.
Raúl: Con los de Buenos Aires era más complicado, decían que no salíamos campeones porque éramos montoneros.
Nicha: Nos definían como un semillero de extremistas.
-¿En los terceros tiempos había cruces?
Diego: No, porque no nos integrábamos, eran más fríos y distantes que ahora. De todos modos los que vivíamos en La Plata éramos amigos, aunque jugáramos en clubes distintos, porque en general íbamos a los mismos colegios. En el Nacional, por ejemplo, agarrabas un curso y todos jugaban al rugby, algunos en La Plata, otros en Los Tilos o en San Luis, pero todos jugaban.
JUGADORES EXTRAORDINARIOS
-¿Y la relación con los dirigentes del club?
Raúl: Nunca nos cuestionaron nada. Todos sabían que había militancia política, era inocultable, pero no nos decían nada.
Nicha: A veces discutíamos con los compañeros que no militaban, nos decían que estábamos locos. Tampoco era que todos los jugadores del club participaban en política, pero sí lo hicieron tipos que deportivamente se destacaron.
Raúl: A mí un dirigente me vio en un acto relámpago en 8 y 50...
Diego: ¡Los actos relámpagos! Esa pelotudez que hacían ustedes... Estaban todo el tiempo en 8 y 50, iban un día y tiraban volantes o una molotov en la esquina, y después tomaban un café a media cuadra.
Para 1975, buena parte de los militantes que integraban el equipo de LPRC habían pasado a la clandestinidad.
Raúl: Bueno, no importa eso, la cuestión es que hicimos un acto relámpago, quemamos cubiertas frente a un hotel donde paraban legisladores peronistas en la época de Isabel, y cuando salí corriendo por 50, me vio un dirigente. Le pedí por favor que no dijera nada y nunca dijo nada.
-¿Cuánto los afectó en lo deportivo la ausencia de los compañeros desaparecidos?
Nicha: Nos costó muchísimo porque además de grandes tipos eran jugadores extraordinarios.
Raúl: Hugo Porta dijo alguna vez que el seven en la Argentina cambió a partir de La Plata en 1973. Y ese equipo duró muy poco. A los dos o tres años fue diezmado. Hubiera sido la base de un gran equipo. Fijate que tuvieron que pasar veinte años para que La Plata saliera campeón por primera vez.
¿Es cierto que algunos mientras estaban en la clandestinidad jugaban con otros nombres?
Raúl: Sí, yo. En 1975, fuimos a jugar un seven a Tandil y estábamos todos clandestinos. Yo jugaba con el documento de mi hermano. Algunos dirigentes no sabían, otros sabían y no decían nada. Salimos segundos. Suerte que no ganamos, ¡mirá si aparecíamos en la foto!
Afuera oscurece. En el bufé la charla también se va apagando. Nicha dice que debe ir a hacer relaciones públicas con la gente de Pueyrredón, cosas del tercer tiempo. Raúl y Diego también tienen obligaciones que atender. Lo dicen, pero se quedan. Hace dos horas que están al rescate de aquellos recuerdos y tienen ganas de más. “El compromiso político que tenían los muchachos era tan grande que algunos hicieron el secundario de vuelta, se anotaron en una escuela nocturna de Berisso para poder militar en la UES”, dice Nicha. Diego cambia el foco: “Luti Munitis iba mucho a casa cuando entrenaba a mi hermano Santiago. Me acuerdo que un día me regaló un libro de Jorge Masetti. ‘Tomá Dieguito, leelo’, me dijo. Solo eso. Muy pocos sabían que militaba porque el tipo no decía nada, pero cuando podía bajaba línea”. Raúl completa el cuadro: “Luti era más tranquilo que Lassie. Para mí fue una sorpresa, no lo había registrado”. Nicha —que hasta 1977 jugó en San Luis— cuenta que quiso pasar a La Plata por admiración. “De afuera veía que estos tipos eran unos capos y yo quería estar ahí. Por eso me pasé. No cambié de club por razones deportivas, cambié por cuestiones ideológicas”, dice.
La tapa de la investigación realizada por el periodista Claudio Gómez
La noche avanza sobre Gonnet. Desde la confitería ya no es posible distinguir lo que ocurre afuera. En las mesas quedan unos pocos relegados, mientras las mozas le pasan la escoba a los restos. El único lugar del club que está activo es el salón de fiestas donde los jugadores comparten el tercer tiempo con novias y familia y los dirigentes hacen sociales. El entrenador Nicha Albarracín tiene que hacer acto de presencia, es inevitable. Entonces se para, agradece y se despide. Pero vuelve a sentarse. Se acordó de algo y lo tiene que compartir. Es la anécdota sobre el día en que se enteró del asesinato de Marcelo Bettini, un momento que describe como pocos el clima de aquellos años intensos. Nicha cuenta que iba por la calle y se cruzó con Diego. “Lo mataron a Beto”, le comentó. Y Diego con total espontaneidad le respondió: “Ahhh”. En esa época era simplemente una caída más. “La muerte estaba naturalizada, era cosa de todos los días. Tuvieron que pasar muchos años para que me diera cuenta. Recién cuando la situación se calmó, tomé conciencia de que todo había sido una gran locura”, finaliza Nicha.
(El presente texto es un fragmento del libro Maten al rubgier impreso por editorial Sudamericana en 2015)