Pero el destino ya había elegido otro camino.
Con apenas 12 años se presentó en el club 12 de Octubre, una de las instituciones que participaban en los torneos de la Federación Platense de Football, la actual Liga Amateur Platense. El club, que apenas sobreviviría una década, hacía de local en una cancha ubicada en 64 y 27, sobre terrenos del Ferrocarril Sud.
Sus primeros pasos, entonces, fueron en un lugar inesperado.
—Empecé en Cuarta jugando de número dos, pero me iba para adelante y hacía goles. Me daba bronca porque yo quería jugar arriba y no me dejaban. Entonces el entrenador me probó de insider derecho —dijo alguna vez, en una entrevista.
Pancho no grita el gol ante Gimnasia.
La decisión cambió su vida. En 1924, todavía siendo un adolescente, ya integraba el primer equipo junto a hombres mucho mayores, entre ellos tres tíos maternos de apellido Yantorno.
Su explosión futbolística no tardó en llamar la atención.
Durante el verano de 1928, Estudiantes de La Plata organizó una serie de pruebas y el joven Varallo fue convocado. Tenía edad para jugar en Cuarta División, pero dejó una impresión imborrable. Un viejo recorte periodístico lo ubica en la Intermedia albirroja, en una goleada por 7 a 1 sobre Estudiantil Porteño. Ese día convirtió dos goles. Ese mismo día jugaron las primeras y en Estudiantes estuvo como wing Miguel Lauri, pronto muy famoso en la delantera que bautizaron “Los Profesores”. Dos goles metió Varallo en el preliminar, en un equipo que alistó a Biffaretti; Fernández y Tettamanti; Irurieta, Caffé, Pérez Escalá; Calandra, Varallo, Bellomo, Pereyra y Santos.
Años después, no lo ocultó:
—Jugué tres partidos para Estudiantes. Ahí estaban varios chicos que después serían grandes jugadores.
En total, marcó once goles en apenas tres encuentros. Sin embargo, cuando Estudiantes pidió su pase, la respuesta del 12 de Octubre fue terminante. No lo cedían. En el club de barrio eran, en su mayoría, simpatizantes de Gimnasia y Esgrima La Plata.
Y casi como otra travesura del destino, mientras rechazaban el pedido albirrojo, gestionaban una prueba para el muchacho en el rival de toda la vida.
Formó parte del Mundial 1930.
Pancho tampoco falló. En un amistoso frente a Nuevo Mundo anotó seis de los siete goles. Gimnasia lo hizo debutar el 10 de junio de 1928, todavía en tiempos del amateurismo. Frente a Argentino de Banfield ocupó el viejo puesto de insider derecho y marcó el tanto del triunfo por 2 a 1. Había comenzado la historia.
Un año más tarde, en la Copa Estímulo de 1929, Gimnasia sorprendió al fútbol argentino. Aquel equipo, integrado por hombres que trabajaban durante la semana y apenas entrenaban los jueves, fue creciendo hasta quedarse con la Zona Impar. El 13 de octubre, un derechazo de Varallo derrotó a River y fue instalando su leyenda. Por su pegada feroz y por su físico menudo, en un diario empezaron a llamarlo "El Cañoncito del Bosque".
Pancho siempre recordaría a aquellos compañeros.
—Yo aprendí con todos ellos. El que más me ayudó fue el Negro Curell. Antes no existían los entrenadores como ahora; eran los jugadores grandes los que te enseñaban el oficio.
La final llegó el 9 de febrero de 1930, en la vieja cancha de River, sobre la avenida Alvear. Treinta mil personas colmaron las tribunas para ver a Gimnasia y Boca definir la Copa Estímulo. Boca se puso en ventaja por un gol en contra y parecía encaminado al título. Pero en el segundo tiempo apareció Martín Maleanni, que marcó dos veces para el 2 a 1 definitivo. Los sombreros ranchos volaron por el aire mientras los hinchas triperos festejaban una de las mayores conquistas de su historia.
Pancho, que ya era una de las figuras del equipo, guardó para siempre una imagen de aquella tarde.
—Antes del partido ya me habían sacado varias fotos para los diarios. Morgada y Scarpone me decían: "Panchito, tené cuidado, porque te van a marcar a muerte". Y así fue. Cuando volvimos en tren a La Plata, la gente nos llevó en andas desde la estación hasta la cancha.
La dirigencia los premió con quince días de vacaciones en Mar del Plata, con todos los gastos pagos. Eran otros tiempos.
