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José María Pallaoro, el poeta de City Bell

Poeta, editor, gestor cultural, falleció en 2024 a sus 67 años. Dejó un poemario tan extenso y valioso como su actividad artística y cultural.

José María Pallaoro nació en La Plata, en la calle 70 Nº 1130, un 28 de febrero de 1959. Pisciano y chancho como le gustaba definirse—, según los astros y chinos horóscopos; además de atípico y desapasionado millonario, en ciudad de pincharratas y lobos. Ese episodio platense del nacimiento fue demasiado breve porque enseguida se lo llevaron a City Bell, más específicamente a la calle 9, de la vieja numeración. Ahí, podemos decir que comenzó todo.

De muy pequeño fue al jardín de infantes “El niñito Jesús” y luego pasó a la primaria en El Colegio “San Blas”, ambos dentro de la misma manzana. Los que lo recuerdan, tienen la imagen de un pibe bastante retraído, pero que a, la hora de jugar al fútbol, medio que se desataba. El Secundario lo hizo en la ENSC General San Martín, de La Plata, hasta 5º año, que fue cuando, a raíz de una discusión política con un docente, lo mandaron a repetir. Entonces se cambió a la Escuela 12 de City Bell.

Su padre Nerino Pallaoro, maestro ebanista recibido en el Colegio Salesiano, le inculcó lecturas y el valor del trabajo con las manos. Le compraba libros, revistas y discos que José devoraba en cantidades. Su madre, Ascensión Cruz, que al guiarnos por su poesía fue la persona que más lo marcó en su vida. Después están sus hermanos: Luis, Jorge, Gabriela y Hugo, con sus distintas personalidades, que da cuenta de una familia numerosa, en la que José siempre se sentía contenido, pero también de la que se sentía un poco diferente.

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Perfil de Pallaoro

Seguramente influenciado por la figura de Hugo, el mayor (contador y abogado), en algún momento decidió estudiar la carrera de Ciencias Económicas; pero en 4º año se dio cuenta que eso no era lo suyo, que lo que le interesaba era la literatura. Entonces se anotó en Filosofía y Letras, hizo los primeros años cursando materias como latín, griego, gramática que le costaron un poco, pero con el tiempo terminará valorando como ejes centrales en su formación. Después se pasó al Instituto Terrero donde pensaba recibirse de profesor en letras, pero tampoco lo terminó.

En una entrevista que alguna vez le hicieron, decía:

“En la pubertad leía y escribía poemas. Algunos escarceos en la primaria, con más frecuencia en la secundaria. Siempre fui vergonzoso, nunca mostré nada, o muy poco. Mi hermana menor, Gaby, me revisaba los cuadernos y marcaba los textos que le gustaban; y a mí no me gustaba nada. Regalaba poemitas, a mi novia del secundario, por ejemplo. Mis padres fueron muy generosos, provengo de clase trabajadora. Me compraban discos y revistas todos los meses, y de ahí sacaba la información.” (Diario Hoy, 20/1/2021).

Desde el punto de vista biográfico no es necesario hacer demasiados esfuerzos. Ya el libro El viaje circular 1973-1981 (1998) deja constancia de la adolescencia del poeta. En la imagen de tapa podemos ver a un José María con el pelo hasta los hombros, junto a los alumnos de 4º año de la ENSC General San Martín (foto en blanco y negro fechada en 1975).

Saliendo de la noche más oscura

Fue a mediados de 1978. Caminaba de noche por calle 12 de La Plata, cuando un auto de civil se paró de repente a su lado, una patota de hombres desconocidos se bajó y lo metió en el asiento de atrás. Le pusieron una capucha en la cabeza y ahí sintió que el mundo se apagaba. Lo insultaron, le pegaron en la cabeza varias veces. Hasta que percibió que alguien le apuntaba a la cabeza y le decía que lo iban a fusilar. Pallaoro nunca va a recordar la cantidad de tiempo que eso duró ni a dónde finalmente lo dejaron, ni como después llegó a casa. El sólo hecho de haber sido “chupado” por esa nebulosa de tiempo será determinante en lo que vino después, porque ya nada sería igual.

Eran años en los que José se abrazó al rock como tabla de salvación. El día que vio a Billy Bond y a la Pesada del Rock & Roll algo lo dejó estupefacto, era el llamado al ¡Rompan todo! que expresó una noche en el Luna Park y que funcionó como llamado, grito generacional con vibración poética con el que podía sacarse de encima la fea sensación que la patota le había dejado aquella noche de 1978.