—Nos entrenábamos una vez por semana. Los jueves. Todos trabajábamos y después íbamos a practicar. Yo tenía suerte porque en el trabajo me dejaban salir. A mí me llevaba de la mano el Negro Curell, un wing derecho que tenía diez años más y fue el que más me ayudó, porque yo jugaba de insider. Antes no existía un entrenador, eran los jugadores de mayor experiencia los que le marcaban el camino al grupo —contó Pancho en alguna oportunidad.
Con la camiseta de Gimnasia disputó 74 partidos y convirtió 36 goles. El 23 de noviembre de 1930 jugó su último encuentro para el club. Pocas semanas después, sus compañeros emprendieron una gira por Brasil y Europa. Pancho, en cambio, ya había emprendido otro viaje. El que lo llevaría a convertirse en uno de los primeros grandes ídolos del fútbol argentino y en protagonista de la primera final de la historia de los Mundiales.
El muchacho que llegó al primer Mundial
El 25 de mayo de 1930, mientras el país celebraba un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, un pibe de veinte años, todavía jugador de Gimnasia, debutaba con la camiseta de la Selección argentina. Nadie podía imaginar que apenas dos meses más tarde estaría jugando la primera final de la historia de los Campeonatos Mundiales.
Pancho, de grande, en otro de sus tantos homenajes.
Aquella tarde, en el viejo Gasómetro de Avenida La Plata, Argentina y Uruguay disputaron la tradicional Copa Newton. El encuentro terminó 1 a 1 y el único gol argentino, a los once minutos del primer tiempo, lo convirtió Varallo. Fue su carta de presentación.
Lo que Pancho no sabía era que ese partido sería, prácticamente, su examen de ingreso al Mundial.
"Yo embarqué habiendo jugado solamente ese partido con la Selección", recordaría muchos años después. La convocatoria tuvo mucho de casualidad y bastante de intuición.
“A Montevideo se llevaron dos equipos y yo estaba en el de los suplentes. Terminaron poniéndome a mí porque los jugadores mayores, como el Nolo Ferreira, Monti y Spadaro —ellos eran los que armaban el equipo—, se dieron cuenta de que Scopelli, que era el insider derecho titular, se había asustado un poco por el clima que se vivía. Yo, en cambio, estaba muy entusiasmado. Viajé casi por casualidad, porque a los jugadores los eligieron los dirigentes de los clubes. Y en mi puesto estaban Arrillaga, Zito y Marassi. Yo jugaba en Gimnasia y el presidente del club le pidió al de Independiente: ‘Votame al pibe’. Y así les gané a los demás”.
El primer Mundial había nacido de una idea compartida entre el dirigente francés Jules Rimet y el diplomático uruguayo Enrique Buero. Las dos medallas doradas que Uruguay había conquistado en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 terminaron de inclinar la balanza. Europa no mostró demasiado entusiasmo. Muchos países se negaban a cruzar el océano y el propio Rimet tuvo que intervenir para convencer a varias federaciones. Al final fueron apenas trece selecciones las que aceptaron el desafío.
El Principado de Mónaco envió un representante a su casa para obtener un molde de su pie derecho. Con él confeccionaron un botín de bronce
Argentina viajó a Montevideo con un plantel amateur en el sentido más genuino de la palabra. La concentración estaba en un modesto hotel de Santa Lucía, lejos del lujo y de las comodidades actuales.
—El terreno para las prácticas era como un gallinero —contaba Pancho— que estaba al lado del hotel. En realidad, era todo muy improvisado. Los que querían correr o hacer un poco de gimnasia, salían y listo. A mí siempre me agarraba Monti, que corría un montón. Yo me tiraba a tomar aire y a hacer un poco de gimnasia y él seguía corriendo. Ese era todo el entrenamiento que hacíamos en el día.
Luciendo la camiseta de Boca.
Aquella aventura tuvo también un visitante inesperado. Tres días antes del debut argentino frente a Francia apareció Carlos Gardel. El Zorzal Criollo llegó hasta la concentración, compartió una tarde con los futbolistas, cantó algunos tangos y hasta participó de una partida de lotería. Varallo nunca olvidó ese encuentro.
—Fue el Conejo Scopelli, de Estudiantes, el que le pidió a Gardel que cante el tango Dandy. Vino a la concentración a visitarnos, a cantar y a jugar a la lotería. Después lo hizo con los uruguayos. Te imaginas… ¡No podía cantar sólo para nosotros porque se armaba la podrida! Pero recuerdo que Carlitos no se quedó a ver la final porque olfateó que había bronca con la hinchada argentina y prefirió no irritar a las barras… Vos sabes, a Gardel se lo disputaban ambas parcialidades, unos que nació en Tacuarembó, otros en Toulouse.
El estreno mundialista fue el 15 de julio, en el Parque Central de Montevideo. Argentina derrotó a Francia por 1 a 0 con un tiro libre de Luis Monti, aunque para Pancho el resultado fue demasiado corto.
—La verdad es que tendríamos que haber ganado 8 a 0, pero la pelota no quería entrar —ilustraba Varallo—. Yo pegué dos tiros en los postes y a Nolo Ferreira le pasó lo mismo. Estábamos desesperados por la obligación de ganar. Además, los franceses tenían un arquero que era espectacular, Thépot. Tenía una especie de guantes y estaba todo embarrado de tanto tirarse al suelo para atajar todo lo que le tirábamos. Faltaban cinco minutos y el árbitro cobró un tiro libre en la puerta del área francesa. Monti me pidió que lo pateara yo. ‘No, patéelo usted’, porque a Monti y a Ferreira no los tuteaba. ‘Pateelo que es gol’, le insistí, porque sentía que iba a ser gol. La colgó en un ángulo y ganamos 1 a 0. Desde ese primer partido los hinchas uruguayos no paraban de insultarnos y tirarnos cosas. Nos hicieron la guerra desde que llegamos, porque sabían que el título iba a estar entre ellos y nosotros. A la noche no nos dejaban dormir y a veces nos insultaban en los entrenamientos.
Cuatro días después llegó el estreno en el flamante estadio Centenario, todavía con olor a cemento fresco. Argentina goleó 6 a 3 a México y Varallo anotó su primer gol en una Copa del Mundo. El sueño avanzaba. Pero el destino le tenía preparada una prueba inesperada. En el partido frente a Chile, Guillermo Subiabre le aplicó una violenta patada desde atrás mientras festejaba un gol argentino.
—Ese Subiabre era malo de verdad. Mientras yo festejaba uno de nuestros goles, vino de atrás y me pegó una patada en la rodilla izquierda. De puro caliente, nomás. Y me la pegó tan bien que no pude estar en la semifinal, me dolía una barbaridad.
Así, Pancho observó desde afuera la goleada por 6 a 1 sobre Estados Unidos que depositó a la Argentina en la gran final. Sin embargo, cuando llegó el 30 de julio, decidió entrar a la cancha igual.
Le dolía la rodilla. El médico uruguayo Campisteguy (hijo del presidente de Uruguay) lo revisó y recomendó que no jugara, pero él no estaba dispuesto a perderse el partido más importante de su vida. En la delegación argentina no había médico y dudaron de la honestidad del diagnóstico. “Un rato antes de salir para el Centenario me probaron en Santa Lucía. Bossio (el otro arquero argentino) se puso en el arco y yo le daba con todo a la pelota. Le pegaba de volea, de rastrón, de chilena, y no sentía nada. Así que decidí jugar”.
Las ganas de jugar eran mucho más fuertes que cualquier lesión.
Había otro ingrediente, que con el paso de los años Varallo se encargó de contar como nadie. El clima anti-argentino. “Doble Ancho” Monti, centrojás de San Lorenzo, recibió una amenaza de muerte la noche anterior al partido. “Monti no tendría que haber entrado en la final, se lo notaba cohibido, como con miedo de jugar”, contaba Pancho.
Más de 30 mil argentinos se embarcaron, pero a raíz de la niebla sólo la mitad de la hinchada llegó a tiempo al puerto uruguayo y pudo estar en el Centenario.
Hubo problemas hasta con la pelota. Argentina quería jugar con la conocida por sus jugadores, y Uruguay con la suya. Algo ilógico para estos tiempos. “Al final jugamos el primer tiempo con la nuestra y ganamos 2 a 1”, contaba Panchito.