De ahí en más no paró. Pasó a escuchar “la Biblia” de Vox Dei, rendirse ante el “Flaco” Spinetta, a Manal, Arco Iris con Gustavo Santaolalla. de quien se hizo fanático, Serú Girán, entre otros. De afuera, se enamoró de Joni Mitchell, de Joplin, del sonido de la guitarra de Hendrix, la voz de Lennon. Bob Dylan y Jim Morrison eran además poetas, por lo que buscó sus traducciones. Descubrir lecturas como “El camino” de Jack Kerouac y todo lo producido por la Beat Generación (Corso, Ginsberg, Ferlinghetti) le volaron la cabeza. Comenzó a coleccionar revistas como Expreso Imaginario, más tarde Pelo, Pinap, Epopeya y Rock & Pop, argamasa contracultural y contestataria a la que José —en el cruce entre música y poesía— agregaba el nombre de tres poetas: Mario Porro, Roberto Themis Speroni y Néstor Mux (de este último se haría muy amigo y sería su editor).

Su posterior paso por la facultad de Económicas le dio rudimentos contables y habilidades de gestión comercial, lo que le permitió trabajar en el estudio propiedad de su hermano Hugo. También, hacia mediados de los 90´, se metió en la vorágine de ir y venir todos los días entre City Bell y Capital Federal, trabajó en “Caide”, una empresa de informática ubicada en el barrio de San Cristóbal. Allí llegó a ser vicepresidente, hasta que se jubiló finalmente en 2016.

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Junto a uno de sus maestros, el poeta Mario Porro

La talita dorada

Pero José María jamás hablaba acerca de sus actividades laborales, las tomaba como meramente “circunstanciales” para poder juntar el mango. Lo importante era la poesía, de eso sí hablaba. En 1994 conoció a Elena Núñez, quien será su compañera hasta sus últimos días. En su recuerdo, José la invitó a la casa de calle 29 y ya nunca se separaron. Juntos rediseñaron la vivienda, viajaron por el mundo, conocieron y compartieron la vida con amigos y familia.

Algunos de sus poemas fueron incorporados a otros libros: así fue el procedimiento que utilizaba para crear.

En esa memoria compartida está el registro de cuando José aprendió a coser libros a mano y hacer tareas de jardinería. Entonces compraron una prensa y así nacieron los primeros ejemplares de la editorial que bautizó libros de la Talita Dorada, que con el tiempo se fue engrosando y llegaría a publicar a más de cincuenta autores, junto a las tiradas de la revista e l espiniyo.

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Revista El Espiniyo, edición 2007

El nombre “Talita” proviene de los talas, un tipo de árbol de los que había cerca de la casa de su infancia en City Bell. Para José, se trataba de un lugar para refugiarse del calor y de la lluvia, para construir la casita en la cima y desde ahí contemplar el barrio. “Dorada”, por el fruto que daban esos árboles. Ese color es el efecto que se produce por el reflejo del sol: “Delicia para los pájaros y para los chicos. De donde nace la inspiración”, decía.

Sus blogs —Aromito, Poesía La Plata, Poesía City Bell, Los ojos— fueron verdaderas bitácoras de resistencia poética que hasta hoy siguen recibiendo gran cantidad de visitas en las redes. En una época donde la virtualidad se volvió un desierto de gritos, Pallaoro levantó oasis de silencio, lugares donde la poesía se compartía sin ruidos, sin urgencia. Cada entrada a los blogs era un gesto de cuidado: subir un poema, rescatar a un autor olvidado, compartir una lectura. José fue uno de los primeros en entender que Internet podía ser un territorio poético, y no sólo una vitrina.

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Los libros de la Talita dorada

Viajes inolvidables

Deambular y viajar eran cosas que a Pallaoro le gustaba hacer, pero menos que quedarse en su casa entre sus libros y cuadernos. Pero cuando lo empujaban a la aventura, se embalaba. Hay dos de esos viajes que fueron inolvidables y de los que, más tarde, extrajo historias y experiencias que siempre mencionaba.

El primero lo hizo con su amigo Mario Calandra, fue a principios de 1994. Cruzaron al charco a Montevideo. Allí conoció la vida bohemia de bares, librerías como la 18 de Julio, la feria Tristán Narvaja. En las fotos que subió a su blog se lo puede ver deambulando con un jardinero de jean y con el pelo bastante largo; allí conoció personalmente al músico y poeta Eduardo Darnauchans (1953-2007) a quien ya había visto en un recital porteño, allá por el año 1978. “Darno” encarnaba —de algún modo— el cruce entre poesía beat y música rioplatense que a Pallaoro le interesaba. En las redes pude encontrar este breve mensaje que recuerda aquel cruce:

“Amo al Darno desde que escuché Sansueña, creo que por el 78. Tuve la suerte de conocerlo en Montevideo en algunos viajes que hice hacia fines de los 80. Un día le mandé por correo algunos libros (uno de una larga entrevista a Tuñón, aunque no sé si le llegó). De esos años tengo cajoneado un librito de poemas (en realidad son bocetos de poemas, ideas de poemas) que se iba a llamar La balada del Darno".