El drama fue volver a ese vestuario. “Estaba convencido de que ganábamos. Íbamos un gol arriba y ellos, que eran más viejos que nosotros, se veían cansados. Pero en el vestuario escuché cosas que no me gustaron. ‘Si ganamos acá, nos matan’, dijo un compañero. Yo empecé a mirar las caritas y vi que varios estaban asustados, no sólo Monti, al que tenían apuntado. Por entonces el jugador argentino no tenía la guapeza de ahora. Pero a mí la pelota no me quemaba, la pedía siempre. Recuerdo que cada vez que pasaba cerca mío el uruguayo Nasazzi me decía: ‘Varayito, pará un poco con la pelota porque, si no, vamos a tener que empezar a darte’. Al centrojás de ellos, Lorenzo Fernández, lo volví loco todo el partido. Se la tiraba por un lado y la iba a buscar por el otro, y él me decía ‘la próxima vez te hundo en el césped, botija’. Yo le veía la cara y las piernas y pensaba: ‘Mejor que no me agarre porque me destroza’”.
En la tapa de El Gráfico.
Cuando recién comenzaba la segunda mitad, Varallo pudo haber torcido la historia. “Nolo Ferreira me cortó una pelota bárbara, la agarré de zurda y metí un bombazo tremendo que pegó en la arista. No entró de casualidad. Ahí me lesioné del todo. A los quince minutos me di cuenta de que no podía. Y fue una macana, porque en esa época no había cambios. Me mordí los labios del dolor y seguí dejando el alma en la cancha, pero solo podía caminar y apenas fui una figura decorativa”.
Entre los espectadores quedó la sensación de que, si aquel cañonazo entraba, el partido se ponía 3 a 1 y la primera copa era Argentina.
“Para colmo, el árbitro dejó que pegaran demasiado —reconstruía Varallo sobre aquel match—. Cada vez que me acuerdo me amargo. Ellos nos ganaron por ser más guapos y más vivos, no por ser mejores jugadores. En la jugada previa a que ellos nos empatan 2 a 2, el Manco Castro le pegó con el muñón en las costillas a nuestro arquero Botasso. Lo dejó a la miseria, no podía levantar el brazo. Por eso Iriarte le metió el tercero desde 30 metros, porque estaba doblado del dolor. Y nadie se animó a poner un jugador de campo en el arco, ni el técnico ni los jugadores de más experiencia. Cuando se lesionó Botasso tendría que haber ido otro muchacho al arco. A medida que pasaban los minutos, algunos muchachos se cohibían cada vez más. Monti estaba asustado, cuando se caía un uruguayo iba y lo levantaba. Yo no me dejé influir por la presión. Era uno de los más jóvenes y a esa edad uno es más inconsciente. Pero, además, nunca fui de arrugar. Si habré llorado después del partido. Pero no debimos haber jugado ni Monti ni yo”.
Varallo era el ídolo de Gimnasia. Había jugado el primer Mundial y era el orgullo de La Plata Varallo era el ídolo de Gimnasia. Había jugado el primer Mundial y era el orgullo de La Plata
El árbitro belga John Langenus, que había exigido una custodia excepcional, aprovechó la confusión del final del partido para marcharse directamente al puerto. El resultado y las sospechas sobre la parcialidad del árbitro motivaron una reacción popular en Buenos Aires, que derivó en una manifestación frente a la Embajada uruguaya en la capital argentina. La policía disparó al aire para dispersar a la gente y para salvar, por muy poquito, un gravísimo incidente que hubiera derivado en la ruptura de las relaciones diplomáticas.
Argentina, de ese modo, estuvo a un paso de derrotar a los prestigiosos campeones olímpicos de 1924 y 1928. Fue a partir de entonces que empezó a hablarse de la “garra charrúa”. Varallo nunca olvidará el escándalo: “Los diarios Crítica y La Razón querían que no jugáramos más contra ellos”.
Varallo tendría su revancha. Volvió a la Selección el 14 de diciembre de 1933, precisamente en el Centenario, y convirtiendo un gol ante los celestes. “Les ganamos con un gol mío. Yo ya estaba jugando en Boca, y cuando volvimos a Buenos Aires la Dársena estaba llena de hinchas que en vez de ‘Argentina, Argentina’, gritaban ‘Varallo, Varallo’. En ese momento sentí una emoción muy linda”.
Y la máxima alegría en celeste y blanco fue en el Sudamericano de 1937, lo que ahora es conocida por Copa América. La competencia arrancó el 30 de diciembre de 1936, en el “Gasómetro” de Avenida La Plata, ante Chile, y en un debut triunfal 2 a 1 con doblete de Varallo. En ese combinado integró una delantera temible con Carlos Peucelle y Bernabé Ferreyra, ambos de River, y Alejandro Scopelli y Enrique García, de Racing. También viajaron Alberto Zozaya, de Estudiantes, y un joven Vicente De la Mata, de Central Córdoba de Rosario. En ese torneo empezaron a permitirse dos cambios y era la primera vez que se jugaban nocturnos. Al último partido llegaron Argentina y Brasil, en San Lorenzo, el 30 de enero del ‘37. Estaban 0 a 0 cuando a seis minutos del final el técnico Manuel Seoane decidió reemplazar a Varallo. El partido fue una batalla —estuvo suspendido durante 40 minutos por incidentes entre los jugadores—.
“Cañoncito” se fue lastimado por una patada que le dieron en el estómago. Entonces, entró Vicente De la Mata y empezó a marcar época. Apenas pisó el campo, Antonio Sastre le dijo: “Pibe, ponete a mi lado que hoy hacemos capote”. Y apareció con todo su esplendor convirtiendo los dos goles en tiempo suplementario, dándole el título al combinado nacional.
El día que Boca buscó al Cañoncito
Apenas habían pasado dos semanas de su último partido con Gimnasia cuando el destino volvió a cruzarse en el camino de Francisco Antonio Varallo.
Con Roberto Cherro, dupla mortal.
El "Cañoncito del Bosque" fue cedido a préstamo a Vélez Sarsfield para una extensa gira internacional que se desarrolló entre noviembre de 1930 y abril de 1931. Junto a él viajaron otros seis refuerzos, entre ellos un joven que ya asombraba por la potencia de su remate: Bernabé Ferreyra.
Aquella excursión por Chile, Perú, Cuba, México y los Estados Unidos quedó en la historia como la gran Gira Panamericana de Vélez. El equipo ganó veinte partidos, empató cuatro y perdió apenas uno, ya de regreso, en Mendoza. De los 85 goles en 25 presentaciones, Bernabé convirtió 38 y Varallo, 18.
Mientras Vélez conquistaba prestigio fuera del país, en la Argentina el fútbol estaba cambiando para siempre. El viejo "amateurismo marrón" daba sus últimos pasos y nacía la Liga Argentina de Football, el primer campeonato profesional. Aparecieron transferencias que parecían imposibles para la época. River Plate pagó diez mil pesos por Carlos Peucelle. Boca Juniors desembolsó ocho mil para quedarse con el goleador de Gimnasia.
Pero Pancho no quería irse.
—Yo jugaba por amor a la camiseta. La plata no me importaba. Nos daban diez pesos por domingo y, si no había, jugaba igual.
La decisión fue mucho más dolorosa de lo que muchos imaginaron.
Varallo era el ídolo de Gimnasia. Había jugado el primer Mundial y era el orgullo de La Plata. Dejar el Bosque significaba abandonar el lugar donde había crecido futbolísticamente.
—Fíjese que yo era el ídolo de Gimnasia y había ido al Mundial. Boca me ofrecía ocho mil pesos y yo no quería firmar. Me decían que estaba loco. Mi papá trabajaba en la policía y no conocía ni un billete de cien. Me daba lástima irme de Gimnasia. Yo ganaba 30 pesos por domingo, y en Boca me ofrecían 800. Así y todo, les dije a mi padre y a mis tíos ‘no, no me voy’ —dijo Pancho en otra de sus innumerables entrevistas.
Los dirigentes insistieron, una y otra vez. Primero hablaron de cinco mil pesos. Después elevaron la propuesta. Finalmente acordaron ocho mil para el pase y un sueldo mensual de ochocientos pesos.
Pancho terminó aceptando.
—Tanto hicieron que firmé para Boca.
También pesó el consejo de un compañero que lo había acompañado en la aventura mundialista. Roberto Cherro, “Cabecita de Oro”, gran goleador xeneize, ya había advertido durante el campeonato de Uruguay: “Vos tenés un pique que Dios me libre... sos jugador para Boca”.
Aquella transferencia cambió para siempre la vida de la familia Varallo.
—Era muchísimo dinero. Gracias a esos ocho mil pesos pude hacer la casa para mis padres y mis hermanos. Costó tres mil, para que vean lo que representaba esa plata. Después me compré un Dodge modelo '31.
Junto a Morgada, en otra dupla memorable.
Con los años llegaron otro Dodge, una casa para renta que durante años le alquiló al ex jugador de Estudiantes, Francisco De Angelis, y un local para que su hermano Julio instalara la peluquería familiar.