Ese libro que menciona nunca se publicó, y está perdido entre sus papeles. Algunos de los poemas fueron incorporados a otros libros, pues como veremos, así funciona el procedimiento que utilizaba para crear.

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"Palla" en Montevideo, 1994

El segundo viaje que lo marcó lo hizo con su compañera, Elena. Viajaron juntos por Europa, y en mayo de 2013 recalaron en Trieste, Italia, donde fueron invitados por Juan Octavio Prenz y familia. Este gran poeta, nacido en 1932 exilado desde la época de la dictadura militar, traductor y catedrático emérito de las Universidades de Belgrado y Trieste (fallecido luego en 2019), forjó con Pallaoro una intensa amistad que, desde entonces, se vio reflejada en un copioso y duradero intercambio del que surgieron libros, correspondencia y una mutua hospitalidad cada vez que cada uno viajaba.

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Pallaoro con “Lalo” Painceira, Nestor Mux y Octavio Prenz, en City Bell, 2014

Generosidad y poesía

Pallaoro alguna vez escribió: “El poema no se busca, el poema te encuentra. Lo difícil es estar despierto cuando eso sucede.”

Ese verso resume su manera de vivir y crear: estar despierto, atento, disponible para que la poesía pasara por su cuerpo. No buscaba reconocimiento, ni pertenencia a capillas literarias; su pertenencia era al poema y a quienes lo necesitaban. De ahí que la generosidad sea una de las cualidades humanas de este poeta, que ayudaba a otros a encontrar su voz, la escritura. Y este es el lugar que ocupaban los talleres que dictaba todos los años.

Espacio vital de la vida social y literaria de José María, entre City Bell y La Plata, lugares donde se nutrió y coordinó talleres que marcaron a varias camadas de escritores y lectores de la zona. Los que pasaron por allí saben que no se trataba sólo de aprender técnicas, sino de aprender una ética sobre el arte poético.

En esos encuentros, José escuchaba más de lo que hablaba. Su modo de enseñar consistía en encender la chispa en el otro, en acompañar el proceso hasta que el poema o la narración encontrara su propio ritmo. Quien haya trabajado con él recordará sus anotaciones a mano, sus correcciones mínimas a lápiz, sus observaciones justas.

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Junto a Aurora Venturini

City Bell, lugar del mundo

Poeta, editor, coleccionista, melómano, librero, locutor, archivista, difusor, tallerista. Son demasiadas las aristas que caracterizaron en vida a José María Pallaoro, pero sin duda que la primera fue la más importante de todas, o la que más a él lo obsesionaba. De eso puedo dar absoluta fe. Y en eso su vida fue una constelación de gestos precisos: editar libros, revistas, corregir versos, leer en voz alta, mantener blogs, coleccionar documentos, estimular a jóvenes poetas a publicar, o simplemente escuchar. Estar atento en un lugar.

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La puerta de la casa donde dio su taller

En su casa de City Bell, sobre la esquina exacta de 29 y 471, sucedieron demasiadas cosas. Por allí pasaron poetas nuevos y consagrados, voces locales y del país, entrevistas, reseñas, conversaciones y una energía que él supo mantener con la paciencia de quien ama las palabras y los buenos afectos.

Los que lo conocieron saben a que me refiero; acaso la vida de este poeta fue la construcción de su lugar en el mundo: "City Bell es un pueblo hermoso. Empecemos de vuelta, City Bell era un pueblo hermoso de calles de tierra, pocas casas, mucho campo con cardos, panaderos del aire, caballos y vacas, tortugas en arroyos, quintas, eucaliptos y paraísos y poetas y un cielo que nunca nos cansábamos de mirar. En la casa, en el interior de nuestra casa, la estufa hogar iluminándonos a través de la leña que reuníamos a lo largo del año, y las revistas y los mates y los libros. De chico fui un ávido lector, llegué a tener cientos de maravillosas revistas, donde la curiosidad radicaba en que me atraían más los textos que los dibujos. Hasta que hubo un quiebre casi definitivo, pasé de las historietas a los libros, esto habrá sido alrededor de mis trece o catorce años (fragmento de su libro Humo, 2011)".

Aunque la imagen de esa localidad esté fijada en el tiempo de su infancia y no sea el paraje repleto de countrys y edificaciones que es hoy; nada de eso importaba al poeta: “Viví, vivo (descontando alguna corta estancia en mi ciudad natal) en City Bell: soy un citibelino hecho y deshecho, aunque no sé muy bien qué significa eso…” (Prólogo de El viaje circular- 1973-1981-1998).