Pancho nunca fue un hombre de lujos. Invirtió en ladrillos. Tal vez porque sabía lo que costaba ganarlos. En Boca encontró un nuevo lugar en el mundo. Pasó a jugar como centrodelantero y formó una sociedad inolvidable con Cherro, a quien consideró siempre un hermano futbolístico.
Varallo hacía goles y además inventó una manera de jugar. Aguantaba la pelota de espaldas mientras los defensores intentaban moverlo sin éxito. Aquella maniobra se hizo famosa y los hinchas la bautizaron "el caballito de Varallo". Fue decisivo para que Boca conquistara el campeonato de 1931, el primero de la era profesional. Entre Cherro y Varallo marcaron 46 de los 86 goles del equipo. Y Pancho convirtió 27 en apenas 24 partidos. Y todavía se dio un gusto que quedó grabado para siempre: fue el autor del primer gol de Boca en un Superclásico profesional.
—Ganaba River uno a cero. Me hicieron un penal, lo pateé y me lo atajaron. El árbitro ordenó repetirlo. Volví a patear, hubo varios rebotes y terminé metiéndola. Los jugadores de River se fueron de la cancha protestando.
En un partido contra San Lorenzo.
En 1932 se incorporó el paraguayo Delfín Benítez Cáceres, “El Machetero” y, junto a Cherro y Varallo, formó una de las delanteras más temidas del fútbol argentino. Sin embargo, el destino todavía le tenía reservado un episodio especial.
El 24 de septiembre de 1933, Pancho se encontró frente a frente con el club de sus amores. Aquel día, el extraordinario "Expreso" de Gimnasia ganaba 2 a 0 en la vieja cancha de Boca. Pero el "Cañoncito" apareció desde los doce pasos para empatar el partido y abrir el camino de la remontada xeneize, que terminaría imponiéndose 3 a 2. Nunca gritó un gol contra la camiseta del Tripero.
Luego de perder el torneo de 1933 en la última fecha, en 1934 y 1935 Boca fue bicampeón, con una delantera demoledora y con un Pancho Varallo convertido definitivamente en ídolo. Entre esos dos campeonatos marcó 41 goles.
El pibe que no quería irse de La Plata ya era una leyenda de la Ribera.
Pancho cantaba más que Gardel
Hubo un tiempo en que Francisco Varallo era tan popular que podía discutirle protagonismo al hombre más famoso de la Argentina.
Rubén De Luca, autor del libro “El Cañoncito Varallo: su vida, sus goles”, lo resumió con una frase provocadora: “Pancho eclipsaba a Gardel”. El ex auditor del Tribunal de Cuentas de la AFA y luego dirigente de Gimnasia, además de sobrino de la gloria, sostenía que, “mientras las películas de Carlos Gardel se exhibían en salas con capacidad limitada, los goles del delantero de Boca eran celebrados cada domingo por cuarenta o cincuenta mil personas en las tribunas, multiplicados luego por la prensa gráfica de todo el país”.
Sin embargo, aquella fama estaba muy lejos del asedio permanente que viven las estrellas actuales. Pancho podía caminar tranquilamente por la calle Corrientes, detenerse en un café o conversar con cualquiera. Y muchas veces lo hacía junto a Roberto Cherro. El propio Varallo lo recordaba con una sonrisa: “Cuando vivía en Capital caminábamos con Cherro por Corrientes. A menudo nos encontrábamos con Carlitos y nos invitaba a tomar un café en La Meca, donde también iban el Negro Domingo y Lazatti. El Morocho siempre andaba con las fijas de las carreras y los anteojos para leer la letra chiquita de los burros”.
Aquellas reuniones espontáneas entre el máximo cantor popular y dos de los mayores goleadores del país parecen hoy escenas imposibles. Sin custodias, sin cámaras y sin redes sociales, compartían una mesa como cualquier vecino porteño. Incluso una vez coincidieron en el hipódromo de La Plata. “Gardel venía a las carreras y un día le dije: ´Carlitos, ¡cómo fuma!´. Y él me respondió: ´No me hace nada, Varallito´”.
Su capacidad goleadora fulminaba las redes.
Existe una fotografía de Gardel junto a Cherro y Varallo. Una imagen que simboliza el enorme lugar que el fútbol comenzaba a ocupar en la cultura popular argentina. Sin embargo, la situación cambió abruptamente a partir del desgraciado accidente aéreo de Medellín que convirtió en leyenda eterna al “Morocho del Abasto”, mientras la producción de la dupla atacante empieza a decaer en 1937 por lesiones que van espaciando sus actuaciones, a tal punto que Varallo y Cherro apenas pueden jugar un partido en 1938, y entonces deciden ponerle fin a sus carreras un año más tarde. Las secuelas de una grave lesión de meniscos sufrida frente a San Lorenzo fueron limitando cada vez más a Varallo. Pancho tenía solamente veintinueve años cuando dejó la práctica profesional. “Me operaron y no quedé bien. Lloré mucho. No tenía consuelo porque yo me sentía entero, pero tuve que abandonar”.
Su imagen se fue agigantando con el paso del tiempo y mientras seguía en las estadísticas como el máximo goleador boquense. Al club que más tuvo a mal traer fue a Talleres de Remedios de Escalada, con 18 goles, luego Argentinos, 17; Ferro, 16; Chacarita, 15; Tigre, 14; Atlanta, 13; Estudiantes y Platense, 12. Entre los equipos grandes, San Lorenzo y Racing recibieron 8 tantos cada uno; River, 6; e Independiente, 4.
Los momentos de un mito
Cuando dejó el fútbol, Francisco Antonio Varallo no abandonó el deporte. Simplemente cambió de lugar en la cancha.
Apenas unos años después de su retiro, volvió a Boca para trabajar como entrenador de las divisiones inferiores. Entre 1943 y 1946 estuvo al frente de la Sexta División, disfrutando de una tarea que siempre sintió cercana: la de enseñar.
Más tarde, entre 1952 y 1954, dirigió el equipo del Ministerio de Trabajo y Previsión, donde se desempeñaba como empleado. Allí compartió plantel con Capuano, recordado arquero de Estudiantes, con quien cultivó una amistad nacida en aquellos campeonatos interministeriales.
Su vocación por los más chicos también lo llevó a desempeñarse como profesor de Educación Física en el Ministerio de Educación de la Provincia, organizando las tradicionales colonias de vacaciones de la LIDER en el Bosque platense.
Un homenaje de Conmebol a su figura.
Hombre de profundas convicciones, adhirió al ideario del general Juan Domingo Perón y colaboró administrativamente con el Partido Peronista hasta 1955. La Revolución Libertadora le costó el trabajo. Como a tantos otros, el nuevo gobierno decidió apartarlo por razones políticas.
Vivió años difíciles. Entre 1956 y 1957 sostuvo a su familia gracias a los ahorros de su época de futbolista y a un pequeño almacén que abrió en la calle 20 entre 61 y 62 junto a un amigo atravesado por la misma situación, el ingeniero Armando Trotz.
Existe una fotografía de Gardel junto a Varallo: el fútbol se agigantaba en la cultura popular argentina
En medio de aquellos golpes —la muerte de su esposa y la despedida de su madre— apareció un viejo amigo, Víctor Lorenzo, hincha fanático de Gimnasia. Llegó hasta su casa para contarle que el presidente del club, el doctor Laureano Durán, quería ofrecerle la dirección técnica.
Varallo dudó. Nunca había imaginado dirigir un plantel superior. Prefería trabajar con los chicos. Pero el cariño por Gimnasia pudo más.
"Agarré a Gimnasia como un padre", recordaría años después. “No quería ser entrenador de Primera. Practicaba con los chicos, pero entrenar a los grandes mucho no me gustaba. Lo hice por Durán, por Zoroza y por toda la gente de Arriba Gimnasia”.
Treinta años después de su debut como jugador, volvió a entrar al Bosque. Esta vez no con botines, sino con saco y corbata. Lloró de emoción.
Siempre recordaba a aquellos futbolistas que lo acompañaron en esa etapa: Rodolfo Smargiassi, Manuel Miranda, Pedro Galeano, Ángel Ambrosi, Alfredo Martínez, José Maravilla, Diego Bayo, Julio Novarini y Ángel Schadlein.
Su ciclo terminó tras una sanción impuesta por el Tribunal de Disciplina de la AFA, luego de protestar enérgicamente un fallo del árbitro Luis Spinetto en el cierre de la temporada 1958. Se fue convencido de haber cumplido la misión más importante: evitar el descenso de su querido Gimnasia.
Retrato de Pancho en la plaza donde nunca se fue.
Todavía tendría una última experiencia en los bancos de suplentes. En 1960 dirigió a Once Tigres, de la Liga Nuevejuliense, invitado por su sobrino Edgardo Emir Di Cola, "Chiche". Los colores azul y oro del club parecían un guiño del destino.