Un gran sauce llorón marca la puerta donde todavía se lee: “Taller Pallaoro”. Allí, con la ayuda de su compañera de vida, la arquitecta Elena Núñez, diseñó en los últimos años su casa-taller, que no es lo mismo que decir simplemente una casa; porque la manera de habitar el espacio que él anhelaba implicaba que tuviera que existir lo que llamaba citando a Mallarmé un “gabinete”. Es decir, un estudio específico para el desarrollo de los quehaceres del poeta en su soledad o en el encuentro con otros poetas. La idea de espacio espectral atiborrado de elementos-objetos o seres que pudieran inspirar y evocar su tarea.

Palla y amigos

Pallaoro junto con Carlos Aprea, Néstor Mux y el autor de la nota

El archivo Pallaoro

Dormía poco. Se acostaba tarde y se levantaba muy temprano. También se desvelaba seguido. Entonces leía y escribía o escuchaba radio hasta que se hacía de día.

Su daltonismo le impedía distinguir bien los colores, pero no tonalidades de las palabras que, como Arthur Rimbaud, vinculó a las vocales: A (negra), E (blanca), I (roja), U (verde) y O (azul). Esta correspondencia era el chiste repetido al que aludíamos cada vez que me mencionaba su mal óptico: “Daltónico pero Rimbaudiano de las vocales”, y se reía de esas asociaciones.

El poema no se busca, el poema te encuentra. Lo difícil es estar despierto cuando eso sucede El poema no se busca, el poema te encuentra. Lo difícil es estar despierto cuando eso sucede

Se enfermó temprano. A los 40 años su corazón empezó a fallar y le metieron un stent que lo obligó a cuidarse con las comidas y la bebida. Esto último para un poeta puede ser demoledor, si no tiene cierta capacidad se supervivencia; pero Pallaoro lo sobrellevó con bastante dignidad, aunque luego llegaran problemas en el hígado y la diabetes. También llegaron Macri y después Milei, y la impotencia de un mundo que se emputeció del todo. Por supuesto que con el tiempo nada se torna fácil, pero su estoicismo a prueba de balas era también la forma de lograr ese vitalismo, y Pallaroro era un tipo que nunca abandonaba la resistencia (incluyendo a la peronista).

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José María falleció en City Bell el 10 de octubre de 2024. Tenía 65 años. Ya con la forma en la que se desarrollaba su vida, en esa simple manera de “estar ahí”, deberíamos inferir que esa forma de habitar el mundo merece una tarea proporcional que alcance a develar y dimensionar quién fue, qué hizo, qué nos dejó.

“Humo”, un libro inédito

Por estos días aparecerá la edición titulada “Humo”, un libro que dejó armado Pallaoro entre los papeles de su archivo y que junto a Elena Núñez y Carlos Aprea hemos decidido dar a conocer. Se trata de fragmentos, lo que él llamaba “repeticiones en prosa poética y microficciones”, registrados en su gran mayoría como entradas de un diario perteneciente al año 2011.

De las libretas negras de hule en las que volcaba sus diarios, que se llenaban con su letra pequeña, luego las pasaba prolijamente en la computadora; así año por año, de manera que de ese material titulaba y conformaba corpus independiente que llevaban a un libro, o a una plaqueta o a algunos de sus blogs. De ese procedimiento surge Humo, del cual a su vez extrajo otro libro: El flautista de City Bell (2015). Por lo que Humo forma parte de la matriz más larga o mayor sobre la cual trabajó para después seleccionar sólo aquellos textos que ingresaron a la publicación en 2015.

City Bell era un pueblo hermoso de calles de tierra, pocas casas, mucho campo con cardos, panaderos del aire. City Bell era un pueblo hermoso de calles de tierra, pocas casas, mucho campo con cardos, panaderos del aire.

"El humo de un cigarro me hace oír el ruido de la gente al caminar, tararea, y le pega al teclado de la portátil. La cervical, un muñón deforme. El frío cala sus rosas del olvido. Hay ruido de magia. El portón de calle se va abriendo, ahora, se va cerrando el portón. Entraron los duendes de la casa. Es hora de la última pitada, es hora del cigarro que dejó antes de ingresar a terapia intensiva, cuando estaba vivo para otras cosas, y no tarareaba".

Las menciones al humo como estela poética y erótica del cigarro (su lado positivo, jazzístico), se cruzan con la ironía permanente —e incisiva— de Jose María sobre aquellos personajes “que hacen mucho humo”, pues a esos —incluyendo al mundo de la política, la literatura y las relaciones humanas en general— “no se los fumaba” (ese su lado negativo, pero sincero, porque da cuenta que el poeta era un tipo frontal, sin vueltas, genuino y no se bancaba a los impostores).

Humo

“Humo”, en rigor, se presentará próximamente en la feria del libro de Buenos Aires el 29 de abril a las nueve de la noche.

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