Fuera del fútbol profesional, Varallo siguió ligado a la actividad física desde la administración pública, compartiendo tareas con figuras como Jorge Kistenmacher, Guillermo Rottgard y el recordado "Pichón" Negri.
La vida también le dio una nueva oportunidad en el amor. Contrajo matrimonio con Clotilde Urbina, "Cota", su vecina, también viuda. A partir de entonces las reuniones familiares volvieron a poblar la casa de la plaza Brandsen.
Desde 1976 y durante más de dos décadas atendió una agencia de Lotería y Prode instalada en ese mismo domicilio. También representó los licores Inchaupe, administró un transporte escolar y hasta tuvo a su cargo la tradicional calesita de la plaza.
El barrio nunca dejó de ser su lugar en el mundo.
Los cumpleaños de Pancho eran verdaderas fiestas populares. Familiares, amigos y viejos compañeros del fútbol se reunían año tras año para homenajear al ídolo. Su sobrino Jorge Vincenzi Acevedo y su sobrino nieto Víctor Hugo De Luca solían organizar esos encuentros inolvidables.
Raúl Di Cola, sobrino y ahijado, todavía lo recuerda con admiración:
"A Pancho lo disfruté de grande, en los cumpleaños y en las comidas familiares. Yo iba atrás de él y me lucía. Hoy veo las notas y me doy cuenta de la dimensión que tenía. Lo vi jugar de veterano y todavía hacía goles de volea. Le pegaba con las dos piernas, aunque siempre decía que nunca había hecho un gol de cabeza... hasta que apareció un vecino de la cancha de Boca y le recordó que le había hecho dos a Chacarita."
Los Mundiales fueron otra de sus grandes alegrías. La FIFA y distintas organizaciones lo invitaron a varias ediciones. En Estados Unidos 1994 recibió un homenaje especial por haber disputado la primera final de la historia de las Copas del Mundo. En 1997, el legendario goleador inglés Gary Lineker llegó hasta su casa de La Plata para entrevistarlo para la BBC de Londres. Según contó la revista El Gráfico, el inglés terminó emocionado escuchando las historias del último sobreviviente de Uruguay 1930.
Una anécdota curiosa ocurrió antes del Mundial de Francia 1998. Julio Grondona había decidido invitarlo especialmente, pero la producción del programa "Sorpresa y Media" pidió reservarse el anuncio para sorprenderlo en televisión. La coordinación falló y el Mundial comenzó con Pancho todavía en La Plata. Cuando Grondona se enteró, lo llamó personalmente para pedirle disculpas y le consiguió los pasajes.
Atendió la calesita de la plaza Brandsen.
Volvió fascinado con la selección de Croacia y admirado por el campeón, Francia, aunque se lamentó por la eliminación argentina: "Le faltó meter más pierna y más picardía criolla”.
El 25 de mayo de 2005 recibió uno de los homenajes que más lo emocionaron. El club Brandsen, el de su barrio, bautizó con su nombre la cancha principal. Norberto "Coco" Sánchez pasó a buscarlo en automóvil. Pancho tenía noventa y cinco años.
Poco antes de cumplir un siglo de vida, el Principado de Mónaco envió un representante a su casa para obtener un molde de su pie derecho. Con él confeccionaron un botín de bronce que pasó a integrar una avenida dedicada a grandes figuras del deporte y la cultura.
El homenaje más multitudinario llegó para sus cien años. El Teatro Coliseo Podestá se colmó para celebrar al último sobreviviente del Mundial de 1930. El periodista Alejandro Apo y el ex gobernador Antonio Cafiero fueron algunos de los oradores de una noche inolvidable.
Ese mismo día, el municipio de La Plata decidió que el tramo de la avenida 25 comprendido entre las calles 32 y 526 llevara para siempre el nombre de Francisco Varallo.
Murió el 30 de agosto de 2010, con cien años, seis meses y veinticinco días.
En su agencia de Prode, en el barrio.
Parecía imposible que una vida tan larga pudiera alcanzar para contener tantas historias. Sin embargo, Pancho lo consiguió. Fue el pibe de 12 de Octubre, el ídolo de Gimnasia, el goleador de Boca, el mundialista de 1930, el vecino de plaza Brandsen y el último testigo de una época en la que el fútbol todavía se jugaba por amor.
Por eso su recuerdo no se apagó con su muerte. Simplemente volvió al barrio, donde los mitos nunca terminan de irse.